III TransHighlands (etapa 2)

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Acabada la primera etapa, los cuerpos piden calor y descanso.

Una vez más vamos sobre las bicicletas con las mochilas a la espalda, los tres jinetes del sureste vamos en busca de fonda y mantel. Instalados, y bien escaldados bajo la ducha nos esclafamos en el comedor del  apartotel, y os digo bien, utilizando ese verbo tan propio de Don Pantunflo Picaporte, porque las piernas y los ánimos se han diluido junto al polvo de los caminos por el desagüe de la bañera, y no podemos hacer otra cosa que caer a plomo en las sillas del comedor y pedir una suculenta cena.

Apolo en una amena charla nos orienta sobre la etapa de mañana, hace muy buenas indicaciones y recomendaciones,  disfruta hablando sobre su criatura. Le asoma un avieso gesto maligno cuando habla sobre la dureza del recorrido que nos aguarda oculto en más de ochenta kilómetros, para poder acabar esta aventura por los pueblos más altos de la península.

Cual insignes caballeros cristianos, cruzados, templarios, nobles o cualquier otro tipo de mercenarios armados para dar cabida a la Reconquista en los libros de historia, nosotros simples mortales, velamos nuestras armas hasta la alborada. Todo bien pertrechado y dispuesto para que nuestra parafernalia esté en perfecto estado de revista y uso. Roberto ha bajado al garaje del complejo hotelero y ha revisado las bicicletas a la par que engrasado minuciosamente.  La tropa ha de afrontar una severa contienda contra la sierra, fisiología del ciclista y sobre todo contra la dureza de la TH.

Luces apagadas, silencio y semioscuridad, dejo levantada la persiana de mi habitación permitiendo que la luz de esa maravillosa luna que nos acompaña ilumine mi descanso.

La organización se hace cargo de nuestros equipajes nuevamente para dejarlos en el punto de partida, y mientras que llega el momento de concentrarnos a la espera de que el poeta de la orden de Santiago nos de permiso para salir con su última exhalación, merodeo por las callejuelas de Gúdar. Me quedo asombrado con las vistas que cualquier rincón del pueblo ofrece, es una postal viviente. Un amable paisano disfruta al igual que yo viendo los primeros rayos de sol recorriendo una inmensa cortina caliza que se alza frente a nosotros.

El bardo saca su libretilla, se aferra al micrófono y hoy nos lee sus versos a gritos, motivando a su soldadesca. Obra que anoche entre los abordajes de sus hijas, preguntas de los participantes y mordiscos a su cena pudo componer para que no nos faltase ese toque épico, y así poder sazonar nuestra gesta con una digna composición capaz de empañar a cualquier cantar del Medievo caballeresco a la sazón de la Chanson de Roland.

Al grito de:¡¡¡ Centauros, Cabalgaddddd !!!!!!  Comienza la batalla de piernas, bielas, cadenas, pinos, trialeras y subidas agónicas.

14484921_10211299818079094_8865940967017261821_nEn el tramo neutralizado volvemos a corretear por las tan cargadas de historia, calles de Gúdar. Hay  que subir y bajar cuestas de lo más inadecuadas al inicio de cualquier competición. Las pulsaciones otra vez suben en demasía y la temperatura corporal nos recuerda que las calderas están quemando carbón al máximo. Es peor que un par de banderillas sobre el albero.

Un desalmado tramo nos hace arrancar bajándonos de las bicicletas, cruzando por un pedregal de lo más desordenado y atestado de molestias para nuestras ruedas. Nadie hace el intento de bajar este tramo tan destartalado y desmembrado sobre las monturas, y menos tras haber bajado la gran rampa asfaltada que ha calentado discos de freno hasta el extremo de llenar el ambiente de ese característico olor a freno quemado. Se forma un aturullado tapón, un engrudo de carbono, aluminio y piernas, que cual nudo Gordiano hay que deshacer dando un tajo por lo sano. Cada uno pasa por donde puede, y así, tras los chascarrillos de los supervivientes de la jornada de ayer, nos incorporamos a un camino en el que ya podemos pedalear con alegría y dar por empezada realmente la segunda etapa del evento. Vamos camino de Allepuz.

Cuando compré mi actual bicicleta venía con un único plato de treinta y dos dientes instalado, pero no me convenció tras su uso, y ahora llevo instalados dos. Para poder llevar a cabo tal cirugía hubo que jugar un poco a ser Doctor Frankenstein por parte de Juan Alberto, jefazo de JOHNBIKE. Si no quería dejarme un riñón cambiando distribución y transmisión al completo había que ir a quirófano. Así que el ingenio de mi buen zagal obró el milagro, con una arandela de algo más de dos milímetros anclada entre la puntera del cuadro y la pata del mismo, consiguió engañar al cambio trasero. Hoy he descubierto que me falta tensión para poder alcanzar la corona más grande cuando voy atrancado en el plato pequeño, así que me las juego todas a treinta y seis en vez de a cuarenta y dos dientes, pero no importa, sólo es cuestión de apretar un poco más las fibras de mis músculos y todo resuelto.

img-20161003-wa0015-1-1Antes de llegar a Allepuz, dónde está el primer avituallamiento, nos tenemos que meter entre pecho y espalda una impresionante subida sembrada de curvas de herradura y desniveles de lo más groseros. Son unos diez kilómetros negociando pedalada tras pedalada el gradiente positivo. Los hay que nos adelantan como si les fuese la vida en estas primeras cuestas, sé que después a muchos de ellos los veré tras mi rueda trasera oliendo a cadáver, no es bueno apretar tan fuerte a las primeras de cambio.

Roberto y  Sergio siguen mi ritmo, van tras mi estela. Hoy hemos dejado bien claro que la estrategia es moderar mucho las fuerzas y si en el último tercio todo va bien, dejar hasta la última gota de sudor en el intento por llegar a Meta en el menor tiempo posible. En un momento dado le digo a Sergio, quien va delante, que suba un poco el ritmo que está frenándome. Ante tal comentario creo que he liberado al cíclope Polifemo de su caverna, se gira y mirándome: desata ese titán que lleva dentro; forzando su cadencia de semejante guisa que, en pocos segundos dejo de tenerlo a la vista. Ha detonado su ímpetu juvenil y en el fondo me alegro. Esta subida es dura, muy dura, nos obliga a colocarnos de forma que nuestro centro de gravedad esté lo más adelantado posible, pues de lo contrario podemos derrapar y sentir el tacto del suelo en las suelas de nuestras botas. Se debe jugar bien con la cadencia, mantener un pedaleo que nos permita avanzar pero sin forzar mucho, pues los tacos de los neumáticos resbalarían sobre la tierra suelta que nos sustenta. Poco a poco, hectómetro a hectómetro, curva a curva, sintiendo la cadena tensa y las rodillas calientes, notando como el sudor perla nuestras mejillas, subimos y subimos. Frente a nosotros tenemos montañas miles, que parecen no tener fin, el mar pétreo sigue presente, me siento como una frágil chalupa a la deriva en una mar arbolada.

Gracias a la providencia y a la constancia, este tramo tan “pestoso”, conseguimos superarlo, y nos divertimos bajando como verdaderas almas que lleva el diablo, como si huyésemos de la Santa Compaña. Ante nosotros hay unos kilómetros de pistas y caminos forestales con desnivel negativo y aunque la tónica es la del firme empedrado, roto y traicionero por la gravilla, no dudo en atrasarme sobre mi Elite World Cup y hacer que Roberto disfrute dándome caza. La bajada es nuestro fuerte con respecto al resto de participantes, en pocos segundos nos damos cuenta de que el grupo que nos perseguía en la subida, ha desaparecido del horizonte, vamos solos. Los bujes traseros rugen espasmódicamente, en ocasiones muevo las bielas con una cadencia que me permite alcanzar los cincuenta kilómetros a la hora. El firme es un castigo para las horquillas y para nuestros riñones, pero no le hacemos ni caso, saltan lascas de caliza a nuestro paso y en ocasiones alguna de ellas golpea nuestras espinillas.

20161002_085051En un requiebro bien indicado, con voluntarios y señales, viramos a izquierda y nos metemos en un PR correctamente señalizado que nos va a hacer disfrutar más, si cabe. Tramos inclinadísimos en los que literalmente surfeamos sobre bolos de piedra. En un momento dado, pasamos a dos ciclistas que están a la derecha de la vereda arreglando un pinchazo y tras ver pasar  a Roberto se echan las manos a la cabeza y a mi paso me dicen que nos vamos a matar. La musculatura de los brazos sufre una tensión alta y noto la congestión del día de ayer, sensación que jamás había experimentado practicando ciclismo.

Esta locura de neumáticos que se deforman contra el roquedo, hombres que van atrasados al máximo sobre sus ruedas traseras, con los manillares bien aferrados y los dedos índices en las manetas de freno controlando todo el cotarro,  escuchando como silba el viento a nuestros flancos, es el paraíso. Entramos en una senda bastante técnica. Roberto se aleja, mi destreza no tiene los galones que la suya luce, me distancio. Bajo estos escalones y  pasos técnicos con un ritmo más lento, en ocasiones casi parado, no me fío de mí pericia y prefiero negociar todo despacio, con la siempre alerta intención de descabalgar antes que caerme y lesionarme. A pesar de todo, me voy atreviendo con situaciones que jamás pensé que pilotaría sobre la bici, luchando mucho contra mis miedos internos, usando poco la maneta de freno izquierda, permitiendo que mi rueda delantera caiga sin retén alguno. Qué locura de tramo, es espectacular.

Entre un montón de verdín, toca cambiar de tercio, Allepuz nos tiene a sus pies. Mi compañero no está al alcance de mi vista, sé que en el avituallamiento nos reagruparemos y continuaremos juntos. El pueblo tiene unas rampas de asfalto que obligan a poner todo el arsenal en funcionamiento. Son calles interminables que me roban el aliento de la boca y hacen que las cifras del pulsímetro se agolpen cerca del noventa por ciento, veo que llego a las ciento setenta y seis pulsaciones por minuto. Me veo obligado a ponerme de pie en un par de ocasiones, mi zona lumbar comienza a molestarme tras los traqueteos de la bajada, me estiro un poco, abuso de esta postura, aumento el ritmo, el cuerpo me pide guerra.

Las calles no sólo tienen cuestas horrendas y crueles, están plagadas de niños que ofrecen frutas, bebidas, aplausos, ánimos, me jalean a gritos, y eso me recarga de energía, hace que el pundonor me inunde y sin saber porqué, aprieto el ritmo y subo con alegría, al tiempo que doy las gracias a los chiquillos y a los mayores que me animan. No puedo negarme a todos,  tomo una tajada de sandía que me ofrece una niña guapísima que ha madrugado para venir a animarnos y a ayudarnos, ¡es tan emotivo! Con una mano en el manillar, con la otra voy echando al coleto una ingente porción de sandía que chorrea su jugoso néctar por mi barbilla, goteando sobre mis muslos a cada bocado. Qué sensación tan refrescante y maravillosa. El paladar ha pasado de seco y salado, a dulce y refrescantemente encharcado.

allepuzEl cicerone está disfrutando también del dulce sabor de una tajada de la misma fruta. Nos echamos una mirada que lo dice todo: ¡jóder que bajada! Acabamos rápido el avituallamiento y nos ponemos en marcha, aún nos quedan varias calles del pueblo por subir y algún tramo de camino desquebrajado que horadar a nuestro paso.

La cosa se suaviza, estamos muy alto y rodamos por un ondulado camino. La velocidad se incrementa y nos devuelve el aliento. A los pocos minutos divisamos una carretera frente a nosotros y pensamos que pedalearemos por el herético asfalto, acertadamente nos equivocamos. Una voluntaria y una flecha blanca hecha con piedras en el suelo nos desvían a la izquierda y nos vemos subiendo un cerro que nos tiene preparada una corta pero escandalosamente divertida senda, algaida, cordelera y entre matorrales. Casi de trazado intuitivo. Acabada cruzamos la carretera y nos indican que hay un escalón peligroso. Lo saltamos con alegría y nos introducimos en un lugar precioso. Me recuerda mucho a un rincón de la sierra de La Pila, en concreto al Llano de las víboras, espacio que hay entre las subidas al pico de La Pila y al pico de Los Cenajos. Los enebros, lentiscos, jaras, romeros, espinos negros y bajas encinas flanquean el camino, de rojizas tierras polvorientas y guijarros esparcidos por todo el camino. Las retamas en flor dan una fragancia leve, aunque mágica, al entorno.

Por cierto, en referencia a la señalización he de elogiar el trabajo realizado, pues a pesar de ser una señalética de baja intensidad como se indicó en la presentación del evento, hay menos plástico del esperado, muchas indicaciones están hechas con ramas y piedras, evitando la contaminación del entorno al máximo.

Continúo.

Siguiendo este tipo de caminos los kilómetros cunden más que al principio. El divertido paso por estos predios se agradece mucho, se puede ir pedaleando y charlando, a la par que disfrutando del paisaje, que es realmente impresionante, bellísimo.

Estamos cerrando un bucle sobre la sierra, volvemos a la divertidísima senda que baja hasta el barranco de las Umbrías. Roberto hoy no sé cómo se las está ingeniando que va pellizcando con su rueda trasera toda piedra que se interpone en su camino, así que opto por dejar un poco de distancia entre ambos. Hoy en este segmento de la ruta no estamos cansados, al contrario, el vigor va enarbolado en nuestros cascos, luciendo poderío al sol de la mañana, que nos está permitiendo disfrutar de un día iluminadísimo, y nada caluroso.

Cruzamos por segunda vez este fin de semana el arroyo, y al llegar a la pista forestal hoy no me noto angustioso, la disfruto de otra forma. Hace un buen rato se nos incorporó un compañero,  hemos dejado la dualidad para ser trino. Los tres, parloteando subimos el cómodo vial forestal hasta llegar  a la que ayer fue la última y terrorífica senda. Roberto dice que el track no sigue por la senda,  indica subida pistera, y la señalización dice lo contrario, así que en unos segundos optamos por hacer caso a la señal de blanca cal, que hay en el suelo y, subimos las cadenas hasta las coronas más dentadas de nuestras bicicletas y afrontamos con entusiasmo la senda. Es espesa y tiene un tramo en el que hay que bajarse obligatoriamente, el escalón a afrontar es de más de un  metro y no estamos para demostraciones circenses advocadas al estrepitoso fracaso. Yo disfruto mucho los bolos de piedra que emergen del suelo y nos obligan a aumentar la cadencia del pedaleo para poder pisotearlos. Es una senda de unos diez minutos padeciendo a medio gas.

Después de la tempestad llega la calma, finalizamos un ascenso técnico como exigente, y nos refrescamos por una rapidísima bajada.

20160930_233000A mis espaldas escucho a Roberto preguntándome si voy a seis cilindros, estamos  disfrutando de momentos de descenso, y el ancho de los caminos permite desarrollar altas velocidades, jugando con cautela en las curvas a la hora de trazarlas. Nos volvemos a quedar solos. Al inicio de la senda cruel se nos sumaron unos cuantos aguerridos compañeros que decían haberse equivocado en el track tras cruzar el arrollo. Estamos bajando muchísimo, habrá que recuperarlo y eso en el fondo es terrible, queda mucho desnivel por salvar todavía.

Nos vemos a los pies de lo que llaman El Muro, todo un kilómetro, de cabeza a rabo, a una media del nueve por ciento de desnivel positivo, con un suelo de lo más resbaladizo y lleno de piedras y escaloncillos. La sensación óptica es que hay que subir los toboganes de un parque acuático interminable. Ascendemos en procesión, encajados en un denso bosquete con escuálidas encinas que se yerguen buscando el sol que las copas de multitud pinos laricios y halepensis les roban. Los escaramujos siguen presentes, si te sales de la senda o bien éstos o las zarzas te marcan la piel. No hay que hacer más que concentrar todas las energías en el pedaleo y, en mantener el equilibrio, no elevar mucho la vista para que no se apodere de nuestro ánimo la molicie. Pedalada a pedalada nos imbuimos en el verde oscuro del monte alto. Duele, duele mucho, las pedaladas van a cámara lenta y en cada una de ellas hay que bombear una dosis de fuerza inusitada y valentía, así como ir recitando por dentro: “yo no me voy a bajar, yo no me voy a bajar…”. Rostros inmarcesibles, ánimos incólumes, los centauros de espuelas de acero que el bardo recitaba, ahora están luchando cada centímetro de este muro atroz. Los muslos hierven, los lumbares duelen al ritmo del pulso, la zona que apoyamos al sillín es mínima y en su parte más adelantada, casi asomados por el manillar. El sudor entra por las comisuras de los labios, escuece en los ojos, escurre por los antebrazos, nos cae sobre el cuadro de las bicicletas. Nada importa, todo vale, el fin va a justificar los medios, en este caso el desgaste, subir sin poner el pie a tierra semejante trocha es una medalla que nos queremos colocar en la pechera. Ante nosotros algunos sucumben al cansancio y al dolor y tienen que dejar sus bicis apoyadas en los arbustos e intentan estirar sus miembros acalambrados. Mi compañero lucha y yo a su zaga, subimos y subimos, sin ver el final de esta tortura refinada. Cuan interminables pueden hacerse los minutos en ascensos como estos.

¡Eureka! Acabado nuestro periplo por este purgatorio dantesco, nuestras almas están limpias de pecado, libres de toda penitencia, llenas de pulsaciones irrefrenables y tras sentir los primeros metros de cómodo pedaleo listas para volver al ataque.  Llegamos a Alcalá de la Selva y vamos a reponer líquidos, a comer alguna golosina sólida que llene de energía nuestro torrente sanguíneo. Bajamos un buen montón de escalones retorcidos del pueblo. He de decir que casi los he bajado todos andando, no soy muy de bajar escaleras.

Siguiendo las aguas del río Valbona, nos encarrilamos los tres. Roberto, lidera el carrusel y yo me quedo atrás del todo, vagón de cola. Una minúscula porción de tierra pisada es por donde vamos persiguiéndonos. Imposible hallar más espacio que el necesario para el paso de rueda. El bosque de galería es precioso. Todo verde, espeso y muy frondoso. No hay apenas obstáculos, únicamente disfrutamos del  paisaje de fluvial en su vega alta, con sonidos de montaña, y aguas cristalinas. Hay multitud de mariposas revoloteando, trinos de pajarillos alegres, que no se asustan a nuestro paso, hacen las veces de banda sonora de esta odisea montaraz. El sendero no sigue paralelo al cauce, nos vemos obligados a cruzar pequeños puentecillos de madera y en ocasiones a saltar sobre bloques cuadrados de obra insertados en el propio río. Lo estamos cosiendo a modo de viejo corsé destartalado. Es precioso circular por un entorno semejante. Es más largo de lo que podía esperar, este lugar es idílico, si no fuese porque vamos en carrera, sería ideal para dejar contra un árbol las bicicletas y almorzar tranquilamente, embebiéndonos del ambiente forestal, sintiéndonos parte del paisaje, dejando que los pajarillos se acerquen a nuestras miguitas de pan. Esta etapa me está sorprendiendo a cada momento. La cabeza de pelotón podría imprimir un ritmo más alto pero sé que está disfrutando el momento, y que así sea, que nunca perdamos la magia del ciclismo de montaña, y aún estando bajo el influjo de los dorsales seamos capaces de gozar de la naturaleza en todo su esplendor.

Acabada la senda nos toca el peor tramo si cabe, hay que subir un puerto por carretera (Paulejas a más de 1500 m.s.n.m.). Me pongo a tirar de la hilera al principio, subiendo el ritmo a la más mínima, frente a mí hay una recta ascendente interminable. No hay señales negativas en mis piernas y sigo tirando, pero mi mente, astuta, fría y calculadora me advierte sobre el excesivo gasto energético que estoy haciendo en este innecesario tramo, así que como buen soldado subordinado hago caso al jefe, y escuchando mi voz interior aflojo el ritmo y, dejo que nuestro anónimo acompañante tome la cabeza del pelotón y sea él quien tire del grupo. Se despega, no cree necesario el cese de ritmo, nosotros seguimos nuestra carrera no la suya, dejamos que se escape.

img-20161003-wa0014-1Acabado el descorazonador sector asfaltado tenemos que poner rumbo a Linares de Mora. Los caminos me recuerdan al principio de la ruta del día de ayer. Estamos ascendiendo mucho y nos vemos jugando con los desarrollos, lo mismo hay que subir un repecho que nos hace levantarnos de las bicicletas, que tenemos que echar los culicos atrás porque toca descenso. Siguiendo esta tónica al igual que si fuésemos recorriendo la cola de un dragón chino o el de Eliot, lo mismo nos da, dragón de cola dentada al fin y al cabo, sumamos kilómetros.

Días antes de la prueba se compartió en facebook un vídeo con una senda impresionante que parecía no tener fin y ser de lo más divertida. Ha llegado el momento de ser nosotros los protagonistas de semejante cicatriz en el paisaje. Nos desviamos sutilmente a estribor y comienza una de las locuras más anheladas del día: la senda.

Arranca rápida, rota, estrecha, llena de piedras y curvas. Se inclina, se alarga, se retuerce. Hay que frenar, a veces hasta derrapar, pedalear, tomar impulso. Sorteamos piedras, matojos, agujeros, grietas. A la derecha el paisaje es algo digno de la mano divina, un acantilado propio de cualquier película de 007. Momentos de máxima inclinación con los cuerpos retrasados al máximo, tragando bolos de roca, destrozando escalones que se encajan traviesos los unos con los otros. Los ojos son verdaderos radares, no dejan de escrutar al milímetro lo que hay bajo nosotros, hay que ir tomando decisiones en milisegundos. Momentos en los que freno y caigo a plomo sobre la siguiente lasca de roca rugosa. Metros y más metros, bajamos sin parar. Se acaba la senda, empieza la trialera. Una auténtica culebra que nos hace desencajar un valle profundo en casi una línea perpendicular. No me lo termino de creer, a mi derecha el terruño y viejos muros de piedra semiderruidos, a mi izquierda el abismo. No hay barandillas,  la más mínima situación de error puede convertirse en un episodio trágico. No me desanimo, al contrario, me estoy envalentonado, tal vez estúpidamente, pero lo estoy haciendo, me veo capaz. Bajo, bajo… aprieto los puños con fuerza, las manetas de freno se quejan, chirrían los discos de freno. Los riñones se cargan, los antebrazos, el cuello me duele, el estómago lo siento vacío, y esta insufrible bajada a los infiernos de Dante me está abriendo el apetito, me está dejando seco. A lo lejos veo una  negra mancha, es Roberto, hay una distancia impresionante entre ambos, es ágil como un arruí, fuerte como un tejón y listo como él solo. Depura al máximo su técnica y saca partido a su veteranía. Yo no termino de creer que esté por estos lares haciendo lo que hago. Saco a veces el pie y me apoyo en algún pedrusco, necesito impulso o recuperar el equilibrio. En dos ocasiones hemos salido despedidos bici y ciclista hacia un recodo de la bajada y no he podido controlar nada, nos hemos empotrado de frente contra un árbol y contra el talud en dos ocasiones. Me repongo con rabia y empujo mi Spz piedras abajo, buscando el remanso de paz del fondo del valle. El camino del Torrejón ya es historia, ya no necesitamos ver un vídeo para saber cómo se las gasta, hemos dejado nuestra impronta en él.

Si hasta el momento había sufrido en mis carnes el padecimiento casi extremo de semejante rincón, ahora tengo que poner mi mente en modo zombie, para llegar al avituallamiento en el centro del casco antiguo del pueblo, me esperan unas endiabladas rampas de hormigón con un desnivel de lo más obsceno. Busco coronas extra en mi cassette, no las hallo y con las que tengo me pongo de pie, y comienzo a arar el rugoso hormigón de las calles a cada pedalada, abanicando mi cuadro a derecha e izquierda con fuerza, intentando no desfallecer en el intento. Al llegar al punto de encuentro, Roberto me mira y se da cuenta de que algo me pasa: estoy pajarón total. La trialera me ha consumido y necesito energía extra para poder recuperarme. Echo mano a los higos de mi bolsillo, como plátano, bebo isotónicos y como algo de bizcocho con cabello de ángel. Estamos en mitad del pueblo, nos queda la otra mitad de subida para salir. Nos advierten que nos espera una costera digna de temer. No hay problema, donde tanto llevamos bregado no nos vamos a parar ahora. Angustioso pero orgulloso, me pongo en marcha y aflojo un poco el ritmo.

img-20161003-wa0007-1El siguiente objetivo es coronar el Mas de las Colas a 1629 metros de altura. Es un tramo pistero, pero se llena la pantalla de cifras. Pulsaciones, desnivel… etc… es duro. Alternamos pequeños momentos de descanso con larguísimas subidas de ritmo lento. Yo voy en la reserva y mi compañero está fuerte, lo siento por él pero si quiero recuperarme tengo que aflojar el pedaleo, ya llevo bastante tiempo bebiendo sólo agua y eso me ha mermado las fuerzas, la ausencia de carbohidratos en los bidones la estoy sufriendo con una más que palpable falta de energía.

Pasamos un tramo que es propiedad privada, siguiendo un curso de agua precioso, panorámica digna de formar parte de alguna colección en la más exigente pinacoteca. Es bellísimo este lugar. El arroyo, el arbolado, las vacas pastando o tumbadas a pie de camino, contemplándonos, todo es bucólico in extremis. Una negra vaca nos acongoja, está rascándose las rodillas contra el pequeño talud del camino, si lanza una coz nos empotra contra los árboles, así que vamos a intentar pasar de la forma más sigilosa posible para no molestarla en su tarea. Nos detenemos unos segundos a contemplar una gran casona, en lo alto, flanqueada de rebaños y corrales, gallos sueltos revoloteando y gallinas cacareando sin parar. Los perrillos pastores nos miran sin aprecio alguno, somos otros muchos más de esos locos que llevan toda la mañana pasando, ataviados de mil colorines y que apestan a humano sudado.

He ido todo el tiempo controlando mucho mi frecuencia cardíaca y eso ha dado resultado, mi estado anímico está otra vez en disposición de dar guerra. Subimos el ritmo y comenzamos a recorrer inmensas pistas forestales, con firme compacto y gravilla por todas partes. Creo que es de las pocas veces que disfrutamos del pedaleo en un espacio tan abierto. Es un nuevo escenario y rápidamente nos va a obligar a poner los seis cilindros en funcionamiento, tal es así que hay un tramo en el que supero los setenta kilómetros a la hora. Si algo hubiese fallado en estas bajadas, el accidente habría sido monumental y de muy graves consecuencias, pero afortunadamente la sincronización entre máquina y piloto ha sido la correcta.

Último avituallamiento. Reponemos líquidos, bromeamos y les pido que me canten el cumpleaños feliz. Ya queda poco para llegar a Meta, y quiero un poco de autobombo. Encantadísimos los responsables del punto de papeo me cantan a coro la tan dichosa y archiconocida cancioncilla, al tiempo que payaseo un poco. Estos saltitos me hacen ver que mis piernas están fuertes aún, sólo he de controlar mi ingestión de sales y carbohidratos. Qué mejor regalo de cumpleaños que estar aquí, sufriendo junto a buenos amigos y en un marco incomparable.

Acabadas las fruslerías, nos recolocamos y por un pedregal con aspiraciones a sendero nos perdemos entre un bosquete de pinos chaparros y encinas. Volvemos a ser tres. Charlamos y mantenemos el ritmo.

Las señales han sido retiradas en algunos puntos por personas de  mala voluntad, y vamos por un denso cordel a modo de arista sobre el acantilado, siguiendo el track en la pantalla de Roberto. Hemos de saltar un nuevo vallado y se crea la confusión. Calibra mi compañero su gps y aumenta la precisión hallando el paso correcto. Es un tupido paso entre ramas y matorrales desgreñados. No parece que vayamos en la buena dirección, pero en breve aparecen unas cintas de rojo plástico y sentimos que estamos en la senda correcta. Este tramo es muy bonito, combinamos caminos con pasos estrechos.

transhighlands-etapa-2No quedan ni diez kilómetros para acabar nuestra aventura. El perfil indica que en breve toca bajar mucho. Efectivamente, un rajado paso nos hace disfrutar nuevamente de la locura y el traqueteo del descenso. Un ciclista que se había perdido en varias ocasiones vuelve a conectar con nosotros. Nos ha adelantado por lo menos tres veces en el día de hoy, el pobre lleva más kilómetros de la cuenta, se ha perdido en diferentes puntos del recorrido. Está deseoso de acabar al igual que nosotros. Bajando se distancia un poco, este fin de semana Roberto y yo estamos saboreando hasta el último centímetro en las bajadas, no dejamos paso al aburrimiento ni a la pereza. Llevo los tendones de los dedos de las manos adoloridos, hace rato que si intento estirarlos sufro un buen dolor en todos ellos, así que a seguir aferrado a los puños.

Repentinamente se acaba el cachondeo y entramos en una especie de río de piedras gigantescas por el que tenemos que ir subiendo a contra corriente. Menudo disparate, no hay quien de dos puntadas seguidas. El recorrido es intuitivo, hay que ir adivinando por donde pasar. No hay forma de ir sentado en el sillín, los golpeteos contra éste son tremendos. Comienza a dolerme también la parte donde acaba la espalda y tantos santos nombres se le atribuyen, aunque: culo, no le queda nada mal, más bien es el más acertado.

Oteamos  en lo alto Puertomingalvo, mis ánimos están eufóricos, pero algo pasa que me estoy deshinchando físicamente, me quedo sin fuerzas por segunda vez y hasta comienzo a bostezar, mi cuerpo está ya en las rayitas rojas, voy “low battery”.

Nos adelantan dos ciclistas vestidos de blanco y automáticamente Roberto comienza a hacerme gestos y a decirme que mueva las piernas. Son los componentes de la otra pareja en competición. Me hace ver que ellos van igual de cojos que nosotros, uno va con las fuerzas en el portaequipajes al igual que yo. Hago lo posible por acercarme a ellos y mi guía va urdiendo estrategias sin cesar, le noto inquieto, está pletórico, mucho más entero que yo.

A los pies de la última subida, que a su vez ayer fue la primera, me veo. Con las piernas pidiendo guerra pero mi cerebro dice que está en modo perezoso y no tiene intención de malgastar la poca fuerza que le queda. La subida son unos anchísimos escalones semiadoquinados con piedras y pedruscos. Muchas hierbas cortas y agujeros por todas partes. El desnivel es abusivo para ser el último tramo. Roberto y un albo jinete de la pareja contraria se baten el cobre en la subida, mientras que los dos derrengados nos bajamos de las bicicletas y comenzamos a arrastrarlas a la vez que cruzamos una conversación entre jadeos y sudores. Ellos desconocen que somos la otra pareja en competición, hoy no vestimos igual, vamos de incógnito.

Se acaban la rampas en zeta y cabalgo de nuevo a dos ruedas, los cuatro nos encaminamos a Meta pedaleando. Fin del tramo de escaleras, quedan las cuestas del pueblo. En una de ellas Roberto comienza a hostigarme nuevamente y, esta vez hago caso omiso a todas mis sensaciones, bajo la cadena tres coronas y me pongo de pie. Rebasamos a los impolutos jinetes blancos y comienzo a marcar un ritmo doloroso e intenso. Los neumáticos crepitan sobre la calle, creando ese sonido tan característico cuando la goma rasga el asfalto por la tracción. Abro la boca y ventilo como un loco, nos separamos del dúo, nos subimos las cremalleras de las camisetas y nos recolocamos el casco, la línea de llegada está a dos quiebros en la siguiente plaza, no es momento para mirar pulsaciones ni nada por el estilo, es el momento de morir con las botas puestas, y así lo estamos haciendo. Mis brazos tiran del manillar, mis riñones empujan el cuadro, las piernas pistonean con fuerza sobre las calas de los pedales y con semejante sofocón cruzamos bajo la línea final, cogidos de la mano, exultantes, eufóricos, casi histéricos, ha sido un final apoteósico, agónico, digno de dos locos del ciclismo amateur como somos mi grandísimo compañero y yo.

img-20161003-wa0005-1Nuevamente nos confunden y anuncian por megafonía que la pareja ganadora es la que cruza segunda tras  nuestro paso. Reclamamos abiertamente y se dan cuenta que los dos energúmenos que vociferan entre vocinglero somos la pareja ganadora de la etapa. Preguntamos a los encargados del marcaje de los tiempos y siguen en su tónica, no saben que responder, ponen cara de haba y nos remiten a Apolo, quien no tiene nada que ver con estos menesteres. Nos da igual, nos vamos directos a la barra de la caseta instalada en la plaza y nos bebemos unos vasos de caldo de cocido que nos resucitan.

Sergio aparece contento entre la multitud, nos comunica que ha hecho un tiempo inmejorable y ha quedado segundo en su categoría, M30. Lo felicitamos y agasajamos, se lo merece, ha sufrido y peleado mucho a lo largo de las dos etapas. Está fuerte y se merece un reconocimiento, ese lugar en el podio se lo ha sudado y ganado a golpe de biela.

La idea era irnos al apartamento y darnos una ducha caliente y comenzar a organizar el retorno, pero Sergio tiene un trofeo que recoger y no pueden faltarle nuestros aplausos, así que nos quedamos charlando con la gente en la sala diáfana y conocemos a Roberto Bou. Ganador de la prueba, y ciclista consagrado al que todos queremos robar una foto. Yo tuve la ocasión de conocerlo en 2014 cuando participé en 2 Reinos Mtb Race, donde Roberto hizo segundo puesto y yo el nonagésimo segundo jejeje… cada uno en su sitio.

img-20161003-wa0017-1Sorpresa, cuando comienzan a dar premios y escucho el nombre de Roberto y a continuación el mío, resulta que somos los ganadores por parejas masculinas de la prueba. No me lo creo, no doy crédito, yo subiendo a un podio, imposible, esto es una broma. Por lo visto en el marcaje de tiempos hubo tanto el primer día como hoy un desaliño tremendo. Han revisado bien los tiempos y resulta que al final nosotros hemos necesitado muy poquito tiempo menos que la otra pareja para acabar las dos pruebas y nos conceden el trofeo a nosotros.

Subimos al cajón y nos aplauden. Interesante sensación, a la par de desconocida por mí, es la primera vez en mi vida que gano algo.

Acabado el extraño momento de fama y reconocimiento nos retiramos silenciosamente al apartamento. Los cuerpos piden ducha calentita, ropas limpias y bien perfumadas.

img-20161003-wa0018-1Ha sido un fin de semana increíble, duro, inolvidable, divertido, merecido, y para mí el mejor regalo de cumpleaños que podía autorregalarme. El compañerismo y la amistad han brillado en todo momento y eso vale más que todos los trofeos del mundo, gracias a mis dos compañeros. Al veterano poco puedo decirle, Robert Rulos sabe que soy su hombre en cualquier momento y Sergio tiene un nuevo amigo de los que se forjan a fuego lento.

Quiero finalmente dar las gracias a una persona que ha sido una de las mayores protagonistas de todo lo que os he narrado, esa mujer es: Begoña Hernández, fisioterapeuta y osteópata, que ha conseguido enderezar mi dolorido cuerpo este verano y permitirme el sueño de poder correr libremente por la montaña con mi bicicleta sin sufrir dolor alguno. ¡GRACIAS, BEGO !logoclinica

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4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Juan dice:

    “Aquí otro amigo mas ” .

    Gracias Luis, por este viaje que nos has hecho vivir
    en vuestra aventura por tierras Turolenses.
    Un abrazo

    1. Sabes que ya tienes un sitio en la listica de lectores honirificos. Graciasssss

  2. francisco justo sol macia dice:

    Luis, que buena pluma tienes canalla (jajaja),tu manera de contar tus vivencias en la ruta,hace que considere a Roberto y a Sergio mis amigos ,,sin conocerlos ,sigue deleitandonos con tus croniquas,,,,un abrazo

    1. Muchas gracias Paco Sol, me alegra saber que tras leer cualquiera de mis crónicas os quedáis con un buen sabor de boca y habéis disfrutado de un buen ratito de lectura. Gracias… y nos vemos en breve, carretereando como siempre.
      Un abrazo.
      Pd, Robert y Sergio son increibles, considéralos amigos desde ya mismo jajajaja

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