Los senderos de Rush

            rush  Cinco años han pasado desde que conocí a un ciclista de sombra larga, sonrisa escueta y carismática, vestido de negro, de los que observan más que hablan, amigo de mis amigos y de los que conforme van pedaleando a tu lado, te van abriendo esa coraza, que a priori parece impenetrable. En ese tiempo nos hemos tropezado en algunas ocasiones por los montes alicantinos, hasta incluso por sorpresa, como el día que coincidimos en el nacimiento del Vinalopó. También he despedido con él un año y empezado otro, desde lo alto del Cid, envueltos en la mágica luz del último atardecer de un diciembre especial, cubiertos de un gélido ocaso, rodeados de risotadas y buenos amigos. Entre tanto nos saludamos a diario y seguimos nuestras pedaladas por las redes sociales, y hoy ha tocado un nuevo hermanamiento, en el que Pepe, sé que va a deslumbrarme con una ruta de esas que son difíciles de olvidar, sino imposible.

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                Es pronto, muy pronto, he dormido lo justo, pero la adrenalina ya comienza a fluir por mi torrente sanguíneo, me espera un duro día de esfuerzo y sufrimiento bajo los afilados rayos de un sol fiero y despiadado. Salgo al patio y junto a mi gato comienzo a sorber el café, a llenar mis mejillas de pan tostado, galletas, yogurt y frutos secos con miel. Un buen desayuno es primordial, hay que rellenar los niveles y disfrutar a la par.

                Esta mañana si que necesito a mis clásicos, necesito motivarme a tope, quiero estar pletórico, quiero que mis ánimos sean capaces de comerse los pedregales más empinados y culminarlos sonriente, jadeando, satisfecho. Comienzo con Led Zeppelin y llego a Elda escuchando a Pantera, saltando sobre el asiento de la furgo, berreando medio en trance.

                Pepe, paciente, apacible, está esperándome con cuatro aguerridos ciclistas en una placita junto a la tan carismática churrería Bermúdez. Esos cuerpos de látigo y esas caras tan jóvenes y afiladas, me están preocupando, todo anuncia que voy a dejarme hasta la última caloría arrastrándome tras estas liebres, que lucen rígidas de carbono con un solo plato.

                Salimos de Elda, este camino entre polígonos y casetas de campo ya es un viejo conocido para mí, cuando salgo con mis grandes amigos “Somos4gatos”, en ocasiones lo usamos como inicio de ruta. Es cómodo, entre matorrales, con lascas de piedra que sobresalen redondeadas y van calentando el aceite de horquillas y amortiguadores. Entre tanto vamos charlando, poniéndonos al día, y conociendo a los nuevos compañeros.

                Así, cotorreando, escucho que Rush indica que hay que tomar la senda que tímidamente se aprecia a la derecha. David se lanza en picado y yo que no puedo ver un trapo rojo, le sigo con plato treinta y ocho. Entre pinos, escueta, retorcida y empinada, así empieza la persecución. Mis muslos van frescos y alegres, así es que sigo y sigo la rodadora rueda trasera de mi guía. La pendiente aumenta, los tramos técnicos van aumentando, no son harto difíciles de afrontar pero si exigentes. El aliento se me va arrebatando y la camiseta comienza a saborear mi salado sudor. Entre retuertas por esta algaida senda, llego a la conclusión de bajar de plato, la cosa está poniéndose seria y no quiero vaciarme a las primeras de cambio. Aún así, estoy pensando que me estoy equivocando persiguiendo liebres a primera hora, bajo el ritmo y dejo que la mancha rojiza que tengo frente a mi rueda se aleje, voy a moderar el pedaleo porque esta senda no se acaba. Es preciosa, muy tupida y retorcida, a cada pedalada voy dejando un segundo de satisfacción. Los minutos se amontonan en la pantalla del gps y esto no se acaba, hoy creo que voy a tener que dosificar, estos predios son inmensos y quiero acabar incólume o cuando menos en condiciones óptimas. Veo que hay un alto al frente y en él, está mi compañero esperando, voy a tomar un poco de aliento, y de paso vamos a reagrupar. El crepitar de la cubierta del líder sobre las raíces de pinos enclaustradas en la senda, avisa de que ya están aquí, apenas he tenido tiempo de contemplar el paisaje.

rush 1                Rodando de forma automática nos metemos en una pista forestal, de gradiente dañino, despejada, abierta a los ataques de Helio. Vamos a subir a la Peña de la Talla. Al salir de la ciudad, Pepe me indicó que entre las montañas que teníamos al frente, justo en la depresión que había entre ellas, íbamos a sufrir un poco para poder flanquearlas por una pista forestal que nos catapultaría a Biar.

                La pista es exigente, el grupo se estira un poco, y con todo el hierro metido vamos subiendo a paso de maniobras cual legión romana que a bien seguro hizo lo mismo milenios atrás; sin prisas pero sin relajos. Es durillo, el momento se encarece por el calor que desprenden las calizas que nos rodean, están reflejando la radiación solar y nos están haciendo sentir en el interior de un microondas. Así, cociditos pero contentos, vamos subiendo y subiendo, girando curvas de cuarenta y cinco grados y aprovechando pequeños llanos para ir recargando energías. Puede parecer pretencioso, pero a mí me gustan estos momentos, en los que el sufrimiento se torna en placer, y si estoy rodeado de montañas bonitas y sintiendo el olor de la resina de los Halepensis, mejor que mejor. Los difíciles y caprichosos contornos de las montañas crean un lienzo único, difícil de ser igualado por la mano del hombre sobre un caballete. Vigilante y atenta, a la izquierda, hacia el sur, veo a mi amada sierra de La Pila, siempre dispuesta a darme la referencia, a darme los buenos días, a recordarme lo mucho que la amo. ¡Qué bonita! ¡Cómo se recorta en el azul del horizonte!

                Creo que hoy vamos a ir haciendo la goma, me gusta ver que nadie se siente mal en el grupo porque existan ritmos diferentes. A cada tramo hay unos segundos de espera, en los que algunos jocosos comentarios se amontonan al igual que los alientos.

                Veo que el cicerone hace algunas fotos sin avisar.

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                La pista forestal continúa y nuestro periplo también. Nos escurrimos montaña abajo a gran velocidad, escucho a lo lejos que el Decano advierte que no hay que llegar hasta el final, sino que a nuestra izquierda habremos de dejarnos tragar por otra nueva senda.

                Efectivamente, hemos sido engullidos, por una senda, pero que senda…

                La entrada es una rampita empinada, la zona de rodada es escueta, bien marcada. El zigzag es rapidísimo, no hay que mover el manillar, hay que fundirse a la bici, hay que ir abanicando el pinar, cayendo, saltando los vanos que algunas raíces crean a modo de escalón. Trazando entre rocas, dejándome caer veloz, sin miedo, apurando frenadas. Te permite ir dando saltos antes de llegar a las curvas, el terreno cambia bruscamente y las cubiertas se hunden en un fino manto de arena rubia, seca, suelta, playera. Es increíble la suavidad con la que se baja, una curiosa combinación de velocidad atropellada, pequeños vuelos, derrapajes en el arenal, y siempre con una pendiente divertidísima que hace que vaya todo el rato echado atrás, casi rozando la rueda trasera, siendo imposible ir sentado sobre el sillín. Noto como trabaja mi nueva bicicleta, es una auténtica tragona, golosa y gulosa, insaciable, me permite trazar por donde me apetece, no se resiste al duro y pétreo roquedo. Este tipo de sendas, siempre se acaban pronto, pero no es porque sean cortas, sino porque son rapidísimas, te diluyen, te absorben, te arrebatan, te hacen sentir a tope.

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                Al reagruparnos, espero a que llegue Rush para mostrarle mi entusiasmo, lo mucho que he disfrutado la senda. Le pregunto el nombre de ésta, y sonriente mira a derecha e izquierda, pero nadie le asiste, y sinceramente me confiesa que no lo sabe, jajaja… Pocos metros después, me acerco a él y le digo: “¡Coqueta!”, si hay un adjetivo que defina a esa sendita, es ese, y así, sonrientes y bromeando sobre el nuevo topónimo nos vamos a Biar. ¡Bautizada!

                Entramos en Biar por el casco antiguo, vamos despacito, camino a la fuente del parque. El lugar es bellísimo, casas de antiguas arquitecturas impecables, todo empedrado, un ambiente moruno se respira conforme nos adentramos en el corazón de la población, está muy patente el pasado de moros y cristianos, el castillo imponente, pétreo, adusto, sobrio, erguido inhiesto sobre su pedestal montañoso, luciendo sillares de muchas épocas diferentes. De repente el espacio se abre, los callejones sombríos y llenos de viejas historias fascinantes desaparecen y la sombra del viejo Platan, nos acoge. Sobre sus raíces, a su sombra, contemplado semejante ser vivo, acumulador de siglos en sus ramas y bebiendo del agua que brota de sus entrañas, hacemos la primera parada de avituallamiento.

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                El conjunto es idílico, las vistas son preciosas e hipnóticas. Reponemos agua en la fuente y comienzan los bocadillos a salir de las mochilas. Yo no soy de bocadillo, soy algo más quijotesco, una barrita y un puñadito de uvas pasas conforman mi ágape.

                Entre las escalinatas del parque nos ponemos nuevamente a rodar. Nos caemos a un cauce seco, que rodea perimetralmente el coloso sobre el que está anclado el castillo y así, dejando a nuestra espalda siglos y siglos de historia nos atropellamos en fila india entre algunas encinas bajas y jaras secas.

                Dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, pues doy fe de ello, nuevamente me aventuro detrás de una mancha anaranjada con cuadro negro de ligero carbono.

                La cosa se pone fina, costereta de premio. Empinada, revirada, pedregosa, con mucho polvo suelto, en donde no sólo hay que aferrarse al manillar, meter riñones, pedalear alocada y frenéticamente para ir traccionando al máximo, sino que hay que ir con la vista analizando cada milímetro de terreno para detectar y encauzar la rodada por el lugar más idóneo y accesible. Sentado casi sobre la punta del sillín veo que el terreno se endurece y me levanto, retuerzo los puños en el esfuerzo y consigo conquistar el momento, nos reagrupamos y sudorosos, con las cubiertas bien calientes seguimos el ascenso. Al principio las curvas son pequeñas trampas retorcidas, crueles, empedradas y en alguna ocasión saco rápidamente mi bota de la cala del pedal izquierdo para mantener el equilibrio y continuar rápidamente.

                El verde nos secuestra, vamos rodando por una fina senda, sobre un desgastadísimo camino sobre muro de piedra apilada, me recuerda mucho a la senda del km13 de Ricote. El despiadado astro rey no puede alcanzarnos con sus malditos rayos, una leve brisa nos refresca y alienta. Vamos subiendo, subiendo, vamos camino a la Cova Negra. Mi referente conoce bien el camino y veo que sabe por dónde aprovechar mejor el camino para sacar el máximo rendimiento a cada pedalada, yo voy leyendo su rueda trasera, aprovechando su experiencia y disfrutando a la par. Hay momentos de auténtico aquelarre, pedaladas infinitas, rapidísimas, colmadas de precisión, rebasando angulosos cuchillos de piedra que se yerguen creando un mosaico laberíntico sobre el que nuestras ruedas han de pasar. Estos momentos merman muchas energías, dejan un amargo desazón en los muslos, gemelos y lumbares.

20140726_134910_resize                No quiero que se acabe, porque estamos hasta rodando a plato grande en algunos sectores, el camino está firme y la pendiente nos perdona la vida, dando lugar a una jocosa persecución entre curvas acantiladas.

                Una bifurcación es el lugar elegido para esperar al contingente que nos persigue. Apenas esperamos, y la blanca montura de Pepe aparece por la senda a nuestra espalda.         Se debate rápidamente si vamos a subir a la Cova a almorzar o si por el contrario continuamos dirección a la fuente.

                Todos de acuerdo, decidimos dejar la subida a la Cova Negra como excusa para mi próxima visita. Nos ponemos manos a la obra nuevamente, cuesta abajo y sin frenos, rincones bellísimos y caminos de lo más destrozados que jamás se puedan ver, terreno ideal para nuestro disfrute y embeleso.

                La tónica de la mañana está siendo la siguiente: subir una senda dura para después ser abducidos por otra de igual calado pero requiriendo mucho tiento a la hora de acariciar las manetas de freno.

                Impresionante la alocada persecución que mi rueda delantera ha hecho a la de David, ha sido realmente de infarto, casi inacabable, en estas sendas el tiempo desaparece como variable. Me siento imbuido en una especie de túnel en el que sólo puedo ver lo que hay unos metros por delante de la visera de mi casco, nada más pienso en la distancia a la que están los troncos que voy esquivando y los lugares exactos en los que he de frenar y hasta incluso derrapar, el resto es algo automático, ni me fijo por donde paso, es un extraño estado de la conciencia, donde decir que está alterada es poco, está perturbadísima.

20140726_135043 a_resize                Al acabar este apasionante fragmento del track, siento leves escozores en mis cuatro extremidades, las encinas, espinos, romeros secos y el sinfín de ramitas que estrangulaban la senda me han lacerado finamente el cuero y ahora el sudor está devolviéndome a la realidad al entrar en semejantes suvenires.

                No dejo de mostrar mi emoción al final de cada bajada, es lo menos que se merecen estos chicos, me están regalando una mañana apasionante.

                El esfuerzo está comenzando a pasar factura en el grupo, el componente más joven tiene cara de abatido, puede que pronto nos abandone, no lo sé cierto, pero me da esa impresión. Vamos a ver qué pasa, ahora vamos jugando a sortear socavones gigantes, que permiten rodar rápido y devorar kilómetros en poco tiempo de forma cómoda, sin gastar muchas fuerzas.

                Entre jaras, empezamos de nuevo a ganarnos la mañana, ahora en vez de seguir a una liebre, me toca perseguir a un galgo y a un podenco, ambos de siluetas recortadas y piernas ágiles. El terreno a batir es un cauce seco, un pequeño cono escurridor de lluvias. Apenas manchamos las cubiertas, vamos rasgando gomas sobre areniscas grisáceas, verrugosas, informes, escalándolas en ocasiones. Es muy rápido el momento, muy rápido. Derecha, izquierda, cambios de plato repentinos, acelerones, frenadas bruscas, pufff… menudo colocón. Los cánidos conocen bien este rincón y marcan su ritmo, me cuesta mucho seguirlo, pero me enrosco sobre mi cuadro y pedaleo. Esto parece más un rocódromo que una rambla, es increíble, tengo que estrellar mi bici contra bolos rocosos para poder escalarlos pedaleando. Hay que encajar las ruedas en la grieta correcta para poder derrotar a estos obstáculos líticos, es divertidísimo, a pesar de que el último me resisto a conquistarlo, un resbalón inoportuno tal vez me cueste una lesión y no tengo ganas de terminar el día así, saco mis pies de las calas y apretando el cuadro me lo echo al hombro y subo en un par de saltos.

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                Risotadas al final del tramo, sobre una pista nuevamente, cabalgamos todos juntos en tropel y a buen ritmo. Pepe, va indicándome lo que nos queda por delante del día. No deja de aportarme información, gracias a la cual me voy haciendo una idea de cómo he de dosificarme, pues ni siquiera hemos llegado al ecuador de la etapa. Para acabar de subir y poder reponer agua en nuestros bidones y mochilas nos toca afrontar el último esfuerzo técnico. Dar cima a la senda Herberet y avituallarnos en la Font de Fontabres. A esta senda creo que deberían llamarla: “la senda de la esponja”, porque te deja seco.

                Mi musculatura comienza a temblar al ver lo empinada que es la nueva senda que tenemos ante nosotros, ¡Dios mío! Consigo dominar mis miedos y teñido con la misma estupidez del intrépido, comienzo a mancharme con la polvareda que levantan los dos galgos de canódromo. Derroche de fuerzas, ningún miramiento, curvas polvorientas que obligan a pedalear con ese toque de retención necesario para no derrapar, pero que te vacía al instante y hace que sientas las piernas llenas de paja y no de carne roja palpitante.

                Desde Peñas Rojas, vamos con los niveles hídricos repuestos, unos caminos divertidos y rápidos nos escupen a la base del apretoncillo final: Canalis Viejo. Ya vamos más tranquilos, la única bici de 26” está sufriendo en demasía y hay que tomar una determinación. En este último altozano, la conclusión es que al bajar hasta la carretera el grupo sufrirá una escisión y al cincuenta por ciento seguiremos y los tres restantes retornarán al punto de origen.

                Entre apretones de manos, abrazos enérgicos y risotadas, me quedo solo con David y Pepe. Dentro de mí hay una voz de duende que me grita: ¡Huyeeee! Siento como si fuese una encerrona, pues soy el relleno de un bocadillo que tiene por una cara la fuerza de la juventud y la resistencia inconmensurable de la veteranía de Rush. Voy a ser pasto de los buitres cuando acabe, seré carroña de primera clase.

Ruta Pepe Rush                El rugoso, negro e infame asfalto nos hace compañía. Para llegar a Castalla tenemos que sortear este puerto. A rueda, a ritmo, sin poder dar más que un relevo, así voy con estas dos bestias pardas, no sé hasta dónde va a llegar mi caldera sin explotar. No me dejo arrastrar por el abismo de mis sensaciones y me desconecto, sólo sufro y sigo el ritmo.

                Pepe, me dice que me fije bien, que voy a disfrutar de unas panorámicas preciosas. Efectivamente, comienza el descenso, aún no he recuperado el aliento y ya estoy dando saltos y pisoteando pedregales a lo loco. Siguiendo la arista superior de esta elevación, con apenas vegetación a nuestros costados, los hectómetros pasan por segundos, vamos descontrolados, el camino lo permite. Antes de perder la referencia desde el punto más alto, detengo el ritmo y me regalo un último vistazo a todo lo que me rodea, es grandioso, montañas entrelazadas, superpuestas en el espacio, solapándose unas a otras, magnífico.

                Acabado este atropello de lacas de piedra, grietas, peraltes y pedaladas con todo el desarrollo metido, saltamos otra vez al mundo de lo escueto, revirado, de lo sorprendente.

                Vamos enlazando sendas, con tramos de ramblas, con subidas en repechos cómodos. Arboledas prietas nos comprimen, haciendo que a cada pequeño tobogán salgamos despedidos a gran velocidad hacia la siguiente chepa. Difícil me resulta en este momento poder ir describiendo todo lo que vamos disfrutando y recorriendo, pues es más de lo mismo pero superándose a cada segundo. Estas sendas son oscuras, muy oscuras, te permiten ir a un ritmo alto sin ofrecer mucho peligro. No dejo de disfrutar mi nueva montura, es como ir en un sofá cama viendo todo a través de una pantalla de plasma, pues los temblores, traqueteos y latigazos que antes debía domar en mi Stumpjumper ahora han desaparecido. Sólo siento la necesidad de pedalear e ir echándome sobre la rueda trasera y disfrutar de los frenos, viendo como a cada rampa disfruto más que en la anterior.

20140726_094459_resize                Toda una fiesta, estoy atacadísimo, pero ya se acabó, tras enlazar tres sendas salvajes, pasar por los barrancos de Tagüenca y Monvarí, horadar la rambla de L’arcaeta, llegamos a Onil. Este último tramo lo recorrí en el pasado siguiendo la rueda de Ernest, el Zahento más Revolussionario de Zantapola.

                Cruzando Castalla, empiezo a escuchar que existe algo llamado: La cuesta del Ángel. Ingenuo de mí, pregunto si la hemos pasado ya, y sonrientes mis dos cicerones me dicen que no, que es el muro calizo que tenemos ante nuestras narices. También me paran junto a una sombra y me invitan a consumir los geles o barritas que me queden, porque las voy a necesitar.

  1. Vamos a necesitar toda la artillería, los termómetros de los gps marcan 41ºC, son las 13:30 horas, y nos estamos cociendo en nuestros propios jugos. El día está siendo abrasador, pero como hemos ciclado por sendas y rambledos apenas hemos sufrido acaloramientos, pero ahora toca subir a pecho descubierto, por una pista ancha, inclinada, bastarda, llena de curvas de herradura.

                Abro la cremallera de mi maillot, me derramo un buen chorro de agua en la nuca, me recoloco bien en el sillín y me propongo subir despacio. Las piernas ya van tocadas, las fuerzas van muy justas y sé que ahora no es el momento de bravuconadas, sino el instante de dejar patente la veteranía acumulada en los últimos años. No me importa ir cerrando el grupo e ir quedándome atrás poco a poco, metro a metro. No conozco la longitud de la pista ni su desnivel y prefiero pecar en exceso de conservador. Así veo como la mancha naranja y la montura blanca, van desapareciendo tras cada curva, y cada vez las veo más pequeñas.

                Comienzo a sentir como si me apuñalasen los cuádriceps, los dos vastos internos comienzan a acalambrarse, me duelen, me duelen mucho, pero sé que estos dos truhanes aunque se me bloqueen puedo seguir pedaleando, no me van a tirar al suelo. Bajo un poco la cadencia y voy sintiendo como se recuperan estos dos puñados de carne. Conozco muy bien mis sensaciones, es el momento de buscar un pedaleo más redondo, subo al último piñón de mi cassette y relajo piernas y aliento.

20140726_094452_resize                Esto no se acaba, menuda tortura nos está aplicando el sol, siento como me hierve el sudor en los antebrazos, como me amargan los labios salitrosos llenos de sudor seco mezclado con crema de protección solar. Apenas tengo saliva que tragar, los sorbos de agua siento que pasan sin gloria por mi garganta.

                Quiebro una curva y veo que han cambiado las tornas, ahora la mancha naranja está más próxima y la blanca en la lejanía. Creo que alguien está comenzado su periplo por el averno. Dejo de referenciarme en él y sigo camino a mi Xanadú, aunque sí es cierto que os voy a confesar que mi lucha interna es tremenda, físicamente necesito parar, siento una extenuación general, pero algo dentro de mí evoca la vieja lucha del bien y del mal, me veo rechazando la manzana de Eva, desterrando la tentación, pedaleando entre tanto, recordando momentos similares, que me animan a seguir hasta la cumbre.

                Ya les veo parados en un altozano no muy lejano. Me anima y bajo tres piñones de un golpe en el gatillo del cambio, me pongo de pie y tirando de lumbares me recoloco para acabar con dignidad, nada de llegar descolocado y quejumbroso, no… hay que acabar con garbo y brío, sacar esa mínima expresión de ciclista que queda dentro.

20140726_134856_resize                Compartimos impresiones, ha sido un auténtico vía crucis, el más joven está muy tocado, necesita un cañonazo de lentejas con jamón vía intravenosa, pero se va a conformar con medio plátano que le regalo y un buen trago de la gélida agua que guarda Pepe en su mochila.

                Ahora ya sólo queda bajar, y bajar, aunque tengamos que negociar alguna tachuela entre las cotas de altitud, pero la tónica es la de ir bajando.

                Antes de llegar a Las Hermosas, voy recuperándome mucho en la bajada cómoda de la pista forestal. Me recreo viendo como ha quedado el monte tras la tala controlada. Los pulmones comienzan a ventilar un aire más fresco, la piel vuelve a transpirar con normalidad, las ropas van secándose y refrigerándome a la par. Me como la última barrita de cereales y chocolate, que está derretida, tengo que chupar el envoltorio para sacar hasta la última gota de chocolate. Las piernas han encendido el piloto de color verde, me dicen que puedo volver a la carga, que no tenga miedo, que todo va bien.

                Estamos ante la bajada de Las Hermosas, una senda que no desmerece a ninguna de las que ya hemos pisoteado, horadado, humillado y mutilado esta mañana. Se retuerce sobre un eje imaginario como una culebra enfurecida, en vez de escamas tiene lascas de caliza, areniscas y hasta pizarras viejas degradadas y suavizadas. La zahorra lo tapiza todo. Sigo a David, quien está derrengado, hasta bajar le cuesta trabajo. Recuerdo lo duro que fue subir el sábado pasado por estos andurriales y lo que me estoy divirtiendo en este momento. Cosemos el camino indiscriminadamente, buscando la trazada más rápida, a veces se me nubla el entendimiento y atropello los pedregales sin miramientos, disfruto mucho con la nueva Specialized Epic, me tiene envenenado, hace que desobedezca a la razón y abrace al disparate cada vez con más frecuencia, poniendo a prueba su suspensión y fiabilidad. Hasta que no me caiga voy a seguir haciendo el insensato en estas bajadas, ignorando la franja limpia, abriendo mi propia vía. Al llegar a su zona baja, escucho como Pepe nos silba, no debemos seguir la dirección habitual, hay que desviarse para dirigirnos a la rambla de Pusa.

 

                Hasta llegar a ella, Pepe encabeza el pelotón y mueve las piernas con agilidad, con ánimo, se nota que ha sabido ir guardando toda la ruta, tiene reservas. Ya se sabe, sabe más el diablo por viejo, que por diablo, y este Rush está hecho un viejo diablo, de los de tridente en mano y pellejo curtido.

                El paisaje es más desértico, más propio de mis predios, terrazas de viejos cultivos de secano abandonados, por los que vamos siguiendo la pequeña trocha que con el paso de bicicletas y senderistas ha quedado indeleble al paso del tiempo. Vamos volando, el ritmo vuelve a ser airoso y alegre. La rambla no tiene desperdicio, es preciosa, ya la conozco de otras mañanas de ruta alicantina, pero no impide que disfrute cada salto, cada roca, cada curva llena de gravilla que nos hace derrapar divertidamente.

                Voy saturado, han sido tantos kilómetros de sendas, ramblas y caminos impresionantes, que ya me cuesta recordar con exactitud los puntos más característicos, mi mente está cansada, casi más que mi cuerpo. Pero si que no puedo olvidar lo divertido que es siempre llegar a la ciudad de Elda por esta rambla.

rush 3                Al llegar al asfalto urbano, nos damos unos fuertes apretones de manos, ya ha acabado la ruta, todo ha salido a la perfección, el organizador ha conseguido sorprenderme gratamente, los compañeros han podido exprimirse al máximo, y así todos contentos, alegres y muy satisfechos ponemos rumbo al bar. Esto último es lo reglamentario para cualquier ciclista de montaña que se precie de serlo, hay que pasar por el abrevadero a hidratarse con zumo de cebada bien frío y espumoso.

                Quiero dejar este último párrafo para los agradecimientos. En primer lugar quiero dar las gracias a dos personas muy entrañables y nada relacionadas con el mundillo, pero que día a día hacen que mi fortaleza aumente, ellos son: D. Francisco y Cañi, los monitores del gimnasio que se preocupan de ponerme a punto entre semana, los que saben cómo han de hacer su trabajo para que yo pueda desarrollar a la perfección mi pasión. También quiero agradecer a los amigos de Pepe su compañía, han sido el complemento perfecto. Y por último y no por ello menos importante o relegado al fondo del pasillo, quiero dar un abrazo cibernético a Pepe Rush, viejo amigo y compañero de fatigas que ha sabido mostrarme sus rincones favoritos, haciendo que una simple mañana de sábado veraniego se transforme en esto, en una entrada en mi blog, que perdurará y estará siempre disponible para todos vosotros si queréis viajar y divertiros tanto como lo hemos hecho hoy. Gracias Rush, eres un crack y un líder indiscutible.

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Termino de leerte y ya estoy sudando…mostruo

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    1. Jajajajajaaa… si que sudamos mucho, si.

      Un abrazo, Sr. Decano.

      Me gusta

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