Carretera y Sol

el

13707724_10210565364878223_7514489926999309864_nLa noche ha sido breve, por mis sueños cruzan gaviotas, arenas blancas cuajadas de compañía y estrellas brillantes. Aún así estoy descansado, dispuesto a ver cómo crujen y se comportan los entresijos de este enteco y adusto ciclista, quien siempre anda zozobrando entre lesiones y momentos agrios.

El estridente sonido de la alarma lo ahogo con la almohada y antes de poner un pie en el suelo Steve Harris ya está a las seis y media en plena alborada golpeando con su pulgar derecho las cuerdas de su bajo, Iron Maiden a estas horas da forma al mejor bálsamo que el hidalgo que de rosa va a vestir hoy, puede escuchar.

Fortuna es el punto en donde he quedado para apretar la mano a Paco Sol.

¿Quién es este nuevo personaje que se asoma al blog de esta forma tan repentina y tal vez hasta descarada? Pues bien os lo cuento: no es más que otro entusiasta de las bicicletas, que ya por los ochenta iba dando tumbos por las montañas crevillentinas y a día de hoy tras soplar casi sesenta velas en su rico pastel, de cumpleaños, mueve las bielas de una negra montura de carbono carretera. Una mañana hace unos meses me lo encontré subiendo el Cortado de las peñas en Fortuna y enlazamos un “¡buenos días!” con algo más, y así… poco a poco hicimos ruta juntos. Hoy ya es de la casa, un buen compañero de ruta y un amigo.

13232874_10210047331367709_7000182003365888213_nAntes de llegar a mi reunión con el de las albinas barbas, me encuentro con mi viejo amigo Pedro “el pesetas” tabernero sin igual de la villa, nos damos un abracete y nos halagamos un poco hasta que continúo mi rodar.

En paralelo, subimos dirección al camino de la Churleta, aunque antes vamos a calentar los riñones en el Cortado de las peñas, y de paso nos ponemos al día. Es un puerto que tal vez tenga unos dos kilómetros y un desnivel algo pícaro en algunos tramos. Nos damos novedades, ya con la respiración entre cortada, acerca de las hernias y demás plagas que padecemos por la espalda, pies, caderas y un sinfín de rincones más que a estas alturas tenemos fatigados de vivir y que gracias al pedaleo aún podemos ir contando.

La mañana esta nublada, los rayos del sol no laceran nuestros pellejos, incluso sopla un airecillo agradable que refresca el pedaleo y anima los cuentakilómetros.

Yo he pasado algo menos de dos meses sin tocar un pedal, sin acariciar una maneta de freno y sin aferrarme a un manillar. Se nota que mi ser ciclista está en un nivel ínfimo a pesar de que llevo unos días desperezando mis fibras musculares con mi Stumpjumper por la orilla del río. Por el contrario mi partener va tirando con energía, es fibroso y muy resistente, no hay que dejarse embaucar por las apariencias, viene devorando dos mil kms mensuales y eso amigos míos es un bocado muy grande que le da un plus de respeto.

13710020_10210565365598241_4472370435799860485_nEn nuestro anterior paseo también negociamos curvas por el camino de la Churleta en dirección a la Fuente Blanca y la Hoya Hermosa. Hoy voy a sumar al paseo un desvío que muere en el Rincón de los Silvestres, paraje que además de unas buenas rampas tiene una siniestra y macabra historia que acabó con un suicidio incompleto, pero eso es materia de otro tipo de blog, ahora torno mis letras a la rutita matutina.

Estamos encajados entre las canteras de calizas infinitas y la sierra de la Pila. Sorteamos cerretes y pequeños collados. Subimos y bajamos sin miedo, a cada curva el escenario es más bello, las panorámicas son hipnóticas. Paco hace ostensible lo mucho que disfruta por estos predios practicando su pasión. Mini bosquetes de pinos abrazan emergentes peñas que rompen el terruño y dan sombra a las vides que de forma desaliñada han sido plantadas por tan irregular paraje.  A nuestras espaldas queda la preciosa pedanía de la Garapacha, creo que en la próxima visita a estas carreteras atravesaré las callejuelas de tan entrañable aldea. Una pequeña y coqueta rambla llena de adelfas rosadas y blancas, cicatriza el mapa. Discurre con una pendiente zigzagueante y escalonada por pequeñas contraparadas de fino hormigón y piedra.

No voy cansado pero siento que no soy el de antaño.

Nos desviamos y comenzamos a ascender por la carretera recién asfaltada que lleva al interior del parque natural de la sierra de la Pila. Hay que poner el molinillo, tenemos un dieciséis porciento de desnivel y pica en las piernas, las cadenas van tensas y los dos pares de gemelos también.

Para no hacer caso a la dureza del inicio en nuestro ascenso, dirección a Puerto Frío, le cuento a Paco que a nuestra izquierda junto a una vieja cantera de falso ágata hay un abrigo natural que se llama La cueva de la mujer, porque en su interior había una estalagmita de más de metro y medio de alta, con forma  precisamente de mujer cómo su nombre indica, que un día fue cortada y robada por alguien sin escrúpulos. Eliminar de la ecuación del paso de miles de años una joya tan valiosa como semejante formación sedimentaria es una aberración.

13775920_10210565361718144_1295175724190805221_nEl ritmo cada vez es más alegre, Paco va metiendo rueda, le veo y sé que va muy suelto, tiene muchas cartas, tal vez toda una baraja bajo la manga, me va tentando para ver hasta dónde podemos llegar. Yo me esfuerzo, tengo el pulso en la zona alta, no debo superar el esfuerzo, la respiración se agolpa bajo mi camiseta y sudo hasta por los calcetines. El sexagenario se pone de pie y escucho que baja su cadena una corona, va en su punto, maldito sea jajajaja…

A pesar de mi pequeño vía crucis estoy contento de ver la evolución del señor Sol, es digno de comentar, cuando le conocí sus cadencias eran muy diferentes.

Yo también me levanto un par de veces y  unos hectómetros antes de llegar a la fuente de la Vereda subo la cadena al plato grande y me pongo de pie, hundiendo mis calas más y más. Aún así sigo escuchando el crepitar de los neumáticos de la Willier sobre el asfalto a mi lado, no hay manera de despegarme.

Antes de darme cuenta me escucho blasfemando, Paco me ha hundido en la miseria, ha marcado un ritmo que no soy capaz de seguir, ni siquiera puedo ir a su rueda, me resulta imposible, mi pulso está cercano a su límite recomendable. Se aleja y yo me rindo, aflojo el ritmo y con la cadencia más cómoda posible sigo hasta que alcanzo a mi compañero que me está esperando a unos pocos metros de la cima.

A pesar de todo, al llegar al cruce de caminos de Puerto Frío mis pulsaciones bajan rápidamente y con menos de ciento treinta nos dejamos caer a una velocidad alocada que llega a alcanzar los setenta kilómetros por hora en algunos sectores. Ahora mi vena de ciclista de montaña hace que mis ruedas se pierdan y dejen al escalador en la distancia, culebreo por estas mis tan conocidas curvas, que mueren en Fuente la higuera.

En el primer cruce nos desviamos a la derecha y ponemos ruedas rumbo a la Peña Zafra de Arriba, donde haremos un alto para comer unos dátiles y algo más.

Si subir Puerto Frío desde la carretera de la Fuente Blanca es  duro, subir por esta carretera que nos lleva a la coqueta pedanía es un tanto más agónico, hay más distancia y un gradiente alto y muy castigador.

Sin cobertura en los móviles ya estamos junto al torito de Fortuna, el que fue desterrado de la plaza del pueblo al último confín del término. Jamás imaginaría aquel anónimo alemán que llego al pueblo en un deportivo descapotable, compró una gran piedra caliza y esculpió un altanero toro de lidia, que se convertiría en el centro de tantas polémicas como acontecieron en su día. Hoy es fácil contemplar en sus astas  que han sido arrancadas y nuevamente encajadas en varias ocasiones.

Acabado el ágape, las fotos y algún que otro estiramiento. Nos subimos nuevamente sobre nuestras caprichosas compañeras y nos perdemos entre viñedos y bloques de mármol que aforar por las canteras que desmenuzan las entrañas de estas montañas.

Con un muy buen pedaleo llegamos a la fuente del Algarrobo, yo relleno mis bidones y caemos hacia Barinas y Macisvenda. Son pedanías de Abanilla en las que no hemos hallado tráfico alguno, es un placer practicar el ciclismo por estos asfaltos. En muchos tramos el arcén es comodísimo pero una vez que ponemos la brújula apuntando hacia Mahoya desaparece el siglo XXI, la carretera carece de arcén y también de mediana, los grandes pinos en sus márgenes, y un peculiar paisaje kárstico que flanquea el río Chícamo hace que nos sintamos moriscos a lomos de sus caballerías.

Las palmeras y olivos se salpimientan por la vega del río, cada meandro es una joya geológica, una escultura que el agua ha ido tallando con el paso del tiempo, es un escenario bellísimo.

El desnivel sube y baja al igual que nosotros, que vamos subiéndonos y bajándonos de los sillines de forma intermitente. Me siento fresco y con fuerza.

La conversación sigue hilada toda la mañana y así, pedalada a pedalada cruzamos por la puerta de la ermita de Mahoya donde el Vaticano certifica que hay un fragmento de la Vera Cruz y por la antigua y vieja carretera de Los Baños de Fortuna nos alejamos poco a poco, cada vez más.

La barrera de los cien kilómetros está por caer y justamente donde nos hemos visto hace unas cuatro horas, nos volvemos a dar un apretón de manos y a emplazar para volver compartir nuestro tiempo a lomos de nuestras bicicletas.

Regreso a casa por la carretera de Los Valientes y Molina de Segura, una ducha muy fría me está esperando y un buen corte de sandía se va a encargar de que olvide el calor que he pasado en los últimos minutos de mi travesía.

Anuncios

Deja tu comentario...

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s