5º Triatlón de Montaña de Cofrentes

                Kashmir, de Led Zeppelin, inunda el interior de mi coche, esos acordes orientales mezclados con la luz del medio día primaveral, ilusiones, ansias de correr una prueba totalmente nueva para mí, la paz de quien viaja sin prisa, el calorcillo de unos poderosos rayos de sol y un paisaje que se aleja de Murcia para adentrarse en La Mancha montañosa, son  únicos, deleitantes, especiales, mis compañeros de ruta.          

Roberto del Fresno, ya viejo compañero de fatigas y digo bien: ¡fatigas!; está esperándome en Cofrentes (Valencia), vamos a disputar un triatlón de montaña, donde la natación como disciplina se suple por un intrépido descenso de cuatro kilómetros sobre el río Cabriel. Otra peculiaridad de este evento es que una vez finalizadas las tres tareas  correspondientes a esta actividad, hay que volver a subir a las bicicletas de montaña y afrontar unos bien espesos diez kilómetros para poder cruzar la línea de Meta y obtener así el premio de la satisfacción del deber cumplido.

17800404_10213159382567044_924901476807555760_nEste fin de semana no sólo Roberto va a protagonizar mi chispeante aventura por tierras cercanas a mis remotos ancestros de los Chorques, también me acompañan: Juan Francisco, éste, compañero de horas nocturnas en el gimnasio y de un Duatlón Cross hace unos años. Hay un grueso eje alicantino: Lux, Óscar, Francis, Loli Martínez,  Planelles y una pequeña legión de acólitos de Cronobike, a quienes voy a conocer.

Mi coche va lleno de magia: un cuadro Specialized de carbono, las nuevas zapatillas Northwave, que me encajan al pie izquierdo como un guante, mis tapones de espuma expansiva para dormir como un bendito después de una opípara cena, las viejas y… muy sobadas zapatillas de correr, que estrené precisamente en aquel antes mencionado duatlón cross, y que hoy creo se van a jubilar por la puerta grande, cual torero en hombros saliendo de Las Ventas en San Isidro. Una mochilita con los tuppers rellenos de las recetas que Mario Lorente, mi nutriólogo y buen amigo, me aconseja comer para estar fuerte y magro al mismo tiempo. Un montón de tesoros que bien estibados van dentro de mi escueto cochecillo. Y… así, cual mercader errante voy árbol tras árbol, y pueblecito tras pueblecito, llegando a mi destino. Sintiendo la caricia una cálida tarde. ¡Feliz y en paz!

El hotel está en las afueras de Cofrentes, en un lugar llamado Jalance, sobre una loma, vigilando la central nuclear y ofreciendo unas panorámicas grandiosas y embelesadoras.  Todo muy bonito, con gran quietud, limpísimo y con un cuarto para guardar las bicicletas. Qué gran detalle, se nota que sienten al cliente como un amigo al que acogen gratamente.

17523493_10213159359366464_2859776334404889416_nHay que ir a recoger los dorsales y de paso echar un vistazo al pueblo. Visitamos la zona de las transiciones, instalada en la ribera del río, en un bello marco idílico. Hablamos con otros deportistas que participaron en ediciones anteriores y conocen bien el terreno, así cómo las dificultades de la prueba. Nos hacemos unas fotos divertidas y poco a poco, sentimos como va cayendo la tarde, a la par que los haces de luz del astro rey declinan entre las ramas de los álamos enhiestos y arrogantes, celosos guardianes de su río. También nos asomamos a la famosa cuesta final, donde nuestras pulsaciones se dispararán como las revoluciones de un Lamboghini. Y cómo mandan los cánones, para acabar la visita nos apalancamos en la terraza de un bar y junto a Loli y a Juan Antonio, nos ponemos a contar batallitas a la par que nuestros labios amargan por la espuma de las cervezas.

17800267_10213159295044856_4745259084983596738_n17630151_10213159360766499_8805194657724392693_n

17796240_10213159360246486_5283999796891576854_nCual caballero andante, que vela sus armas la noche antes del torneo, ceno solo, en silencio, tranquilo y armoniosamente. Me alejo del bullicio corporativo, dejo que las risotadas suenen en el comedor del hotel, siento que he de relajarme profundamente. Mi compañero de habitación es sigiloso y nada ruidoso. Nos despedimos y de la mano de Morfeo cruzamos el intervalo que nos separa del amanecer.

El desayuno, mezcla de carbohidratos y mucho cachondeo, no lo podemos evitar, somos así, tenemos espíritu juguetón. Recogemos todo, y junto a unos gélidos tres grados centígrados nos ponemos en marcha, ha llegado la hora de la verdad, la frivolidad se ha esfumado y las chimeneas de la central nuclear humean incesantemente esperándonos.

17634405_10213159359926478_4008084491777751349_nLos dorsales ya están instalados frente a los manillares, las zapatillas entregadas para ser colocadas junto a las etiquetas 251 y 252 en el pasillo de transiciones, los chips bien cinchados a los tobillos. El bullicio de ciclistas es maravilloso, deambulamos erráticamente, calentamos nuestras piernas, intentamos alejar la desagradable sensación de estar ateridos por el frío. El colorido es divertidísimo, conformamos un arco iris flotante sobre las históricas calles que abrazan al castillo. Puede que las huestes del Marqués de Villena o las del Duque de Gandía después, pisoteasen estos lodos sobre el Cabriel a la espera de la contienda, nerviosos y helados, como nosotros.

17799281_10213159297644921_2654311225587503473_n17634404_10213159295004855_4130790469415015567_n

No somos un gran pelotón, algo más de trescientos treinta participantes, divididos en las categorías de individual, parejas y equipos de cuatro. Estos últimos saldrán unos minutos más tarde, así evitaremos embotellamientos y tapones en la salida, que tanto molestan y entorpecen. Hasta el momento la organización está siendo sobresaliente, escasa en lujos pero sobrada en eficacia y amabilidad e información al corredor, detalles que se agradecen enormemente, en otros eventos hay mucho brillo pero directamente proporcional es el número de ausencias y de austeridad.

17799153_10213159297324913_1123445089614876757_n17796868_10213159296804900_6058900057438535293_nMe siento en forma, pero en el segmento del ciclismo no estoy muy rodado, vicisitudes de la vida misma han hecho que en las últimas semanas no haya podido salir a entrenar con mis bicicletas, siendo únicamente por las noches cuando ciclo en las bestias estáticas del gimnasio. No hay excusa, si estoy aquí es porque se puede batallar y como bien sabemos todos los que amamos el ciclismo, cuando ponemos un papel con un número en el manillar nos transformamos y no atendemos a razones, salimos a competir y a darlo todo en la leonina arena del circo romano, hasta la victoria o la muerte.

Juntos, los cinco jinetes, esperamos ansiosos el momento de la salida, estamos en la vanguardia del pelotón. Juanfran va por libre, Rulos y yo siameses sempiternos, y Luis con Óscar, van a dar todo lo que lleven dentro.

17795744_10213159296924903_2578176928866375586_n17757217_10213159296684897_7075100597192299113_n17759865_10213159358206435_5707009169470273008_nDan la salida, policía local rompe el cielo con sus sirenas y luces azuladas. Somos enfermos buscando cura, seguimos esas luces hipnóticas callejeando por las algaidas calles cristianas de Cofrentes. Cual cardumen perseguido nos movemos instintivamente para no caernos. Rodar en el interior de un pelotón ciclista es más difícil de lo que a primera vista parece, porque no te conformas con el puesto que tienes, siempre vas metiendo rueda y colándote, buscando un sitio más adelantado, una posición más en el grupo. Vigilante de bordillos, aceras, arquetas, ciclistas que frenan desmesuradamente, locos que no miran y se cruzan de manera repentina. Todo a más de cuarenta kilómetros por hora, sustentados en escasos centímetros de goma neumática. El pelotón tiene un sonido propio, es una bestia con vida propia, de fondo se siente un bullicio mezclado con respiraciones jadeantes, pequeños avisos y silbidos, el crepitar de las ruedas sobre el asfalto, los bujes traseros cuando ruedan libres que crujen como chicharras de agosto, frenos que sisean y algún que otro derrape descontrolado. Es un momento en el que la individualidad del ciclista desaparece, sientes el grupo, te mueves a la par, reaccionas sin pensar, sólo atiendes a estímulos que te rodean, anhelando el momento en el que el coche oficial se aparta, que es donde estallamos. Los muslos se tensan, los corazones se disparan de verdad y los lumbares sufren la tensión del esfuerzo que retuerce nuestros cuadros de carbono, levantando polvo y todo lo que se cruza en nuestro camino. Los puños aferran los manillares con agresividad, se tensan brazos y hombros, la vista se alza a unos diez metros por delante escrutando el más mínimo resquicio por el que poder adelantar. Nos sentamos para imprimir más potencia en el llano y nos levantamos para impulsarnos en las pequeñas inclinaciones del terreno.

17800011_10213159295884877_4998190029120313389_nMis piernas en el kilómetro tres, ya me han dado una mala señal, se me han hinchado y me duelen. No siento calambres ni sensación de vacío físico en ellas, pero si es cierto que no puedo pilotar en versión V8 cómo a Roberto le gusta verme, hoy él tiene su Trek jugando a ser líder y mi guía.

No me arrugo, sé que mi compañero es inteligente y va a saber sacarme el máximo rendimiento. Sin cesar me pregunta como llevo el tanto por ciento de mi frecuencia cardíaca. Escucha cifras que le dan alas, mi corazón con los años se ha convertido en un viejo motor diesel que ruge sin alterarse en demasía, sabe bombear sin sobresaltos, con buen ritmo y sin vacilaciones. La grandísima pena es que mis piernas no tienen ese plus de malas pulgas que les da Sincrolador cuando compite, hoy el plato de treinta y seis no va a ser el protagonista, más bien voy a ser zorrillo y amortizaré a su compañero de veinticinco dientes. Jugando a la comba entre platos con la cadena en los repechos voy a pasar el trago, no me queda otra opción.

La pendiente es terrorífica en algunos tramos, las cuestas sólo se presentan en positivo. Son veintiséis kilómetros y más de mil metros de desnivel acumulado a superar. El recorrido es corto pero tiene su dureza.

17523156_10213159295604870_8817478029223881586_nNosotros mantenemos el ritmo que mis piernas nos permiten, Rulos es grande, noto que va sobradísimo de fuerzas y en ningún momento ha hecho alarde de ello, es mi compañero, lejos de sentir que le defraudo intento que se sienta orgulloso y no me quejo en ningún momento. Lo estoy pasando francamente mal, pero no puedo regalarle momentos de pena, al contrario, tengo que apretar dientes y en silencio tragarme lo que la ruta nos pone por delante.

Desde el principio hemos sabido colocarnos bien, vamos en la cabeza de carrera. Nos vamos midiendo con algunos ciclistas que a veces nos pasan y a veces les llenamos las gafas de polvo en las bajadas. Nuestro fuerte es la buena sincronización que hemos adquirido con los años de pareja deportiva. Roberto baja como el agua que fluye buscando la mejor vía hacia el río, y yo sigo su rueda sin miedo, soy consciente de lo que tengo que hacer analizando sus movimientos y señales. En circunstancias normales yo me encargo de ir cortando a rodajas las subidas y haciendo un hueco tras mi rueda a mi manchego, tirando con fuerza de él, pues siempre, en el último tercio necesito que tire de mí. Es nuestra estrategia, remamos juntos, dando lo que mejor tenemos cada uno.

17796572_10213159358646446_6639331433126659126_nHoy no os puedo describir el escenario de carrera, voy muy pendiente de mis sensaciones, del terreno y de las cifras del Polar. He de ir viendo lo que nos queda para llegar a la primera transición, cómo voy de pulso y el tiempo que vamos haciendo para estimar la llegada. Aún así, el marco montañoso que estamos cicatrizando es bellísimo, tupido, agreste, recortado a capricho sobre la caliza emergente, un bello rincón de la Hispania romana. Si que me fijo bien en los arbustillos de los márgenes de los caminos, que están en plena floración, llenos de abejas trabajando. El perfume a tomillos y a jaras en flor,  en algunos tramos es increíblemente delicioso a mi pituitaria.

Nos avisan que tras el kilómetro diecisiete hay un avituallamiento y una trialera técnica. No nos preocupa, llegar hasta ese punto álgido está siendo duro, pero no bajo el ritmo, hace tiempo que no nos adelanta nadie, tímidamente se nos acerca un compañero en la subida a La Muela, pero en la bajada lo convertimos en un pequeño punto en la lontananza. Antes de la zona técnica bajamos una pista forestal rota, agrietada y con mucha zahorra suelta. Es nuestro terreno, sabemos cómo hacer flotar nuestras máquinas en este terreno, el flow está garantizado. Frenamos sin derrapar, retorcemos curvas quebradas y ganamos un poco de aliento, sobre todo yo.

17799359_10213159292524793_172347824091125341_n17799182_10213159293164809_7418490520188470448_nEl frío de la alborada ha desaparecido, la luz del sol nos calienta deliciosamente, tostándonos un poco la piel si cabe con sus rayos pizpiretos.

La tan nombrada trialera no deja de ser una cuerda estrecha entre el follaje de estos montes tan tupidos, en la que yo voy algo más retrasado, pero no me dejo ningún obstáculo sin demoler, mi vista va corriendo a la velocidad de la luz desde la rueda trasera de mi cicerone a la mía delantera, siguiendo el patrón de pilotaje que copio de Roberto. No me esperaba que fuese tan larga esta bajada, se me sobrecargan los tibiales y me sorprendo, espero que esta congestión no se convierta en marea sobre mis muslos.

Sin darnos cuenta, pedaleamos por la orilla del río, da la impresión de que los grandes desniveles han acabado, me retraso unos centímetros sobre mi sillín y alargando mi posición de pedaleo consigo relajar mis piernas y activamos un ritmo alto. Al llegar a los pies del pueblo, hemos de deshacer las bajadas reviradas del inicio de carrera. Rampas desafiantes nos enseñan su hormigón rayado a modo de mordazas, queriendo conocer el sabor de las suelas de nuestras zapatillas, pero nosotros no somos de los que se rinden a la primera. Subimos la cadena al piñón de mayor diámetro y disfrutamos subiendo paralelos, aupados por los ánimos de las gentes del lugar que flanquean la vereda. Esos aplausos, voces vocingleras y risas, son casi mágicos, consiguen que olvidemos el desnivel y aumentemos la cadencia, jugando un poquito con el manillar, haciendo algún que otro caballito para pagarles su apoyo con un detalle circense.

17760069_10213159296084882_8483921527104662643_n17796312_10213159292564794_6344503994269527129_nAl pisar de nuevo el herético asfalto urbano es como si nos transformásemos, cómo si no hubiésemos subido mil metros de desnivel, las gentes nos alientan, nos subimos las cremalleras de los maillots y cruzamos el pueblo como almas que lleva el diablo. Corremos por las calles, doblando esquinas y atravesando callejones como si fuésemos dardos perdidos que escupen dos cerbatanas. Al llegar a la plaza del castillo tenemos que bajar y retorcer la angosta bestia parda que nos catapultará a Meta. Volvemos a la mota del río. A unos hectómetros tenemos la zona de transición, nos toca bajarnos del sillín y calzarnos las zapatillas para correr un poco más de cuatro kilómetros de terreno ribereño.

Ahora es cuando me toca cuidar de mi amigo. Llevo cuatro meses corriendo por las huertas de mi pueblo, por la orillica del Segura y desguazando las cintas de correr del gimnasio. Me siento fantástico. Estos meses de ajetreo y carreras han sido divertidos y además me han tonificado bien la musculatura del tren inferior.

17796791_10213159354206335_2599106915940189453_n17796460_10213159353646321_7994861131381606820_n17629898_10213159353846326_5431676128676024626_nZapatillas puestas, cascos fuera, guantes puestos para evitar rozaduras con los remos, un vaso de agua al coleto y salimos del pasillo de transición. Ya estamos otra vez de jaleo. El paladar lleno de un espeso gel energético.

El ritmo es muy moderado, no quiero que mi pareja sufra y se me quede anclada sin poder correr, la postura inteligente es buscar su punto alto y a ese ritmo afrontar lo que nos tengan preparado hasta llegar al embarcadero y subir a nuestro kayak doble.

Nos adelantan algunos compañeros a un ritmo veloz, otros nos siguen y otros al más mínimo repecho se paran y caminan. Nosotros vamos a nuestro ritmo, sin descansar, avanzando, subiendo repechos y trotando en el llano. Hay un par de bajadas divertidas y cuando venimos a darnos cuenta, ya hemos llegado al final, tenemos a tiro de piedra la segunda transición. Hay que ponerse un chaleco salvavidas, coger los remos y acoplarnos en nuestra piragua. Estos cuatro kilómetros me han sabido a poco.

17799083_10213159354646346_5913873586966187856_nEl entorno por el que hemos trotado ha sido una maravilla. Un tupido bosque de galería, lleno de árboles inmensos que nos han regalado su amable sombra y frescor. El Cabriel en todo momento a nuestra derecha nos ha ido guiando y esperando. Es un tramo bellísimo de su cauce.

En esta ocasión, vuelvo a tomar el timón, y no sólo en sentido figurado sino en el literal también. Me sitúo a popa y soy quien se ha de encargar de dirigir la proa por el trazado adecuado. Esta parte del río no es muy profunda, hay zonas con algo de fondo por las que podemos fluir con facilidad pero también podemos encallar a la más mínima maniobra equivocada. En un giro nos vemos empotrados en la encañizada, y tenemos que retomar nuestro rumbo girando hacia atrás, clavando palas y empujando en sentido contrario al que queremos virar. No podíamos irnos sin saber a qué saben los carrizos de la orilla.

01Hace años tuve una época en la que el kayak de mar era mi pasión, y navegar es como pedalear, nunca se olvida. Poco a poco voy dando directrices a Roberto para que optimice su esfuerzo remando, y podamos avanzar más rápido cada vez, pero sin experiencia previa es muy complicado hacerse con los detalles necesarios para poder navegar con soltura. Se esfuerza mucho y a parte de las risas que nos vamos echando, de vez en cuando le digo que descanse en su esfuerzo, que yo voy fresco, con fuerza en los brazos y con gana de apretar el ritmo.

17796555_10213159294924853_8156847038825929489_n17796504_10213159293604820_4911994955755189198_nEl trayecto es una pasada, el sol titila sobre el espejo fluvial y siento que vamos cruzando una bonita acuarela llena de colores pastel. Los pajarillos han de ser amigos de los piragüistas de fin de semana, no se asustan, trinan y trinan, convirtiéndose en la mejor banda sonora que podamos imaginar.

No hay sincronía entre ambos en más de dos remadas, pero no pasa nada, aquí hemos venido a competir en equipo, así que en ello estamos.

Pensé que iríamos más rápidos, pero el agua corre medio remansada y los minutos se alargan, los hombros queman por el esfuerzo de llevar el remo en alto todo el momento, pero no es suficiente dolor cómo para dejar de empujar nuestra nave de fibra. Esta piragua es muy estable y cómoda, lo malo son los minutos que llevamos con las piernas quietas y un poco mojadas por las frescas salpicaduras de las palas.

Mantenemos la misma posición en carrera, ni hemos adelantado ni nos han rebasado.

A lo lejos, junto a un meandro vemos el embarcadero de la zona de transiciones, al ritmo que le voy marcando a Roberto conseguimos remar a la par y sentirnos galeotes condenados a esclavitud de por vida. Nuestra velocidad se incrementa y nos acercamos a la última batalla: 10 kms de mountainbike nuevamente.

0217796007_10213159354326338_1787503413929068042_n17795809_10213159355446366_1688121766135933419_n17522577_10213159355126358_210365049373741743_nNos aferran los remos por estribor y saltamos a tierra. Dejamos nuestro artefacto flotante en el lugar indicado y nos ajustamos los cascos, zapatillas de ciclismo y tras otro vaso de agua y otro gel, en la zona final del pasillo de transición, dando un pequeño salto nos acoplamos sobre los sillines y arrancamos a un ritmo enérgico.

Compartimos vía con los corredores a pie, aún siguen llegando a ese punto de carrera, nos sentimos animados al ver que vamos muy adelantados y subimos un punto nuestro ritmo, mis piernas me están permitiendo todo el castigo que les ofrezco.

Tras nuestra estela hay un pequeño grupo persiguiéndonos y una pareja mixta, pero giramos a izquierda y comenzamos a subir nuevamente. Una empinadísima pista rota y con mucha piedra suelta zigzaguea por esta ladera, vemos a lo lejos ciclistas empujando sus cuadros a pie. Roberto imprime ritmo, vuelve a tomar el mando del Comando y en silencio me enrosco sobre el manillar y le sigo. El ritmo duele, sigo con la boca cerrada, las cifras del pulsímetro correr por la pantalla, voy superando las ciento setenta pulsaciones.

17795939_10213159351206260_4566719031594255886_nAlzo la vista y veo como se retuercen algunos ciclistas a lo lejos, pilotando sobre una retorcida vía que bordea estos collados.

Llegamos a la cumbre y los alientos se recuperan, volvemos a imprimir potencia a los pedales y persiguiéndonos vamos disfrutando del camino. Hay pedregales y tramos de roquedo emergente que nos frena mucho. Es mi punto fuerte, este tipo de terreno es el que tengo en mi zona de entrenamientos diarios, sé que no hay que tenerle compasión, subir un piñón, buscar una cadencia fluida y dejar que la horquilla haga el resto, no mirando lo más mínimo si pasamos por una roca o por otra, son de escasa altura y con las veintinueve pulgadas de nuestro paso de rueda todo queda resuelto. Siento que cada vez voy mejor, ya no me duelen las piernas, aunque sé que no están al ciento por cierto de sus posibilidades.

17796675_10213159292284787_6548804060452025777_nCruzamos una carretera y de repente, sin más avisos, vemos que han roturado el recorrido con una máquina y han creado un mini circuito. Saltos, peraltes divertidísimos y angostos, muchos elementos lúdicos para el ciclista, hasta una rampa de madera tras pasar por un pequeño túnel bajo otra carretera. Hay repechos que a la vista parecen imposibles de subir, pero que apretando los dientes se conquistan. No sólo he recuperado mis piernas sino que voy disfrutando como un chiquillo, este tramo te saca una sonrisa a cada golpe de manillar, a cada salto, a cada escalón de tierra excavado en el camino. Gracias a la organización por semejante detallazo.

17760150_10213159291484767_9219342007377638908_nEl viento nos regala algunos acordes del grupo de batukada que está en la terrorífica cuesta final en el pueblo. Podemos escuchar ese atronador sonido cuando surcamos algún barranco. Quedan escasamente cuatro kilómetros, hay que darlo todo.

Una pareja de voluntarios nos avisan sobre un tramo peligroso. Ciertamente el inicio lo es, por lo menos para mí. Demasiada piedra suelta y aterrazada, así que me bajo y tras dar cuatro saltos con poca elegancia y llevando la bici al hombro, vuelvo a subirme a ella y me embuto en la senda. Es peligrosilla en algunos momentos, ofrece escalones pétreos bastante abruptos, dejo que la bici vaya cayendo y no tengo ganas de volverme a bajar, así que me esfuerzo muchísimo y aumento la velocidad para conseguir salvar los escalones de rocas salientes sin más preocupación que la de colocar bien la rueda delantera en la bajada.

17798980_10213159298084932_6388671943207370139_n17796860_10213159295444866_958267568437817279_nA lo lejos ya se ve el castillo, las casas del pueblo bordean esa corona montañosa. Nos alcanzan cuatro intrépidos ciclistas que forman el primer equipo cuádruple. Son un espectáculo, verlos hacer caballitos en bajadas a más de cuarenta kilómetros por hora es como estar viendo un vídeo de youtube pero en directo. Se van colocando de forma que optimizan al máximo su ritmo, nosotros les seguimos y nos ponemos a rueda de los dos que cierran el grupo. Duramos poco, son almas que huyen del azufre de Pedro Botero y no somos capaces de mantener el ritmo.

Al nuestro, ritmo alegre, derrapamos un poco en una cuesta de tierra suelta y al acabarla ya estamos pisando el asfalto del pueblo.

17796060_10213159353286312_4455418779808578527_n17523536_10213159352406290_2128090959964234911_nToca el último requiebro del recorrido, subir la tan famosa y temida cuesta final de Cofrentes.

Liturgia propia en nosotros dos es que al llegar a la antesala del final, siempre, nos adecentamos los salitres de los labios, sudores de la cara, nos colocamos el casco y las gafas, subimos las cremalleras de los maillots e imprimimos un ritmo que nos saque de punto, no se puede llegar a Meta derrengados y dignos de lástima, todo lo contrario, hay que derrochar brío y chulería.

Roberto se adelanta y veo como exprime sus últimas calorías en un pedaleo agresivo, no dejando que esta empinadísima cuesta en forma de espiral le doblegue. Cómo se dice en el mundillo, va con el molinillo echando humo.

17795939_10213159351206260_4566719031594255886_nb17796359_10213159352886302_2406114401983438628_n17795815_10213159291724773_218086232139364150_n17629855_10213159352646296_4090629072173796246_n17796001_10213159350806250_5597072644240758354_nYo dejo unos metros de distancia y sigo la misma pauta, tomo aliento y desencadeno un frenético pedaleo que gracias a la Batukada, a los gritos de la gente, los ánimos, los aplausos, y toda esa nube de excitación que se concentra en este tramo final, ni siquiera siento ni padezco. Hay que derretir el hormigón al paso de nuestras cubiertas, hay que dar espectáculo, hay que sacar al ciclista que llevamos dentro, hay que darlo todo sin mirar pulsaciones.

El aliento al acabar la cuesta es insuficiente para ventilar mis pulmones, mi boca abierta al máximo tira aire a mi pecho de forma potente, ahora estoy pagando el esfuerzo, al acabar la subida. Noto como en mi cuello, en mis sienes y hasta en los antebrazos, mis venas y arterias bombean sangre frenéticamente. Llevo la piel erizada, algún escalofrío recorre mis gemelos. Ha sido un esfuerzo loable, digno de tan maravilloso evento.

Levantamos nuestras manos y nos las estrechamos justo al pasar bajo el arco de llegada. Triunfales, juntos, satisfechos y muy cansados, damos por acabado este triatlón de montaña de Cofrentes.

17800110_10213159290884752_3670533743856804003_nUna vez que dejamos las bicicletas apoyadas en las escaleras de la Casa Consistorial y nos llevamos la primera cerveza a la boca, es cuando nos miramos, y nos damos cuenta del gran trabajo en equipo que hemos hecho, y de lo bien que nos lo hemos pasado nuevamente.

Séptimos en categoría de pareja masculina. Una más que increíble clasificación.

¡Hasta la próxima, amigos !

17796728_10213159296004880_8840966021324926445_n

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Anuncios

Deja tu comentario...

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s