Castillo de La Mola

Thor espera, juguetón, saltarín… sus roncos ladridos ahogan mis llamadas al morador de la finca para que abra el portalón y pueda colarme con la furgo y la flaca. Este mastín, cada día es más amigo mío.

                Puestas en carretera, ambas buenas amigas, a pesar de haber rodado poco, pero en las ocasiones que se han ido persiguiendo entre líneas continuas, discontinuas y medianas han dejado mucha goma de sus cubiertas en asfaltos de lo más variopintos. Hoy toca adentrarse en tierras del medio Vinalopó, subir al Castillo de La Mola de Novelda.

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                Hay que comenzar con calma, amontonarse al principio puede pasar factura, así es que elegimos el itinerario de forma que a la ida, todo sea picando hacia abajo o llaneando. El bueno de Diego guarda TNT en sus piernas y no hay que cabrearle, hay que templarle y perseguirle.

                Salimos desde la Casa del Tio Blay, un bello rincón que está bajo la fuente La Higuera de la sierra de La Pila. Los que ya conocéis al Sincrolador, sabéis bien, que esa sierra es su hábitat favorito y donde se le puede ver entre los pinares y lentisqueros si entornáis los ojillos y os concentráis, pues parte de su alma deambula errante entre las calizas y falsas ágatas del gigante murciano.

                Las conversaciones se encadenan, unas se pierden sin llegar a término, otras dan pie a nuevas evocaciones, a viejos recuerdos y casi siempre a unas risotadas finales. Esto funciona mejor que los carbohidratos predigeridos, no hay mejor inyección de energía que ir rodando a ritmo de cachondeo puro. Hay ocasiones en las que parecemos boletines informativos, nos vamos completando informaciones sobre el mundillo del ciclismo, de las motos y otras infinitas disciplinas de las que anhelamos explorar.

                Hace una hora que hemos salido y el viento aparente que generamos nos va refrescando al ir secándonos los sudorcillos. Los matojos del arcén ni se mueven, como dirían en los corros más divertidos, “no corre ni gotica de viento”. Es la ventaja de ir a una buena velocidad, el sufrimiento se minimiza, pero ya llegará la hora del retorno y entonces, veremos a ver quién es el machote que lo soporta. Los rayos solares son como la espada de Damocles, tienen una perpendicularidad aplastante, creo que están hechos de acero pues caen despiadados sobre todo lo que no está bajo techo. Noto como las zapatillas se calientan y recuecen los montoncillos de pellejo, uña y cicatrices de mis pies, a este ritmo creo que escucharé como mis metatarsianos se convierten en palomitas de maíz.

                Pasamos por la pedanía del Rodriguillo, atravesamos La Algueña y nos queda poco para llegar a Novelda, capital del reino en nuestro periplo. Este trayecto es precioso, se combina una orografía muy especial, salpicando el blanco marmóreo de las canteras, el verde de sotobosque y del pinar, con el marrón rojizo de estos páramos. Pedalear por esta comarca es un lujo, carente de tráfico motorizado.

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                A la llegada a la capital del mármol, el paisaje se afea mucho, todo está envuelto en un manto desértico, de matorral desperdigado, escombreras maleducadas y calizas desnudas.

                Caemos por la avenida principal, viejos recuerdos se atropellan en mis labios, pues difícilmente podría contarle a Diego mis vivencias a principio de los noventa cuando viví en estos vecindarios. Aún así, alguna perla emotiva se me escapa entre el paladar.

                El pueblo está muy bonito, las jacarandas de la avenida han crecido una barbaridad y dan un toque arbóreo y sombrío muy acogedor. El paso es lento, hemos de respetar semáforos e intersecciones mal señalizadas, y sobre todo mucha precaución en el mundo de las rotondas, tan desconocido para algunos conductores y tan despiadado para el ciclista.

                Pensé que el ascenso al Santuario de la Santa Magdalena sería más duro, tal vez mis recuerdos me han pasado una mala pasada. Cierto es que en esos años fumaba como un tonto y cuando subía al castillo corriendo, iba con la chimenea a tope, con la caldera a punto de explotar. Hoy me han parecido cuatro curvas mal retorcidas y a platico grande las he horadado, no valía la pena ahorrar.

                La recompensa está servida, contemplar la impresionante obra arquitectónica. Las vistas desde el promontorio también adquieren dimensiones dignas de exclamar.

                Hacemos una foto a modo de testigo de nuestro paso y continuamos.

                El medio centenar de kilómetros ya va amontonándose en las piernas, el camino a Monòver ha sido una verdadero rompe piernas, hemos marcado un ritmo alto, lleno de relevos y silencios. Son unos diez mil metros plagados de repechos y curvas sinuosas con poca visibilidad, todo un verdadero despropósito de paisaje. El calor ya comienza a comernos crudos, las reservas de agua han mermado y el testigo ha bajado de la rayita roja de peligro, hay que repostar, y para eso hemos elegido la E.S. Texas, del bueno de Lino.

                Salir de Monòver ha sido volver al deleite, pues sus tierras abarrotadas de viñas y pequeños altozanos mediterraneizados, configuran un buen escenario que contemplar. Las fuerzas están en un extraño equilibrio, no se puede abusar, pero somos dos testarudos y a cada cuesta nos recolocamos en los sillines, nos enroscamos en los manillares y torcemos las rodillas hacia adentro, sólo se escucha el “ram, ram, ram…” de las cadenas limando los dientes de platos y piñones.

                Atravesamos los llanos del Manya, del Culebrón, de las Encebras, dejamos el monte Coto a nuestra izquierda, la sierra del Almorquí, la Zafra, a derechas la Pedrera, La Buitrera, la casa “Misa de Doce”, las cepas añejas en las que hace años se escondió parte de la cúpula del partido comunista en tiempos de disparates. Chinorla nos castiga un poco, pero Chinorlet nos funde las pilas, deseando ver las Casas del Señor, para tener a tiro de piedra Pinoso.

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                Al salir de Pinoso decidimos cambiar el itinerario, vamos a eludir algún kilómetro que otro, vamos a recortar el mapa por esta esquina, el sol nos está lacerando brutalmente y sin compasión. A pesar de los plátanos, barritas y geles, los cuerpos están dando avisos de querer averiarse si pronto no llega la pausa.

                Diez kilómetros nos quedan según el jumillano para llegar al bar de la Umbría. Qué largos se nos van a hacer, sé que a cada curva veré una mesa con sombrilla y unas litronas bien frías esperando… Ufffffff Uffffffffff como cruje el asfalto, está caliente, muy caliente, el gps dice que vamos rodando a treinta kilómetros por hora y a treinta y siete grados centígrados. No quiero ni pensar que altura va a alcanzar el mercurio al medio día.

                Decidimos por unanimidad bajar el ritmo, no hay fuerzas, tampoco ganas de apretar, consideramos que la opción más inteligente es la de rodar suavemente, acompañando la pedalada y viendo la sierra de La Pila al frente, dejándonos caer hasta la meta.

                Ciento un kilómetro, esa es la cifra que puedo leer en la pantalla del dispositivo, pero también puedo leer Bar La Esperanza y: ¡¡¡¡¡¡¡ Ayyyyy ¡!!!!! Todo dentro de mí se remueve, ya estoy sintiendo el frescor de la espuma cervecera humedeciendo mi seco y áspero galillo.

                Dos litros, una buena ración de pulpo y una tortilla de patatas con cebolla de lo más deliciosa se hacen hueco en nuestro interior. Poco a poco vemos como todos los indicadores que estaban en el más picante de los rojos, van atravesando los amarillos y se tiñen de verde. Todo en su sitio, ahora estamos dispuestos a sufrir lo que venga, a sabiendas de que las próximas cuestas a afrontar son: ducha y comilona.

                Así hemos acabado, en el Rte. Casablanca, dándole al cordero a la brasa, a las papas con ajo y… bueno, me reservo el resto del menú, que seguramente no ha sido apto para menores de edad, ni para los ortodoxos del gremio.

                Hasta la próxima, Diego, un fuerte abrazo amigo.

AQUÍ PODÉIS DESCARGAR EL TRACK, POR SI OS APETECE SEGUIR LAS ANDADURAS DEL SINCROLADOR Y SUS AMIGOS.

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Tampoco es para tanto, dos litricos para todos… yo “pa eso” ni me pongo.

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    1. Pero Usted es el Decano, nosotros unos novicios. 😉

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