Domadores de Volcanes (etapa II)

TINAJO – ÓRZOLA, etapa II

He pasado una muy mala noche, no he podido dormir mucho. Las piernas las he sentido como si estuviesen llenas de hormiguillas que corretean por el interior. Mis jugos gástricos han estado jugando con la cena traviesamente, mis pensamientos amontonados y desmadejados. Nervios también hay que echar a este puchero insomne, una receta explosiva si te acuestas temprano con la intención de descansar y desear afrontar el nuevo amanecer con fuerzas y energías renovadas.

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La casa de Thomas, lugar en el que estamos hospedados esta segunda noche, es un santuario para cualquier ciclista. Este belga vegano de más de medio siglo de triatlones y toda clase de carreras épicas tiene bicicletas de diferentes clases y maravillosas marcas, repartidas por toda la planta baja. Anoche nos enganchó con su bagaje deportivo, y esta mañana la amabilidad con la que nos ha cocinado el desayuno se ha ganado nuestro afecto eterno. Es un gran hombre, espero volver a visitarlo. Las habitaciones también hay que mencionarlas: una pasada, un tanto peculiares con un estilo a caballo entre lo rústico y un estilo Thomas, pero agradables a la vista y sobre todo, muy cómodas y funcionales.

La mañana está nublada, caen gotitas frías desde el cielo. Una brisa nos refresca la cara. Thomas nos ha regalado unos plátanos maduros y un millón de buenos augurios. Con las mochilas llenas de agua, los bolsillos de geles y el alma plena de sonrisas, damos los primeros saltitos en busca del norte de la ínsula. La piel de las piernas erizada, que mágico momento. Es increíble cómo cambia el escenario de nuestra odisea cuando el sol se esconde tras una sedosa “panza de burro”. Todo adquiere un tono plomizo, grisáceo, difuminado, desaparecen las aristas cromáticas del blanco de los muros con el azul del cielo, se tamiza el verde de la tabaiba con el negro del picón en los jardines. El escenario es diferente, transformado, bellísimo.

La ruta arranca cuesta abajo. El camino es ancho y polvoriento. El frescor de esta mañana de final de verano es especial, idóneo para imprimir un ritmo alto tras los primeros kms de calentamiento. En silencio, bordeando pequeñas propiedades cercadas con muros de piedra negra bien ordenada, avanzamos dirección a la pedanía que llaman El Cuchillo.

Dejamos la pequeña aldeíta a nuestras espaldas y ponemos las punteras de las zapatillas rumbo a Soo. Las piernas van algo macilentas, pero no hay atisbo alguno de calambres ni dolores a tener en cuenta. Imprimimos ritmo, el desayuno que nos ha preparado el valón ha sido nutritivo y vamos a darle fuego a esas calorías.

El páramo que nos rodea es llano. Aislada hay una cresta pétrea que se alza del nivel del mar unos doscientos metros escasamente. Se asemeja a la espina dorsal de un dinosaurio a medio enterrar. Curiosamente los cuerpos están pidiendo alguna subida, tanto correr en llano está pasando factura a la emoción. Sólo hay una vía, imposible desviarnos de la buena senda. El momento es chulísimo, subimos una senda rota, con pedregales de todos los tamaños que nos llevan a una arista cortada a cuchillo sobre la que tenemos que correr delicadamente aproximadamente medio kilómetro.

Paramos un momento a hacernos unas fotografías, Manolo desde el coche de apoyo nos intercepta y se une en la cresta, nos hacemos unas fotos con él. Soplan los alisios, giro la gorra y pongo la visera hacia atrás. Las vistas son impactantes: a la izquierda un llano pleno de jable y algunas parcelas delimitadas con piedras, el mar rugiente rompiendo contra la costa en La Santa y en Caleta de Caballo. Frente a nosotros Soo y una caldera que le protege de sotavento y entre medio un mar de arenales espeso. El caminito cicatriza semejante mapa pirata. Nuestra comitiva tiene que seguir siempre la línea de puntitos que nos marca el desierto de color del albero, tenemos que bajar la cresta del Cuchillo, cruzar las dunas bordeando una caldera, llegar a la población y nuevamente bordear otro volcán.

Nos cruzamos con algunos corredores locales en sentido contrario. Simpatías escuetas, pero afables que llenan los rostros de gestos de buena voluntad.

La bajada es una trocha rota y despiadada que al más mínimo descuido nos puede revolcar malamente cuesta abajo. Al llegar a su fin los corazones van con las calderas calientes y las piernas siguen hambrientas. El arenal es nuestro siguiente terreno, imprimimos velocidad a nuestra gesta y siempre con la vista en la caldera de Soo.

Al salir de sus callecitas, tras pasar por la puerta de la ermita de San Juan de Soo, dudamos un poco sobre cómo enlazar nuestros pasos dirección a la costa y así salir del frío y rugoso asfalto herético.

Hallada la pista terrosa. Dirección a la línea de costa, alejándonos de Caleta de Caballo y viendo al frente el Risco de Famara. Está orgulloso y desafiante, esperándonos. Recuerdo perfectamente estas senditas que correteamos por las dunas. Son las mismas que utilicé en mis anteriores aventuras por la isla a lomos de una bicicleta de montaña, la única diferencia es que hoy voy en sentido contrario al de aquellos días. Intrincado laberinto de pasadizos, que da igual cual tomemos, todos van en la misma dirección. Optamos por acercarnos a la línea del litoral y así sacar más provecho al paisaje y sentir cerca la espuma de mar cuando rompen las olas. Antes de situarnos a nivel de la orilla, nos vemos en la tesitura de elegir por donde continuar, un hermoso macho cabrío está protegiendo su rebaño de cabritas y temo que pueda toparnos al sentirse amenazado o molesto y al mismo tiempo dos perros mestizos de raza presa canario están en mitad del camino también, justamente en la entrada de otra vía que en un principio podría ser el desvío natural.

La mañana sigue nublada y la humedad ambiental es tremenda, no somos capaces de manejar los teléfonos móviles, las pantallas se saturan por la humedad y cuando los tocas se vuelven locos, así que a la mochila, Famara está frente a nosotros. Saber que vamos a hacer un alto para almorzar hace que las zapatillas impriman más fuerte sus huellas en la arena, anhelosas por parar.

Las piernas van divinas, dieciocho kilómetros y ningún síntoma nocivo ni pernicioso. Apenas hemos tardado dos horas desde que nos despedimos de nuestro amigo vegetariano en Tinajo.

Poco a poco las casas van haciéndose más grandes, Las Peñas del Chache se yerguen sobre el paisaje, y a cada trote que nosotros damos hacia esa inmensa cortina pétrea, vemos que crece más y más. Es imponente, el Alto de Famara se muestra en su más pura expresión, un acantilado agreste y desafiante sobre el océano.

Recuerdo una coqueta cafetería en mitad de la aldea. Y con buen rumbo y alegría llegamos hasta ella. Los cuerpos agradecen el descanso, y nuestras bocas comienzan a salivar. Tres bocadillos de pechuga de pollo triturada con piña y rúcula son las barritas energéticas que vamos a devorar sin piedad. Hay que echar combustible sólido a los depósitos, no sólo de lava vive un Domador. Reponemos agua en las mochilas y estiramos un poco las piernas.

El camarero al conocer nuestra aventura, gentilmente nos invitó a otro zumo de Pitaya, sentía la necesidad de colaborar con el esfuerzo: hidratándonos, mineralizándonos y vitaminizándonos todo lo que en su mano estuviese. ¡Gracias, amigo!

Arrancar es duro, muy duro. Los cuerpos están entumecidos y nuestros ánimos arropados por la molicie y la pereza.

Seguimos la ya tan habitual rayita roja sobre la pantalla del teléfono y dejamos atrás la playa, donde surferos de todo el mundo disfrutan de las olas, la rubia arena y el sol.

Estamos bajo un pérfido telón de roca volcánica que se enfrenta a la inmensidad atlántica con sus seiscientos setenta y un metros de altura. Todo un reto, una gran gesta, o tal vez va a ser una locura ascender hasta su cumbre por la senda de La Paja. A primera vista sólo se vislumbra la cicatriz en el paisaje montañoso de la algaida vía en su zona baja, las vaguadas y barrancos se pliegan enrevesadamente y parece imposible que se pueda llegar a la cima.

Una retorcida trocha de tierra zigzaguea por el cortado. Curvas a diestra y a siniestra, con peraltes rotos y pedregosos. Los minutos se hacen eternos, los relojes de Dalí aquí se hubiesen volatilizado, el camino es denso. Alzo la mirada y no acierto a comprender cuando culminaremos esta mini gesta.

No hay más que vida vegetal, ni un solo insecto, líquenes, espinos secos, tabaibas y algún que otro yerbajo mustio. El roquedo prevalece. La inclinación gana la partida. El abismo es el dueño. Barrancos plegados en las laderas, quebrados, escarpados, terroríficos.

Apenas hemos ascendido una nimia porción y tenemos que parar a descansar, hay que recuperar el aliento, se ha disipado entre las nubes que comienzan a bajar, coquetas, a vernos. Los recodos se hacen abruptos, hay momentos en los que dejo mi peso sobre una rodilla mientras que alzo la otra y, paso a paso, lenta y costosamente avanzo siguiendo a mis compañeros.

Cualquier excusa es buena para descansar unos minutos y bajar un poco el pulso.

Llevamos más de una hora, no se acaba, es una tortura psicológica, es algo endemoniado. Y lo peor de todo es que el camino cada vez está más sembrado de vericuetos por los que apenas podemos caminar. Pedregales… mini arenales, hay de todo.

Las vistas son increíbles. Famara parece un mundo lejano, casi inaccesible desde nuestra posición. Una manchita blanca sobre la línea de costa. La isla de La Graciosa es un detalle terroso sobre el océano. Las aves marinas vuelan a placer, juegan con las corrientes térmicas, nos miran y se preguntan quiénes son estos locos vestidos de naranja chillón.

Estoy cansadísimo, las piernas abotargadas, los ánimos medio desinflados, el sol bajo la piel crujiéndome de manera crepitante. El salitre del sudor me pica en las pantorrillas. Las zapatillas están ardiendo, me resultan incómodas a estas alturas del recorrido, me molestan hasta las gafas de sol. Voy camino de convertirme un ser de ultratumba, cómo no acabe este vía crucis no sé que va a ser de nosotros, puede que nos convirtamos en tres momias saponificadas que sirvan de interés turístico a los turistas avezados que se atrevan a surcar este Sendero de La Paja.

Ya vemos la luz al final del túnel, los senderistas que corretean por la cresta tienen tamaño normal, son personas, han dejado de ser puntitos de colores en el horizonte. Los ánimos comienzan a aflorar nuevamente, y el ritmo se incrementa.

Coronar las Peñas del Chache, estar sobre Famara, tener La Graciosa a nuestros pies, dominar los vientos desde las alturas: es abrumador; las energías vuelven a nuestros cuerpos y sobre todo a nuestras piernas, que ha quedado entumecidas y rígidas tras tamaño esfuerzo.

Mirando en derredor, la piel de la isla es apasionante, llena de volcanes que retuercen la orografía de este paraíso atlántico. Los distintos colores de las arenas y cenizas confieren un halo especial, sin duda alguna, Lanzarote es un escondite donde siento como mis poros destilan felicidad y alegría. Hoy no dejo de reciclar sufrimiento y dolor en imágenes inolvidables, olores como el de la espuma de mar rompiendo en la orilla y la sensación de estar inmerso en una aventura única, épica e irrepetible, que jamás podré cuantificar con palabras.

Estiramos bien, intentamos reponer estos cuerpos de Domadores de Volcanes y comenzamos a trotar suavemente. Las piernas lo agradecen. Los kilómetros comienzan a moverse en la pantalla de los teléfonos y el gps.

Camino del Mirador del Río, sentimos como nuestros olfatos detectan actividad humana en plena diversión, un humillo de barbacoa nos envuelve y nos hace reír, al tiempo que nos recuerda que hemos de llevarnos algo al coleto para ganar energías y continuar nuestra vía. Las zapatillas no funcionan solas, hemos de impulsarlas, y nos queda otro tramo peliagudo.

Haría está a nuestros pies. Preciosa, blanca, llena de palmeras y techos planos, solanas recubiertas de maderas oscuras. La senda que nos va a catapultar hasta el casco urbano es preciosa. Es un embudo en espiral lleno de escalones de viejos terrones rotos y piedras desencajadas. La ceniza volcánica lo tapiza todo de negro y unos arbustos espinosos nos obligan a no dejar la buena senda y desfilar en procesión.

Estamos muy castigados, el sobreesfuerzo del Risco lo estamos pagando, los geles no creo que lleguen a tiempo para reparar todos los déficits que nuestros cuerpos tienen encendidos con una lucecita roja de advertencia. Si bien, la algarabía y el vocinglero jocoso ha vuelto a envolvernos. Trotamos y reímos.

Cuando se acaba el sufrimiento, todo cambia. Saber que ya no tenemos más que ascender al Mirador del Río, hace que me sienta con energía y con ganas de continuar. No sólo mis piernas están extenuadas, mi zona lumbar la siento machacada, mi cuello tenso, en general me noto exprimido y arrugado, seco y salado. Hemos conquistado las Peñas del Chache, ascendiendo por el sendero más despiadado, todo un hito en nuestra aventura. El mero hecho de dejar la impronta de nuestras suelas en este rincón isleño vale todo el esfuerzo y hasta la última gota de nuestro sudor. Y si miramos atrás y vemos que han sido casi treinta kilómetros los que llevamos corriendo desde que cayó el desayuno en nuestros paladares hasta que en Famara ha comenzado nuestro particular Vía Crucis, el orgullo henchido es lo menos que podemos sentir.

Los senderillos van alternándose uno tras otro. Unos de fino picón negro, los menos de roquedo rugoso, también los trotamos de rubia y fina arena, sucediéndose de manera ingeniosa gracias a la arquitectura deportiva de Maxi y Justo, quienes han dado vida a una increíble experiencia no sólo deportiva sino también muy íntima para quien la recorre y disfruta. Las delicadas bajadas entre tabaibas son un lujo que nos permiten contemplar el palmeral de Haría, enarbolando sus palmas sobre los planos terrados blancos, encalados impolutos que lucen estas casitas que salpican la ladera del barranco y el fondo de la vaguada.

Paramos en una calle peatonal en la que los turistas suelen hacer una pausa en sus rutilantes devenires callejeros. Dejan sus compras apoyadas contra las sillas de las terrazas y mientras los rayos de este mágico sol les tuestan la piel, beben y disfrutan de las perlas gastronómicas del pueblecito.

Nos estiramos como podemos, las castigadísimas piernas apenas nos permiten ejecutar elongaciones, sus tejidos van malheridos, fatigados, pidiendo una pausa y una gran recuperación. Con un extraño caminar callejeamos y nos hacen una foto en la puerta del ayuntamiento, con sus balcones y portalones de estilo colonial.

Último asalto, hora de la verdad, momento en el que todo va adquiriendo tintes de superación, entusiasmo, plenitud personal. El día comienza a declinar, la luz no es tan radiante, se siente más cálida, el paisaje comienza a algodonarse.

La cobertura de los gps ha desaparecido, sé que la llegada a Órzola no es la misma que yo conozco pero el cansancio hace que me rinda a lo malo conocido, hay algún que otro kilómetro de más pero no puedo aventurarme con mis acólitos a perdernos, las almas de estos tres espectros que se arrastran por la rugosa piel de Lanzarote van exhaustas y al borde de pecar y pedir un taxi.

Unos geles, unos higos y comenzamos el ascenso al Mirador del Río. En bicicleta recuerdo que el camino era un rodeo sobre los acantilados y con unos costarrones que morían en Haría, llenos de polvo y ceniza volcánica. Mi versión es más frugal y sutil, voy a seguir el asfalto hasta la cima del mirador y desde allí, nos vamos a dejar caer a la zona septentrional de la isla. En mi mente se agolpan los recuerdos de ediciones pasadas en las que las ruedas de mi bicicleta se hundían y peleaban con la espesa y leonina arena en los caminos. Creo que el ir medio en trance por culpa de tantos ensueños, consigue hacerme olvidar el dolor que llevo en los dedos de ambos pies. En el derecho he perdido la uña del segundo dedo, se muestra negra, de riguroso luto, descarnada al ochenta por ciento, cuando llegue a casa en la península me operaré de forma ambulante y dejaré el dedo al descubierto a espera del crecimiento de una nueva garra. Y en el izquierdo algún pliegue traidor del calcetín ha generado una llaga sanguinolenta que me duele a cada zancada.

Ante nosotros tenemos el puerto, las casitas blancas de Órzola, escasos cuatro kilómetros nos separan de nuestra línea de meta personal. Es un subidón, los cuerpos se yerguen un poco, nos enjugamos el sudor de la frente y con una débil sonrisa afrontamos la bajada con comentarios de ánimo.

El océano está salvaje, los alisios soplan con entusiasmo. La postal que se muestra ante nosotros es realmente bella, única, brutal. Soy un apasionado, el mundo isleño va dentro de mí. Contengo alguna que otra lágrima, no creo que sea el momento ni el lugar, pero mis ojos se humedecen abundantemente.

Hemos acabado.

¡Volcanes Domados!

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3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. MARIA dice:

    preciosa etapa aventurera, entrañable. Bonita manera de compartir tus experiencias legendarias, pienso que si no las compartes, no las vives. te sigo…..

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  2. carmenalc dice:

    genial!! que bonito leerte.

    Le gusta a 1 persona

    1. Thanks my friend!!!

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