Los calares de río Mundo. XI Maratón 2014

  Riopar V Suenan Rolling Stones, me giro y bajo la almohada está el teléfono dándome los buenos días, anoche cambié la estridente melodía que habitualmente me levanta, quería despertar en una atmósfera guerrera y nadie mejor que Mike & Keith para ponerme a tono de buena mañana. Es muy temprano, tengo una travesía que conducir de casi dos horas. Llenando mis minutos de buen rock voy recorriendo la casa: vestidor, cocina, patio, garaje…

                En la puerta de Ciclomanía (Archena) tengo esperando a Leandro, fiel al reloj, puntual como un Lord Inglés. Juan Gregorio y Joaquín no tardan en llegar. Nos repartimos y cargamos la furgo nuevamente con bicis, mochilas, ilusiones, ganas de pasarlo bien y algunas reservas, la marcha de hoy no es moco de pavo, es un maratón exigente y bastante duro, pero no nos importa vamos sonrientes al campo de batalla.

                A mitad de camino ya vamos sintiendo el ambiente ciclista, adelantamos coches con bicis en las bacas, enganchadas a los maleteros, incrustadas en los asientos traseros, conductores con ropas de mil colores. Se palpa que vamos camino a algo importante, nosotros ya somos parte de esta culebra multicolor que se encamina a Riopar.

                Si la carretera destilaba un ambientazo total, no os digo nada como está el pueblo. Somos legión. Gente pedaleando por todas partes, por las aceras, por las calles, entre los coches. El sonido de los bujes es como el trino de los ruiseñores, inunda la alameda, los clicks de los pedales al encajar las calas es un chisporroteo incesante, las risotadas, los saludos. Escucho valenciano, castellano refinado, murcianos, madre del amor hermoso, esto es Babel.

                De repente comienzo a encontrarme caras conocidas, no dejo de dar unos abrazos cuando estoy escuchando mi nombre a mis espaldas y me reciben con algún jocoso comentario sobre mi presencia en un evento, pues siempre he sido reacio a participar y hasta incluso a que algunos se celebren, pero la vida es así, cambiante como el curso de los ríos, el flujo de las mareas, ningún amanecer se parece a otro, así es que ¿por qué yo he de ser cuadriculado y ortodoxo en demasía? Un día me desperté con la inquietud de comprobar a que saben los dorsales, y heme aquí, con uno sobre el manillar y dispuesto a dar guerra, toda la que pueda, no os quepa duda, dicen que “la mantequilla es para las tostadas” y el mountainbike para l@s que los tienen bien puestos.

                Acompañado de mis ciclomaniacos me coloco al final del batallón que conformamos. Aquí nuevamente comienzo a ver caras conocidas y le alquilo mi bici a Joaquín y me voy nadando entre ruedas de 29” y manillares hasta mi buen amigo Fran García, bombero de los cachas cachas, y nos ponemos al día en milisegundos, no hay tiempo para mucho, pues Roberto y Óscar acaban de llegar y quiero también darles unos arrumacos. Hasta mis vecinos están por aquí disueltos en la multitud, amigos del gimnasio, amigos del blog, es increíble. Yo es que soy así de tierno, no lo puedo evitar, a los amigos los tengo que sobar un poco, para eso son míos.Riopar III

                Somos novecientos veinte, acaban de dar un montón de datos de la etapa por megafonía y me ha sorprendido el número de participantes, casi un millar.

                Me siento genial, he desayunado perfectamente, he dormido también lo necesario, los nervios del principiante me comen, espero no desfogarme y poder gestionar bien mis energías y afrontar la prueba como la que disputé en Pinoso hace unas semanas.

                Roberto, Óscar, Leandro, Juangre, Joaquín y yo nos ponemos en movimiento, hace unos segundos ha sonado el cohete de arranque y esto suena como una jauría. Nos desplazamos lentamente por las calles del pueblo, las gentes se agolpan en las aceras y nos animan con aplausos y voces enérgicas, dan alas, son el bálsamo más deseado en estos momentos.

                Entramos en campo abierto pero el ritmo no aumenta, seguimos compactados, es más, estamos siendo víctimas de un tapón enorme, a lo lejos se ve que el pelotón está parado y no se mueve. Imagino que esto será normal, habrá algún algaido paso y la gente se agolpa de forma desordenada, creando estos parones tan desmedidos.

                Voy charlando con los “chanes” de Lorquí, Vicente “el ruso”, con el bueno de Pepico “el Mudo”, con los Pay de Lorquí, con Pepe Conesa (Campeón Regional de Murcia en Master 50), en fin, voy haciendo acto social, relacionándome un poco mientras la cosa se arregla y nos permiten diluirnos entre los pinares de semejantes montañas tan bonitas. Los minutos se hacen interminables, cuando parece que la cosa se despeja, zas… otro estancamiento de órdago. Así, sin pena ni gloria llevamos diez kilómetros y más de una hora de aburrimiento, espero que pronto cambie todo porque me veo dando la vuelta y sentándome a almorzar tranquilamente en el pueblo. Es un sentimiento que se palpa en el ambiente, la gente despotrica contra la organización, pero imagino que nadie ha querido que se atasque la marabunta de esta guisa, hay que dar un voto de confianza y pensar que es un leve descuido que tendrán en cuenta para la siguiente edición.

Riopa IV                Pasado el embudo del puente, en el kilómetro once aproximadamente veo algo de luz, veo que puedo ir colándome entre aluminios y carbonos, la procesión ciclista se va estirando, las piernas se ven en movimiento y las ruedas van rodando, no muy alegres pero giran. Este es mi momento, así que voy a aprovecharlo, me agacho un poco sobre mi tan amada Epic, y metiendo riñones voy adelantando sin contemplaciones, me salgo a veces del camino, voy a plataco, ¡sí!, a plato grande, hay que dar cera en estos momentos, he de salir del grueso cardumen e ir colocándome en mi sitio, sé que no voy a poder recuperar la hora y media perdida, y no podré alcanzar a Lucas ni a Yeyu, este último inalcanzable, es todo un PRO.

                Voy con cuidado, imprimo velocidad a las piernas pero intento acompañar la pedalada, no forzar muslos a la hora de tirar de la cadena, prefiero ir un piñón por encima de lo que mis sensaciones me piden, creo que es la mejor forma de ir ahorrando calorías y moléculas de ATP.

                La montaña que me está engullendo es magnífica, muy húmeda, con densos pinares, aún no estamos en zona alta, pero se disfruta de una vegetación refrescante a la vista. Bajo estas tierras negras y rojizas hay mucha agua, la prueba está es que río Mundo nace a nuestros pies. Las zarzas lo enmarañan todo, gracias a que llevo manguitos y unas medias de compresión no estoy dejándome el pellejo a cada recodo de las sendas, pues entre las zarzas y los rosales silvestres esto está siendo una cuestión espinosa, nunca mejor dicho. Hay que decir que el rojo de los escaramujos me fascina, me hipnotiza.

                El desnivel va siempre en positivo, vamos subiendo y subiendo, repechos y rampas, siempre por sendas y caminos del tamaño de un cordel, es precioso ciclar por un lugar como este. Tengo que estar muy pendiente de muchas cosas. Escuchar mi cadena, pues tantos pasos con agua pueden eliminar su cera y darme problemas, pendiente de los que me aprietan por la retaguardia y muy pendiente de las reacciones de los que persigo, no siempre actúan de la mejor manera y se bajan de la bici porque no son capaces de afrontar obstáculos o bajadas, siendo muchos incapaces de salirse de la trazada para que los que venimos a la zaga podamos disfrutar y seguir nuestro camino.

                Me encanta el olor de la montaña húmeda, cuando alguien se sale lo más mínimo del trazado limpio huele a hierbas aromáticas, es tan agradable que parece un sueño ir exprimiéndome por estos predios tan idílicos, a pesar de ir a un ritmo diferente al habitual, el bucolismo me inunda.

                Ahora voy muy a gustito, mucho, los minutos se agolpa de quince en quince en la pantalla de mi gps, los kilómetros suben sin piedad y el desnivel se va a ajustando a la realidad. Jamás pensé que podría divertirme pilotando en solitario. Es muy entretenido ir ganando posiciones, lo malo es que no se pueden disfrutar las panorámicas, que de vez en cuando contemplo de manera fugaz, pero sólo muy de vez en cuando, he de estar muy pendiente del terreno y de la bici, no puedo despistarme ni un segundo.

                Cada grupo de ciclistas que va apareciendo en mi horizonte más próximo se convierte en un objetivo, es la caza del zorro, me convierto en un depredador, necesito ganar mis piezas, conseguir ese mini plus de energía que se concentra en mi interior cuando voy dejando deportistas atrás. Siempre con educación, adelanto, pero por dentro hay un duende bribón que se regodea de cada rueda que queda tras las mías.

Riopar I                Sé que sobre el kilómetro veinticinco se acaba la primera gran ascensión, he memorizado un poco los picos del perfil, y atendiendo en que sector del recorrido me halle así iré apretando riñones o soltando frenos.

                En esta primera gran empalizada, culebreante, rotísima y empinada como los cuernos de Satán, veo un ciclista que luce los colores de mis amigos de Pliego, es Alonso Faura, hace años que no nos vemos pero su pelo largo y su robustez le delatan. Viejo en estas lides, gran competidor y un estimado amigo de batallas pretéritas por andurriales de Sierra Espuña y Pliego. Sonrientes nos saludamos y nos apretamos la mano en ruta. Es mágico, estar tan lejos de todo y aún así tener tantos amigos tan cerca, me encantan estos momentos. A la par que ascendemos nos ponemos al día, temas de trabajo, de familia, hablamos de los hermanos López Rubio, cómo no… son la sensación del panorama actual, y también de lo injusto que es a veces mi trabajo, que también es el mismo que el de los hermanos campeones, en la cuestión de horarios, turnos y jefecillos engreídos.

                Alonso me invita a que siga a mi ritmo, él mantiene el suyo y no quiere que ninguno ceje en su pedaleo, y así lo hago, él lleva muchos años en este mundillo y lo menos que puedo es hacerle caso, la antigüedad y la experiencia, son dos características que hay que tenerles muy en cuenta a estos titanes cuando te aconsejan. Obediente sigo retorciendo mis bielas y me distancio.

                Necesito aliviar mi vejiga, llevo desde el primer atasco con ganas de vaciarme pero no me he atrevido a hacerlo antes para no verme nuevamente en un atasco. Aprovecho que estoy en la cima para parar, y justo cuando acabo y me voy a subir a mi bici, Alonso aparece nuevamente. Toca el primer gran descenso del día, nos vamos a ir persiguiendo como dos golondrinas recién llegada la primavera.

                Impresionante el desnivel que tienen estas bajadas, lo retorcido del camino y el barrizal que las ruedas tienen que ir gestionando. Los frenos chirrían un disparate, se mojan, se calientan, se llenan de barro, sufren la angustia del garrote vil que los pistones les imprimen. Yo sé que la cosa está delicada porque los frenos huelen, pero mis manetas responden de forma inmediata, suaves, abnegadas, dispuestas a darme ese plus de diversión que estos lares tienen reservados. La postura me chifla, voy descolgado al máximo sobre mi rueda trasera, sintiendo el plano inclinado, notando como la gravedad me amenaza con una estrepitosa caída. Voy sintiendo el “flow”, llevo el “brain” de la bici en punto medio, y me está garantizando una seguridad pasmosa, los brazos extendidos casi en su totalidad y las rodillas flexionadas, siempre dispuestas a soltar las calas en una emergencia y tirar al piloto hacia atrás. A cada escalón del terreno suelto la maneta de freno izquierda y disfruto de la absorción por parte del amortiguador trasero, es una sensación difícil de describir pues tiene un poco de miedo, atrevimiento, picardía, control y satisfacción final al sortear el obstáculo con éxito. Uno tras otro, inacabable, maravilloso, no dejo de sonreír ni de ir metiendo cuña a los que me encuentro bajando mucho más lentos que yo. Alonso va tras mi rueda y es increíble pero vamos de charleta, los temas no se ven interrumpidos por las maniobras, vamos a dos bandas: en descenso y de compadreo.

                Sigo mi ruta, la señalización es maravillosa. Han utilizado un código de señales sencillo y muy efectivo, hay cintas colgadas a cada pocos hectómetros y dependiendo del color van indicándonos la dificultad del tramo. Azul es paso cómodo y libre, rojo siempre significa peligro y precaución, aún así en los lugares en donde el paso puede ser peligroso para la gran mayoría, han colocado carteles indicadores. Sobresaliente, hay un gran esfuerzo tras estos simples y sencillos trozos de cinta plástica. Al margen de la gran cantidad de personal que hay en cruces, bajadas, arroyos y cualquier punto en el que puede uno sentirse en una encrucijada. Sentirte seguro en un evento como este en el que una caída nos puede suponer un gran daño físico vale mucho, junto a la sensación de saber que vas por el camino correcto, hay que agradecer el esfuerzo humano que a lo largo de toda la carrera está siendo muy palpable. Incluso los avituallamientos, son auténticos festivales, tienen de todo y para todos, así da gusto. Yo no los voy a utilizar, pero en el último haré parada, breve pero me hidrataré con alguna bebida isotónica, así lo tengo pensado, al igual que hice en la carrera de Pinoso hace semanas.

                Divertidísimo, sendas larguísimas, tanto de subida como en cotas de altitud plana, con un montón de accidentes del tipo: raíces, toboganes, roquedos emergentes, curvas de herradura, subidas técnicas de breve duración, escalones, grietas y roderas. Rodeado de helechos, monte tupido, tierras oscuras, rayos de sol que se cuelan entre las copas de los árboles, una temperatura ideal, nada sofocante. La velocidad en muchos tramos enfría el sudor de la camiseta, agradable sensación, ver como los horripiladores funcionan a pleno rendimiento erizando los vellos de piernas y brazos, jajaja… voy en la gloria, he sobrepasado el kilómetro cuarenta y voy entero, lleno de energía.

                Es una pena, llevo un rato viendo gente que arrastra su bicicleta al más mínimo remonte, se les nota desfallecidos, van con las energías justas. Yo sin embargo voy pidiendo que me dejen la trazada libre, tengo fuelle para rato, es más, algunas cuestas polvorientas en el kilómetro cincuenta, en donde todos optan descabalgar por sistema yo anticipo con la mirada por donde he de traccionar y me atrevo a mover las piernecillas como alma que lleva el diablo, es un importante desgaste, pero noto que tengo la hucha a medias y me lo puedo permitir, quiero seguir disfrutando, bajarme sin intentar estos pasos técnicos sería tirar la toalla muy pronto, y de eso nada, aquí se viene a dar guerra. También hay que ser fieles a la verdad, hemos cruzado varios arroyos y un río considerable, de los que te ponen de agua hasta las cejas, y no me ha importado, al contrario me han dando vidilla, me gusta mancharme, pero en la cuesta llena de lodos cenagosos he tenido que bajarme sin más remedio, imposible ciclar ese tramo sin ser un PRO. El ciclismo de montaña requiere ser amigo del barro, el agua y el polvo, no hay que amilanarse, no es una condición obligatoria la de llegar al final impolutos, al contrario, cuanto más guarro se acaba más se muestra el nivel de diversión que el ciclista ha experimentado, o por lo menos yo lo veo así, a mi me encanta acabar de “mierda” hasta las cejas y con la bici con tanto barro que no se sepa de qué color es.

perfil riopar                En toda la mañana no me ha alcanzado ninguno de mi grupo, espero que no hayan tenido ningún contratiempo físico ni mecánico.

                Son cuatro horas las que llevo sobre la bici y la zona donde tengo la costilla fisurada de una batallita ciclista, de semanas anteriores, en la que sufrí una caída considerable, comienza a dar señales de vida. La musculatura lumbar va congestionándose sobre la región afectada y cuando cambio de postura noto un pinchazo profundo, leve de momento pero preveo que se va a ir aguzando e incrementando, espero que no se convierta en un problema que me obligue a parar. De momento puedo con ello, voy a intentar ignorarlo a ver que ocurre, no me queda mucho para acabar pero a pesar de la escasa distancia el desnivel aún tiene mucha deuda con nosotros.

                Llegamos a un tramo de asfalto, que feo, llevo toda la mañana atravesando toda clase de sendas, caminos, cordeles, trochas, puentes de madera, cauces de cristalinas aguas y no me canso, pero esto del asfalto hoy no procede, pero en vez de poner mala cara lo que voy a hacer es enroscarme al modo carretero sobre mi carbonatada montura y bajar dos piñones. Así, apretando muslamen, gemelos y brazos, subo el ritmo y escuchando el crepitar del taqueado de goma de mis neumáticos en el estéril, hostil y despiadado asfalto, subo y subo, adelantando a un considerable número de participantes. A pesar de no entusiasmarme le voy a sacar provecho al tramo.

                Las personas que encuentro de la organización nos advierten de que viene lo mejor, la senda final, larga y muy divertida.

                Efectivamente, no se acaba, llevo minutos y minutos en la postura más agresiva que puedo sobre mi bici, abanicándome entre raíces, moles de piedra que dejan pequeños desfiladeros para las ruedas, curvas llenas de gravilla y barro, peraltes en los que descansar por unos segundos, tramos escalonados de rocas y tierras horadadas. Es un alucine de senda, voy medio en trance, intentando frenar lo menos posible y sentir la velocidad que estas pendientes nos regalan, hay curvas de las que salgo catapultado, y aún así sigo viendo bultos coloridos delante de mí y siguen siendo objetivos a batir. A la más mínima doy alguna pedalada para imprimir más velocidad a los bujes y recortar distancia, se convierte en un juego peligroso, voy rayando mis límites, mi técnica bajando aunque os pueda parecer muy llena de pericia no es así, soy algo gallináceo y patizambo. Si antes pienso en ello antes me como una rampa con escalón incluido y como no me las he visto todas conmigo he optado por tirar de manillar hacia arriba, la caída ha sido escandalosa, mi rueda delantera se ha destalonado y vomitado un buen chorro de líquido sellante del que van llenas para evitar pinchazos. Ha sido una nube blanca de látex explosiva. La gente me dice que pare, que he perdido mucha presión en la rueda delantera, pero yo veo que puedo aguantar, me queda un kilómetro escasamente y no voy a perder el tiempo bajándome y dando presión a la rueda, de eso nada, la horquilla me permite ir bajo de presión.

                Entre unos huertos veo que esto se acaba, llevo casi cinco horas de pedaleo y algo más de cinco horas y media de guerra desde que escuchamos el cohete de salida. Mi gps me dice que he llevado un ritmo de más de trece kilómetros por hora, casi catorce, que he franqueado casi dos mil trescientos metros de desnivel acumulado positivo y casi sesenta y siete kilómetros en total. Cómo ruta no está nada mal, aunque me las he merendado más duras y más largas, pero ninguna al ritmo de hoy, me siento orgulloso de mi rendimiento.

crono                Línea de meta, ya llevo el maillot bien abrochado, hasta el cuello, gafas bien puestas, casco recto y dando un último apretón escucho como los sensores de Meta detectan el chip que nos hemos encintado a la salida en el tobillo y veo que he acabado en cinco horas y cuarenta y ocho minutos. Ese es el tiempo total, pero ver el tiempo de pedaleo me hace sentir muy bien, cuatro horas y cincuenta y cinco minutos. No pensé que podría pasar tantas horas con una cadencia tan agresiva y que sería capaz de ir supeditando mis fuerzas de semejante manera. He acabado físicamente muy bien, no tengo calambres, ni sensaciones de estar exhausto como en otras ocasiones, sólo anhelo llevarme una fría y amarga cerveza al coleto, me la he ganado y voy a por ella.

                Tras dejar en la furgoneta a mi compañera, me dirijo a las duchas, donde me transformo en un ser nuevo y brillante. El salitre queda atrás y la ropa limpia y suave me acompaña. Eso sí, en chanclas, como es costumbre ya, con los pies al aire, oreándose, relajándolos lo máximo posible, se lo han ganado, les privo de la esclavitud del calcetín y de las cordoneras asfixiantes. En sandalias me dirijo a la zona de bocatas y cerveza. En el camino veo que han publicado las clasificaciones, van imprimiendo hojas conforme vamos cruzando la última frontera. Mi clasificación es a mi gusto muy justa, soy el trescientos cuarenta y nueve en la clasificación general y el número sesenta y cinco en la clasificación de mayores de cuarenta años, no está nada mal, aunque si bien es cierto que esas cifras se hubiesen visto muy rebajadas si no hubiese sido víctima de los atascos iniciales, pero qué más da, que importa eso, lo que importa es que voy lleno de gozo, me siento casi insultante, me falta calle, hoy me he comido un rutón y aquí estoy buscando cerveza y no crema antiinflamatoria ni nada por el estilo, con mi camiseta de AC-DC.

                Al final me va a gustar esto de asistir a lugares en los que disfrazar la bici con un dorsal y verme inmerso en mis pensamientos a la par que formo parte de un contingente que cicla y cicla para ser feliz, que sin llegar a ninguna parte te hace llegar muy lejos dentro de ti.

                El teléfono suena, es el bueno de Almela, quien acompaña a Yeyu, me están esperando con los bocatas y las manos llenas de cerveza fría. Jesús ha quedado en el puesto número diecinueve, es todo un monstruo, un deportista nato y admirable, un amateur de los buenos de los que causan admiración. Almela creo que ha sido el ciento cincuenta y dos, otro crack, un deportista joven y aguerrido. Sentados en el bordillo de la acera, con el pan relleno de jamón y la cerveza en la mano, comentamos la jornada, cada uno aportando sus emociones. Momento excepcional. Leandro también me reclama, está junto a la furgo esperando el momento de volver a ser bípedo y no un ciclomaniaco. Le asisto y se apunta al pandilleo de litrona y bocata.

Riopar II                Joaquín también aparece en escena con Juangre, ya estamos todos, que momentazo. Hemos acabado todos con una sonrisa difícil de borrar, nos ha encantado el evento, somos cotorras que no dejan de rememorar bajadas, sendas, etc… etc…

                Roberto y Óscar, esto se anima, somos legión nuevamente. Con que poco se nos hace felices, con una montaña y una bici, con un recorrido en el que el sufrimiento se traduce en diversión, el dolor en pundonor y el cansancio en la moneda de cambio. Estamos planeando futuros escenarios en los que volver a guerrear juntos.

                La tarde comienza a declinar y poco a poco nos vamos diluyendo por la carretera, los cuerpos van enfriándose, las conversaciones con Leandro van saltando de rama en rama, a la par que los kilómetros desaparecen y nos acercamos al hogar.

                Un día difícil de mejorar, hemos encontrado lo que al alba íbamos buscando por esas tierras de montañas abruptas y escarpadas, hemos hallado el resultado de muchas horas de soledad entrenando.

                Sé que me he olvidado mencionaros a muchos de vosotros, sería interminable si describiese todo lo vivido, os pido disculpas y pensad que en otras crónicas de este blog habéis sido protagonistas y posiblemente en tiempos no muy futuros lo volváis a ser. Un abrazo a todos, muy fuerte.

                ¡Hasta la próxima!

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. juan carlos garcia dice:

    si señor, muy buena esta cronica como las de siempre pedazo de crack.

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    1. Gracias amigo, los lectores como tu sois los q moveis los autenticos pedales de este blog.

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