VI MARCHA BTT MONTAÑAS XIXONA 2016

12734211_504645809660498_6449875700012748811_n                 Ya no está en el garaje esperándome mi furgo, doce años al volante, más de trescientos mil kilómetros juntos, muchas carreteras, demasiados peajes e incontables momentos de felicidad sin averiarse jamás. Playas, montañas, ciudades, pueblos, lugares remotos y algún que otro restregón en aparcamientos de grandes ciudades, de esos que tienen columnas de hormigón que se mueven y te tatúan los pasos de rueda. Ha conocido muchas de mis bicicletas y dado cobijo a las de mis amigos.

                En su lugar, ahora, tengo a mi chiquitín, un utilitario urbano que me obliga a despedazar la bicicleta casi por completo. He de quitar asientos, bandeja trasera, ruedas de 29”… si quiero salir del pueblo.

                No importa, mi canijilla de carbono no se queja, al contrario, creo que se alegra cuando siente como desenrosco sus ejes de las ruedas, experimenta el cálido tacto de la manta con la que envuelvo su cuadro para evitar dañarlo y al mismo tiempo siente los acordes que los altavoces martillean mientras la estibo con cariño e ilusión. Sin premura, la noche antes he de seguir esa liturgia, en la que todo queda bien empaquetado en su sitio y presto para la matinal viajera.

                No sé si es porque ya me hago mayor, pero cada día me despierto antes, y sin necesidad de un despertador que perturbe el dulce silencio del alba. Tengo tiempo para todo, así que directo a la cafetera y mientras el café pierde ese infernal toque de recién hecho, me doy una rápida ducha.

             Rush   El año pasado el frío nos castigó sobremanera, no recuerdo muy bien, pero creo que las temperaturas a primera hora se escondían bajo el cero de los termómetros, siendo la recogida del dorsal un auténtico infierno boreal. Hoy, sin embargo, el mercurio está relajado, es el anemómetro el que sufre rebenque y castigo, los vientos soplan despavoridos, Eolo está enojado con los domingueros, pero no sabe que los ciclistas somos unos tipejos muy peculiares y testarudos, que cuánto más difícil es el camino y más trabas se les ponen… más interés demuestran en su pedaleo.

                Hallo hueco junto a la Tutti-furgo al aparcar, qué mejor sitio que junto al Magister de los caballitos y cabriolas circenses a pedal. Un efusivo saludo cae, y nos emplazamos para vernos en ruta. Veo a Miguel Pany y a Sonia a lo lejos, no me parece propio dar voces para que me vean, sé que antes o después nos reuniremos. Llego a la cola de entrega de dorsales y Paco Simón, y el tocayo con apellido de bandolero, Luis Candela, me reciben cariñosamente. En ese ínterin de la espera también veo a algún insípido individuo de mi pueblo y con un desmadejado gesto de cejas le saludo, no buscando ni siquiera respuesta, es un gesto automático. Al final de la cola me llevo un abrazo de los que no tienen precio, Elena Bravo, sonriente, dulce y siempre tan brillante, me invade y transmite esa sonrisa perenne que todos queremos lucir. Otro abrazo generoso es el de Diego Cantó, viejo amigo y compañero de ruta. Voy sintiendo que estoy en casa, rodeado de personas a las que aprecio y con las que sólo paso buenos momentos. Aún me quedan algunos a los que saludar, y en especial uno a quien localizar, sé que le encontraré al final del pelotón en la salida, somos igual de afortunados siempre.

                Cómo voy bien de tiempo voy a añadir un poco más de cafeína a mis venas y así subir el octanaje del hematocrito. Antes de abrir la puerta del bar, Pilar Saura y Longi, son dos nuevos saludos que me encuentro de forma furtiva y sin previo aviso. Son de los pocos que me llaman Luismi y me encanta como suena. Aunque no acaba aquí la cosa, tras visitar el excusado, dicho sea de manera que no afee la letra, me encuentro una manifestación a la que rendirme en pleitesía: Pepe Rush, Edu el Grandísimo y el rey de los crepúsculos, Paco Simón y las ninfas que se encargarán de fotografiarnos a todos tan guapos, Sandra y Raquel.

                Ya tengo mi anaranjada montura lista para la acción, qué momento tan mágico. El sonido de las calas de las zapatillas al encajarse en los pedales, ese sonido a carraca vieja del buje trasero al dar el primer impulso a la bici, la suavidad que estos ingenios destilan al ir bien engrasados y revisados. Juan Alberto de Johnbike es el prestidigitador que hace posible la magia sobre mi Stumpjumper. Sintiendo el huracanado viento del día el rosto luce adusto, altivo, inmarcesible, incólume, alejado de la molicie del cálido y confortable hogar, con postura digna y anhelante.

                Masticando unos higos secos voy siguiendo las indicaciones de los voluntarios y por el pasillo habilitado llego a mi puesto de salida. Llevo un dorsal naranja y me toca ponerme a la cola. Los que han pagado por hacer el circuito entero tienen un cajón de salida que nos precede, es justo, ellos compiten en once pruebas puntuables y no han de sufrir estorbo alguno por parte de quienes únicamente corremos por entusiasmo.

                La piel se me eriza, pero no es por culpa del viento, voy bien vestido, con ropas nada cálidas, dispuestas por su composición a combatir al viento más despiadado; sino por la emoción previa a una etapa desconocida, en la que me pondré a prueba física y mentalmente.

  12642892_182820195419053_7018420299205296326_n              Hace poco tuve la suerte de conocer un poquito a un ciclista de los de verdad, de los que tienen medallas de las “gordas”, y de los que su humanidad les precede, haciendo que su palmarés quede relegado a segundo plano, os hablo de David Calatayud, todo un campeón de España y magistral entrenador a día de hoy. Durante unos meses estuve ciclando bajo su dirección, pero llegué a un punto en el que necesitaba que los días tuviesen cerca de treinta horas y decidí con todo el dolor de mi corazón y mis piernas, comunicarle que no podía seguir sus entrenamientos semanales y que volvía al rutinario método de salir cuando me fuese posible. Mi situación familiar y laboral no me permiten a día de hoy desarrollarme cómo me gustaría deportivamente y he de ser realista, y mantener la sonrisa cuando entre en la ducha tras una salida en bici, sea de la intensidad que sea, y por donde sea, siendo el mero hecho de pedalear lo que me haga feliz.

                Os cuento esto porque en esos casi tres meses aprendí mucho, descubrí muchas sencillas cosas que juntas conforman un universo en nuestro mundillo, y sobre todo pude vislumbrar levemente lo duro que es el trabajo de todos los que entrenan en serio, persiguiendo sus sueños y materializando sus retos. Siendo este pequeño paréntesis un Homenaje a todas aquellas y aquellos que venden su alma a sus bicicletas, por alcanzar la gloria sin sopesar sacrificios, sin mirar esfuerzos y sobre todo sin rendirse ante ninguna adversidad.

         SONIETA Y PANY       Cerrando la comitiva arrancamos Dámaso, Miguel, Roberto y yo.

                Roberto y yo nos conocemos bastante, sabemos ciclar juntos en cualquier terreno, de lo que uno carece lo suple el otro y, en muchos momentos nuestra unión hace una fuerza imparable. En dúplex comenzamos el juego, buscamos cualquier hueco para ir diluyéndonos entre la multitud de ciclistas que arrancan levemente y sin prisas en este evento. Somos conocedores de que no vamos a ganar nada, pero precisamente esa inquietud es la que nos motiva y nos llena las venas de adrenalina que quemar por estos montes alicantinos. Aceleramos, frenamos para no alcanzar la rueda de ningún compañero, rodamos por cunetas, nos separamos y nos bifurcamos, de reojo nos buscamos y reagrupamos, es un incesante y divertido juego, en el que la finalidad no es otra que ponernos en nuestra posición de carrera y evitar los atascos que se suelen formar al inicio de cualquier carrera al más mínimo contratiempo.

                Sin fijarnos en las cadencias que vamos ordenando a nuestras bicis, nos estamos quitando ciclistas por decenas, espero que por centenas. Miro la pantalla del manillar y veo que las pulsaciones ya superan las ciento setenta, ¡increíble!

                Abandonamos el asfalto y vamos inmersos en una nube de infinitos colores, hay protagonistas vestidos y ataviados de todos los colores, con sus todas singulares monturas.

                En la primera cuesta de hormigón detecto la gladiadora figura de Elena Bravo, quien lucha hasta el último centímetro en cada ruta. Me pongo unos segundos a su rueda y sé que en cuánto escuche mi voz sonreirá, así lo hago y le digo un bonito y cariñoso piropo, quien de forma automática replica:¡Sincrooo! Reconociéndome súbitamente. Su pedaleo es continuo, redondo, arremetedor, es como una legión romana, lleva un ritmo constante con el que es capaz de llegar a los confines del suelo firme que la ampara. Me mantengo unos segundos a su vera, nos sonreímos. Son años los que nos conocemos y junto a su amor eterno, Pere, hemos protagonizado buenos momentos de amistad, y diversión.

        12654438_10209125997614941_1380990266788747980_n        Roberto va a mi zaga, y tras despedirme de Elena, bajo mi cadena dos piñones, aprieto riñones y comienzo a surcar nuevamente el muro de carne humana que hay frente a mí como si de un pilo distraído entre árboles me tratase. Zigzagueo entre mucha gente, a algunos tengo que pedirles paso, su ritmo es fantástico pero mis piernas inquietas quieren ir a más. El viento es una pesadilla, nos frena e intenta desequilibrar, jamás me he enfrentado a vientos con esta velocidad, el polvo nos apedrea la cara y nos hace tener mucho cuidado en lugares en los que el más mínimo descuido nos puede costar caro.

                Mi compañero me sigue fiel en las subidas, en los llanos aflojo un poco el atropellante martilleo de mis gemelos y en cuánto le detecto volvemos a incrementar la velocidad. Cual documental de esos que vemos en televisión y que nos deja cáusticamente dormidos en el sofá, Rulos y yo actuamos en simbiosis. En las bajadas, es él quien atropella el terruño sin miramientos y abre el paso a nuestra peculiar comitiva, yo astutamente me amparo en su estela y sigo sus pasos, sin atreverme a alcanzar su velocidad pero “feeling the flow” en cada golpe de manillar. Recuperando el aliento que derrocho en las subidas.

                El viento nos está poniendo a prueba en todos los sentidos, la velocidad es inferior a la que se podría alcanzar en este recorrido, el aire es una densa masa en la que hay que ir desplazándose a la vez que el perfil de la rueda delantera y nuestro casco hacen de mascarón de proa como en los rompehielos árticos.

            DIEGO CANTO     Siento que me duelen los cuádriceps a cada pedalada, me duelen los tibiales y los gemelos chisporrotean fuego en algunos momentos. Sé que es normal tener estas sensaciones, aún puedo mantener el ritmo, no hay peligro de que el tío del mazo me visite, ni de montar una fábrica de la luz a golpe de calambrazos, voy entero, esforzándome mucho pero con energía acumulada en mi interior.

                Hemos alcanzado el ecuador de la etapa y el recorrido abandona los caminos y nos presenta la salsa que hemos venido a buscar, las sendas, trialeras, zonas técnicas, ramblas y vericuetos, por donde poner a prueba nuestra habilidad y potencia.

                No os puedo describir el paisaje en esta crónica, voy pendiente únicamente de lo que hay frente a mí y de mis sensaciones orgánicas. Hoy no es día de bucólicos paseos, ni de pastoriles descripciones, llevo la boca seca, los labios entreabiertos, los dientes llenos de polvo de los caminos y las manos aferradas al manillar de forma compulsiva. La respiración es un rítmico jadeo que ventila y ventila. Noto en mi cuello el palpitar de mis venas. Voy disfrutando muchísimo, siento que estoy cobrando el fruto de tantos kilómetros de entrenamientos pretéritos, comprobando que aquel joven fumador de los noventa ya no existe, que tras haber cruzado la barrera de los cuarenta tengo un chasis resistente y una carrocería AMG.

        12643003_182820198752386_2291053129982253185_n        Entre rincones angostos, algaidas sendas y destrozados toboganes, seguimos y seguimos. La distancia a abatir hoy es corta para lo que mi manchego amigo, alicantino de adopción, y yo estamos acostumbrados. Nos estamos dejando el pellejo en esta divertida carrera, tal vez algunos no entendías lo que os quiero transmitir, pero cualquiera que practique un deporte, sea cual sea, sabe que se siente cuando transformas el sufrimiento en diversión, cuando notas como exprimes tus reservas, cuando tienes el placer de notar que avanzas a pesar de cualquier obstáculo.

                En algunos momentos seguir a mi liebre me resulta imposible, se diluye por las grietas en las bajadas como el agua por un embudo, es rápido y silencioso, sabe cómo optimizar al máximo la trazada.

                De repente, sin aviso previo entramos en un cauce fluvial de débil caudal, el suficiente para mojar el roquedo de su lecho y darle un tacto resbaladizo muy interesante. Las ruedas se encajonan entre módulos pétreos, se encajan por pequeños pasillos de calizas cubiertas de un fino barro que obligan al taqueado de los neumáticos a retorcerse hasta extremos increíbles para que no perdamos la tracción y sigamos avanzando a la par que nos divertimos.

                Levanto la cabeza un momento y tras un carrizal nos atacan unos flashes automáticos y, parapetados a ambos flancos de este cañón de areniscas, los fotógrafos nos acribillan con sus obturadores. Son los que hacen que cuando acabas una jornada como esta encuentres recuerdos impresionantes en formato jpg que dan buena cuenta de nuestro paso.

                La tónica de hoy es la lucha contra el aliento de Eolo, creo que las zonas técnicas han aumentado su valor exponencialmente.

                Fijándome bien veo que el ciclista que hay ante mí es de Molina de Segura, con quien he cruzado buenos momentos en Johnbike, y además lleva los colores de guerra de esa casa. Le saludo y pronto vamos charlando un rato, el terreno es muy similar a Coto Cuadros y la gente circula despacio, teniendo suficiente margen para ir comentando los avatares de la mañana.

                Nos queda un poco menos de un tercio del recorrido previsto y me veo obligado a bajarme de la bici en dos ocasiones, los compañeros que me preceden no se ven con capacidad de afrontar unas estrechas subidas técnicas y se bajan de manera repentina, obligando a los que les seguimos a repetir la misma acción. No me importa en absoluto, pero tampoco es algo que me deje impasible, son pasos en los que disfruto apretando muslos y haciendo sufrir la cadena de mi compañera anaranjada. En fin… esto es así, hay que asumirlo. Pierdo el referente de Roberto, le veo muy lejos y creo que me va a ser imposible recuperar la distancia que nos separa, aún así voy a ver si subo pulsaciones y dejo el glucógeno de mi musculatura en la franja roja de alerta, no me quiero bajar de la bici en la línea de Meta con la sensación de haber podido dar más de sí.

                Voy un kilómetro en solitario, devorando pequeñas subidas y disfrutando de pequeños pasos empedrados, cuando en mi punto de mira detecto un contingente al que dar caza y abatir. En apenas unos minutos ya voy a rueda, es Ariadna Ródenas y una compañera de equipo, junto a varios galgos que las envuelven. Ruedo un rato a su vera, saludo a una constreñida ilicitana, y en una subida angustiosilla me distancio.

                Veo un pequeño arrollo justo al acabar un tramo de pista, escruto rápidamente por donde cruzar y creo que el margen derecho es el más aceptable, el menos profundo y me lanzo en picado. Justo al pasar, un ciclista que intenta cruzar el paso de agua como si tacones de aguja calzase, se enfada muchísimo conmigo porque le he salpicado al pasar como una exhalación y no haberme detenido a la hora de cruzar el agua. Le digo que me deje en paz que estamos corriendo una prueba de ciclismo de montaña y el agua y el barro van en el mismo precio. El señor no lo entiende y se me acopla cual garrapata cansina a mi vera y no deja de repetir como una cotorra una serie de bobadas que me hartan, momento en el que ya no consiento que siga en ese tono y le dejo bien claro lo que puede hacer en situaciones como estas: “quedarse en casa en el sofá tocándose los huevos bajo una manta”. Creo que ha entendido que no es rentable seguir con la cantinela y subiendo su ritmo se distancia dejándome atrás rápidamente.

                Ya veo el casco urbano, la contienda se acaba, mis piernas van quejicosas, me encanta, voy a llegar en mi punto, agotado, con ganas de ducharme y beberme unas cervezas. Cruzar el pueblo es un gozo, la gente se agolpa a los lados jaleando todo tipo de vítores hacia nosotros.

                Cruzo la línea de Meta, me cortan el dorsal y les digo que el chip no lo llevo puesto por despiste, así que no podré saber mi clasificación, pero mi aparatejo del manillar dice que he tardado dos horas y casi once minutos. Es suficiente, no tengo más que ver cómo ha quedado Roberto y hacerme una idea de cuál ha sido mi clasificación, pues ha llegado con tres o cuatro minutos de antelación. Al margen de todas estas cifras, me siento muy orgulloso de mí mismo, he sabido dosificar y emplear toda mi fuerza en los momentos necesarios y mi estrategia en todas las subidas exigentes, sin llegar a sentir la pérdida de control de mis piernas.

                Tras la reparadora y casi resucitante ducha, nos reunimos con Oscar, a quien no había visto en toda la mañana y que además tampoco sabía que estaba inscrito en el circuito. De esta guisa y súper bien acompañado con Robert y Óscar pongo el broche con unas frías cervezas a una mañana de lujo, que bien podían haber ido acompañadas de algunas delicias horneadas en “Ballesteros”.

¡Hasta pronto!

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4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. HORUS dice:

    Hola Chorques.
    Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que crucé contigo unas palabras. Me satisface comprobar que tu esencia te sigue con la misma fidelidad que tu sombra y que sigues teniendo vivo este pequeño rincón donde tus hazañas te mantienen grande.
    Espero que la providencia algún día no muy lejano haga que nuestro destino vuelva a cruzarse y compartamos camino a lomos de nuestros flacos rocines.

    Un abrazo

    1. Hola amigo, me desconecté de muchas cosas por un mal divorcio… el resto te lo puedes imaginar. Descuida que nos veremos !!!

      Cómo siempre, un lujazo tenerte en el blog, aún sigues siendo el usuario con más mensajes, jejejejejjejee

  2. “Luismi”, ja, ja, vaya diminutivo para el Señor de la Pila, ja, ja.

    Yo, por mi propio interés, hecho de menos a aquel fumador de los 90, al menos con ese podía salir, con él de ahora…

    Qué pena tu furgo, con lo que bien que se porto cuando nos llevo a coger el vuelo para el país teutón. Que disfrutes el nuevo tanto como el otro.

    1. Señor Decano, siempre con su inefable sentido del humor es bienvenido a este ciber rinconcillo.

      Bonitos dias en las alemanias de 2008 jejjejee…

      Un abrazo y gestioneme una equipacion de BICIMURRRRRRR

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