DOMADORES DE VOLCANES (episodio I)

¿Qué es un domador de volcanes?

No es ni más ni menos que un chiflado enamorado del deporte al aire libre, que pasa horas y horas sobre sus bicicletas y que en su pasión por la isla de Lanzarote ha embaucado a unos amigos a seguirle y a apoyarle en un reto personal.

 ¿Qué tiene de especial esta aventura?

Pues mucho. Sincrolador, el “aventurero incansable”, tiene un pie izquierdo que fue víctima de dos neurólisis en los años 2009 y 2010. Unos famosos e invisibles neuromas de Morton, hicieron que la mitad de las piezas de su extremidad dejaran de existir o estuviesen desconectadas, sean los ligamentos que unen sus dedos, y las costuras en la fascia plantar. Un metatarso hecho un galimatías quirúrgico, que sin unas plantillas ortopédicas muy singulares y difíciles de encontrar, no es capaz ni de llegar a la esquina de casa. San Román, un ingenioso podólogo alicantino obró la magia. No convirtió el agua en vino, ni resucitó a nadie, pero sí consiguió lo que otros colegas de su gremio fueron incapaces de hacer.

Sencillamente le hizo recuperar la marcha bípeda, ciclar, saltar y bailar sin límites gracias a sus plantillas y su buena praxis.

Hasta el momento no ha puesto a prueba su pie corriendo más que en escasas ocasiones y en distancias muy cortas. Siendo un Duatlón Cross en Santa Pola y un Triatlón de Montaña en Cofrentes, las muestras que le hicieron ser valiente y saltar al trapecio a sabiendas de que no había red. Dentro de él siempre ha estado clavada la espinita de poder acabar una maratón completa, y una mañana en la oficina, fraguó un viaje épico: Correr la isla de Lanzarote de Sur a Norte en dos días, siguiendo el trazado de una ruta llamada Vulcan Walk que está compuesta de 97 kms y más de 2000 metros de desnivel acumulado, que cruza por los lugares más emblemáticos y técnicos de la isla.

PLAYA BLANCA – TINAJO, etapa I

La silueta de la isla aparece a través de la escueta ventanilla del fuselaje del avión. He pasado un par de horas largas dando cabezadas insulsas y anodinas. Las nubes se apartan, se abren, quieren mostrarme mi capricho, mi anhelado sueño de los últimos meses, mi regreso a Lanzarote. Veo olas que rompen en el océano entre sí, juguetonas, dejando esas mini crestitas blancas de espuma antes de fundirse en las poderosas aguas de Poseidón. El azul del mar es intenso, próximo al negro, busca su tono turquesa al llegar a la costa. La luz es inconfundible, límpida, mágica. Sé que cuando respire la primera bocanada de aire isleño voy a notar que mis pulmones rompen una pátina costrosa que se ha ido formando en los dos años que llevan sin inundarse de semejante frescura. Una telaraña se está desmadejando entorno a mi alma de viajero, este es mi destino, donde realmente hallo al más puro Sincrolador, donde campa el “Aventurero Incansable” que va en mi mochila y en mis pupilas. La porción de la Macaronesia que la ventanita me deja avistar, para mí, es un añorado bodegón. De tintes y formas guanches, muy peculiar, composición trufada de aguas y lavas, gentes y volcanes, arenas y cenizas.

Un fuerte abrazo del amigo Justo nos recibe en la terminal del aeropuerto. Es nuestra segunda cita, han pasado dos años y, la sensación que me embarga es que fue ayer cuando nos despedimos en este mismo sitio. Hoy no me duelen los dedos rotos que me llevé a casa, tras mi caída en los suburbios del chiringuito de Arrieta, nada más arrancar mi periplo de dos mil quince. En esta ocasión no habrá bicicleta, ni lluvias torrenciales, ni barrancos abruptos anegados de lodo y agua buscando la mar océana,  sólo navegación gps, sol y zapatillas de trail. Vamos a correr por el trazado diseñado entre los más adversos y traviesos pliegues de la isla. Vulcan Walk, al trote va a ser un reto personal muy especial. Casi noventa kilómetros, de puro pedregal quebrado y austero, nos esperan despiadados desde el primero al último. Sin hueco para el relajo y la molicie, espero acabar incólume.

Físicamente me siento pletórico, exultante, un pico de forma excepcional, de peso magro aunque no todo lo esperado, las dietas se me resisten. Las piernas y los pies, han jurado darme tregua y aparcar dolores y lesiones hasta después de la última ducha. El equipo necesario para las travesías es de primerísima calidad. Las rutas memorizadas en mi fuero interno, también en los teléfonos móviles y gps. Mi fugaz experiencia en la isla me ayudará a saber situarme y geolocalizarme en caso de pérdida.

Playa Blanca, al sur, es donde voy a pasar mi primera noche. Lugar donde desembarcaron los primeros europeos en la isla. Yo, no voy a colonizar nada, pero si quiero conquistar mi sueño.

El rutómetro indica que se arranca desde la línea de mar, en la turística fachada marítima, cerca de Playa Papagayo, pero los nervios y las ansias hacen que no nos demos cuenta de tan nimio detalle y salgamos al trote desde la misma puerta del complejo turístico, en el que nos hemos hospedado. Tan sólo van a ser unos cinco o seis kilómetros de más, y ya que estamos con la respiración alterada y calentando las piernas cómodamente, no es de recibo pararnos y ser tan ortodoxamente ridículos de llegar andando hasta el paseo marítimo, somos los Domadores de Volcanes, no hay obstáculo que nos frene.

La temperatura es maravillosa, es algo tarde para mi gusto, pero los zánganos que me acompañan no querían madrugar. Yo sin embargo llevo despierto desde el alba, he visto un idílico amanecer sentado en la terracita del bungalow.

Una vez que ya estamos sobre el track, nos ordenamos en fila india e iniciamos el ascenso de Hacha Grande, un pico abrupto frente al mar, con un desnivel muy pronunciado. El pedregal se va empinando y la pista va estrechándose al tiempo que se eleva sobre las líneas de nivel del mapa. A mayor altitud, mayor dificultad, más suelto está el terreno y llega incluso a desaparecer bajo nuestras suelas. A nuestras espaldas tenemos otro cerro, más bajo que el que queremos coronar, por el que campan a sus anchas unos baifos barbudos y  cornudos, que no dejan de gritarnos, aunque yo más bien creo que se están riendo de nosotros.

Ahora entendemos el comentario de Justo en el aeropuerto: “hay un sitio en el que hay que escalar y agarrarse con uñas y dientes al terreno…”, qué acertado. No hay camino, subimos por el pliegue del barranco, pisando lascas negras, bolos sueltos y mucha tierra polvorienta. Atrás veo la sombra de las nubes sobre un mar plúmbeo y bruñido que se aterciopela a cada golpe de viento, siendo un capricho para la vista semejante cabalgata de nubes, suaves vientos y olas.

No hay vegetación alguna, ni el más mínimo atisbo herbáceo, a lo sumo algunos líquenes escondidos en la cara norte de escasas rocas. Es mi primera hora de periplo y voy sudando, estoy empapado. Camino inclinado sobre la montaña, subiendo en un tembloroso y zigzagueante camino improvisado, siendo inevitable el ir desprendiendo algunas pequeñas cantidades de terreno tras mi paso. La cabeza girada hacia arriba, buscando un paso que me permita afirmar mis pies y así conseguir ganar otro metro. Lentos, muy lentos, así ascendemos. Algo desorientados, pues la línea roja sobre la pantalla dice que vamos bien, pero no entendemos hasta donde hemos de llegar, no divisamos señales de paso por ningún sitio. Una curiosa forma de comenzar la mañana y la ruta, las piernas están congestionándose muy rápido, a ver qué pasa cuando salgamos de esta ratonera escarpada.

Los minutos son como el roquedo: espesos, farragosos; cada segundo es una gota de sudor que recorre mi espalda. No acaban, se suceden uno tras otro, incesantes como  pasos oxidados y llenos de dilación. Subir Hacha Grande es duro pero no imposible, los ánimos nada luctuosos dan empellones de vigor a cada momento, las miradas se pierden sobre la loma ante nosotros, en el punto en el que el horizonte quiebra la tierra con cielo, donde la sombra de la gaviota se pierde en la arista fugaz y difusa de la distancia. Las nubes y, tal vez las alocadas cabras barbudas, son los únicos testigos de nuestra mini gesta. Estamos arriba, jadeantes, con las piernas extrañas, atalantados, prendados y con las zapatillas muy sucias, las camisetas completamente sudadas, frunciendo las caras a medio camino entre la sonrisa y la mueca de dolor. Curiosa emoción ésta. Panorámicas inolvidables: Fuerteventura al fondo, la sombra de las nubes jugando sobre el espejo de mar, las aves marinas con sus rutilantes vuelos, el viento oliendo a África, nuestros pensamientos ensimismados, conectados, callados, mirándonos, intentando entender esta curiosa emoción y a la vez nos ronda una gran preocupación. Es el primer pico de un gráfico que parece una sierra de leñador muy mellada.

Bajamos con bastante cuidado. Uno de mis acólitos resbala y arrastra su cuerpo unos metros, no es nada importante, sólo un poco de polvo pegado al sudor de su ropa. El gradiente negativo es muy alto, hay que buscar de forma segura el descenso, casi reptando sobre el arenal y el quebrado abismo. Abajo vemos un camino, hermoso, limpio, despejado, rompiendo el negro de la ceniza con su beige roturado, cicatrizando el cromatismo volcánico. Al llegar a los pies de la cara trasera de este pliegue del Ajache Grande vemos cuan considerable ha sido la bajada. En ocasiones he querido emular a los grandes corredores de montaña y he ido saltando, brincando, alargando mis pasos y dejándome llevar por mi propia inercia, sin pensar, disfrutando el momento, sólo mirando donde voy a apoyar mis suelas durante un milisegundo pues voy a rebotar rápido hacia el siguiente apoyo. Mi vista baja ametrallando el pedregal. La rodilla izquierda, la más adusta y enteca de ambas, se ha mostrado afable y respondona, no ha dado ningún síntoma de dolor, ¡qué bien!

Ahora hay que bajar nuevamente hasta la carretera que une Femés con Playa Blanca. Es un capricho de la ruta, subes el pico rutilante y malhumorado del Ajache Grande, para luego tener que desandar todo y volver casi a empezar a los pies del puerto de montaña.

El camino está roto pero es disfrutón, podemos trotar alegres y ganar metros, los kilómetros de hoy vamos a ganárnoslos muy bien, sí señor, pero que muy bien ganados van a estar cuando los hayamos pisoteado a todos y cada uno de ellos.

Subimos fuera de ruta, la carretera se nos antoja perniciosa y nos metemos por un pequeño barranco que cicatriza el puerto de carretera y nos va a catapultar hasta el caserío. Al acabar el espacio trotable nos incorporamos a la carretera y aumentamos el ritmo, el desnivel es muy duro. Los conductores que se cruzan con nuestras miradas nos sonríen y otros se asombran, esos gestos me dan ánimo y aprieto un poco más mi cadencia.

Coca cola y cerveza sin alcohol, bien ganada recompensa a los pies del puerto, junto a una bella ermita bien encalada.  San Marcial del Rubicón nos despide desde su capilla. Casitas vestidas de César Manrique con su tricromía isleña (blanco, azul y verde) se apoderan de la base del volcán.  A nuestra vista tenemos otro gigante que visitar, con un penacho lleno de antenas y curvas retorcidas que se aprecian desde nuestra atalaya intermedia.

El ascenso  al volcán de la Atalaya es duro, el camino es ancho, muy polvoriento, y empinado. Tras el refrigerio todo se ve de diferente manera, lo más duro de la etapa ha terminado. Al menos eso creemos, pero… nada más alejado de la realidad que semejante pensamiento. Las múltiples antenas nos esperan inhiestas, rígidas, férreas, inamovibles, pacientes y expectantes. Las zapatillas se hunden en centímetros de fino polvo negruzco, los calcetines creo que fraguan semejante enharinado con nuestro sudor. Además del esfuerzo, estamos batallando con el sol de medio día, sus rayos laceran nuestras pieles como afiladas espadas de Damocles.

Tras encumbrar, cogemos la línea isométrica que indica que estamos a quinientos metros sobre el nivel del mar, con el volcán  Caldero Riscado a nuestro flanco derecho como referencia en la lejanía. Volvemos  a correr. Seguimos una preciosa culebra arenosa que recorre una mini cordillera negra y desértica. Divisamos  Yaiza a lo lejos y a nuestra mano izquierda el Valle de Fenauso. Vamos siguiendo La Degollada, que en el archipiélago no es otra cosa que el paso entre dos alturas, siendo normalmente llamadas así las líneas sobre los lomos, por donde se pasa de un barranco a otro, y también el nombre de un bello caserío de más de tres siglos de historia. El sendero se retuerce algaido, estrecho y escalonado. Hay momentos en los que se rompe y se deshace en arena fina. Correr cuesta abajo es aparentemente fácil y relajante, pero cuando estás en ello, descubres que es todo lo contrario, los muslos van cargándose al tener que ir reteniendo el peso del cuerpo a cada brinco. Aún así, imprimimos alegría a la comitiva,  disfrutando del relieve isleño que nos ofrece nuestra posición aventajada. Corremos y corremos, nadie mira atrás. En fila india, saltando y avisándonos de los pasos más técnicos, en los que un buen salto lo resuelve todo. Levantando el polvo del camino sin piedad progresamos sobre el mapa a una velocidad superior a la estimada. He recuperado el aliento y amplió el tamaño de mis zancadas. Me alejo un poco, suficiente para que podamos tener contacto visual y no dejar de divertirme.

A lo lejos se adivinan pequeños núcleos habitados, desconozco los nombre de estas pedanías o poblaciones, la única que identifico, y es porque el gps me lo apunta visualmente, es Uga. Es nuestro siguiente punto de avituallamiento, y donde poder dar un respiro antes de adentrarnos en La Geria y en Timanfaya.

Nos metemos en un bar después de casi tres horas de ruta. La subida de Hacha Grande nada más salir de Playa Blanca a primera hora del día nos ha retrasado muchísimo y desgastado las fuerzas. Hay que meter combustible sólido al cuerpo, pero nada de barritas ni albricias deportivas, hay que echar leña de la buena a las calderas. Uga es un intricado de calles preciosas, un mítico lugar cuajado de dromedarios y con un ambiente norteafricano bellísimo. Hamburguesas caseras, ensaladas, cervezas y café. Menudo emplaste le hemos envidado a los estómagos. Para evitar disparates, decidimos continuar la gesta caminando rápido hasta que nos metamos de lleno en el paisaje vitícola de La Geria, donde poner otra vez las piernas al trote.

Dejamos el turismo urbano por esta pedanía de Yaiza, cruzamos la carretera y nos imbuimos de lleno en las negras cenizas volcánicas  que a principios del siglo XVIII la erupción de Timanfaya dispersó por toda la comarca, cambiando la fértil tierra por negro basalto duro, estéril e inhóspito. Curiosamente la vegetación no es densa pero compone la mayor parte del cultivo de las parras del vino Malvasía de la isla. Los lugareños, sabiamente, para proteger sus cepas excavaron hoyos en las cenizas y los rodearon semicircularmente con piedras. De esta forma protegen la vid del viento y aprovechan la humedad ambiental al máximo. El paisaje es una bella filigrana de troncos leñosos sin podar, aún otoñando, vestidos con colores carentes de verde, y algún que otro mini racimo olvidado tras la vendimia, de uvas muy arrugadas y pequeñitas. Ordenados lucen los hoyos, en filas y columnas, cual ejercito de dulces ambrosías,  descendentes hacia el parque volcánico. Correr por semejante paisaje es todo un lujo para los sentidos, los kilómetros son duros de ganar pero los ánimos van pletóricos y distraídos. Experiencia única, maravillosa, grandiosa podría decir, no todos los días se tiene la oportunidad de formar parte de un entorno tan exclusivo y mágico a la vez. Las bodegas las vamos dejando atrás una tras otra. Preciosas construcciones en las que han añadido árboles y palmeras que regalan sombra, y un sinfín de bucólicos geranios en flor, que rompen la sobriedad del negro con sus rojas, fucsias y anaranjadas flores de un modo escandaloso. Éstos son más pequeños que los comunes, y anecdóticamente al frotar sus hojas no desprenden el olor esperado, tienen una fragancia alimonada, nos llama mucho la atención.

Mis pies van resentidos, creo que algún pliegue del calcetín ha ido rozando mi dedo meñique y me escuece un poco. Paro para estirar la prenda, masajearme un poquito y sacudir la ceniza y piedrecitas que llevo en el interior de la zapatilla, jugando al escondite entre mis dedos y las plantillas. Al ponerme nuevamente en marcha noto como mis piernas, lumbares y ánimos están algo macilentos, este mini enfriamiento acaba de hacerme consciente de que llevo más de treinta kilómetros de trote infernal por estas tierras insulares.

Son momentos mágicos, que van a superarse en breve, cruzamos nuevamente la carretera que lleva a Yaiza y bordeando una última bodega nos engulle el malpaís del parque volcánico. El camino desaparece ante nuestros más atónitos ojos. El gps marca una delgada línea roja ante nosotros pero la realidad es algo difícil de describir. Frente a mí hay un mar de lava solidificada y ardiente, que refleja el sol, escupe el calor de las entrañas de la tierra, austera, mal colocada, desquebrajada, afilada, suelta y traicionera. Algunas calderas en el horizonte sirven de referencia. Miro al sol, me sitúo y acierto a entender hacia donde está Tinajo, nuestro destino final de la ruta de hoy.

En mis anteriores aventuras por la isla, eso sí, sobre una bicicleta de montaña, he cruzado Timanfaya por dos lugares diferentes. Hoy voy a conocer una tercera vía por la que pasear por el infierno.

A la derecha hay una valla que circunda una finca privada, a unos trescientos metros más adentro hay una casona antigua de estilo colonial. A nuestra izquierda el mar de lava. Miramos a nuestro alrededor con intensidad, hasta con necesidad podría decirse. No hay camino, no hay nada, sólo pegotes basálticos, unos sobre otros, en difíciles equilibrios y nada más. Líquenes que tapizan todo, es lo único que vive en este océano de furia volcánica. El sol está muy alto y aprieta con fuerza. Van sumándose factores que dificultan el avance y ponen en peligro la misión: calor seco, cansancio, piernas cansadas, pies molidos, un tanto de desorientación a pesar de tener elementos de ruta fiables, un camino a seguir inexistente, algo de ansiedad, la luz solar amenazando con su fuga por el horizonte si perdemos el tiempo en cruzar Timanfaya. Nos armamos de valor y como cenicientas con zapatos del más fino cristal vamos pisando sobre los angulosos cantos de lavas centenarias. Si alguno se cae puede ser fatal. No quiero imaginar qué pasaría si te caes y apoyas las manos, rodillas o cara sobre semejante terreno, las heridas y fracturas serían instantáneas y fatales. Y yendo más lejos aún, ¿cómo podrían venir a rescatarnos? En helicóptero, sólo se me ocurre esa opción. Mejor no pensar y seguir caminando como una zancuda en unas salinas, con paciencia e intentando soñar con el fin de esta tortura china que nos está mermando fuerzas a una velocidad inusitada.

A nuestro alrededor ya sólo hay lava pérfida. Da igual que camino queramos usar para la huída, todo es idéntico, fatídico tramo. No perdemos la esperanza, pero la guardamos muy dentro de nosotros, tímida y arrugadita.

Juan se da cuenta de un detalle, está viendo a unos metros de nuestros pies como un grupito de piedras brillan de forma diferente y carecen de líquenes. El alocado relieve hace que se vayan ocultando y reapareciendo caprichosamente ante nuestras sorprendidas miradas estas piedrecitas que además de carecer de líquenes están ordenadas de singular manera, asemejando un camino discreto y sólo hallable para intrépidos lectores de mapas de míticos tesoros piratas. Hemos encontrado la vía que nos regalará la osadía necesaria para cruzar este infierno llamado Timanfaya. El parque lo vigila y guarda un diablo. No me extraña, hay que ser muy especial para guardar estos páramos yermos, en los que algunas semillas valientes van germinando y lacerando el negro de la ceniza con el verde clorofila de sus hojas. Ese diablo tiene una preciosa leyenda, que habla sobre el amor de un hombre y una mujer, la furia de la Tierra, y la belleza del Aloe Vera.

Vamos intercalando momentos de comodidad siguiendo la lítica senda negra con mini arenales y dunas caprichosas, con pequeñas pérdidas que nos obligan a parar y otear nuestro alrededor con mucha perspicacia, hasta que retomamos la buena senda.

Nos quedan pocos kilómetros para acabar la jornada pero están siendo muy intensos. Subir dunas de fino picón, ir dando saltitos entre bloques de roca, trotar por el caminito negro de piedrecitas, todo ello nos desgasta mucho. Comemos las últimas barritas energéticas y bebemos bastante. Hasta ahora la hidratación ha sido sencilla, no había necesidad imperiosa por beber, ni sensación de sed que nos apremiase, pero aquí la deshidratación está siendo muy rápida y no hay que perder de vista este factor. Es preferible acabar con las reservas de agua de las mochilas que salir del desierto con agua de sobra. No estamos sufriendo calambres ni mareos, las piernas ya nos duelen bastante, pero tenemos un pundonor que puede con todo y en cuanto vemos que tras bordear una pequeña elevación volvemos a tener una pista de tierra por la que correr, imprimimos alegría a nuestros rostros e imprimimos ganas a nuestras piernas.

Seis kilómetros nos separan del descanso, de una buena ducha, de poder parar y comer fruta fresca. Llevo la boca seca, las encías algo inflamadas, son más de cinco horas y media de trajín.  La piel llena de ronchones de sal, la camiseta ha perdido su forma de tanto mojarse y secarse, el pelo es una amalgama de sudor, polvo, ceniza, salitre y sol. Voy derrotadísimo, pero con los ánimos plenos. Estos kilómetros siento que son casi de mentira, es cómo si no contasen, vemos el núcleo habitado de Tinajo  a lo lejos y mi cuerpo ha dejado de sufrir.

No puedo creérmelo, he acabado la primera etapa, algo más de cuarenta y dos kilómetros de desiertos de todas las clases, subidas y bajadas por las calderas y lomos de los volcanes de Lanzarote, tramos de playas enarenadas y hasta algún que otro kilómetro de asfalto. Distancia maratón pero con tropezones. Estoy muy orgulloso del esfuerzo y del resultado de tantas horas de entrenamiento. Ahora hay que recuperar bien y ver cómo amanezco mañana, son más de cuarenta y seis kilómetros los que me esperan hasta llegar a Órzola.

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Menuda aventura! Enhorabuena!

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