XIX Marcha Bahía de Mazarrón 2014

    10665066_10205647956986099_563708732905169803_n       Tímidos, entre un cielo plúmbeo, algodonado, de nubes esponjosas, grandes y grises, los rayos de luz van haciéndose un hueco en la mañana. Atrás han quedado las sudorosas alboradas estivales, con amaneceres muy madrugadores, el otoño es más cálido, si bien no más caluroso, sus luces son un regalo a mi vista. En este pequeño trance de cromatismos difuminados van cayendo los kilómetros de autovía.

     Llevo ligeramente bajado el cristal de mi ventanilla, dejando que un pequeño filillo de aire frío me haga sentir el despertar de la jornada, acariciando mi piel con ese frescor tan maravilloso, que poco a poco va activándome y preparando mi pellejo para una jornada de contienda, en la que brisa y sudor irán templando mi cuerpo y mis ánimos a la par.

     Como todos bien sabéis, mi furgo sin buen rock no es capaz de avanzar ni un solo metro más allá de la rampa del garaje de casa. Hoy es Slash quien ruge en los altavoces. Inmejorables acordes para que la síntesis de hormonas guerrilleras tenga lugar en mis entresijos. Cada vez que esa guitarra grita mis neuronas tiemblan.

     Hoy me acompaña Humberto, viejo amigo y compañero de rutas.

     Llegamos al Puerto de Mazarrón y pronto vamos viendo el ambientillo propio de estos eventos. Por las aceras, por las calles, por todas partes vemos como corretean bicicletas hormigueantes de todas las marcas y modalidades, gentes ataviadas con los colores de infinidad de clubes, peñas y marcas. Maleteros abiertos, desde los que salen ruedas, cuadros, mochilas, cascos, muchas horas de entrenamiento, esperanzas e ilusiones, muchas ganas de pasarlo bien, anhelos de reencuentros y porqué no, de hacer nuevas amistades.

      Todo ello voy metiéndolo en mi crisol particular y voy amalgamando un momento especial. Miro a mi alrededor y veo que la mar está en calma, cómo un espejo bruñido, cómo el mercurio sobre el cristal. Algunas gaviotas rompen ese bloque de azules y grises con el blanco de su plumaje, salpicando la panorámica tan excepcional de esta bonita bahía murciana que sin lugar a dudas es refugio de bohemios en invierno.

     En la recogida de dorsales ya comienzo a ver caras conocidas. La primera no es ni más ni menos que la de Pedro Bruno (Nako), a lomos de su moto oficial. Me saluda y a priori no reacciono, pero esa sonrisa… ese gesto… ya lo podemos esconder dentro de mil y un casco que sería capaz de reconocerlo. Un gozo impresionante se apodera de mí por completo, y me lanzo a darle un abrazo de hermano, de los que se aprieta con fuerza. Que alegría, no recordaba que estoy en su demarcación. Que gran encuentro. A veces os puedo parecer algo sensiblón, ñoño y hasta tonto, pero soy así, hay personas a las que quiero mucho, y este zagalón es de los que están ahí, en esa horquilla de amigos y medio hermanos. Aprieto un poco el galillo e intento que no se me note mucho, pero estoy algo emocionadete. Él ha hecho rutas impensables, interminables, infernales, insufribles y tenerle aquí, a mi lado, dándome ánimos y arropándome me hace sentir especial, no todo el mundo tiene la suerte de tener amigos así.

     Acabado el pasteleo, Nako continúa con su labor policial y yo voy poniendo el dorsal en mi Epic, ya es el cuarto de la temporada otoñal, al final voy a acabar enganchado a esto. Sinceramente me da igual, sé que es un ciclo en mi rodaje deportivo. Así es, voy a disfrutarlo y a no pensar más allá. Mi objetivo único y preferente es el de divertirme y en estos días estoy en ello: Show must go on !!!.

10671432_10205647080324183_7683938863187328779_n     En la fila de los dorsales, cruzo la mirada con Joaquín, el “Vértice más Vértice” de Campos del río. Compañero del Grupo de Los Maestros de Lorca y buen amigo desde hace años. Intercambiamos saludos y jocosos chascarrillos sobre lo que va a ser la mañana y seguimos cada uno a lo nuestro. Ya nos iremos viendo a lo largo de la etapa.

     El señor Láuz también aparece en escena, hemos coincidido en algunas ocasiones, pero no hemos tenido el gusto más que de conocernos por facebook así que me acerco y le tiendo la mano. Rápidamente sellamos en un apretón de manos, en el que se juntan amigos en común y muchos kilómetros, una nueva amistad. Repasamos un poco a Pepe Rush, y a los aguerridos secuaces alicantinos del señor Planelles. Junto a Humberto nos colocamos en la línea de salida, en la que muchos aprietan, codean y hasta pasan bicicletas sobre nuestras cabezas, todo para estar unos metros más adelantados. Tal vez alguno pueda disgustarse por tales actitudes, pero a mi, como espectador me parecen hasta graciosas, no me molesto, al contrario les acompaño sus prisas con un poco de teatralidad contenida, pues tampoco quiero que vean que me burlo de ellos de una forma tácita y tan obvia.

     Por megafonía no dejan de recordar que los primeros kilómetros son neutralizados y que algunos han de guardarse las ansias en los bolsillos del maillot, pues quien adelante a la moto oficial que abre el paso por las bonitas calles de esta perla mediterránea que es el Puerto de Mazarrón, será descalificado.

     En tropel, casi diría que en estampida salimos todos de la zona urbana. En estos anárquicos momentos conozco a “Capitán Flunfli”, y os preguntaréis quien puede ser este personajillo, con ese nick tan… tan. Pues es el primer amo de mi rocín, quien la desterró al olvido en la tienda del bueno de Montoya “The Bike”, porque no le gustaba su porte y su tallaje. Intercambiamos unas educadas palabras y poco más, continúo mi periplo en pro de ver hasta donde puedo llegar.

     Me despido de Humberto al ver que redundantemente nos despedimos del asfalto, es hora de apretar las carnes y ver hasta donde dan de sí las fuerzas. Humberto sonríe y nos emplazados para más tarde, él tiene otros objetivos y no seré yo quien los perturbe.

     La mañana sigue sombría, he hecho bien en ajustarme unas gafas de lentes amarillas. Tampoco me he abrigado en demasía, sé que mi temperatura de rodaje es alta siempre y el exceso de ropas puede suponerme un recalentamiento innecesario. Simplemente me definen mis medias de compresión, unos manguitos en los brazos y ropa de verano, nada más, es suficiente.

     Arrancamos por un camino llano, en fila de a dos, he de ir ganando mi posición y me resulta difícil, hay mucha gente que sigue su ritmo y va por su sitio y no les puedo hostigar, opto por ir saliéndome del camino a la más mínima ocasión. Ir siguiendo una rueda más lenta no es el objetivo.

      No me he estudiado el recorrido pues gracias a mis rutas pretéritas con los buenos Maestros de Lorca, creo que he ciclado por toda esta zona en varias ocasiones y además en ambos sentidos, sé que hay algunos repechos, con un dulce toque técnico pero nada que me haga temeroso de ningún sobreesfuerzo, al contrario, tal vez las empinadas y quebradas cuestas me sirvan para ganar más posiciones.

     Los kilómetros van muy rápidos, hay un leve ascenso de gradiente, pero el gps me va apuntando los metros que voy ganando y son pocos, casi nulos. Sigo imbuido en la culebra multicolor que serpentea por estos cauces secos. El pedaleo es alto, con acelerones y frenadas involuntarias, la cadencia va incrementándose al tiempo que voy teniendo mayor distancia entre mis perseguidores y las liebres que levantan el polvo que mancha mis gafas.

     Me siento extraño, bastante, las últimas dos semanas han sido poco propicias para poder entrenar, la crianza de mis dos cachorros humanos y el trabajo han sido los protagonistas de mis horas de vigilia, y lo noto, los muslos me están mandando señales de hinchazón y de congestión. Agacho la mirada y veo que estoy casi en el primer tercio del evento, y aún no hemos empezado a atacar la primera gran ascensión del itinerario. La respiración incólume, ritmo cardiaco bajo, la sensación térmica ideal, pero las piernas me están haciendo pensar mucho en ellas, no sé que va a pasar, no me he visto jamás en semejante trance. Si que he tenido dolores musculares, claro, pero no me he planteado nunca que aún me quedan unos treinta kilómetros en los que no he de bajar el ritmo sino incrementarlo poco a poco. Sé que no hay nada en juego, sé que he pedaleado distancias titánicas y sé que objetivos como el de hoy, de una forma o de otra lo acabaré, pero quiero ver hasta donde puedo forzar la maquinaria, así que voy a dejar de pensar en ello, activo ese botón “mode zombie” que llevo dentro y voy a dejar de analizarme, voy a concentrarme en el paisaje, a sentirme parte de él, a disfrutarlo y ya saldrá el sol por Antequera como dice la canción del Sabina.

     Llega el primer costarrón. Me alarmo, tíos con unas piernas que parecen salidas del Body Building News For Super Males, se tiran de sus sillines y van andando. Me cuesta trabajo creérmelo, pero es cierto, en la zona alta veo que el tapón se va haciendo realidad y que el efecto dominó está intoxicando a todo el mundo. Por qué narices no se apartan del camino y dejan que los que queremos seguir dando golpes al eje pedalier podamos divertirnos templando bielas. Es asombroso, pero no es lugar para cabrearme, no serviría de nada, espero a que el latigazo llegue hasta mí y me tiro de la bici de manera enérgica. Ahora si voy a canalizar mi mala uva, aferro el cuadro de mi princesa a la altura de la tija y me la echo al hombro, me salgo del camino y por el ribazo me pongo a trotar y dejar sembrado el sendero de miradas hostiles y muy llenas de soberbia. Esto parece una procesión al más puro estilo de la “Santa Compaña”, un montón de hombres caminando como pingüinos antárticos sobre pequeñas grietas en un algaido sendero de subida. Mis zapatillas son ideales, el mensaje que llevan en relieve en sus suelas es insuperable: “Walk & Bike”, queda manifiestamente testado y aprobado con nota, me han permitido correr con la carbonilla al lomo y no tener ni problemas de tracción ni resbalones. ¡Campeonas!

     En el alto, me subo de nuevo y paso la cadena al plato grande, es hora de que la velocidad forme parte del escenario, hay que sentirse una estrella fugaz, delante tengo unas buenas curvas de herradura muy cómodas que he de pulverizar, derraparlas y hacer que las suspensiones y frenos se angustien, hay que sacarle el jugo a los elementos de estas bicicletas tan especiales, no se puede pilotar a lo Sancho Panza con estos corceles. Con la vista echo un rápido vistazo y veo que hay un buen trecho de descenso. Me enveneno y adopto una posición agresiva, me dejo caer sobre la rueda trasera y arqueando levemente las rodillas voy zigzagueando entre ciclistas que no arriesgan, que bajan de forma excesivamente moderada, pero aquí cada uno es muy libre de hacerlo como más le guste, está en juego la integridad del artista, cada uno sabe donde están sus límites y los de su bicicleta. Yo especialmente no soy bueno bajando, pero es porque me comparo con los que habitualmente salgo, que son unos salvajes, en días como hoy me doy cuenta de que no me defiendo mal.

IMG-20141109-WA0002

      Estos predios ya son viejos amigos míos, los he horadado con anterioridad, a lomos de otras bicicletas que tuve en el pasado. Los recuerdos se agolpan a la par que las lascas de piedra sueltas en el camino, las retorcidas y peligrosas curvas, que con tanta grava suelta y grietas a forma de conos de deyección de las aguas de lluvia hacen que el camino sea entretenido y obligue a prestar toda la atención.

     A la izquierda siempre llevo el mar, es gozoso poder mirar de vez en cuando y sentir que contemplas una bella acuarela. Nunca ves lo mismo, el motivo es el mar y las montañas que ondulan el litoral, pero las composiciones van cambiando y también me animan, voy llenándome no sólo de kilómetros sino también de belleza.

      Entro en una especie de cauce fluvial, en el que mueren algunos caños de agua que caen por las laderas que nos encajonan. Cruzo un arroyo que me pone perdido de agua hasta la cintura. Sé que a muchos les habrá molestado el remojón pero a mi me han encantado, sentir ese frío golpe del agua sobre las piernas, y esas salpicaduras tan auténticas que se empotran contra la cara al salir del cauce. Ahora ya voy bien ataviado para la ocasión, este toque de barrillo confiere el auténtico sabor de ciclismo de montaña a la marcha.

     Somos varios, vamos pedaleando muy rápido. La vía está encajada por dos muros de calizas. Las cañas lo invaden todo, son una invasión verdosa que en algunos tramos nos parapetan y cobijan de las radiaciones solares. El terreno está ramblecino al máximo, hay varios centímetros de gravilla suelta y las cubiertas van amordazadas, mordidas por el terruño, nos frena y nos hace ir surfeando en las curvas. Las ruedas delanteras derrapan de forma brutal, hay que ir sacando los pies de los pedales en muchas curvas para poder estabilizar y sujetar la bicicleta. A cada curva hay que levantarse del sillín y apretar la pedalada, volver loca a la cadena subiendo y bajando. Y entre todo este ajetreo de terrenos divertidísimos nos vamos adelantando unos a otros. Todos en silencio, nadie mira a nadie, todos vamos dándonos caza, aprovechando que el que va delante sale catapultado en alguna curva porque derrapa tanto que se queda empotrado en el cañaveral, es divertidísimo.

     Se hace largo, es un arrebato sin final. Lo bueno es que no aburre, al contrario, el escenario esta vivo, muy cambiante, me viene a la mente aquella película de ciencia ficción en la que el protagonista se mete dentro de un video juego, Tron. Así vamos, acelerando a tope y al llegar a las curvas, por dentro, en nuestros fueros más internos se escucha: “¡sálvese quien puedaaaaa!”

     Al salir de este tramo tan intenso, algunas liebres me rebasan sin compasión, a un ritmo impensable para mí, pedalean muy bien, da gusto ver como avanzan y se pierden en la distancia.

     El trazado no se parece en nada a las últimas marchas que he corrido, aquí no hay trialeras exigentes que conquistar a golpe de riñón, fatiga y perseverancia. Este trazado es muy rodador y las subidas son relativamente cortas y cómodas. Se me está pasando rapidísimo, miro el gps y ya he pasado la hora y media desde que di la espalda al arco de salida. Los kilómetros también han avanzado mucho, apenas queda un tercio del viaje hasta la tierra prometida.

     Esto es un no parar, se me ocurre pensar en como van mis piernas y veo que tanto ajetreo y tantos cambios de ritmo las han relajado y me piden guerra, las noto artilleras y no las voy a dejar con las ganas. Haciendo un poco de memoria me queda la última de tres subidas de nivel medio y una tachuela antes de llegar al paseo marítimo y cruzar junto al reloj de carrera.

     Antes de subir al último altozano considerable, vuelvo a deleitarme. Voy siguiendo la rueda de un afinado ciclista y nos metemos en un senderito de subida, muy bonito. Entre taludes, surcando el fino paso que han dejado las aguas en este mini cañón, escalamos pequeñas lejas líticas, algunos bolos gordos que hay que sortearlos como haría una oruga o un caracol, por el medio y arrastrándose por su superficie. Él, al ir sintiendo mi respiración hace el gesto de darme paso por su izquierda, pero sonriente y bromeando le doy a entender que no sea tan amable, que llevo las fuerzas justas para perseguirle. Nos echamos unas carcajadas y seguimos así, en dueto, ganando metros de desnivel positivo a ritmo lento pero ameno, el nivel técnico no es exigente ni tedioso, es justo lo que te hace sonreír al tiempo que no dejas de ir negociando con el manillar todo tipo de obstáculos.

     Al acabar este pasillo a modo de corredor, tan precioso, aprieto cuádriceps y sonriente me despido de mi antecesor, la subida es mía. Marco un ritmo que hasta el momento no había puesto en toda la prueba. No abandono el plato grande, en esta ocasión ya no conservo, me guardo la moderación y la cordura en el bolsillo trasero del maillot y me pongo de pie sobre los pedales, aumento la cadencia y siento que la maquinaria humana responde al cien por ciento. En la cima hay unos voluntarios de Cruz Roja que nos jalean y animan, tras mi rueda llevo dos proyectiles que juntos no creo que lleguen a mi edad, vaya dos látigos; pero no les doy el gusto de quitarme el ficticio puerto de montaña que veo junto a los chalecos de los voluntarios, y como si D. Quijote fuese, me lanzo con todas mis fuerzas contra los molinos, haciendo un caballito al llegar a lo más alto. Es maravilloso retorcerse esprintando erguido en una subida, sintiendo como los latigazos que las piernas imprimen al cuadro hacen que la rueda trasera se arrastre hacia los lados, no canaliza toda la potencia de forma lineal, eso te enerva aún más.

     Se nota que soy un ciclista de grandes distancias, ya van dos horas de pedaleo y es cuando estoy empezando a sentirme pletórico, cuando siento la necesidad de ponerme en marcha a ritmo alegre, siento que todo responde y todo funciona a la perfección.

     Los imberbes son rápidos y jóvenes, pero ya los he adelantado en dos ocasiones bajando. No les voy dejar opción, me dejo caer a tumba abierta, el camino es bueno y permite arrebatarse sin miedo. Al fondo ya veo los invernaderos, conozco por donde se cruzan, es una pista compacta que pica en negativo, allí he de dar otro cartuchazo de los buenos. La imagen es muy chula, veo como dos ciclistas van levantando una mini polvareda a su paso por el pasillo de plástico. Aquí las ruedas grandes es donde te permiten saborear el gustillo de la velocidad a bajo precio, acompañando la pedalada, con todo el hierro metido, viendo que el cuenta kilómetros casi roza el cinco como primera cifra del par. Ir así de estratosférico tiene sus desventajas, me veo obligado a comerme varias curvas cerradas, imposible frenar o girar, opto por el campo a través, por dar algún que otro salto e incorporarme al camino de forma tangente. No creo que dos recodos puedan considerarse atajos, sería una pena frenar en semejante aquelarre.

     Quedan menos de cinco kilómetros, pasamos bajo un túnel que muere en la lengua de mar. Ya estoy oliendo a fin de fiesta. He de quemar toda la artillería. Sigo con el desarrollo más duro y voy levantándome para ir tomando más impulso si cabe, pedalear sobre la arena de playa, compactada por las lluvias es una sensación fascinante.

      Los voluntarios en todo momento han hecho que sea imposible perderse, en cada cruce, en cada recodo, en donde pudiese existir el más mínimo atisbo de duda ahí estaban, sonrientes y amables, quiero felicitar a todos y cada uno de ellos. Siempre les doy las gracias cuando llego a un punto en el que nos señalizan cualquier eventualidad a tener en cuenta, es lo menos que les puedo dejar en prenda.

     Una de estas entregadas personas, nos deriva al asfalto, hay que hacer escasamente unos quinientos metros por la carretera. Veo que la gente va por el arcén de la izquierda, hay sitio y ofrece seguridad, opto por seguir su ejemplo a pesar de que las normas sobre seguridad vial lo desaconsejen, pero de vez en cuando hay que ser menos cuadriculado y más práctico.

     Ya veo la algarabía del Puerto, se escucha la música, la muchedumbre que nos espera, esa parafernalia propia de fin de carrera.

     Siguiendo la costa, dejando impresa la impronta de mis neumáticos en la arena llego al último tramo. Vuelven a desviarme y atravieso el final de un embudo de las aguas de lluvia, lleno de bolos y matorrales, el pedaleo se atranca un poco, aprieto el gatillo derecho y hago que las piernas sigan rápidas y cómodas. Al final, junto al puente está Nako, sonriente, cortando el tráfico para que nosotros podamos seguir disfrutando de nuestra mañana de competición. Le saludo, sonrío y escucho sus escuetas palabras de ánimo.

cartel     Se acaba la fiesta amigos, en menos de cien metros tengo un hinchable de color azul que marca el punto en donde todo acaba. Cómo es costumbre, me subo la cremallera del maillot, me ajusto el casco y las gafas, y bien repeinadito rompo la última frontera.

     Siento que voy genial, las piernas eso sí, cargadísimas, me cuesta estirarlas pero he de obligarlas, han de tomar jarabe extensivo a la fuerza. Aún así, anímicamente me siento entero, dos horas y once minutos han sido las que he necesitado para hacer estos cuarenta y siete kilómetros y algo más de mil metros de desnivel positivo acumulado. Me doy por satisfecho al ver la clasificación, en el tablón que han instalado veo que soy el número cincuenta y cinco en la clasificación general y el noveno en mi categoría, que no es otra que la de Master 40. Orgulloso me siento, me voy a comer un bocata de chorizo para celebrarlo y lo voy a remojar con una cervecita, me he ganado este premio.

      Entre mordisco y mordisco, me voy dando un paseo y veo llegar a Joaquín de Campos del río. Celebramos lo bien que lo hemos pasado y me presenta a un amigo de su club: al Gachas. Ciclista que el pasado mes de octubre ganó la IX Integral de “La Cabra” en el Valle de Murcia. Me regala los oídos parafraseando al Sincrolador y le prometo que este párrafo sería suyo, muchas gracias vecino, te agradezco de corazón que te guste leer a este bachiller que intenta poner en sus renglones todo lo que sale de sus pedales. Gracias nuevamente, a ti y a todos los que hacéis que escribir en el blog sea algo tan gratificante. Un millón de gracias a todos.

      Espero a que llegue Humberto, me enrosco en una de las vallas, y en este intermedio, reconozco nuevamente los colores del club ciclista El Azud de Ojós. Al mismo que saludé en ruta, acaba de entrar en Meta. Nos miramos y sabemos que nos conocemos de algo. Efectivamente, es Pedro, amigo de Soni Maldonado, mi compi y nuevo pupilo. Nos ponemos al día y casi somos vecinos en el pueblo, que pequeño es el mundo. Le meto en el saco de nuevos fichajes y nos emplazamos para la semana que viene, unos buenos kilómetros de montaña serán los culpables de todo lo que tenga que pasar.

     Washintong Pato Láuz, llega sonriente, le espero y charlamos un rato. Casualmente ha entrado en el mismo puesto que lleva impreso en su dorsal. Casualidades de la vida, que hacen divertidos estos momentos. Humberto no llega y a mí me están esperando en casa, creo que voy a despedirme de Washintong y poner rumbo a San Pedro del Pinatar.

     Resumiendo: ha sido una muy buena experiencia. La ruta ha sido muy bonita, he ciclado por parajes maravillosos, la organización se merece una cálida felicitación, la señalización perfecta, encontrarme con Nako y conocer a nuevos futuros compañeros de ruta ha sido el colofón de mi aventura por la XIX Marcha Bahía de Mazarrón 2014.

¡Hasta la próxima!

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Carmen dice:

    Hola Torbellino!!

    Mira, esta mañana me he levantado con croniquis crónica y he decidido leer esta sección. Entre todos los apuntes que tengo enterrándome, me he escapado a este rincón y he comprobado que a parte de fuerza física también tienes mucha fuerza mental. Se percibe cómo ibas sin impulso al principio, pero conforme vas entrando en materia te creces como la espuma.

    Ese remojón del cauce fluvial, me ha refrescado hasta a mí, jaaaaajaaajaaaa!!, se podría hacer un símil con la vida real. Siempre hay un golpe de aire fresco entre las piedras del camino, es por ese motivo que nada te impide llegar al final de la carrera y con nota.

    Enhorabuena por los resultados conseguidos en este duro tramo de tierra y agua, me alegra mucho el resultado. Pero que sepas que entre la “procesión de pingüinos antárticos” faltaba yo, entonces sí que me hubiera puesto en medio para molestarte y pincharte. Ahí hubieras perdido unos minutos, menos mal que no estaba, jaaaaaaajaaaaa!!!

    Un abrazo.

    Me gusta

    1. Hola pingüinica jajajjajajajaa

      Gracias por tu comentario, refresca como ese Mistral del q hablamos,

      Me gusta

Deja tu comentario...

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s