Mulhacén 2013

              Las tostadas crujen celestialmente al morderlas, el aceite de oliva inunda mi paladar, los sorbos de amargo café negro destruyen en un instante ese dulzor andaluz que inunda mi boca, nuevamente suena la corteza del pan entre mis dientes. Que desayuno tan agradable, la mañana se presenta luminosa, con una temperatura algo cálida pero no excesivamente alta. En silencio, Ernest, Diego y yo, vamos acabando los zumos de naranja y los últimos pedazos de tan deliciosas alpujarreñas. Nada mejor, antes de acometer una gran empresa, que un buen desayuno.

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                En un principio el plan  primigenio era el de pedalear desde la cota cero, al nivel del mar, hasta la cota más alta de la península, todo ello en una misma jornada, en una única etapa. Pero la sensatez de Diego y la conformidad incondicional de sus dos acólitos, hacen que establezcamos Capileira, una pequeña y  muy turística población granadina, como campamento base.

                La liturgia de ir equipándonos y poniendo las bicicletas a punto, nos ocupa poco tiempo,  no tenemos prisa alguna, entre jocosos comentarios y alguna que otra foto nos vamos dando cuenta de que la cuenta atrás ha finalizado.  Ahora todo cambia, las cosas se ven diferentes desde el manillar de nuestras máquinas, vamos a diferente altura y en posición de subir lo que nos depare la madre de nuestras montañas. Los ánimos estás frescos, las ilusiones a flor de piel, las fuerzas rebosantes, el entusiasmo se nos sale de las mochilas y la camaradería y compañerismo flotan en el ambiente de manera densa.

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                Voy a intentar subir todo lo que pueda a plato grande, con el treinta y ocho, no creo que acuse mucho el esfuerzo, me siento con fuerzas y cuando vea que la cosa se pone dura, pues… bajaré la cadena hasta un veintidós y a seguir aferrándome al manillar hasta llegar a la cumbre.

                Llegamos al primer mirador y paramos a contemplar lo alto que estamos, a lo lejos vemos una delgada línea plateada, es el mar. El barranco se encaja a la montaña, y Capileira con sus bonitas casas encaladas, salpica el verde del matorral, del pinar y el negro de la pizarra, siendo un referente bonito a la hora de disfrutar de las panorámicas.

                Vamos rodando por una amplia pista forestal, la pendiente se deja domar y cada vez que doblamos una curva los altímetros mueven sus dígitos de forma significativamente cuantitativa. El sol nos lanza sus rayos sin piedad, no hace mucho calor, pero se siente de forma diferente a estas alturas, pero no nos preocupa, vamos bien embadurnados de crema protectora solar. La vertiente Sur siempre es la más soleada y al no tener montañas que parapeten al astro rey vamos sintiéndole directamente, notando como quiere profanar nuestras epidermis y lacerar nuestro cuero curtido en mil montañas, valles y ramblas.

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                A ambos flancos nuestro camino está plantado de verdes coníferas, que están rompiendo el plano inclinado del terruño con su perpendicularidad al eje terráqueo, fieles a la gravedad, con ausencia de monte bajo o sotobosque. Las cunetas de la pista si están preñadas de lentiscos, romeros viejos leñosos, espinos, cardos y un sinfín de hierbas propias de estas cotas. Ernest y yo entablamos una conversación en la cual intentamos dilucidar que especie de pino es la que vamos contemplando y disfrutando. No llegamos a ningún consenso, pero no importa, los pinos van a seguir allí luciéndose y dando sombra, les pongamos o no un nombre y apellido.

                Los kilómetros pasan lentos, y el tiempo aún más.

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                Comienza a llamarme la atención la gran cantidad de mariposas que nos cruzan y revolotean entre los arbustos y hierbecillas. Las hay de distintas especies, de colores oscuros y también blancas con puntitos negros en sus alas. También me sorprende el gran número de saltamontes que hay sobre la pista  haciendo pequeños vuelos a nuestro paso, son grises y las alitas de un bonito azul turquesa pálido. Tal vez a mucha gente le pueda parecer extraño, pero yo disfruto mucho de estos detalles  entomológicos y botánicos, son los que hacen distintas las rutas, las que le dan ese sabor bucólico, los que hacen que mi conexión con la natura sea más real y más mágica si cabe. La ornitología seguro que ha de reservarnos muchos caprichos a lo largo de nuestro periplo, pues comienza dándonos sombra una rapaz de tamaño medio, que nos deja embobados contemplando su planeo majestuoso. A los pajarillos no los hemos visto, pero si escuchado sus trinos y gorjeos, son la banda sonora de esta mañana tan estupenda.

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                Nos encontramos con una barrera que impide el paso a cualquier tipo de vehículo motorizado, y si cuando el guarda nos hace la pregunta del millón no sabemos la respuesta, también esta barrera nos podrá impedir el paso a nosotros. Me explico: resulta que si al llegar a la barrera le dices al joven mancebo que allí hay, bostezante, cabizbajo y medio aletargado, que vamos a subir al Mulhacén, nos niega  el paso, pero como Diego se sabe las palabras mágicas, nos saluda cordialmente y nos desea un bonito día. Las palabras no son “abracadabra pata de cabra”, ni “ábrete sésamo”, sino: “vamos al Veleta”. Es curioso, pues nadie sabrá hacia donde nos dirigimos, la bifurcación de caminos está a kilómetros de la barrera y obviamente no vamos a girar los manillares en dirección al pico más bajo, los vamos a forzar hacia la cumbre, hacia el techo de la piel de toro, para eso estamos aquí, a sabiendas de que nos estamos convirtiendo en infractores de la administración autonómica o nacional, o local, o espacial, quién sabe qué narices estamos infringiendo, pues no hemos visto ninguna advertencia legal desde que hemos salido desde Capileira, así es que con la etiqueta de malos malotes, seguimos pedaleando, sudando y disfrutando.

Llegados al mirador de Trevélez, optamos por no perdernos esos minutos de contemplación que se merece semejante paisaje. Nos dejamos caer sobre las lascas de pizarra sueltas y con ese mini momento de gozo, nos colocamos sobre el abismo, ante el barranco. Dos amables montañeras acceden a hacernos una bonita fotografía, de las que luego uno disfruta recordando el momento.

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Ya van casi dos horas de pedaleo y les hago la recomendación de parar a comer algo, es necesario echar algo de carbón a las calderas si queremos que las piernas sigan avanzando al mismo ritmo y con la misma alegría, pues no se debe esperar a tener sed o hambre en este deporte, hay que anticiparse un poco al encendido de la lucecita roja de reserva de combustible. En lo alto de un colladito, apretamos las manetas de freno y abrimos las mochilas, en cuestión de segundos el ágape está dispuesto: frutos secos, fruta fresca, y barritas energética. Y como al olor de las sardinas, en vez de un gato, se nos acerca Pepe, un bombero jubilado con ansias de llevarnos a Marruecos de viaje, no dándose cuenta de que está con Ernest y con el Sincrolador, dos empedernidos viajeros, que se pasan la vida organizando saraos deportivos en todas direcciones y que no necesitan más que una conexión a internet y un buen café para preparar una excursión hasta el mismísimo infierno si es necesario.

                Despedida con apretón de manos y muchas ganas de seguir subiendo. Y así lo hacemos, aferramos con fuerza los manillares y movemos las bielas de forma rítmica y casi acompasada. Nos quedan aún unos kilómetros de pista antes de tomar el atajo a la tierra prohibida.

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                Ernest, nos hace ver que nos hemos pasado, una escondida senda entre las lascas de pizarra, se esconde sinuosa y algaida. Giramos a la derecha y comienza el tramo tortuoso, el verdadero Vía Crucis del día. Las posiciones quedan establecidas desde el primer momento, el veterano se acopla la primera posición, Diego le sigue a la zaga y el que os cuenta la batallita se conforma con perseguirles.

                El paisaje ha cambiado radicalmente, el escenario de alta montaña es inconfundible. A duras penas hay vegetación que supere un palmo de alto, al fondo veo pequeños neveros, tanto en nuestra meta como en el Veleta a nuestra izquierda. La fauna se reduce a los ciclistas, montañeros y cabra montés, la entomología se minimiza de manera radical, alguna mariposilla perdida, hormigas que andan aprovechando el final del verano y la endémica cigarra élite (baética ursulata), que con su brillante abdomen corretea por toda la montaña. Evito pisar estas joyas, son insectos que a priori parecen grillos, pero como traigo los deberes hechos de casa les reconozco al vuelo, a pesar de que no vuelen.

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                La distancia apenas se consume, pero mis fuerzas sí que lo van sufriendo, siento que cada vez voy más cansado, la falta de oxígeno me está afectando, lo sé porque veo que se me mueven las piedrecitas del camino, así es que para evitar que el soroche o mal de alturas me impida acabar con éxito  mi empeño, bajo el ritmo de pedaleo y comienzo a ver cómo se van recortando  las siluetas de mis dos compañeros en el zigzagueante horizonte, es un auténtico contraluz celestial, las nubes plomizas dan una luz sombría al entorno y oscurece los perfiles de mis ciclistas. Yo sigo a mi ritmo, aquí nadie es mejor que nadie, o por lo menos yo me creo de esa manera, me encanta ver como devoran metros mis amigos, pero yo interiormente sé que he de pulsar el botón de “modo zombie”, o de lo contrario saltarán todas mis alarmas metabólicas.

                Los minutos son interminables y los hectómetros se alargan y se alargan. Diego me espera de vez en cuando en alguna curva de herradura, y le sigo con gusto, mientras que Ernest no ceja en su progresión, sigue en la misma posición, manteniendo su cadencia, dando muestras de su poderío físico y deportivo.

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                El sendero cada vez es más técnico, combina desnivel, gravilla que hace que te hundas en ella y puedas perder la tracción, roquedo emergente que hay que ir salvando tirando del manillar, placas de pizarra que sortear pues si las pisas corres el riesgo de poner el pie en el suelo y aunque no pasa nada por tener que arrancar de nuevo, el amor propio y el orgullo, quieren hacer de un tirón toda la etapa, luchando y batallando hasta el final.

                Interminable, pregunto a Diego cuanto nos queda y con cara de circunstancias me dice que estamos en la cota tres mil cincuenta.  Me recoloco en el sillín y sigo ascendiendo a mi ritmo, que casi es el de un funambulista sin red  en un circo de tercera, pero es mi ritmo.

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                Nos encontramos con ciclistas que bajan, han madrugado y están disfrutando de su recompensa. Nos saludamos rápidamente y continuamos. Nuevamente tres ciclistas van removiendo la senda a gran velocidad, pero estos tienen algo diferente y es la falta de educación, respeto y deportividad, no nos respetan en absoluto. Cuando ocurre un encuentro como este, el ciclista que baja ha de ceder el paso al que sube, quien va sufriendo el esfuerzo y se encuentra más cansado. Pues estos tres imbéciles no sólo no respetan a mis dos compañeros, sino que el último colisiona conmigo, el muy inútil frena, pero no cambia de lado en la senda y acaba golpeando su rueda delantera con mi cubierta, haciendo que tenga que poner los pies en el suelo y pierda la concentración que desde hace mucho me está sirviendo para ascender convencido y contento. Le insulto gravemente, intentando herir su sensibilidad de hijo, pero no consigo que pare para explicarle algo con mis manos, se sube raudo a su bici y continúa su descenso. La sangre me hierve, vuelvo a continuar mi marcha y en vez de ir sonando Iron Maiden en el interior de mi cabeza, cuya batería y bajo van marcando mi marcha, voy mascullando y blasfemando ante la imagen de semejante ceporro, que seguro  será de los que hacen que a los ciclistas nos vean en muchos entornos como auténticas amenazas y no como deportistas que disfrutan del medio ambiente y lo cuidan al máximo.

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                El rebaño de rumiantes aumenta, cada vez son  más los ejemplares que se asoman al camino a vernos subir con la torpeza que nos caracteriza y preguntándose por qué nos cuesta tanto. El último nevero queda a mi derecha, algunos pajarillos picotean entre la nieve buscando algo que llene sus buches, el contraste de color es un regalo para la vista.

                Hace un rato he perdido de vista a mis amigos, me encuentro ante un cruce y la duda me atropella, no estoy para pensar, así es que ante semejante situación opto por seguir el camino más duro, el que tiene más pendiente y más piedras en el camino. Me doy cuenta de que no me he equivocado, a lo lejos distingo el casco blando de Diego y un montón de siluetas recortándose sobre la cima, no hay nada por encima de ellos. Esto me devuelve un plus de energía y los últimos quinientos metros me los pedaleo con brío y hasta me atrevería a decir que con rabia. Disfruto subiendo mis veintinueve pulgadas de rueda por los pedruscos ignorando la trazada del camino, queda poco y saco las reservas a correr por el monte, el fresco aire de la cima me devuelve la entereza y seca un poco mi cara, que salitrosa del sudor va sonriendo cada vez más, el objetivo está superado, voy a poder situarme en el punto más alto, voy a coronar el Mulhacén.

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                Hay que descabalgar para poder flanquear los últimos metros, agarro el cuadro de la Stumpy y me la echo al lomo, sin miramientos voy subiendo escalones de piedra y en unos tres o cuatro minutos ya está todo hecho, he llegado al final del camino, he conseguido el reto que hace unas semanas nos propusimos Diego y yo.

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                Ernest me abraza, Diego le sigue, que alegría, que gozo, que extraña sensación, el punto está lleno de montañeros que fuman, comen y hacen fotografías de forma agresiva como si fuera lo último que van a hacer en sus vidas. Pensé que sería algo más íntimo, pero no puedo quejarme, todos tenemos derecho a estar aquí, a poder ver las impresionantes panorámicas. Mi compañero de Santa Pola, experimentado montañero, conocedor de mil montañas y sierras, fiel visitante de este punto geodésico, nos describe todo lo que podemos ver en cualquiera de las cuatro vertientes, desde la laguna de la mosca, la vertiente de las siete lagunas y un sinfín de nombres que soy incapaz de recordar, pero que están dando un tinte de lujo al momento. Nosotros también nos hacemos las fotos pertinentes para poder tener el recuerdo de tan místico momento.

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                Ahora toca el momento más vicioso y tal vez hasta libidinoso, el descenso. Mis dos compañeros llevan tijas telescópicas, pero yo he de parar un segundo y reducir el recorrido de la mía a mano. No importa, son dos segundos que preceden a una auténtica orgía de adrenalina y otras muchas hormonas que me van a excitar casi hasta el clímax más salvaje.  Apenas he recorrido unos veinte metros, cuando veo que Diego, que está parado delante mía, comienza a hacerme gestos para que pare, pues me he lanzado el primero y sin miramientos. El motivo es que Ernest ha recogido mi mochila, que he olvidado junto al punto geodésico, ¡Dios mío!, si él no recoge la mochila, nos hubiese tocado, o mejor dicho, me hubiese tocado subir de nuevo a la cumbre, pues en ella llevo la llave de la furgoneta, y sin la misma, imposible sería regresar a ninguna parte. Qué gran catastrofe si el grande del Santapolero no llega a estar atento. Así es que me detengo, y le veo lejos, pero con los brazos en alto y mi mochila colgando.  Dejo la bici en el suelo y como un colegial haciendo el test de Cooper me pongo rumbo a mi mochila.

Los primeros hectómetros son brutales, escalones retorcidos, angostos pasos entre pedregales, pendientes caprichosas y un sinfín de montañeros que bajando disfrutan al vernos levantar las bicis saltando todo lo posible en algunos escalones. Ernest, más moderado nos sigue a corta distancia, pero Diego va dejando una estela de polvo inconfundible, yo intento seguirle, ignoro las manetas de freno y retuerzo hasta el último taco de goma de mis ruedas en las curvas. La velocidad oscila entre los cuarenta y cincuenta kilómetros por hora, toda una locura si el más mínimo fallo acontece,  pero mejor no pensar en ello, y seguir aferrado al cuadro, tensando los muslos y sintiéndome soldado a la bicicleta.

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                El aire frío choca contra mi chaqueta negra, ese sonido abrumador me alienta cada vez más, hace que no escuche el crujir del camino a mi paso, ni los latidos de mi corazón que seguro rebasan las ciento cincuenta pulsaciones, voy cardíaco, inyectados y acuosos llevo los ojos, que van cincuenta metros por delante de mi rueda, escrutando el terreno para ir diseñando la ruta más viable y a la vez divertida. Me he cambiado las gafas, ahora los cristales amarillos amplifican la luminosidad y me permite ir más seguro.

                Las manos comienzan a dolerme, los antebrazos van inflamados, los cuádriceps van congestionados sobremanera, los pies soldados a los pedales. No se acaba el descenso. En algunos tramos podemos pedalear al máximo, aumentando la velocidad hasta llegar a los sesenta kilómetros a la hora. Diego vuela, se acuesta en los peraltes, y tanto es así que en uno de los brincos su rueda trasera estalla.

                La sustitución de la cámara nos sirve para relajar un poco la tensión, hasta Ernest tiene cara de sádico, jajaja… pero como buen ciclista, en un santiamén todo está en su sitio y continuamos el descenso. Nos quedan pocos kilómetros de pedregal rajado y retorcido. La pista forestal será nuestro siguiente circuito, por donde iremos pedaleando de manera incesante y con la cadencia máxima que cada uno pueda imprimir a sus bielas.

                La temperatura desciende y pasamos la barrera del Portillo, así que ahora hemos de bajar disfrutando pero más cautelosos, pues nos podemos encontrar con vehículos que suben hacia el aparcamiento del puerto.

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                Las últimas curvas saben agrias, la fiesta se acaba, la aventura llega a su fin y los cuerpos comienzan a languidecer, los niveles tóxicos de nuestra sangre comienzan a descender. Llegados al asfalto de la población vamos estirando hombros, espalda y todo lo que se puede.

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                Un increíble abrazo nos une a los tres en un momento mágico, en el que dejamos las bicicletas apoyadas sobre mi furgoneta y nos quitamos los cascos y guantes. Todo ha terminado, hemos cumplido nuestro objetivo y además lo hemos disfrutado como sólo los integrantes de “La Revolusión” sabemos hacerlo, con: deportividad, amistad, compañerismo, cachondeo, picardía, sarcasmillo, y hermandad.

                Este periplo, esta odisea, ha acabado mejor que la de Ulysses, ha acabado con tres tercios de cerveza, que incólumes nos hemos bebido de forma conspicua.

6 Comentarios Agrega el tuyo

  1. pela dice:

    Vaya tela, me descuido un momento y mira todo lo que estas haciendo…..

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    1. Estás muy atareado… sólo deberías mirar más a tu alrededor, jijjijijijijiij

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  2. Ernest dice:

    jejeje, en tú línea, Luis!, muy amena la crónica; no aparece el “backpack lost and found” jejejeje, ni el del “club de bikers muy gays” jajajajaja..pero no importa, eso se deja para comentarlo en vivo y en directo con los colegas, no? abrazos, Sincro!!!

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    1. Ostrásssssssss, lo de la mochila se me había olvidado, descuida que rectifico la crónica…. uffffffffffffff, I’m sorry tío !!!!!!!!!!

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  3. Qe cracks!!!! Menudo patrimonio estáis dejando con tus crónicas y vuestros tracks

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    1. El patrimonio es vuestro tiempo leyéndolas y vuestro entusiasmo para con el escritor de las mismas.

      Gracias por pasar por este humilde ricón de un cojito que disfruta contando sus peripecias.

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