2 Reinos Mtb Race 2015

11052374_852750981458140_4229426466202274212_nPrefacio

Sin saber ni cómo ni porqué me veo envuelto en una bonita aventura. Me han invitado a participar en una interesantísima prueba de ciclismo de montaña. Evento en el que se combinan tres elementos muy distintos y atractivos. El primer día hay que afrontar una contrarreloj muy dura, nada de apretar muslos por asfalto cómo estamos acostumbrados a ver en televisión, ¡no!, en esta ocasión hay que apretar todo lo que se pueda, es una cronoescalada que comenzará en el centro de la soleada ciudad de Lorca y acabará en su castillo, en el punto más alto, en el Parador de Turismo. Nueve kilómetros de subida con más de seiscientos mts+. Acabada la jornada de descanso nocturno nos veremos inmersos en una etapa de gran maratón, en la que la distancia será de ciento ocho kilómetros con más de dos mil metros de desnivel positivo de altura. Habrá que rodar y rodar. Habrá que racionar bien las fuerzas. Tendremos que saber cual es el punto óptimo en la cadencia a la hora de afrontar las subidas, pues el más mínimo desfase nos puede costar el abandono. Y por último, la etapa reina a mi parecer, una jornada de apenas sesenta y tres kilómetros por la sierra de Ricote, escenario archiconocido por mí. Aquí no habrá contemplaciones, el planteamiento será dejar hasta la última gota de sudor en el terruño, llegar a meta con las calorías justas para besar a mis hijos y llevarme un vaso de algo fresco al coleto.

Además, si el evento se presenta complejo, yo que soy algo retorcido, he querido darle un tinte genuino, una pincelada de protagonismo extra, una mota de autenticidad entre tanto profesional del ciclismo. La única forma de destacar y robar algo de gloria a los grandes de la escena deportiva de este aguerrido deporte es ni más ni menos que sacarle los dientes a la 2R a lomos de una Fatboy Bike. Os preguntaréis algunos: ¿eso qué es?, pues os lo explico con mucho gusto. Es una bicicleta que se diseñó para pilotar sobre espacios nevados, sobre dunas y terrenos en los que cualquier rueda se hundiese e impidiese el disfrute de su piloto. Mi modelo en concreto pesa dieciséis kilos, calza unas ruedas 4.6 y carece de cualquier elemento de suspensión. La única alegría son sus frenos, son hidráulicos.

Tanto Antonio Bernal, Juan Alberto, Juan Antonio Montoya, Jesús Jover, Jesús Rueda, Manuel Munuera y muchos más que han contribuido muy directamente, han hecho posible que todo haya encajado a la perfección. Proporcionándome una experiencia única e inolvidable, en la que no sólo me he divertido sino que en la soledad del pedaleo me he conocido un poco más, he retranqueado la línea que marcaba los umbrales que jamás pensé traspasar. Han hecho que durante tres días me haya sentido especial. Arropado desde el primer minuto y avalado por la confianza de todos ellos, quienes sabían que no tiraría la toalla ante un reto tan singular, sino que apostaban por una digna actuación, cómo así he demostrado y dejado patente. Gracias a todos vosotros, cada uno en la parte que os corresponde habéis sido únicos. Mención especial a Antonio Bernal, cuya mente criminal supo como encender la pasión de Sincrolador. ¡Gracias!.

11062328_10206700875268398_4045121294483189677_nLa noche del jueves creí escuchar gemidos y lloriqueos por los pasillos de casa, me preocupé, pero en un alarde de lucidez descubrí qué estaba escuchando, y no eran otros que los lamentos de mi Epic, que desde el destierro, en lo más cálido del garaje, sollozaba. Bajé a verla y a explicarle que no debía estar celosa. Le prometí que en la segunda edición de 2R ella será esa gacela que va a consagrarme como deportista.

Viernes 13, Cronoescalada en Lorca.

Siguiendo las instrucciones del dossier del corredor, que la organización nos envió por correo electrónico, planifico el día, acoto la agenda con el proceder necesario para estar en el lugar adecuado en el momento oportuno.

Al llegar al Parador me reciben agradablemente y me indican donde he de recoger mi bolsa del corredor, con mis dorsales y demás enseres a tener muy en cuenta a lo largo del fin de semana. Me adhieren una pulsera de papel a la muñeca, en ella están criptografiados mis datos personales, necesarios en caso de sufrir un accidente y sea necesaria intervención médica. También hay que decirlo todo, en la bolsa hay regalos muy interesantes y útiles, nada de objetos inservibles como hacen en otros eventos. Acabando de estampar mi rúbrica en el control de firmas, nos invitan a una charla en un salón de actos del Parador, en la que nos presentan toda clase de detalles sobre las tres etapas y algo muy importante a mi entender: la señalización en ruta. Por lo que cuentan vamos a rodar con mucha seguridad, tanto el ejército, voluntarios y señalética están en perfecta armonía en los tres recorridos.

11054462_10206700883988616_3208932174145457625_nAl llegar a Lorca, se me desmoronan los tiempos, el tráfico está muy denso, es una ciudad extraña, su plantilla urbanística es retorcida. No encuentro donde aparcar, doy vueltas y vueltas. La casualidad, que hoy va sentada a mi derecha, hace que en un semáforo vea cruzar a Manolo. Viejo compañero de rutas y componente del grupo ciclista “Los Maestros de Lorca”, del que siempre he sentido orgullo por ser uno de ellos. Le saludo y entre apretones de manos le dejo patente mi necesidad de aparcar, comer y prepararme. Él también participa, siendo además de un corredor más, uno de los patrocinadores del evento, su marca comercial: FUNDAX, está implicada en los entresijos de la organización. Recogido su retoño del colegio, me guía por la selva urbana y me planta ante el aparcamiento subterráneo que hay en la Plaza Mayor, desde donde comenzará la conquista de los reinos que se entrelazaron en estas tierras murcianas a lo largo de muchos siglos. Nos emplazamos para dentro de un rato. Tras aparcar, subo a la plaza y me planto ante una hermosa pata de pulpo asado con patatas y cebolla y de postre un bocadillo de lomo con queso y pimientos. Los que me conocen, bien saben que no soy nada ortodoxo con la alimentación deportiva, me gusta comer bien y sano, pero no soy capaz de seguir ningún tipo de dieta dirigida a introducir cosas insípidas en mi buche, soy de los que necesito energía de la buena.

Con los jugos gástricos atacando al cefalópodo inicio la transformación, dejando prenda a prenda a Luis M. Chorques en el maletero de mi monovolumen y conformando pieza a pieza el puzle que representa al Sincrolador.

Ataviado con los colores del equipo “Age2 The Bike by Fast Wear”, aferro el manillar de la Fatboy y salto al ruedo. La plaza está llena de ciclistas de todas las edades, hombres y mujeres, con bicicletas dobles y rígidas, de aluminio y de carbono, nuevas y veteranas, pero nadie cabalga una “Fat”. La mía es la única y rápidamente se hace notar, todos miran asombrados con ojos de estupefacción mis ruedas. Los comentarios pasan de jocosos a ingeniosos, sin olvidar a los engreídos que no saben mirar más allá de su propio ombligo que auguran disparates a mi aventura. Criticar es muy fácil, pero subirse a un cuadro de aluminio de semejante porte como el mío no lo hace todo el mundo, no es algo que cualquiera pueda permitirse.

Cómo si saliésemos de Tele5, bici y ciclista posamos para todos aquellos que quieren una instantánea de recuerdo. Dejo que la sopesen, que la toquen, hasta incluso a los más cercanos les dejo que le den un tiento y noten la energía de semejante invento rodante. Por donde paso soy el centro de atención, hago que callen y miren, que sonrían y apunten con sus dedos. Es divertido.

11049450_10206700883268598_6548222221634156287_nHay que calentar, la salida se retrasa y viene bien, hay que salir dándolo todo desde la primera pedalada y en frío eso es impensable. Con mis maestros (Diego, Eduardo y Manolo) comienzo a recorrer las calles aledañas al escenario que la organización ha instalado junto a la rampa de madera desde la que nos catapultarán a ese pequeño intervalo de tiempo de Moros y Cristianos.

Van nombrando los dorsales, nos van colocando en un mini corral acotado, lugar en el que algunos se persignan, otros intentan calmar sus nervios y otros simplemente esperamos, alegres y expectantes ante lo desconocido. En cuanto nombren al ciento cincuenta y nueve me pondré a perseguir como un poseso a Manuel Munuera, aunque también seré el objetivo a batir de Eduardo (el perolas) y de Diego Heredia.

10917896_10206700886188671_3724982652519979454_nAhora sí, me nombran y algo dentro de mí recorre hasta el último poro. Una especie de descarga eléctrica, que domino con firmeza, hace que suavemente me deslice hacia la rampa de salida. Me sujetan, el reloj marca en rojo los segundos que me quedan para arrancar, coloco la cadena en el plato grande y en un piñón cercano al pequeñín. Creo que el impulso de la rampa será suficiente para poder lanzar la Fat por las calles de Eliocroca a toda velocidad.

Cuando me doy cuenta llevo el aliento dos metros tras de mí, voy aferrado al manillar, levantado, pedaleando de forma frenética, tumbando mi bici en las curvas, fijándome únicamente en las señales que los organizadores me hacen para que siga el trazado con fidelidad. Escucho voces a mis flancos pero ni las entiendo, voy envenenado, obcecado, en trance, algo me posee, el espíritu de la competición es quien se ha adueñado de mi ser. Sólo soy capaz de escuchar el rumor que mis monstruosos neumáticos generan al lacerar los adoquines urbanos.

Subimos y subimos, mi pulso también, mis piernas van cargándose por segundos. Apenas un kilómetro y hay que subir unos amplios escalones adoquinados que obligan a bajar el ritmo y atropellar más si cabe la respiración. Acabado este detalle arquitectónico entro en zona terrosa, la rambla está esperándome. Llevo a Munuera a pocos segundos, quiero alcanzarle, darle caza, sé que es difícil, la Fat se pega al terreno de forma impresionante y mis pedaladas valen poco. El maillot va empapado, la temperatura es de unos diecinueve grados y la humedad muy alta, este rincón montaraz destila un bochorno tremendo.

11008990_10206256113471440_1666391833_nTiro del bidón para dar un buen trago y compruebo que las prisas me han jugado nuevamente una mala pasada, el bote de plástico está seco, vacío, con telarañas en el fondo. Los labios resecos los relamo y sigo adelante, al fin y al cabo con sequía incluida podré aguantarlo, el recorrido hasta la cima es corto, sobreviviré.

Casi alcanzando a mi predecesor, siento como Eduardo me levanta la pegatinas, va como un rayo. Me alienta y casi a la par rebasamos a Manolo. Retuerzo un seco meandro del cauce fluvial por el que vamos ascendiendo y veo que otro ciclista va luchando contra los elementos, le paso y siento una pequeña dosis extra de energía. Hoy no sé ni que vegetación hay en la zona, ni me fijo en los aspectos geológicos ni en los caprichos orogénicos que la erosión pueda haber dejado en herencia al entorno, sólo escucho mi pulso y escruto el terreno para atacarlo sin piedad.

Noto como Diego se acerca, ambos nos tenemos que bajar de las bicicletas, una estrecha y desgajada cuesta nos obliga a manchar las suelas de nuestras zapatillas con el seco polvo grisáceo que nos guía. Él va más rápido que yo y sería una descortesía frenarle en este tramo en el que sendos deportistas pujamos con las monturas al hombro. Me aparto un metro y le invito a pasar, se lo merece, me mira sonriente y me da las gracias. Estos detalles hay que tenerlos muy presentes, sé que él está entrenando muy duro desde hace un tiempo y hoy puede recoger muy buenos frutos, mientras que yo, ya sé cuales van a ser mis mieses: acabar y no el último.

10599651_10206700884628632_5034722926573579291_nSigo dejando metros atrás. Esto parece que no se acaba, cada centímetro de recorrido hay que ganárselo a pulso, qué duro está siendo. Esta bicicleta en este terreno me está despellejando desde dentro.

Salgo del rambledo y comienzo a rodar por pista, ancha, firme, compacta. Es un alivio, un gran descanso, puedo volver a emplear el plato grande, a pedalear con más intensidad y sentir que todo va más rápido. Me puedo permitir el detalle de ir viendo a mi alrededor y en una de estas oteadas veo en una curva a Juan Alberto y al cuñado de Montoya. Están dando soporte mecánico a la carrera. Ellos también me detectan y me vocean a lo lejos. La acústica del barranco me permite escucharles con una meridiana claridad, levanto el brazo izquierdo y les saludo.

Justo en este momento me encuentro que varios de los que me habían adelantado y algunos rezagados a los que les estoy doblando el tiempo, van muy próximos, demasiado, voy a darles alcance. Ver que hay gente a la que estoy superando en tiempo me anima mucho, hace que no sienta que manejar una Fatboy sea sinónimo de llegar siempre el último o casi. Aprieto los puños y consigo infiltrarme en la grupeta.

Apenas quedan dos kilómetros, me adelantan dos ciclistas rapidísimos, les animo, les admiro.

11026124_10206700880388526_5991389233255081964_nYa veo la zona de cronometraje, se acaba el calvario, mi vía crucis particular llega a su fin. Además hay un avituallamiento. Maravilloso, cuarenta y dos minutos he necesitado para culminar este primer escalón del fin de semana.

Con la boca llena de gajos de naranja conozco a Antonio, paisano de Archena a quien conozco sólo online y ahora le puedo estrechar la mano. Se encarga de este punto de refrigerio, que sabe a gloria bendita. Mientras nos ponemos al día, llega Manolo, éste también refresca ánimos y paladar. Juntos nos despedimos de Antonio y nos vamos de vuelta, por el tramo neutralizado. Un poco de abrigo sería ideal, las temperaturas han ido bajando conforme el día ha ido huyendo por el horizonte, vamos sudados y bajar en estas condiciones es pernicioso para la salud, máxime cuando yo llevo un catarro de varios días que me tiene en jaque. Poco a poco y sin correr volvemos al punto de inicio.

Un apretón de manos, por el trabajo bien hecho, y saludando a compañeros que ya han acabado y a otros que están llegando nos entretenemos dando buena cuenta de la comida sólida que nos ofrecen.

11067648_10206700880028517_2074305271393198018_n¡Ya está!, primera etapa culminada con éxito. Me siento muy bien, tenía miedo de quedarme anclado en algún punto del ascenso por falta de fuerzas, pero no ha sido así, la determinación y el coraje han hecho que el mastodonte azul que gobierno y yo, hayamos arribado a buen puerto.

Llamo a Jesús Rueda, a quien encontré a mitad del recorrido fotografiándonos, y en casa de quien me quedo a dormir esta noche. Me dice que tardará en llegar a la plaza, y acepto la invitación de Munuera de ir a su casa a darme una ducha y mudarme. Si algo es crucial al acabar un evento deportivo es tomar una ducha caliente y despojarse de las sudadas prendas que han hecho la travesía.

Todo resuelto, una pequeña tertulia con la encantadora esposa de Manolo en su hogar y me desplazo al encuentro de Jesús, quien anda de cerveceo con su media naranja. Tras ponernos al día, me sienta ante un buen plato de espaguetis en su cocina y al sentir por última vez los dientes del tenedor saliendo de mis fauces me acuesto, no tengo sueño, pero he de estirar mis piernas y relajar todo mi ser, es el momento de comenzar la recuperación y cargar baterías para mañana, las voy a necesitar al doscientos por cien.

Sábado 14, Lorca – Bullas (108 kms de auténtico pedaleo non-stop).

Deseándome mucha suerte y fuerza se despide Jesús de mí. Voy camino de mi segundo control de firmas en el Parador de Lorca. He dormido como un bendito en su casa. Aprovecho este párrafo para dar las gracias a toda la familia por su amabilidad y hospitalidad.

Nuevamente causo revuelo, en el aparcamiento al salir la gordita desde las entrañas de la VW todo el mundo exclama, bloquea sus párpados y se acercan a tocarla. Esta bicicleta atrae a las masas jajaja…

11069856_10206588150209117_7094864624965359394_nAdrián está aparcado a mi lado, nos saludamos y charlamos un poco sobre la etapa del día de ayer y sobre lo que nos depara la jornada para hoy. Me comenta que tiene que ver al mecánico, su cambio trasero le está dando problemillas y no se siente cómodo. Espero que todo quede resuelto con unas vueltas de rosca.

Dejo mis bártulos en el lugar que me indican, etiquetan el petate y rubrico nuevamente. Qué emoción, hoy hay que trabajar duro. Piernas y cabeza han de estar en sintonía máxima, debo racionalizar al máximo todo el tiempo de carrera. El perfil es algo engañoso, parece que apenas hay subidas duras, pero por experiencia sé que no he de fiarme, sino todo lo contrario, son las gráficas que más engañan.

Cruzo algunas palabras con Alberto Pardo, me cruzo con Javi Zaragoza y un sinfín más de viejos y nuevos amigos. Los que no me conocen también me saludan y sonríen, no lo pueden evitar, en mis manos y estrangulando el manillar llevo la Fatboy.

Este rincón es precioso, una cima muy bien cuidada en la que se alternan ruinas con lujos. El Parador deslumbra con sus jardines y panorámicas. Hemos de ir rodeándolo por un escueto senderillo para poder colocarnos en el arco del triunfo que nos va a ver desfilar hacia Bullas. La línea de salida está instalada en un rincón de tintes medievales. La marea humana es reducida. He de abatir a todos los que pueda, no quiero dejarme ninguna pieza de caza mayor sin cobrar.

11052879_10206700879708509_7294952084617690417_nCorreteo entre la multitud saludando, dando apretones de manos, bromeando con algunos, buscando a otros… es casi una liturgia establecida a modo de costumbre, tengo la suerte de no verme solo en ningún evento, siempre tengo a los míos próximos.

Dan la salida y vamos neutralizados. Voy con Lloret y Andrés. Charlamos y disfrutamos del momento, la mañana amenaza con lluvias, pero a mi me da la impresión que de una nublada mañana no vamos a pasar. Voy ligero de ropa, voy de corto con chaleco cortavientos, manguitos finos y la bufandita que nos entregaron en la bolsa del corredor junto al maillot de finisher. Cae cuatro gotas, algunos se precipitan y paran para ponerse los chubasqueros, creo que se están equivocando, estas gotuchas no son más que un refresco para cuando nos pongamos en marcha de verdad.

El ritmo es cómodo, rodamos por un cauce seco, en cabeza aún están los bríos sujetos, seguimos formando una unidad compacta, pero en cuanto levanten el freno los de la organización, los galgos va a salir de estampida. Se hace largo, este tramo controlado, el pelotón va deshilachándose. Aprovecho para aligerar mi vejiga y veo como me dejan al final del pasillo, es increíble, te detienes unos segundos y te llenan de polvo y relegan al final del pelotón. Ahora toca remontar.

Alcanzo a Manolo, llevo casi cuarenta minutos de pedaleo frenético, lo que cuesta volver a la carrera. Entre tanto, y… como ya es habitual sonrío cada vez que me sueltan algún disparate sobre el tamaño de las ruedas de mi bicicleta.

11037714_10206588152889184_7107210479849618573_nVamos disfrutando de caminos muy divertidos, en los que se alternan subidas que exigen un pequeño apretón al final y bajadas de las de tumbarse un poquito en los márgenes. Los campos que nuestra vista alcanzan están bien flanqueados por hermosas montañas. Nosotros vamos camino al que llaman el barranco de los Machos. Cambiar de vertiente en semejante mole lítica nos va a costar un buen rato, la subida es tendida y kilométrica. La recuerdo, hace años pasé por aquí con el grupo de Los Maestros de Lorca, camino a la sierra de María. Los buitres nos esperan en la cima, espero no convertirme en carroña llegado el momento y dejar en ayunas a los leonados.

Al iniciar la pendiente, mi compañero me indica que he de seguir a mi ritmo, él va a aflojar un poco para no desgastarse en la subida. Le hago caso, me siento fresco y con fuerzas. Me recoloco la bufanda y dejo la boca al descubierto, voy a necesitar un buen acceso de aire a mis pulmones, voy a encarar el macizo con el plato grande hasta donde pueda. Llevo uno de los bolsillos de mi chaleco lleno de nueces, higos secos, dátiles, kiwi y piña deshidratados, pasas y arándanos. Ese va a ser el rincón de mi vestuario que más voy a necesitar en toda la etapa, mi despensa.

El camino es ancho, pedregoso, a ambos márgenes el arbolado es precioso. Salpimentando la pendiente, en línea recta, casi interminable a la vista, hay numerosos ciclistas que van luchando como yo, contra sí mismo y contra el desnivel que comienza a ser dañino en algunos.

10414502_10206700876548430_8379331587380251109_nCómo os cuento, voy muy bien de ánimos y de fuerzas, comienzo a alcanzar compañeros y a adelantarlos. Mi cadencia es cómoda pero contundente, mantengo un pedaleo redondo. De momento no me tengo que alzar sobre los pedales, la presión en mis rodillas es aceptable. Las zonas de umbría se hacen palpables, el aire entra por mi nariz, frío, despiadado, y el sudor se enfría provocándome algún que otro escalofrío.

Los kilómetros van amontonándose en la pantalla de mi gps. El lugar es muy bonito, tal y como lo recordaba, en cuanto llegue a la cima, en esa explanada sacaré de la mochila otra bufanda que llevo, la bajada consiguiente es larga y muy rápida, quiero proteger mi garganta con una prensa seca.

Siendo fiel a la verdad no he podido castigar el cerro con el plato grande en su totalidad, en un par de recodos la cosa se puesto peliaguda. Golpe de gatillo y cadena al plato de veintidós dientes, las cosas con como son, no hay que cebarse.

Me enrosco bien sobre el cuadro y comienzo a bajar a gran velocidad. Las curvas van sucediéndose de forma alterna, cerradas y llenas de gravilla. Con estas ruedas tengo la posibilidad de tumbarme casi como si condujese una moto, la adherencia es tremenda y la seguridad que ofrecen se agradece mucho. Se hace largo. Es el primer momento en el que comienzo a sentir el castigo de la soledad. No veo a nadie, me siento en medio de ningún lugar. Verde pino, marrón montaña, azul cielo, amarillento bajo mis ruedas. Es difícil de explicar, es como si el tiempo se detuviese, pues el camino parece que no se acaba a la vista. Avanzo pero las distancias son tan largas que no puedo percibir cambios significativos que me sirvan de referencia.

El cielo sigue nublado pero no amenaza con mojarnos.

Pedaleo y pedaleo. No he dejado de mover las piernas ni en las bajadas, no me gustaría que se enfríen y me asalten los calambres que tanto temo. Bajo y bajo, los árboles pasan a mi lado tan rápidos como mis pensamientos, apenas veo una columna verdosa a mis flancos, voy sumamente concentrado. Se trata de adquirir la mayor velocidad posible, con seguridad, pero ganando metros y metros al más ínfimo precio físicamente hablando. Estas ruedas

10443384_769277649808681_5327091793043686374_nEl viento aparece, cruzo un bosquete de pinos jóvenes, reforestados, la umbría vuelve a abrazarme y con la piel aterida comienzo a escuchar una extraña algarabía, un vocinglero inusual en estos páramos. Conforme voy acercándome, rodando por una senda tipo cordel, por la que he de ir subiendo pequeñas terracitas de tierra, veo una multitud de manchas de colores que se mueven, voy enfocando la visión a esa distancia y descubro que no son otros que los integrantes del grupo Los Maestros de Lorca.

Los ánimos se hacen dueños de mis piernas y doy un apretón, justo saliendo de la trocha conecto con un tramo asfaltado y entre vítores y palmadas en la espalda me despido de los maestros, levanto mi brazo izquierdo y aferrando con fuerza mi puño les hago ver que las fuerzas van incólumes en mí. Sé que me han fotografiado y filmado con los teléfonos móviles, son increíbles, llevan toda la mañana de ruta con un itinerario en el que en ocasiones nos cruzamos los corredores con ellos y así poder animarnos. Son grandes, son los maestros de Lorca, sobran adjetivos, ellos son superlativos.

Asfalto y viento, dos enemigos de la Fat. Mi adherencia al negro, rugoso, estéril y adusto asfalto con estas cubiertas es un freno, pero no me amilana, es cuestión de imprimir un poco más de presión a la musculatura de mis piernas y esperar a que se acabe el tramo. Ahora bien, contra el viento no tengo otra receta magistral que agacharme un poco sobre el manillar e intentar avanzar de la mejor manera posible.

Paso un avituallamiento y observo que la gente charla y charla como si de un bar de tapas se tratase, yo compruebo que el bidón que llevo en el cuadro de la bicicleta contiene líquido elemento y continuo, obviando la parada. En la mochila llevo un litro de agua con sales a modo de reserva, por si no llego al punto de repostaje con la bebida de mi botella.

A estas alturas de carrera he metido muchas veces la mano en el bolsillo de los frutos secos, llevo menos de la mitad, así que en el próximo punto de abastecimiento sólido me detendré y comeré un poco, no quiero trabar mis ansias y mi ímpetu por culpa de una mala alimentación en ruta.

10473608_10206700878268473_5510325969169604378_nAdelanto a un par de ciclistas en una subida de asfalto, es curioso como en cuanto escuchan el crepitar de mis cubiertas por la carretera giran bruscamente sus cuellos esperando hallar un vehículo a motor, no es para menos, hasta yo lo escucho y no me acostumbro a identificarlo con una bicicleta. Van cansados, se les nota en el gesto de la cara, respiran de forma muy atropellada, yo por el contrario cada vez me siento mejor, más en sintonía con la ruta, el paisaje y mi vehículo.

Los kilómetros en esta fase del recorrido son aburridos, cómo solemos decir los ciclistas, este tramo es: “pestoso”.

En mi cabeza, como bien sabéis los asiduos al blog, cuando ruedo durante tanto tiempo suelo pulsar el botón: “modo zombie”. Repaso los estribillos de mis grupos musicales favoritos, y hoy llevo la cantinela con Rammstein. Esa vocecita que todos tenemos dentro cuando vamos en silencio y hacemos muchas cosas al mismo tiempo, no deja de tararear las letras alemanas de ese grupo. Antaño, fueron mis compañeras, cuando recorría las tierras nibelungas o iba siguiendo el camino de la santa Ildegarda de Bingen dirección a St. Goar, esperando escuchar los cantos de princesa Adeline sobre el Rhein.

Van sucediéndose subidas de tierra con tramos llanos, aterrazados. El desnivel ha dejado de aumentar de forma tímida, de cincuenta metros en cincuenta voy viendo como la cosa va ganando dureza. En uno de estos altozanos hay un punto de avituallamiento sólido. Es el momento de parar y seguir ejecutando el plan previsto.

Para mi sorpresa, al detenerme, sin llegar a quitar las calas del pie derecho del pedal, veo que sobre la pesa del tenderete hay unos recipientes plásticos de tamaño mediano en los que la pasta está acompañada por tacos de jamón de York, queso fresco, atún y aceite de oliva. Sin prisas, para no atragantarme y no apelmazar la comida en mi estómago, voy saboreando y disfrutando con fruición semejante majar. Además recupero un poco el aliento, repaso la ruta y veo donde me encuentro exactamente, reviso visualmente mi bicicleta y me recoloco las ropas.

Justo al llegar al lugar veo como se aleja un casco naranja, sé que es Antonio Bernal quien va bajo ese protector, espero poder darle alcance en breve.

10299930_1066195456743447_6462120311076842599_nAcabo mi almuerzo de sabores mediterráneos y me pongo en ruta otra vez. Marco un ritmo algo más suave del que traje hasta aquí, no quiero tener problemas digestivos, hasta que no pasen unos quince o veinte minutos no debo forzar la maquinaria. Tiempo suficiente para ver como ha caído en mi saco alimenticio la pasta.

Todo va de maravilla, el paisaje ha cambiado radicalmente. Los caminos son compactos, justos para el paso de dos ciclistas. Ajados, llenos de roderas de lluvia, piedras emergentes, raíces caprichosas que buscan los rayos del astro rey. Los campos son páramos con ondulaciones, plagados de cepas veteranas, posiblemente algunas sean descendientes de alguna vid de las que sirvió para calmar la sed de aventuras de algún legionario romano con su vino.

Llevo compañía, hace unos minutos que un ciclista con una lefty me ha interceptado pero no me adelanta, prefiere ir leyendo mi paso por los pedregales en las rápidas bajadas, ir a rueda gastando lo menos posible. Es loable, yo en ocasiones hago lo mismo. Sigo a lo mío, no le presto atención, cuando quiera que me adelante y le animaré con mucho gusto.

En mi interior hay una gran duda, y no es otra que el desnivel de la ruta indicado por la organización. Apenas sobrepaso los mil seiscientos metros de acumulado y según indicaba el rutómetro, hoy alcanzaremos los dos mil doscientos mínimo. Apenas quedan cuarenta kilómetros para llegar a Meta y el terreno es descendiente a la vista, delante de mis gafas todo lo que me ofrece la panorámica es descendiente. También es cierto que no veo ninguna población ni montaña cercana, no sé cómo ganaremos esos metros, o si se habrán pasado en las cifras a la hora de la confección de la información en el dossier. Sea como sea, tengo que seguir adelante, no he de decaer y lo que venga ya lo veré y lo afrontaré.

10410298_10206598756354264_7689840754858781456_nEsos macarrones están haciendo su efecto, noto mucha energía recorriéndome, que gran importancia tiene el llevar siempre el buche lleno de combustible del bueno. Hasta el momento no he ingerido ningún gel, ni barrita elaborada, ni nada que no haya sido fruta seca o deshidratada.

El casco naranja vuelve a ponerse en mi alza, se convierte en mi nuevo objetivo. Es un acicate que refresca los ánimos, que hace recolocarme en una posición algo más agresiva sobre el sillín de mi monstruo azulado.

Dudo si ponerme a su ritmo o seguir, la cordura me dice que es una carrera, que ya lo tengo todo ganado llegando a la línea de meta, pero ese bicho que nos pica cuando le ponemos las bridas al dorsal sobre el manillar me dice que apriete, que acelere, que salude a Antonio, que no deja de ser uno más al que dejar atrás en la clasificación. Así lo hago, lo siento amigo, voy envenenado y no lo puedo evitar, esto es como la fábula de la rana y el escorpión, no puedo dejar de ser los que soy: soy un corredor.

Sonrientes nos despedimos en ese breve trance de adelantar y ser adelantado. También dejo a la rémora con él, el piloto de la lefty cambia de guía. Sigo en solitario, disfrutando de los caminos. Imaginando las contiendas que tuvieron que celebrarse por estos campos, en la etapa de dominación musulmana y reconquista cristiana.

10410277_769277769808669_6838508310344803509_nPoco a poco me voy alejando de ese grupo, cuando el camino se cruza y pliega el mapa, puedo ver que nadie me persigue en la lejanía.

Tras muchos recodos en el camino, entro en una rambla. Densa, pedregal seco que a cualquier bicicleta le supondría un esfuerzo titánico al rodar sobre semejante lecho pétreo. Mi Fatboy se come este tipo de accidentes del camino con pan integral, apenas hay cambios en mi forma de rodar, sólo extremo precauciones para no caerme y hacerme daño golpeándome con algún bolo de los que voy sorteando.

Este rincón me dice que ya queda poco, es dónde a finales del año pasado fui invitado para la grabación de unas imágenes con un dron. La organización del evento estaba confeccionando su campaña publicitaria y varios amigos de “The Bike”, formamos parte del contingente de ciclistas que después servirían para montar sus estrategias en las redes sociales. Recuerdo que justo por donde estoy pasando, iba un cristiano ataviado con ropas de la época, montando a un precioso caballo blanco, y nosotros nos incorporábamos a jinete y montura conformando una unidad atemporal: cristiano reconquistador y ciclistas luchadores.

Dejo a un par de ciclistas a mis espaldas, van derrengados, la distancia y la dureza de la etapa les ha mellado seriamente. Continúo y paso de la rambla a una preciosa senda que cicatriza un pinar tupido y oscuro. Sonrío, disfruto, no me importa tener que esforzarme un poco más por el tamaño de mis ruedas, el entorno lo vale, me recarga de la bucólica energía reinante bajo las ramas de estos jóvenes pinos. Circular a esta velocidad si que me permite empaparme bien del lugar, me da la posibilidad de formar parte de paisaje y ser consciente de ello. La fragancia de los romeros aromatizan el momento, las jaras apunto de florecer me hacen recordar a la hija de mi amigo Marco, quien puso un nombre tan floral a su pequeña princesa. Os podría decir que llegado a este punto, cruzar por un espacio semejante me hace olvidar todo y trasladarme a una de mis matutinas salidas ordinarias por la sierra de La Pila.

1926815_686250994816636_5119449559458132004_nYa voy entendiendo donde están esos metros de desnivel que recelaba. Hace unos minutos he visto el cartel amarillo que indicaba que sólo faltan cinco kilómetros para llegar al final. Estoy inmerso en unas despiadadas sendas que suben sin pedir perdón a nadie, que están alfombradas con todas las piedras que existen en Bullas, y que se retuercen como las adversidades de la vida misma. Voy con el plato pequeño, el piñón grande y de forma instintiva tiento espasmódicamente el gatillo del cambio trasero pensando que pueda quedarme algún piñón más que subir. La cadena cruje, va seca, llena de muchos lodos secos, tensa, agónica, sedienta de algo que lubrique sus bulones. Las rodillas están al límite, nadie me ve, sería muy fácil hacer estos repechos andando, pero eso no ha lugar en mi filosofía deportiva, me bajaré cuando no pueda más o el terreno me tire. Llevo la respiración casi al límite, sé que voy altísimo de pulsaciones, necesito un respiro, bajo la intensidad de pedaleo y voy casi haciendo las veces de funambulista entre raices, grietas y pedruscos. Me cruzo de un lado al otro del camino, aprieto los puños, me recoloco todo lo más próximo al manillar que puedo, no quiero que la rueda delantera se alce y me obligue a poner el pie en tierra. No llevar suspensión el horquilla pasa factura, me veo luchando contra muchos factores al mismo tiempo.

10013213_10206588297892809_9003044976621779593_nEste tramo final está siendo maravilloso, único, es el broche de jornada, es la guinda de tan dulce pastel. Me está gustando muchísimo. Sentir que tras todo el esfuerzo que llevo a mis espaldas tengo que ponerme a jugar en estos vericuetos, es algo que da grandeza a este deporte, hasta que no se cruza la línea de llegada hay que tener presente que: hasta el rabo, todo es toro.

Llego a unas antenas, es un punto álgido, una atalaya desde la que me ubico y sé donde acaba mi odisea. Las piernas disfrutan al estirarse y levantarme en la bajada. El aire seca el sudor de mi semblante.

Atravesando los primeros metros de vía urbana los voluntarios, militares y vecinos me dan ánimos y es increíble, aparecen fuerzas que uno piensa que están extintas y sufro una mini metamorfosis. Sonriente, mermado en mi interior, pero mostrando todo lo contrario, acelero por las calles aledañas al camping La Rafa y siguiendo las indicaciones que me hacen atravieso el tan anhelado arco hinchable que me dice que todo ha acabado, que he de detenerme, que la misión ha sido cumplida con éxito.

Una vez despojado de la bicicleta, vuelvo a ser bípedo. Me refresco y me siento a comer un poco de pasta, es hora de descansar.

Domingo 15, ruta por el Valle de Ricote.

Hoy juego en casa, puedo levantarme sin prisas.

Desayuno con calma, escuchando buen rock a primeras horas del día, mi gato ronroneando junto a mis pies, todo dispuesto y preparado, mucha paz, la calma lo invade todo, las buganvillas adornan el momento, sólo el trino de los primeros pajarillos es lo que escucho cuando bajo al garaje a preparar mi monstruo rodante y a repasar las cosillas que me han de acompañar.

1385662_10206700879068493_8273113833669101348_nEl escenario a recorrer es el Valle de Ricote, último reducto morisco. Os aseguro que nos va a costar lo nuestro conquistar la etapa de hoy, aquellos moriscos dieron mucha guerra y las sendas y cuestas de este macizo calizo son dignas de una buena contienda.

Aparco solitario, frente al río, me apetece llegar al Balneario rodando, dando un paseo por el corredor verde del río, disfrutando del paseo fluvial. Archena es donde viví mi niñez, no soy natural de tan bonita villa, pero si se encargó de forjar mi carácter y sumar un sinfín de maravillosos recuerdos. Creo que no dejé sin recorrer ninguna de sus calles con mi bicicleta, era mi pasión ya en aquellos años.

Llegando al control de firmas comienzo a encontrar a los compinches de días anteriores. Junto a los Maestros de Lorca y una entrañable pareja, pongo rumbo al paseo del Golgo, por la ruta de Los Miradores, para calentar un poco las piernas e ir preparándonos para la escaramuza. Curiosamente veo que el lugar está balizado, imagino que es el pasillo por el que nos diluiremos hasta la línea de meta en unas horas. Antes de colocarnos en posición de salida, gratamente el bueno de Pedro Maldonado ha querido que nos encontremos para desearme mucha suerte y darme un fuerte apretón de manos. Estos detalles son únicos, dan más energía que muchos sobres de gel.

11677_10206700885468653_6801785451816471230_nEmbutidos, engranados, conformando un todo policromático, ruedas alineadas en la misma dirección, los sentidos a flor de piel, pie derecho preparado para dar el primer empellón, las cabezas altas, las miradas afiladas, los brazos tensos sobre los manillares; de esta guisa nos vemos todos segundos antes de que el locutor dé la salida por megafonía.

Comienza el tramo neutralizado, va a ser largo, casi diez kilómetros, espero que los profesionales no suban demasiado el ritmo y nos vacíen las piernas antes de empezar. El asfalto es el gran enemigo de mi bicicleta, demasiada adherencia me obliga a apretar más de lo deseado mi pedaleo.

Salimos del Balneario dirección a Archena, cruzamos el río sobre el nuevo puente y bordeando los bonitos jardines del Parque de la Marquesa, nos dirigimos a Ulea. Singular perla del valle, enclavada en las faldas de la sierra de La Navela. Antes de abordar su casco urbano dejamos a la derecha el Gurugú. Tal vez pocos ciclistas se habrán percatado, pero en un pequeño colladito, frente a la parada del río, ante el majestuoso oasis moruno que entre Villanueva y Ulea, el río y los palmerales esconden; hay una construcción de curiosa historia y en la que tras la Guerra Civil mis abuelos vivieron durante un tiempo. Siempre que paso por este rincón, algo dentro de mí, vibra y me hace girar la cabeza, saludándolo con la mirada.

1911835_10206598757834301_6296991236996534652_nAtravesar Villanueva del río Segura es una crueldad, el pelotón se estira, nos deshilachamos rápidamente. Hay que subir una avenida estrecha, empinadísima, hace que el ritmo de cabeza sea imposible de imitar, mis pulmones ya no saben cómo ventilar, mis piernas me están avisando que de seguir así, van a abandonarme pronto. Hago caso a estas señales y aflojo el ritmo, justo en el momento que lo decido veo como un compañero ha tenido un accidente y está siendo atendido, ha chocado contra una isleta con bordillo. Los lugareños nos dan muchos ánimos, es maravilloso escuchar a esas anónimas gentes que te jalean cariñosamente.

Vamos camino de la sierra del Cajal, justo en el mirador de Franco es donde dejamos de ciclar de forma neutralizada. Estos kilómetros de asfalto me están castigando severamente, es la primera vez en todo el fin de semana que estoy teniendo dudas sobre si podré acabar la carrera. Hemos ascendido más de trescientos metros de desnivel y veo que la velocidad media es de veinte kilómetros por hora, esto no es para ciclistas como yo.

Antes de entrar en la pista terrosa, saludo a mis compañeros del Puesto de Archena, me reconocen y esas sonrisas me alientan un poco.

Subir el Cajal con la Fat es duro, las rampas son traicioneras, ópticamente parecen muy tendidas, pero la realidad no es esa, las cifras del tanto por ciento de la pendiente sobrepasan las dos cifras en su mayor parte. Cierto es, que yo sé donde están las zonas de descanso y los tramos más duros. Aprovechando esta ventaja, acomodo el ritmo y recupero aliento y también el tono en las piernas. Muchos ciclistas en este sector del itinerario me adelantan a gran velocidad, no son conscientes de que han de subir lo que los nativos llamamos: “el desprendimiento”; que no es más que otro segmento pistero con un desnivel que escuece y mejor afrontarlo con inteligencia que a golpe de piernas, más tarde hay tiempo y lugar donde recuperar.

20Al llegar al primer cruce, me llueve un derroche de ánimos: mi primo Joaquín, los compañeros del Seprona de Abarán, Juan Alberto y los voluntarios de la organización comienzan a gritarme palabras de ánimos. Se me cruzan los cables y me pongo de pie, me despego del sillín y esprinto a modo de agradecimiento, dándoles un poco de espectáculo como agradecimiento a su apoyo. Ir pilotando esta bicicleta hace que la gente empatice con mi odisea y sepan que soy distinto al resto, que voy sufriendo camino al Calvario.

18 19Hasta la segunda puerta metálica, hay un par de kilómetros que sirven para ventilar un poco las fuerzas, me como un par de higos, bebo un buen trago de agua con sales y me dirijo con entusiasmo hacia el antes mencionado “desprendimiento”.

Gentes de Ceutí e inmediaciones están en el cruce donde se unen las pistas forestales. Les reconozco por los colores de las ropas, conozco sus clubes y tiendas perfectamente, es más… algunas caras me son conocidas, les saludo sonriente y dejando atrás los divertidos comentarios sobre el tamaño de mis ruedas, sigo subiendo. Me enrosco en el sillín y adopto la postura que voy a perpetuar hasta la cima, hasta llegar a la senda de la Madera.

Al llegar al cambio de vertiente voy muy contento, he dejado atrás a unos cuantos ciclistas, yo sabía que más de uno iba a pagar el arrojo con el que había subido el Cajal. Sopla un viento encantador, me refresca, pero no me enfría, sirve para secar mi ropa y darme ese toque de energía que necesito. Vuelvo a llenar mi boca con frutos secos y un buen trago, me acerco a la entrada de la senda de la Madera.

Justo en el desvío, por donde se estrecha el camino, están mis buenos amigos Pedro Gómez y Jesús Gil. Han salido de ruta, tal como hicieron los maestros de Lorca en las etapas anteriores, con la intención de coincidir con los participantes en la 2R y poder verme y animarme. Son otro cañonazo de energía para mi torrente sanguíneo, parece que hiervo por dentro cuando caras conocidas me animan a seguir así, consiguen que se me olvide el cansancio y tenga la sensación de estrenar piernas. Gracias amigos, un millón de gracias.

17Un buen rato de diversión por delante, esta senda la conozco al milímetro. Tengo dos ciclistas por delante, me llevan un buen trecho, sé que les voy a dar alcance muy pronto. Con las bondades de la Fatboy bajando y absorbiendo las irregularidades del terreno van a ser míos en un abrir y cerrar de ojos. Me olvido de las manetas de freno, dejo que el taqueado de mis neumáticos mancillen raíces, roquedos emergentes, piedras sueltas, roderas, grietas, estrecheces y curvas de herradura con un radio ridículo. Los minutos pasan volando, voy disfrutando, casi en trance, la mirada muy por delante de mi rueda, dejando que mi cuerpo y mi bici sean un todo soldado, una misma pieza que avanza sincronizadamente, yo pienso y la bici reacciona.

15Estas umbrías me obligan a recolocarme la bufanda, no quiero enfriar más mi garganta, llevo un fin de semana de catarro que en carrera me está respetando, pero cuando termino la faena me pone en jaque y me hace pasar las noches tosiendo y penando.

Escucho a Lidia, me ha dado alcance junto a un pequeño grupo. Adelantamos a varios compañeros que no se muestran muy duchos en estos tramos con un poco de técnica a la hora de afrontar algunos pasos. Vamos en hilera, en fila india, en las bajadas me despego con facilidad, es increíble lo que me está haciendo disfrutar esta bicicleta de curvas al estilo Botero.

16Sigo tirando y tirando, afrontamos subidas excelsas y con un toque técnico muy suave, pero el suficiente para ir echando posiciones a la saca. Mi gran ventaja es que habré pasado decenas y decenas de veces por estos lares. Esta seguridad también me ayuda mucho, sé donde estoy con respecto al final de la etapa y como he de administrar mis fuerzas, teniendo muy claro donde debo dar el último latigazo.

Cruzamos lo que llamamos el “estrecho de Bering”, que no es otra cosa más que un corte al cabezo a golpe de barreno que en su día hicieron para dar continuidad a la senda, y saltamos a la cara norte de la sierra, la pista forestal zigzaguea divertida, rápida, cómoda, segura, hasta la carretera del Campo de Ricote. Esta bajada de varios kilómetros me da tiempo para recuperar un poco las buenas sensaciones, y comenzar a mentalizarme para afrontar la senda de la Mezquita, que parte desde la casa forestal de La Calera. Este tramo es muy exigente, hay que recorrerlo con cabeza más que con piernas. Esta va a ser la última adversidad que la organización nos tiene preparada, una vez consiga llegar al pino del cruce comenzaré un descenso muy rápido y alocado.

14Nuevamente me sumerjo en el rugoso y deleznable asfalto. Han habilitado un carril con tetrápodos plásticos para que el tráfico abierto no nos repercuta y podamos continuar con la seguridad necesaria nuestro periplo entre halepensis y demás flora mediterránea.

Llegados a la casa forestal, el ejercito tiene un punto de control y verificación en el que hemos de detenernos y dejar que nos marque en el dorsal una cruz, con rotulador, en unos de los numeritos que lleva en el margen derecho. Es una forma ineludible de evitar que se puedan hacer trampas, que se pueden hacer en esta zona. En este control está Juan Antonio Montoya, uno de los autores de mi tan fantástico fin de semana, sin su ayuda las cosas no hubiesen sido tan mágicas y tan extraordinarias como lo están siendo. Me anima y con ese empujón de ánimos, me pongo en marcha con garra y poderío.

13Lidia ha vuelto a darme alcance, formamos una pequeña grupeta. Ella recuerda haber pasado por allí y comenta con los demás ciclistas como es el tramo que nos espera. Yo me mantengo a mitad de grupo, llevo un ritmo cómodo, pienso atacar en los primeros giros, en el ascenso más técnico, conozco un par de lugares en los que posiblemente casi todos pongan el pie a tierra, y los aprovecharé para imprimir un ritmo más alto y escaparme. Mi gozo en un pozo, comienzo a escuchar un extraño ruido en la rueda delantera, suena como si algo estuviese suelto, veo que el cierre del eje está en una posición poco usual y decido parar, he de dejar que se escape el grupito, no puedo arriesgarme a tener un accidente por algo tan sencillo. Efectivamente, me detengo y compruebo la rueda delantera. Para mi sorpresa, el cierre está ajustado muy firmemente, es el buje, donde van los rodamientos, lo que está suelto, no tengo ni idea de si se puede solventar en ruta o si he de esperar a llegar al taller el lunes. Sopeso la situación en milisegundos y opto por continuar, imagino que la rueda tendrá garantía si acaba en mal estado.

11Me alcanzan algunas bicis, no sé cuántos son, sólo les escucho tras mi rueda. Les ofrezco la posibilidad de pasarme, pero la declinan, van con las fuerzas justas y prefieren que yo tire del carro.

Comienzo el ascenso, echo de menos la suspensión de mi Epic, las rigideces de la Fatboy me están pasando factura en las posaderas, además el sillín es más ancho que el que yo utilizo y me obliga a ir sentado en una postura algo incómoda. Otro factor que me está acuciando es la talla del cuadro, yo utilizo un cuadro L (19”) y esta revoltosilla es de talla M (17,5”).

10Subimos y subimos, esto parece no tener fin, esa es la sensación que te ofrece este rincón montaraz cuando se afronta por primera vez, da la impresión de ser un camino sin salida. Sin embargo, yo sé en cada momento donde estoy, cuánto me queda y cómo debo regular las energías. Meto la mano en mi bolsillo trasero y me llevo varias porciones de fruta deshidratada a la boca y un par de dátiles. Mascando a la par que respiro comienzo a disfrutar de las idílicas formas que en este paraje las raíces, acantilados y manchas arbóreas conforman. Es una acuarela viviente, cada barranco tiene su encanto.

9El extraño castañeteo de la rueda delantera me tiene preocupado, no sé como acabará, yo sigo y ya veremos como acaba la cosa. Intento no darle caña en las zonas de pedregal, pero poco puedo hacer para evitar esta holgura.

Tras mi mochila voy escuchando conversaciones que no van conmigo, mis perseguidores se conocen, yo llevo un ritmo tranquilo, les ofrezco la posibilidad nuevamente de adelantarme en algún punto, pero también deciden que sea su referente. Debaten sobre cuándo se acabará esta lacerante subida, también se maravillan de las panorámicas, yo me mantengo en silencio, mis fuerzas van mermándose y no me apetece ir de tertulia, prefiero ir concentrado en llevar este mastodonte por buen camino.

6Los minutos se agolpan en este cordel, este paso de antiguos pastores, leñadores y recolectores de esparto y setas, va llegando a su final, hay tramos en los que casi pedaleamos en llano y subo la cadena al plato grande, me ofrece un pequeño desahogo. Pronto toca girar a izquierdas y caer desbocados por las rotas y quebradas rampas de la senda del km 13.

7Dejo pasar a una pareja que ha ido todo el tramo de la Mezquita a mi rueda, y con cuidado de no despeñarme me divierto bajando a tumba abierta. Obviamente, sé donde apretar las manetas de freno y donde derrapar. La ausencia de suspensión en la horquilla hace que los antebrazos y los hombros me agradezcan las duras sesiones de gimnasio a las que las someto a diario. Voy congestionado de cintura para arriba, hay tramos en los que pongo la vista casi en el infinito, el traqueteo y las vibraciones me impedirían ver a unos metros delante de mi rueda, es una pasada como estoy bajando, la bici se lo traga todo, pero el ciclista tiene gobernar esta estampida, de lo contrario un mal bote me costaría un aparatoso accidente.

8Sonriente llego a la pista forestal, de nuevo estoy ante el camino del “desprendimiento”, ahora el sentido de la marcha es diferente, vuelvo al Balneario casi deshaciendo el mismo trazado. La bajada me ha hecho recuperar fuerzas y ánimos, también imagino que los higos y los dátiles han cedido sus azúcares a mis capilares en el estómago y están dando energía de forma altruista a mis músculos.

5En la cima del Cajal, por segunda vez, me cruzo con Juan Alberto y mis compañeros del Seprona. Me emociona un poco volver a verles tan escandalosos a mi paso, me gusta esta sensación, me vuelvo a levantar y abanicando fuertemente el manillar imprimo un ritmo desenfrenado a la montura. Me aplauden y me chillan. Qué inyección de ilusión. Me escurro cuesta abajo por la pista forestal.

Adelanto a varios participantes y otros se escapan en la lejanía, no tengo tanta fuerza en las piernas en este momento como para poder convertirlos en objetivos reales. Me conformo, sigo imprimiendo un buen ritmo de bajada, algunos tramos los bajo a más de cuarenta kilómetros por hora, es arriesgado por que el firme está lleno de zahorra suelta y resbala mucho. Aún con esas vicisitudes, me tumbo sobre las curvas al máximo, este tamaño de rueda me permite bajar emulando la conducción de una motocicleta, los pedales golpean en ocasiones con piedras y márgenes del camino. Interesante descenso, jamás había hecho algo así, voy rezando para no caerme, aunque lo que debería hacer es bajar un poco el ritmo y ser más conservador, pero eso es un eco que escucho a lo lejos, voy encelado en llegar, en acabar, en dejar patente que esta prueba multi etapas también se puede hacer con una Fat Bike, a pesar de lo que muchos hubiesen pensado en su momento. El orgullo también está siendo uno de mis motores este fin de semana.

4Cruzo Villanueva del río Segura, me desvían hacia el puente de Ulea, y en la pasarela de madera, por el escueto paso terroso y desordenado, me indican que hay que bajar. Mis ruedas no dejan lugar a dudas, pisoteo con fuerza en trocito polvoriento de camino paralelo a la acequia y me subo al paseo de Los Miradores, por donde a primera hora estuve calentando.

1Aquí si que tengo que dar hasta la última caloría de mi energía vital. Bajo piñones, me aferro con fuerza al manillar y pedaleo con fuerza, con toda la que me queda. Entre las cañas, limoneros y algunos zarzales, aprieto dientes y mi respiración se alborota. Cruzo el puente chico de madera, me deslizo hasta la carretera del aparcamiento del Balneario y comienzo a escuchar la música y la algarabía de la zona de llegada.

Me emociono, todo ha acabado mucho mejor de lo previsto por mí en un principio. Sé que una vez haya cruzado la línea de meta, tengo a mi familia y amigos esperándome, besaré a mis hijos, y podré descansar, podré decir con la boca llena y la cabeza muy alta: yo he corrido la primera edición de 2 Reinos Mtb Race con una Fatboy Bike, el primero y el único.

aLos últimos metros están frente a mí, decido ponerme completamente de pie, dejar que el impulso me lleve al fin de la aventura y levantando mis brazos, expresando mi satisfacción sacudiéndolos enérgicamente, pleno de un sentimiento de victoria, escucho el pitidito del chip de mi dorsal al pasar sobre la banda magnética que decide que todo ha terminado para el participante del dorsal nº 159 de la categoría RACER FINISHER.

2Aturdido, medio en trance al detenerme, me cuesta encontrar a los míos, Selena y Mario son a quienes mi vista localiza primero y casi rompo a llorar, mantengo el sentimiento apretando la barbilla, y escondiéndome tras las gafas de sol dejo que estos segundos mejoren.

11 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Luis eres un escritor fantástico, un deportista muy completo, un padrazo, un gran amigo y lo que a mi me parece más importante, una grandisima persona.
    Felicidades por ese relato….así fue y así lo has contado.

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    1. Nuevamente me rindo con mis agradecimientos ante vosotros, mis lectores. Sois una extraña droga que haceis que tras la lectura de cada una de vuestras letras mi estado de animo alcance el climax mas placentero que cronista alguno pueda experimentar. Gracias amigo.

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  2. Carmen dice:

    Sincro-Chorques!!!, cómo me gusta cuando describes tu frustración en medio de la sequía al quedarte sin agua para recargar energías y ,sin embargo, vences la situación con un sentimiento que brota de tu interior que es más fuerte que las dificultades del camino, llegar a la meta. Manejas muy bien la descripción, por lo que a través del texto consigues trasmitir emociones que no dejan a nadie indiferente, genial.
    Ah, que no me entere yo que falta pulpo en tu dieta, que es un alimento básico para deportistas. Jaaaaaajaaaaa!!!
    Oye!!, conforme sales en la primera foto, que se quite Brad Pitt del medio, que le haces sombra, jaaaaa!!.

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    1. Nuevamente tu paso por el blog hace brotar unas sonrisas en mis semblante, jejejejejeje…. Brat Chorques Pitt ajajajajajajajajajaa

      Como murciano de Pro, el pulpo con un chorro de limón es mi alimento básico, la sustancia que conforma mi ADN, creo que es el sabor de mis primeros biberones ejejejejejjee…

      Gracias por tu paso por este rincón de la redes sociales.

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  3. Robert Rulos dice:

    Chorques eres una maquina de devorar kms y sobretodo de crear historias, tenemos pendiente una centenaria, ya hablaremos para concretar, jejeje

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    1. Fíjate que aún no he podido volver a subirme a una bici, estoy que me tiro de los pelos.

      Hablemos, hablemos…. jejejejeee

      Gracias por pasarte por el blog, una vez más y dejar un comentario tan chulo. Gracias amiguete.

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  4. marta dice:

    Que gran escritor esta perdiendo el mundo
    .una novela de un viage de tres dias

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    1. Hola Marta, gracias por pasar por este rinconcito del ciberespacuo. Sé que eres una de mis lectoras asiduas, te mando un beso muy cariñoso, tita.

      Nadie se pierde nada, jejeje… aqui es donde me gusta escribir y donde todos podeis acompañarne.

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  5. Sony Maldonado dice:

    Gracias por tu mención amigo!!! Otra gran crónica de las aventuras del Sincrolador. Espero sean muchas más y las pueda ver a tu lado. Un abrazo grande!!!

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    1. Yo también estoy deseando llevarte de compañero en mil y una rutas.
      Espero y deseo que te recuperes pronto, tenemos muchos kms que hacer juntos.

      Un fuerte abrazo, zagalón !!!!

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      1. Luis; tendré que dejar de leerte. Sufro, padezco a tu lado. Disfruto cuanto tú disfrutas, te sigo a rueda y curiosamente no logras dejarme atrás. Recorro a rebufo toda la etapa, sin poder despegarme ni unos pocos metros hasta la última palabra. Sigue así campeón.

        ……………………………………………………………

        Mariano, eres el Decano, un espejo en el que cualquier ciclista que se precie como tal ha de querer verse reflejado.

        Un fuerte abrazo amigo, gracias por leer a este cuenta cuentos.

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