Ni galgos… ni podencos… son: ¡Ciezanos!

          IMG-20140922-WA0002 No sé si ha sido una pesadilla o un dulce sueño, pero lo innegable es que he soñado con esas migas que Juan Carlos compartió anoche en facebook, si no hubiese declinado su invitación no tendría que desayunar tanto, iría suficientemente cubierto de carbohidratos para dos rutas y si me apuráis hasta para una tercera. El próximo día voy a ser más egoísta y contestaré con un: ¡si!; si vuelve a ofrecerme una ración de semejante capricho de sus fogones.

                Esta ruta de hoy es muy especial para mí, no porque el recorrido sea distinto a cualquier otro, ni porque entrañe ningún tipo de habilidad especial para afrontarla, sino porque la hice por primera vez junto a mi gran amigo Daniel López Corbalán (Pela69), al tiempo que estrenaba mi Scott Genius, y renovaba ánimos e ilusiones. Hacía meses que me habían abierto el pie izquierdo y me habían hecho la primera tropelía en ese lugar tan mancillado a posteriori. Os podéis imaginar… tras pasar por el quirófano, una lenta recuperación y dolorosa convalecencia, ahí estaba yo, con bici nueva, mi fiel amigo y compañero de tantas aventuras, mi sombra en miles de kilómetros, sin apenas tono muscular en mis piernas, sin rodaje, casi podría decir que desnudo ante mi sierra, mi sierra de La Pila. Esos cuarenta y siete kilómetros y medio jamás los olvidaré. En ellos volé, con mi imaginación, y en los ánimos de mi acompañante, quien en todo momento supo cómo guiarme ante los momentos de desánimo, de debilidad, de carencias. Muchos meses de quietud absoluta, con muletas, días interminables postrado en un sofá viendo a mis hijos como corrían a mi alrededor como satélites. Y por fin volvía a mi entorno, a mi esencia, a mí, volvía a encontrarme.

                Hoy, a la que en su día bauticé como “47,5 kms” vuelve a ser especial. Voy a rodar con José Ángel Almela y Jesús Guardiola “Yeyu”. Con el primero tuve un breve contacto en la IV Marcha del Polvorín de Archena hace unas semanas, pero al segundo le voy a estrechar la mano en la pedanía de El Rellano por primera vez. Voy a guiar a dos jóvenes hambrientos de kilómetros y buena compañía. Nada más orgulloso me hace sentir que mostrar al gigante calizo, a mis calizas favoritas, a mis verdes pinos halepensis, a esos lentiscos y enebros que decoran con sus rojas bayas los márgenes, a mis atochas de esparto doradas al sol, a los caprichosos madroños que salpican todo el macizo, mostrar donde viven las chovas piquirrojas, donde anidan las águilas, donde beben los jabatos, por donde pululan los escarabajos verdes tornasolados, el lagarto ocelado, y por donde pedalean los aguerridos amantes del ciclismo de montaña.

10715795_816173328413984_811604442_n                Si os lo estáis preguntando, os lo digo rápidamente, hoy los acordes han sido de Rammstein, recordando viejos tiempos por Deutschland mi otrora patria chica. Cómo muy bien me dijo hace unos días el Decano del ciclismo murciano, D. Vicente de Haro: “tanta nostalgia es síntoma de que te estás haciendo mayor, Luisico”, y creo que tiene mucha razón,   voy viendo que acumulo muchos recuerdos, no demasiados, pues jamás creo que pueda sentir que son más de los deseados.

                El tiempo esta mañana es un capricho, tal vez a Mr. Chris P. Hallwood no le habría hecho gracia, pero a los que vivimos en estas áridas tierras, nos ha parecido maravilloso salir de la cama y ver que no brilla nada en el cielo, que las nubes gordas y negruzcas campan a sus anchas, que el asfalto está húmedo del chispeo nocturno, y que un leve viento eriza nuestros vellos cuando rola. El termómetro de la furgo dice que son quince grados los que me están haciendo feliz.

                En un mensaje WhatsApp a J.A. Almela comunico mis inquietudes, pidiéndole que me esperen si llego unos minutos tarde, ando secuestrado en una de las piezas menos interesantes de mencionar de la casa, o tal vez la menos decorosa en estos momentos.

                Liberado de ciertas presiones internas, me convierto en un remolino doméstico y en minutos de cuarenta segundos organizo todo y pertrecho mi VW Sharan. Sin correr, pero sin pisar huevos, al final llego el primero a la pedanía donde hemos concretado para dar comienzo a la ruta. Voy organizándome. Compruebo la presión de las ruedas, engraso levemente la cadena y limpio las virutas de las roldanas. Me siento en la bandeja de carga trasera y tras manosear mis plantillas ortopédicas me ajusto las zapatillas, guardo en la mochila el teléfono y la llave del coche. Sentado, apoyo mis manos sobre las rodillas y fijamente miro al Este, buscado los tímidos rayos de Helios. No aparecen, creo que duermen, pero los que si aparecen tras dos brillantes luces son mis amigos, mis compañeros, Jose y Yeyu, ellos ya no duermen.

IMG-20140922-WA0008                Mientras nos saludamos comienza a mojarnos una fina lluvia, da la impresión de que va a arreciar, pero no nos importa. Yo soy el único que ha traído un chubasquero, ellos van “a pelo”, de corto y con una decisión impresionante. A veces, viendo estos momentos me siento afortunado de rodearme de gentes tan auténticas y genuinas. Yo me refugio del goteo dentro del negro plástico, pero a los pocos minutos, veo que sobra, las gotas son insignificantes, y creo que mejor me las llevo puestas.

                Vamos camino de San Joy, un antiguo caserío, enclavado en las faldas de nuestra montaña. Un par de kilómetros de asfalto y ya estamos horadando el terruño. Una cómoda pista forestal nos tiende su pendiente a la sombra del Almorchón, y bajo la atenta supervisión del Caramucel. Macizo de cumbre redondeada por la erosión del paso del tiempo, donde las areniscas forman las peñas de San Isidro, que a mi siempre me recuerdan al cuadro de Leonardo, el de la santa cena, pues es una disposición de algo más de una docena de verticales bastiones de areniscas y calizas ferruginosas, erguidas, enhiestas.

                La lluvia ha mojado los troncos de los pinos confiriéndoles un oscuro y diferente color. Es como su hubiésemos subido de latitud, todo tiene un aspecto muy septentrional. Nubes bajas, que cargadas de agua rondan por los collados a nuestro alrededor. El terreno se ha tornado rojizo, ha desaparecido el polvoriento y leonino color que cubre estos caminos. Todo es muy agradable, hasta incluso llevar un poquito de barro entre el taqueado de las cubiertas.

IMG-20140922-WA0006                Al llegar a la curva previa al abandonado caserío nos desviamos, llega el momento de despreciar el cómodo y ancho camino, para adentrarnos en una vieja senda, algaida y llena de hierbajos altos. La pendiente es negativa, bajamos en fila de uno, con espacio suficiente entre nosotros. Todo está a pedir de boca, al retorcer los manillares en las peraltadas curvas apenas hay que tocar freno, la tracción es perfecta, no se derrapa a causa del polvo seco. El tramito a recorrer es divertido porque nos catapulta a un recóndito lugar del barranco del Mulo que fácilmente se puede recorrer pedaleando entre pequeños bolos, esquivando viejos romeros y subiendo roquedos que han quedado desnudos al paso del agua en los días de avenidas. Además, este sector tiene una peculiaridad que difícilmente se aprecia al bajar, pero que cuando se invierte el sentido de la marcha es muy curioso de contemplar, mientras se lucha con la cadena desterrada en el piñón más alto. Los pinos crecen en el malpaís de forma inclinada, buscan el sol en diagonal, no son perpendiculares al sustrato que les alberga las raíces, tienen una gran cornisa pétrea sobre sus copas que les tapa los rayos del sol y sabiamente han optado, todos y cada uno de ellos por inclinarse y así bañar sus finas agujas al rico sol murciano. Creando un mágico albergue.

                Voy escuchando comentarios jocosos a mis espaldas, ese es un buen síntoma, disfrutan, ambos, con mis pequeños tesoros, saben apreciar la belleza del entorno.

                La lástima es que es muy breve el caramelo, hemos de incorporarnos al cordel que bordea el cabezo del Águila, y para ello tenemos unos hectómetros durillos. El camino está abandonado y las lascas de viejas pizarras tapizan nuestro recorrido, así es que hemos de controlar bien la fuerza con la que vamos pedaleando para evitar que nuestra rueda trasera derrape y nos haga parar la marcha de manera repentina e indeseada. Cosa que no ocurre, llevo dos consumados ciclistas a mi grupa y gestionan mejor que yo el momento.

                Hoy los esfuerzos van a ir dosificados, al subir y al bajar. He querido no aburrir, huir de la monotonía de las largas pistas y farragosas subidas interminables. Por tanto, nos toca bajar un poquito hasta las tripas de la rambla “peta-peta”, desde donde nos incorporaremos a la pista principal que une la pedanía de La Garapacha con el cruce del Mojón de las Cuatro Caras.

CAM00916                El ascenso de este cauce seco, se puede dividir en tres partes si atendemos a nuestros jadeos. El primero es casi umbrío, una subida con varias jorobas o chepas, que se encajan entre un talud calizo, enraizado y el barranco del Mulo en su tramo medio. Aquí hay que subir con calma, el firme es muy resbaladizo. Hoy esa precaución la hemos guardado en un cajón vacío, la lluvia nocturna ha compactado el sedimento y tenemos una alfombra marrón perfecta, idónea, expectante, dispuesta a ser lacerada a nuestro paso, ansiosa de tatuar en su escueto y culebrero paso el dibujo de nuestras ruedas. Entre almendros de secano y viejos olivos recuperamos el aliento hasta llegar al segundo repecho, nada angustioso pero si exigente, pues hay que controlar muy bien el pedaleo, hay mucha zahorra suelta y elegir bien la trazada es la clave del éxito. Desde el inicio de este capricho orográfico llevo ante mí a dos podencos fuertes y robustos. Sigo el divertido dibujo que van imprimiendo a su paso.

                Con gotitas de sudor que van empapando la camiseta interior, prenda que hacía tiempo que no vestía. Llegamos al más retorcido y benigno de los tramos del ascenso. Con curvas peraltadas y una recta que ópticamente parece casi infinita, nos plantamos paradójicamente en pocos minutos sobre la amplia pista forestal.

                Sin mediar palabra, sonrientes y expectantes, seguimos con el ascenso, a ritmo, con decisión, alegres, recuperando algo del aliento derrochado. Los kilómetros pasan volando, el ritmo está por encima de los veinticinco kilómetros hora y eso ofrece la perspectiva del viajero que se asoma por la ventana del vagón del tren. Los árboles dan la impresión de huir a nuestro paso, las curvas se pelean por ir escondiéndose entre nuestras sombras. Las bielas giran y giran.

CAM00917                Al llegar al mojón de las cuatro caras, los cipreses se alinean a nuestra izquierda, me gustan mucho, tan firmes, altos, tupidos, orgullosos y altaneros, luciendo un verde más oscuro si cabe que las demás coníferas del entorno. Los madroños ya asoman en las pequeñas umbrías, con sus fruslerías que aún piden algo más de tiempo y sol para madurar. Los pajarillos hoy están refugiados, no tienen ganas de trinar a nuestro paso, imagino que habrán tenido una mala noche buscando amparo que les proteja de la lluvia y el viento.

                Almela tiene hambre, y acordamos parar unos segundos ante la senda de La Quimera, justo antes de iniciar uno de los descensos más bonitos y atrevidos de la mañana. No hemos de permanecer mucho tiempo parados, estamos empapados de sudor y agua. Todos aprovechamos la antesala a la catarsis para echar algo al coleto y recargar energías.

                La Quimera nos abre sus trialeras. Está divina, especial, resbaladiza, endemoniada, más rota que nunca, empinada como mandan los cánones, camino a los infiernos de Dante. Hoy creo que las encinas y espinos negros están cabreados, están más tupidos que nunca. A cada metro voy impactando con el ramaje que me descarga el agua de sus hojas en mis costados, voy empapado, soy el primero de la comitiva, el cofrade guía y por tanto voy recibiendo los latigazos en este vía crucis tan particular. Los frenos chirrían endemoniadamente, se calientan los discos de freno, se mojan, se fraguan, no dejan de trabajar y padecer al mismo tiempo, pero para eso están ahí, para que les castiguemos al retorcer las manetas de freno.

                Acabado el tramo más técnico, continuamos con un eslalon de lo más frenético entre finos y achaparrados pinos y arbustos. Las ruedas delanteras creo que ni bailando un charlestón se contonearían tanto como las vamos obligando entre pedruscos y troncos. Es un efímero placer, un escueto clímax.

IMG-20140922-WA0007                Siguiendo el régimen de alternancia de la mañana, ahora, sobre la pista de la Poza Félix nos vamos a entretener comentando los avatares de semejante senda, en la que veo no soy el único que ha gozado a rabiar. Mis compinches son todo dientes, sus rictus les delatan, temo que les cuesta trabajo normalizar sus facciones. La cámara de video de Jesús ha inmortalizado el momento. Los niveles de adrenalina no se ven pero se palpan, el pedaleo es enérgico y ametrallado, no hay repecho que nos impida levantarnos del sillín e imprimir más ritmo al trío.

                Pocos minutos y haremos un pequeño alto entre la senda que baja del cabezo del Turra y la senda que nos escupirá, si… que nos escupirá literalmente, sobre fuente La Higuera. Senda que hace años no era más que un párrafo en un viejo libro, en el que se narran las aventuras de Jaime Joseph Cayetano Alfonso, alías el Barbut. E intentando rememorar aquellos tiempos de bandoleros me adentré en la maleza y fui siguiendo lo que parecía un rastro mitigado por el paso del tiempo y la vegetación silvestre. Hoy creo que tiene radares de tráfico y señalización vial.

                Aviso a mis compañeros, la bajada es rapidísima, se alcanzan velocidades realmente escandalosas. También les prevengo, han de hacer caso a mis señales, vamos a pasar de ir como cohetes a frenar bruscamente para encajarnos entre dos pinos y algunas rocas, que en caso de no conocer su ubicación pueden ser protagonistas de un mal episodio.

10715682_816172921747358_117254414_n                Suelto manetas de frenos, aferro los puños del manillar con energía, culebreo en el primer momento de la bajada entre unas arrugas que han escurrido mucho agua, retraso mi posición sobre el sillín, me pongo cómodo y me dejo caer sobre el tupido manto de pinocha que marchito y marrón tapiza el embudo por el que vamos a atravesar este barranco. El terreno está inclinado a izquierdas, un plano peraltado que permite alcanzar más de cuarenta kilómetros a la hora, sintiendo las irregularidades del terreno, sintiendo el aire frío en la cara, cómo se seca el sudor y humedad que hay en los maillots. Es una sensación adictiva. La vista se centra en un punto lejano, en el final de la rampa, no hace falta mirar por delante de la rueda, el cerebro instintivamente sabe como ha de fundirse al cuadro de la bicicleta y abanicarlo delicadamente para que vaya dando los bandazos necesarios. Es pura vaselina, tóxico en demasía.

                Al acabar la cuesta, el espectáculo no acaba, hay que ir diluyéndose entre el pinar, sorteando escalones de piedra, zanjas y pedruscos, frenando a cada curva, obligando a la rueda trasera a ir labrando el lugar para encajarse bien. A un ritmo de pedaleo alto, correteando entre leñosos troncos retorcidos, como si huyésemos de alguna extraña comitiva que nos persigue con antorchas en alto y cánticos salmódicos. Todo esto con una luz maravillosa, sombría, de las que obligan a llevar gafas de lentes amarillas, que confieren una magia especial al momento y al lugar, dando la impresión de que vamos viviendo en directo una película de cine de autor, de esas que sólo entiende quien las filma.

10706538_816173288413988_1088987623_n                Un poco de asfalto y atragantándonos de escalones de piedra nos acercamos al área recreativa de la sierra. A paso lento, recreándonos en el entorno, llegamos hasta los troncos apuntalados que hacen de escaleras rústicas sobre la fuente La Higuera. Escalones que en forma de herradura nos dan un momento risueño, pues nadie espera ese toque técnico y atrevido de bajar por los troncos hasta el nacimiento más abundante y caudaloso de la sierra.

                Recargamos agua en el manantial y escucho como me preguntan los ciezanos si el regreso va a ser por la carretera, con cara de póquer miro nuevamente los escalones, a la par que sonrío de medio lado, a lo truhán, y dejo bien patente que hay que subir por donde hemos bajado. Les ha gustado mi toque teatral, las carcajadas con su eco rompen el silencio del rincón.

                Uno a uno, bajamos las cadenas a los platos escuetos y disfrutando cada uno a su manera subimos hasta el punto de información de la pinada. Noto que voy flaneando, pero no paro, voy tan embelesado en mirar a todas partes y sentirme dentro del paisaje que no aprecio que he pinchado, mi rueda trasera está tristona, arrastra sus flancos por el barro, una astillita de madera ha querido que use la cámara de repuesto. Jesús me advierte y rápidamente, nos ponemos a reparar el desaguisado. Josico se dedica a hacernos fotos, Jesús diligente a tope me echa un par de manos expertas, y tras superar la tediosa maniobra de destalonamiento de una cubierta, muy cabrona, entre los tres, resolvemos la avería y continuamos tras unos pocos minutos bajo una fina llovizna.

IMG-20140922-WA0009                Las piernas se han resentido en esta parada tan estéril. Hay que afrontar no sólo la subida del atropello que hemos bajado recientemente, sino que hemos de ascender hasta el refugio del Cabezo del Turra, y esa senda si que es de las que dejan huella en el recuerdo, sobre todo al culminarla. No tiene nada especial, simplemente da la impresión de no acabar nunca y si brilla el astro rey puede considerarse como tortura china. La suerte está de nuestra parte y han rastrillado la famosa “chepa de Chuck Norris”, un tramo en el que hay que superar un brusco desnivel y únicamente se puede rodar por su franja central, pero hoy no vamos a tener que sudar tinta para pasarla. Pedaleando de forma cariñosa y enérgica, en procesión la desechamos y miramos con desprecio.

                Les cuento a mis nuevos amigos que este lugar es mi favorito para pasear con mis hijos en invierno si no hace mucho frío. Y hablando de hijos y padres, subimos y subimos hasta la pista que cruza el barranco del Dean.

                Las piernas van notando el cansancio, el ajetreo de subir y bajar sin tregua alguna.

10714898_816173008414016_753443251_n                Pasamos frente a la cueva del Murciélago, por la fuente Mina del Engarbo, por un madroñal espeso y plagado de bolitas amarillas que pronto serán el capricho de la fauna local. A nuestra derecha tenemos todo un catálogo de pliegues, tanto anticlinales como sinclinales, fallas, barrancos imposibles, peñas caprichosas, todo un tesoro orográfico.

                Cómo si plegásemos el mapa para guardarlo en el bolsillo de una mochila, nos hallamos nuevamente ante La Quimera, pero en esta ocasión no vamos a bajar nada, no, no… vamos a subir por el rugoso, estéril, áspero, desmerecido, cruel y tan detestado asfalto que lleva a los dos picos más altos del macizo: el pico de La Pila y el pico de Los Cenajos.

10706408_816173155080668_1984734322_n                Justo al llegar a los pozos de la nieve, veremos la vieja caseta derruida del pocero, y a izquierdas el desnivel se nos va a atragantar superando el veinte por ciento. La humedad hace que rodemos sobre un escurridizo cristal más que por un firme alquitranado. Hay que ser cautelosos de no sufrir una de esas caídas tan tontas que tan alta factura pasan a veces.

                Mis piernas están tocadas, mis ánimos no, pero físicamente estoy recibiendo avisos de que voy falto de un descanso. Obviamente no es día ni momento para hacer campamento, así que hay que seguir e ignorar estas señales, me bebo un gel de los que llevo en los bolsillos de la espalda y como si de un elixir mágico se tratarse me auto convenzo de que ya estoy a tope otra vez y entre los musgos de la senda que hemos acometido, voy pedaleando con alegría, buscando la recompensa. Recompensa que tras dos repechos está esperándonos en forma de bajada interminable y cariñosa.

IMG-20140922-WA0005                Penúltimo asalto: senda de la Solana versión 1.0, la versión 1.1 hoy creo que ha de ser intransitable, tiene muchos tramos locos pero también otros muchos con láguenas que pueden romper las patillas de los cambios, bloquear cadenas que partirían eslabones fácilmente y un sinfín de averías. Además es la parte de esta bajada que desconocen los podencos que me llevan con la lengua fuera esta mañana. En ocasiones me siento como aquellas dos liebres que discutían en la fábula sobre si los dos cánidos que corrían hacia ellas eran galgos o podencos.

                No defrauda, esta senda es brutal, te permite alcanzar altas velocidades, volar sobre pedregales que se antojan infinitos, jugar con los peraltes, disfrutar de unas vistas alucinantes y únicas, sentir como se agolpan nuestros cuerpos sobre los manillares en las bruscas frenadas, obliga a negociar instintivamente la trazada hábilmente entre grietas y zanjones que la lluvia y el descuido del paso del tiempo han cavado sin piedad y sin miramientos, es una senda que puede llegar a ser muy lesiva si se comete un error de frenada o si no se atacan bien las curvas. Es un tramo que cuando se acaba en la carretera que baja del depósito de agua de la pedanía, todo el mundo para, y jalea con entusiasmo, sacando fuera el fervor contenido en la bajada, liberando la tensión que ha invadido hasta la última gota de su sangre. Incólumes seguimos hacia el tan buscado por algunos: “túnel de la pila”.

10706538_816173181747332_1932509184_n                Callejear con la bicicleta los días de lluvia o de invierno, por las callejuelas y vericuetos de La Garapacha, es algo que me encanta. Hay una atmósfera acogedora que confiere un toque especial a este asentamiento humano. Me gusta. Me encantaría adentrarme bajo el dintel de alguna de sus puertas y sentarme junto al hogar, dando calor a mis húmedos huesos, escuchando como crujen los maderos al arder.

                Poco dura el ensueño, atropellado me dejo caer por el camino que nos llevará al túnel directamente. Vamos rápidos, el tiempo pasa, y los kilómetros también, ya vamos camino al fin de la aventura. Advierto a los dos galgos que al final les voy a enseñar un pequeño capricho que no todos conocen. Hasta que no han estado frente a la boca del lobo no han imaginado que iban a atravesar el negro noche que viste el interior de la tronera.

                Suele ser el comentario más propio que suele hacer el personal cuando sale del túnel: “No sé dónde estoy ahora mismo, me siento totalmente desorientado”. No puedo evitarlo, siempre sonrío y les digo que han cruzado una puerta a otra dimensión, pues entraron por un labrado de almendros y salen a un espeso pinar, con colores y formas totalmente diferentes. Este caprichoso embudo fue barrenado hace casi un siglo para poder desaguar el barranco del Mulo e impedir que se anegaran los cultivos que por aquel entonces formaban el grueso del sustento de los lugareños.

                Atravesamos la finca del Marqués de la Hortichuela fugaces, sin pena ni gloria, por un camino descendente que nos aparca en las faldas de la sierra de Lúgar.

                Un vía pecuaria vieja y abandonada, aunque muy bien señalizada, va a ser nuestro último episodio en esta saga mañanera de un lunes cualquiera.

                A pesar de que Almela y yo vamos cansados, Yeyu da la impresión de que acaba de caerse de la cama, esa figura anguiliforme que recorta en silueta cual “José Mota”, no da muestras de cansancio, está muy por encima de nuestro estatus deportivo. Siguiéndole, afrontamos los últimos tres momentos de apretura, en los que metiendo un poco los riñones y subiendo un par de piñones, todo queda arreglado y rodado. Me adelanto e indico que en breve hay que dar un giro repentino y es mejor que yo vaya el primero y así nadie se pasa.

                Jolines, algún amigo del género estúpido ha bloqueado el acceso a la bajada que muere en la rambla del Chorro con un puñado de ramas. Hay que parar y retirarlas del camino. Con ese pequeño sabor amargo, pues podría haber ocasionado que alguien tenga una caída por culpa del obstáculo, me recoloco nuevamente para despachar la última golosina, un montón de rampas desenfrenadas y rotas, con zahorra suelta por todas partes, con curvas de casi noventa grados. Los frenos vuelven a sufrir, la grasa de las direcciones se calienta otra vez y las piernas van tensas, guiando los cuadros por estos toboganes tan divertidos y técnicos a la vez. Es un bonito final, donde todo el mundo deja la última sonrisa en el aire y mira atrás para ver por donde ha descendido, no terminando de dar crédito.

                Ha sido una etapa de algo más de tres horas, en la que he podido ver que no soy el único apasionado de la naturaleza, del deporte, de la amistad, de la camaradería en los momentos que se necesita. Quiero dar las gracias a José Ángel Almela y a Jesús Guardiola por haberme acompañado en un recorrido que tanto valor tiene para mí, no sólo en lo deportivo sino en lo emotivo.

¡Gracias amigos, hasta la próxima!

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6 Comentarios Agrega el tuyo

  1. juan carlos garcia dice:

    Es una crónica excelente, como las que siempre acostumbras a escribir, muy amena, me deja con ganas de experimentar, esta vez subido en la bici y no desde el sofá leyéndote, una jornada de bici y naturaleza, pero todo se andara. Por cierto gracias por mencionarme como “actor figurante” y a ver si en breve hago de “actor protagonista” gracias Luis

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    1. Cuándo quieras salimos un lunes a rodar juntos. Gracias por estar ahí leyendo, seguro q en breve te tenemos en portada.

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  2. hachkarr dice:

    nunca fue tan cierto eso de dios los cria y ellos se “arrejuntan” chicos, los dos sois tíos especiales, y habéis dado por avatares de la vida con uno de los mas especiales y grandes de todo murcia, como biker y como persona, el homo pilensis os hara vivir momentos casi metafísicos

    cuidamelos sincro, que como estos ya no se fabrican

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    1. Metafísico fue el litraco q nos bebimos en Fenazar, jajajajajajaaja

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  3. Quien bien te quiere te hará sufrir, ja, ja, ja. Te recuerdo que tenemos una cita.

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    1. Cuando Ussía quiera.

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