Hallwood’s Weekend (Los 4 Gatos)

Hoy el cuartelero ha tocado Diana más pronto de lo deseado, tenemos más de una hora de coche por delante hasta llegar a Elda, donde los 4 Gatos nos esperan con el café caliente y los churros llenos de azúcar. Al desayuno en casa de Lola, las caras de mis dos amigos ingleses reflejan la pereza del que está de vacaciones y madruga. Tímidamente vamos levantando los ánimos y las conversaciones. Café a café, inyectamos energía en nuestras venas.

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                Maldito sea mi dispositivo GPS del teléfono móvil, llevo quince minutos dando vueltas por el casco urbano de Elda y no consigo encontrar la churrería donde Milú, Andrés, el largo y Barceló nos esperan. No tengo más remedio que parar en el centro de la ciudad y pedir socorro por teléfono, dejar el coche aparcado y equiparnos. Casualidades de la vida, hemos aparcado a menos de cien metros del lugar de reunión, es increíble lo dependientes que nos hemos vuelto con los dispositivos móviles, creo que con un callejero de los de antes, de esos de papel desplegable hubiese llegado antes y directo.

                Un café rápido para los descendientes de Shakespeare y nos ponemos en marcha.

                José Luis, comienza tirando del grupo, le noto brioso, va como un corcel desbocado con su nueva montura carbonatada y paso de rueda en 29”. Nada más salir del casco urbano nos enfilamos unos tras otros por un estrecho senderito que se va encajando poco a poco en un cauce fluvial seco, lleno de pequeños bolos y flanqueado por una vegetación reseca y espinosa que va acariciando nuestras pantorrillas de forma descarada. Milú va tirando con energía, y nos descolgamos. Le espeto en un par de ocasiones que baje el ritmo, pues los foráneos todavía tienen que afrontar otra ruta el domingo, pero me ignora, gira su cabeza, y me dedica una de sus pícaras sonrisas. Mensaje recibido, los otros tres gatos saben bien el recorrido y no hay problema, así es que me recoloco en el sillín y me dedico a ir presionando a mi liebre.

 Yo, hoy también llevo una montura carbonatada, Juan Montoya, gerente de The Bike en Murcia, ha tenido la cortesía de dejarme una Specialized FSR Carbon 29” para que la disfrute el fin de semana y compruebe las bondades de semejante monstruo devorador de kilómetros y trialeras. Ya os contaré en la siguiente crónica como me ha ido con dicha bicicleta, pero ya os anticipo que es adictiva, altera mi conciencia de modo que me hace afrontar situaciones que jamás me hubiese atrevido con mi Stumpjumper. Es una droga peligrosa, debería estar prohibida.

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Llegamos a tierras de Monóvar y nos dirigimos a la Zafra, un pequeño monstruo calizo con unas cicatrices muy características de la erosión alveolar. Areniscas y calizas se entremezclan con las raíces de romeros, algarrobos, lenticos, pinos, retamas y jaras. El soto bosque mediterráneo en las zonas de umbría está precioso.

No dejamos de disfrutar el terreno, vamos alternando subidas y bajadas rapidísimas.

Los pinchazos están siendo la tónica esta mañana, ya llevamos varios y todos de mi buen amigo Chris, quien no ha hecho caso a mis recomendaciones a primera hora y sigue pinchando cámaras a troche y moche. Este último parón por pinchazo lo hacemos a los pies de una empinada pista forestal donde curiosamente hay unos chavales que necesitan urgentemente una cámara o un parche con el que poder arreglar su pinchazo número mil de la mañana. Amablemente todos nos volcamos en solventarles la situación, son buenos chicos, deportistas,  y se merecen ser atendidos con cariño y sin miramientos en cuanto a la asistencia técnica.

Llevamos muchas paradas innecesarias, es un tópico, pero me enfrío y pierdo el entusiasmo, volver a ponerme en marcha me hace sentir pereza.

Los Gatos me comentan que ahora viene la parte más divertida de la mañana. Vamos a ver… confío totalmente en todos y cada uno de ellos, nunca defraudan, siempre siento que supero las expectativas en sus rutas.

Subimos unos peldaños y furtivamente nos introducimos en una propiedad privada, si vosotros no le decís nada al propietario, yo tampoco lo haré, ¿os parece bien?

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Para comenzar, tenemos que presentar nuestros respetos a una súper rampa empinadísima que nos obliga a manchar las suelas de las zapatillas de su polvo terroso. Yo lo intento en un par de ocasiones, pero pierdo las batallas y la guerra, tengo que resignarme y subir casi todo el tramo arrastrando mi montura asida por el manillar y el sillín.

El cicerone se coloca en primera posición y me dice que ahora toca Rock&Roll y del bueno, que ajuste las suspensiones de mi monstruo, que viene zona de turbulencias. Así lo hago y a una distancia prudencial comienzo a perseguir su sombra entre una algaida senda vieja, abandonada y que únicamente hieren las cubiertas de las bicis de montaña. La velocidad va en aumento, la pendiente también y los discos de refreno chirrían en las bruscas frenadas que a cada retorcida curva nos vemos obligados a dar. Menuda senda, vertiginosa y plagada de rocas emergentes, complicando el paso de forma impresionante. Cuando no lo tengo claro suelto frenos y dejo que las ruedas se estrellen contra todo lo que encuentren a su paso, echando el culo bien atrás, rozando la rueda trasera sé que voy a salir airoso. Los minutos pasan y la adrenalina ya me tiene histérico, no dejamos de derrapar en bajadas loquísimas, por lascas de piedra resbaladizas, cortes bruscos del terreno, raíces inesperadas que se tumban de forma sinuosa y siempre siguiendo una sendita de apenas un palmo y medio de ancho. ¡Cómo me estoy divirtiendo!, ¡Dios mío!, hacía tiempo que no retorcía tanto un manillar y que no me pasaba tanto tiempo pendiente de no dejarme algún hueso por el camino. No quiero que se acabe, estoy empezando a sentir la necesidad de dar gritos a cada salto, voy atacadísimo.

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De cerca me sigue Martin, visualmente no tenemos contacto pero si voy escuchando sus frenazos y algún que otro grito de emoción, pues no faltan momentos para ello en esta senda de la Zafra.

Al final de la misma nos reunimos todos con los ojos como platos, cada uno a su manera se ha visto intoxicado por la euforia por unos minutos, que han parecido interminables.

En grupo, continuamos. Hemos decidido acortar el itinerario pensado para esta jornada, hemos tardado mucho tiempo con los pinchazos y nos gustaría a todos estar sentados a la mesa al medio día y no llegar a la hora de la merienda.

Los caminos de esta comarca me gustan mucho, los recuerdos se agolpan, sólo estuve un año recorriéndolos con un Renault 4L oficial, fue mi primer año como guardia civil y no se me olvidará jamás. Estas tierras me dejaron huella con sus gentes, los viñedos, los collados y sobre todo la luz otoñal. Fueron muchos los servicios de correrías rurales  que hice, y hoy, al verme nuevamente por los mismos parajes a lomos de una Btt me hace sentir algo muy especial. Sigo gozando de la bondad de sus gentes, Los 4 Gatos, son hijos del Vinalopó.

Mientras voy recreándome con mis ensoñaciones, nuevamente Marhuenda me sube el ritmo y nos despegamos, vamos como los galgos y podencos tras la presa de caza. Y de esta guisa nos vamos acercando a unos tres ciclistas que nos preceden, a unos cien metros aproximadamente. Amablemente les saludamos y pasamos por la parte central del camino. Apretamos un poco el ritmo para no estancarnos con ellos y entorpecer la marcha y justamente noto como se descuelga uno de ellos y comienzo a bajar la cadena, levantar las pulsaciones y esconder los riñones. No sé si es Milú o parte del trío quien me persigue, pero no quiero darle el capricho de que me adelante, aprieto y aprieto mis cuádriceps y con un pedaleo alocado retuerzo el cuadro entre mis extremidades. La situación se pone fea, voy notando fatiga en los muslos y el pecho es una locomotora de vapor al límite de explotar, llevo la caldera a tope de presión, menos mal que comienzo a dejar de escuchar el crepitar de las ruedas de mi perseguidor y decido seguir unos segundos más para marcar una buena diferencia y paulatinamente ir recuperando el aliento y la calma. En este ínterin llega mi compañero y me cuenta que he sido perseguido por un anónimo con una rígida de carbono.

Se acaba la ruta, una rambla y habremos llegado a Monóvar donde almorzaremos y nos replegaremos tímidamente con los estómagos plenos de albricias de la zona.

Escucho que la guinda de la etapa está por llegar, el último asalto me ha desgastado mucho, pero para bailar un rato con la FSR siempre me quedan ganas, así es que nuevamente persigo a José Luis.

Sin dejar de pedalear creo que estoy en la rambla mayor de Coto Cuadros, el terreno es muy similar. La pendiente es suave, suficiente para pedalear desenfrenadamente. La diversión comienza de nuevo, obstáculos imprevistos que me obligan a frenar bruscamente, bloques de piedra que ignorar y dejar que las ruedas, rueden y rueden… zig zags por todas pates, pequeños toboganes cuya recepción final es una angosta y culebrosa curva con talud incluido. Las piernas van en reserva pero los ánimos van desbordados, no hago caso a la quemazón que me invade desde las rodillas hasta la cadera, ignoro tales estímulos y no tengo en mente otra cosa que seguir de cerca a mi objetivo, que no es otro que la negra montura del dentista loco. Minutos de infarto, de diversión, de llevar la mente alerta ante cualquier situación, con la vista siempre unos metros por delante para ir escrutando el terreno y de forma casi instintiva resolver como pasar por semejantes rincones sin caer y morder el polvo.

Se me ha hecho interminable, ha sido un broche agotador y precioso.

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Unos hectómetros entre espesos matorrales y subimos nuestras ruedas al negro y rugoso asfalto. A dos esquinazos llegamos a la terraza del bar, donde nos van a dar un avituallamiento inolvidable. Yo elijo un bocadillo de bacalao desmigado, huevo duro, tomate en rodajas, aceite de oliva y pimientos rojos asados caseros. Con unas buenas cervezas lo embuto todo y dejo un pequeño espacio para el carajillo especial de la casa. Tanto me está gustando este brebaje (no puedo desvelar la receta por indicación del tabernero) que me lleno unos decilitros en  mi bidón para ir dando unos sorbos camino al coche.

Más de una hora nos ha costado superar la picaeta, ahora toca volver a Elda, una media hora más de bici pero en plan Verano Azul, no tengo ni chispas de ganas, ahora sólo pienso en lo confortable que puede llegar a ser el asiento de mi furgoneta. Acabadas las risotadas, las batallitas y las fanfarronadas, Milú se despide y el resto nos dispersamos aletargadamente dirección a la urbe zapatera.

Ha sido una mañana maravillosa, el carácter humano de estos felinos del Vinalopó cada día me seduce más, mis ingleses han sido cordiales y he visto que también han disfrutado de la compañía, hablando como los indios, pero han conseguido entre todos que la comunicación haya sido positiva.

La ruta me ha parecido muy equilibrada, divertida y con mucho picante en algunos tramos, no se puede pedir más para una mañana de sábado.

¡Gracias amigos!, hasta la próxima.

Os espero en el Chorquesado.

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