La Blasca

          IMG_20140831_001719   Está oscuro aún, el verano se ha escapado con las hojas arrancadas del calendario, las luces ya empiezan a teñirse de otoño a pesar de que en esta provincia mía los calores estivales van a seguir castigándonos como el cómitre al galeote. Con las luces encendidas salgo del garaje, acomodándome, es muy temprano, la somnolencia aún recorre mi conciencia, necesito una inyección de rock, pulso el preciado botón y comienzo escuchando a Ozzy Osborne, una gran elección.  

                Tengo un buen trayecto hasta Elda, no me preocupa, tampoco me supone un esfuerzo, el mero hecho de atravesar las fértiles tierras del Mañá y sus viñedos, viendo como aparece el gran disco solar tras el Cid, reflejándose en la Peña Zafra, dando color al verde del pinar del collado Azorín, vistiendo de contraluces mágicos a la Pedrera y a la Buitrera, es un capricho del que disfruto sin medida. Soy un enamorado de estos terruños. Creo que jamás podré olvidar aquellas correrías que al principio de los noventa, sentado en un cuatro latas oficial de techo de loneta y palanca de cambios en el salpicadero a modo de joystick, en mi periodo de prácticas, acompañado de mi buen amigo y mentor, José Antonio Pinar.

                Mi viaje ha sido un ensueño, un tris, un cortinazo, el famoso tupido velo que se ha de correr cuando hay una disyuntiva, unos minutos en el patio a la hora del recreo.

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                Antonio está en la barra, mandándome un whatsapp, le abordo por el costado y automáticamente nos damos un abrazo de machotes, con risotadas y buenas palmadas en los costados, esas pequeñas exageraciones nos gustan tanto, hacen que todo sea más amistoso, sin saberlo nuestro cerebro reptil, el más antiguo, el más atávico, está actuando, sacando la parte más simiesca, la más homínida, la que en realidad nos distingue. Acabado el ritual, sin que nadie lo exija nos aplacamos ante los cafés, y muy relajados nos contamos las novedades y hablamos sobre la ruta del día. Saldremos desde Biar, una joya de la historia, y para sorpresa mía nos van a acompañar dos grandes amigos: Ernest y Lolo. Ya hemos convertido la ruta en un verdadero capricho sin haberla empezado, la mera compañía de mis revolussionarios me inunda de alegría. ¿Cuánto podré estimar a estos pájaros?

                Junto al centenario Platán del parque veo que nos están esperando cuatro ciclistas, en vez de dos como yo esperaba. Los dos nuevos son José T. y Jesús, primo el primero de Long John, alias “El largo”.

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                Comienza la fiesta, vamos subiendo y subiendo. Salimos del pueblo y nos adentramos en una maravilla de bosque mediterráneo. La vegetación está rebosante a pesar del año tan seco que llevamos. Pedalear por estos parajes es ya de por sí un capricho digno de saborear. El tiempo también nos está dando una tregua, las temperaturas no obligan al hilillo de mercurio rebosar la rayita de los veinte grados, la mañana es estupenda para pedalear. Todos sin excepción vamos comentando lo mágico que es el entorno, vamos viendo cómo nacen valles inmensos a nuestros pies, cómo las montañas se amontonan unas tras otras luchando por ver cuál de ellas es más grandiosa y lejana, el horizonte está más distante que nunca, la línea de cúmulos es una fina línea blanca en una lontananza casi infinita.

                Nos vamos poniendo al día los revolussionarios y conociendo a los dos nuevos pilotos, a la par que vamos subiendo costarrones rotos y empinados, las conversaciones se entreveran con jadeos y profundas respiraciones. Yo me siento cómodo, voy fresco y me estoy divirtiendo mucho. No hemos acabado un repecho cuando a pocos metros al frente inicia otro. Todo lo que sube ha de bajar, así es que empezar subiendo implica que el final puede ser de lo más entretenido.

10592803_10203692456625099_7467778646618804980_n                De repente veo que conozco el camino al que nos hemos incorporado, es el mismo por el que subí con Pepe Rush hace unas semanas. Vamos comiéndonos los rizos llenos de zahorra suelta, seca y polvorienta. Mi memoria activa una lucecita roja y me recuerda que esa mancha algaida que hay a mi izquierda es el inicio de la tan bonita rambla que nos llevó en la anterior aventura hasta la fuente de Fontabres. Le pregunto al gato guía si conoce esa senda y me dice que se la guarda en el portafolios para el próximo día. Yo derrocho adjetivos para que su curiosidad no la olvide y así en su próxima ruta, cual felino oliscón se atreva a darle caza y pueda sentir la fuerza del roquedo que tan característica la hace.

10409337_10203692454625049_278919215493720231_n                La comitiva sube, sube, las piernas de algunos van comenzando a llenarse de desnivel, de gradiente positivo, de montaña, raíces y rocas. Aún así, nadie se queja, rostros perlados de sudor pero entusiastas. Llegamos a un alto desde el que otear kilómetros y kilómetros de provincia a nuestro alrededor. Un pequeño descanso para atracar los bidones de agua y comentar como vamos de tiempo.

                Antonio nos comenta que el próximo objetivo es la subida de La Blasca. Vamos a por ella en grupo, casi en tropel, la pista forestal es rápida de bajar.

aaa                Llegados al cruce de caminos, observamos que algún desaprensivo ha modificado la dirección de la señal de madera que marca la subida al alto de La Blasca, han arrancado un buen bolo de hormigón en el que está incrustada la señal de madera, nadie opta por rectificar el error, lo comentamos y nos adentramos en un espeso paraje. Pinos por los que serpentean varios tipos de enredaderas silvestres, rocas a sus pies llenos de líquenes y musgos. La humedad se palpa en el ambiente, la tierra es rojiza, los arbustos están congestionados, apelmazados, se mezclan romeros con lentiscos, encinas bajas y rastreras con carrascas preciosas que dan sombra a los espinos negros, enebros por todas partes, zarzas, antorchas de esparto verdoso, escarmujos de hojas puntiagudas, todo muy tupido, con el zumbido de abejas libantes cómo banda sonora de la mañana, el marco es de lo más idílico, diría que pastoril, dan ganas de parar la bicicleta y disfrutar de unas horas sintiendo la poesía de Miguel Hernández en primera persona. El camino es cómodo, podemos circular en fila de a dos, la caballería avanza a ritmo cómodo.

garto 5                En un cruce hallamos algo que nos hace abrir los ojos desmesuradamente a todos, creo que hasta las bicicletas se han sorprendido. Un Lexus deportivo atravesado en un camino, atascado entre piedras, tierra y troncos. Cómo se puede ser tan tonto de circular con un coupe deportivo por estos caminos tan agrestes y rurales, ha recibido la recompensa que se merecía. Bromeando sobre la necedad del conductor nos recolocamos en los sillines y comenzamos la tan ansiada cuesta de La Blasca.

              gato 9  Ernest y yo nos adelantamos, marcamos un ritmo cómodo pero intenso. Él es un adelantado y lleva un solo plato, cabalga sobre XX1, yo como buen funcionario que soy me conformo con 2X10. Así que con mi platico grande, pedaleo y pedaleo a la vera de mi veterano y aguerrido compañero de fatigas. El camino es muy divertido, tiene areniscas duras y pizarras escalonadas, confiriendo un toque quebradizo a la senda. Las curvas se retuercen con peraltes duros. Las cubiertas y amortiguadores ajustician todo lo que les presentamos, no dejan escalón si mancillar, ni raíz sin profanar. Subimos y subimos. Los minutos pasan y la subida incrementa el desnivel, pero no importa, nosotros añadimos más presión sobre los pedales y todo resuelto, vamos frescos, con ganas de guerra, poco a poco, rueda a rueda, subiendo el ritmo a la más mínima, en silencio, acompañándonos. Lolo, se hace notar a la retaguardia y comenzamos a triangular conversaciones, y sin darnos cuenta ya estamos en el alto, en un llano cerrado por las ramas de los pinos.

                Llegan Jesús, Antonio y José T. y nos tomamos unos minutos de respiro y comentamos lo bonita que ha sido la subida y lo que nos queda por seguir subiendo hasta llegar a la Cova Negra. Algunas barritas caen en los coletos y comenzamos la odisea.              1512387_10203692454265040_3297486269762286237_n  Una divertida y efímera senda nos hace pasar entre bellotas y lascas de arenisca sueltas. Circulamos unos escasos hectómetros y de repente, Mora Gran, el cicerone, nos dice que vamos dirección al averno, al báratro, Dante nos espera. Comenzamos a oler el azufre de las calderas de Pedro Botero, el infierno está cerca. La pendiente es negativa, el camino desaparece y bajo los tacos de goma hay rocas, grietas, tierra suelta, escalones enraizados, curvas desaprensivas que se retuercen como trenzas. Las amortiguaciones no dan crédito, esto se pone complicado. Antonio, Ernesto, yo, Lolo y los novatos, nos escurrimos literalmente por estas rabiosas rampas. Siempre recuerdo en mis adentros que ante la duda hay que soltar frenos y dejar que la bici ruede y ruede, ya habrá tiempo de frenar al llegar abajo. Hay un momento en el que veo que mis dos liebres van descontroladas, unos escalones muy rotos y altos nos hacen perder a todos el control de las bicis durante unos segundos, los cuerpos se retuercen y caen al máximo sobre la rueda trasera, hay que estabilizar la posición. Yo apenas me puedo creer lo que está haciendo mi montura, está transformado un calvario en una montaña rusa muy divertida, la adrenalina me tiene ciego, me gusta, no lo puedo remediar.

              gato 2  Menuda bajada, Antonio tenía razón, el dulce estaba por llegar, ha sido muy divertido, ha valido la pena llegar tan alto. Ahora seguimos las indicaciones de ruta de pequeño recorrido, amarillo y blanco, que las rocas exhiben en sus costados y seguimos subiendo para dar alcance a la Cova.

                Cuando estuve con Rush por la sierra de Biar subimos a la Cova por una senda durilla y sinuosa, larga y plena de rincones exigentes en cuanto a técnica. Hoy creo que vamos a bajar ese trayecto, sólo de pensarlo me estoy relamiendo por dentro.

                Efectivamente, me confirman que la bajada será la que tengo en mente. Me coloco a rueda del Zahento Ernest y como almas que lleva el diablo, comenzamos a pedalear y a tomar más y más velocidad, esto no se puede bajar con pamplineos, hay que sacarle el gustillo, hay que hacerle daño a la senda. Dejo un buen trecho entre su rueda trasera y la visera de mi casco, así puedo ver y escrutar bien por donde encauzar mi neumático. Voy mirando unos cinco o seis metros por delante de mí siempre, sé por dónde voy a negociar los obstáculos sin tener que mirar, no es nada complicado, pero si hay que ser cuidadoso, a la más mínima la caída puede ser fea, muy fea, el abismo está a la izquierda esperando rellenar su vacío. Los minutos se hacen eternos, los antebrazos dilatan sus venas, los ojos aprietan y aprietan casi hasta salirse de las gafas buscando por donde ir trazando el lugar con más tracción. Curvas que obligan a derrapar bruscamente para poder enderezarlas, herraduras que recorrer sin lugar a miramientos, por encima de los bolos y salientes, no hay paz, no hay más que el sonido alocado del aire zumbando sobre las correas del casco y el gruñir de los frenos a cada momento, las ruedas crepitan y el camino dispara piedras de vez en cuando que golpean violentamente el cuadro y las bielas. Creo que no veo otra cosa que la mancha de color que Ernest y su bici conforman, voy muy concentrado, no me hace falta ni mirar al suelo, viendo sus reacciones voy mimetizándolas, vamos envueltos en una vorágine de velocidad. La cadena va hundida en el sótano del cassette, los momentos de pedaleo son para impulsarnos en pequeños repechos que nos catapultan escandalosamente sobre el plano inclinado.              gato 6                     Veo una gran polvareda, mi referente derrapa y frena bruscamente.

  • Luisico, creo que vamos mal, hemos dejado un cruce hace un momento, creo que es por allí.
  • Ni me he dado cuenta, pero si tú lo dices. Vamos.

                Damos la vuelta y deshacemos un poco de la pendiente. Cierto es que al otro lado del barranco vemos el castillo de Biar, majestuoso sobre su atril montañoso. Llegamos al cruce y no vemos a nadie del grupo, pero como Lolo y Antonio llevan el track en sus gps seguro que no se van a perder. Seguimos bajando, pero ya por cómodos caminos que nos escupen a la carretera de llegada a la población.

                Vemos una flecha medio borrada en el asfalto y ambos pensamos lo mismo, esa marca seguro que nos lleva a buen puerto. Efectivamente nos metemos por una ramblita seca, y surcando sus entresijos llenos de hinojos y cardos secos, almendros de secano, algarrobos y algunos olivos jóvenes, nos acercamos más y más a Biar. Ante nosotros tenemos una bellísima acuarela. El castillo en su promontorio al fondo, y un mini valle arbolado alfombrado de hierbecillas de casi todos los colores, con un cortijo y un molino flanqueando la imagen a la derecha. Nuestra senda se encaja en una pequeñita acequia que en algunos tramos está atragantada de tierra y en otras nos obliga a pedalear con equilibrio por sus entrañas. Pasito a pasito, pedal a pedal, el castillo cada vez se ve más grande y vemos el imponente Platán del parque, inhiesto, poderoso, arrogante, señor del paraje.

              gato 7  Un abrazo da fin a la ruta, nos fundimos como es costumbre entre nosotros para celebrar que todo ha ido bien y que hemos disfrutado mucho de la ruta y la compañía. Lolo, y Jesús aparecen a los pocos minutos, pues ellos no rectificaron la bajada como nosotros y la senda les dejó a los pies del parque sin tener que cruzar la carretera. Antonio y José Tomás están tardando, éste último ha pinchado y por lo visto ha sufrido una caída y viene dolorido.

                Ya estamos todos junto a los coches, los chicos costeros se tienen que marchar, y los de interior nos vamos al bar a celebrarlo. Es un tópico que muchos critican, pero después de una buena mañana de bicicleta de montaña o carretera, no hay nada mejor que unas buenas cervezas. Acabado el ágape Antonio me secuestra y me obliga a aparcar en la casita de una encantadora nonagenaria que con todo el cariño del mundo me sienta a su mesa y me deleita con una conversación de lo más interesante y humana. Gran familia, mujeres excepcionales. Con ese gran sabor y junto al del café, me despido y vuelvo a mi desierto de calizas, donde mi gato está esperándome, ansioso por subir al sofá y ser acariciado por mis cansadas manos, pero cansadas no de retorcer manillares, sino de golpear el teclado para vosotros, hasta la próxima amigos.

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