Los Molinos de Motril

Hoy no tenemos hora para el toque de Diana. Podemos dormir a pata suelta, ayer nos ganamos el descanso  con creces, en escasos cuarenta kilómetros ascendimos más de dos mil quinientos metros de desnivel positivo. Los cuerpos acabaron con las fuerzas mermadas, aunque no exhaustos. El estridente ring del teléfono nos despierta, es Diego, que lleva un buen rato despierto y aburrido,  tiene ganas de marcha.

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                Reunidos los tres jinetes, volvemos a darnos un buen homenaje a la hora del desayuno. Momento este en el que descubrimos nuevamente la gran afición de los lugareños por el hielo a la hora de servir cualquier bebida. La primera noche en una pizzería nos ofrecieron la posibilidad de bebernos las cervezas pertinentes en una jarra con dos cubitos de hielo, algo que nos sorprendió, pues jamás hemos visto servir la cerveza con hielo. El camarero nos dijo que era lo propio para evitar que la bebida se calentase, a lo que con un lánguido y escueto movimiento de hombros declinamos. Y esta mañana en la confitería que estamos usando como base de avituallamiento, nos ofrecen los cafés con unos vasos de tubo llenos de hielo hasta la boca. Imagino que será para que podamos estar horas con el mismo café y así evitar que se caliente, o por lo menos eso creo. Sea como fuere, no somos practicantes de estas maneras locales, optamos por ignorar el hielo y continuar con fruición nuestras tostadas.

                El plan para esta mañana de domingo es dirigirnos a Motril y ascender a un cabezo sobre el que hay unos molinos eólicos que dan frente a la sierra de Lújar.

                Comenzamos en las afueras de la ciudad, Motril es una población más grande de lo que hubiese imaginado, hemos cruzado más de tres kilómetros  hasta llegar a una carretera secundaria que nos ha mostrado nuestro objetivo, que se divisa cubierto de nubes.

                Los frutales tropicales son los dueños de los parajes, tanto aguacates como chirimoyas, abundan en invernaderos, plantaciones extensivas y de forma salvaje en los márgenes del camino.  Es una gozada disfrutar de entornos distintos a los que uno está acostumbrado. El clima tropical de la zona es muy exclusivo y favorece la explotación de este tipo de productos tan apreciados.

                Desde que hemos montado en las bicis, no hemos dejado de subir, con más o menos gradiente, pero siempre ascendiendo. De momento por vías asfaltadas, pero sé que el track elegido por nuestro Zahento Revolusionario, en breve nos abrirá las puertas al terruño y comenzaremos a manchar de polvo nuestras cubiertas y pantorrillas.

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                No es lo más recomendable, pero el cuerpo me pide ritmo y se lo doy, me pongo en cabeza y comenzamos un angosto devenir de curvas que van retorciéndose y estrangulando cerros y collados sin cesar. Se nota que hace tiempo que no pasa nadie por estas sendas,  están preñadas de matorrales que hacen casi imposible franquearlos en algunos puntos. El verde ha invadido el marrón del camino. Los cardos nos van azotando los tobillares con sus secas espinas. Diego me sigue y el Ernest, sabio y veterano en mil batallas va guardando fuerzas.

                La temperatura es alta, pero lo más angustioso es la humedad ambiental, es brutal, la sensación térmica es increíblemente asfixiante, vamos con las ropas empapadas en sudor, la barbilla me gotea como un viejo grifo mal cerrado. Los rayos de sol caen con una perpendicularidad pasmosa sobre nosotros, creo que ni la espada de Damocles tiene un filo tan acerado como el de estos rayos.

                Los minutos pasan, pero no los kilómetros, el ritmo es lento. El guía nos para en un punto donde aparentemente no se observa nada, pero la cartografía del dispositivo gps dice que tenemos que girar a la izquierda, y efectivamente, tras unos arbustos tenemos un viejo camino abandonado.  Lo que vemos es una pendiente que tiene muy mala leche, está empinada y llena de cortezas y ramujas de pino, la tracción ha de ser la justa para evitar el  derrapar y poner los pies en el suelo, en una cuesta como esta es casi imposible retomar el pedaleo una vez que paras. Con las lenguas fuera y los ánimos aguerridos,  la subimos y continuamos dando pedales en las siguientes, que tampoco se quedan desmerecidas con respecto a las anteriores.

                A nuestra izquierda vamos viendo un sinfín de pistas y caminos que cicatrizan el verde del pinar, alguna de esas cuerdas marrones será la que nos guié en la vuelta, seguro. No me preocupa, el dueño del gps sabe muy bien cuál va a ser nuestro itinerario de retorno.

                La humedad me está pasando factura, voy agotadísimo, paramos en una fuente con un pilón para que las bestias puedan abrevar, y como no soy menos que ninguna de ellas, arrimo mi bidón al nacimiento de agua y lo relleno. No es recomendable beber de estas aguas, pero necesito refrescarme y no temo a unas correntías furtivas.

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                Más de una hora de pedaleo nos está costado esta subida, ahora sí que voy notando los metros de acumulado positivo de ayer, y los meses que he estado convaleciente sin apenas poder entrenar. Paramos en un llano previo a la última subida. Pero el cicerone dice que hemos de tomar la carretera y bajar un poco hasta encontrar la continuación del track. Dicho y hecho, pero nos encontramos con un vallado muy nuevo y con un cartel de prohibición bastante claro y conciso. Tenemos que deshacer la última cuesta abajo por la carretera, y lo hacemos al más puro estilo carretero, haciendo relevos.

                El último esfuerzo está frente a nosotros. Un camino viejo, ancho y con tramos salpicados de hormigón rallado y desmigajado. Diego se escapa,  el de Santa Pola también, yo sigo con mi ritmo, el que me hace llegar a todas partes. No les pierdo de vista, pero sí que dejan un buen trecho hasta mi posición. El calor y la humedad me están haciendo carbonilla, llevo las zapatillas encharcadas, los guantes chorrean sudor y mi perilla parece un grifo de salado caldo de Sincrolador.

                Los molinos comienzan a verse entre los pinos, las últimas cuestas están a mi frente, así es que he de castigarlas como se merecen, bajo la cadena dos piñones y me pongo de pie, me siento aún con más brío y bajo otros dos piñones y así, pedaleando de pie, culmino el punto más alto de nuestra mañana. Reunidos los tres, nos avituallamos levemente y nos ponemos prendas de manga larga para comenzar el descenso.

                El más ágil es el jumillano, quien con su bestia parda comienza a comerse todos los obstáculos y grietas que el culebreante sendero nos presenta. Yo le sigo endiablado, con unos noventa milímetros de horquilla, frente a los ciento treinta suyos, tanto traseros como delanteros. Le persigo como si en ello me fuese la vida, aunque no consigo darle alcance. La bajada es rápida, muy rápida, discurre por un viejo camino estrecho que las lluvias han destrozado y tiene grandes grietas y montones de rocas y tierra desprendidos de la ladera izquierda. La vegetación tampoco ayuda, pues los romeros han crecido por la zona de rodadura y hay que saltarlos o sortearlos de manera improvista, pues a cada curva los obstáculos crecen y nos desafían sin el menor escrúpulo. Aún así, vamos bajando endiablados, disfrutando y sintiendo cada vez más dentro nuestra droga favorita: la adrenalina. Sustancia que hace que bajemos con las comisuras desencajadas, los ojos inyectados en sangre y los cuerpos tensos al límite, sintiendo como vamos derrapando en los peraltes y volando a cada escalón o raja perpendicular a nuestras ruedas. Es una locura, bajar así por un lugar desconocido y con tan poca visión, pero es nuestro signo, es nuestro “Bicio”.

                La recompensa de tanto subir siempre es la misma: el descenso. Lo malo es que se acaba mucho antes.

                Llegamos a la carretera y Diego comienza a tirar fuerte, los ánimos están a tope, hemos pasado un mañana guapísima y la ruta no ha decepcionado en lo más mínimo, sino que ha sido todo un deleite. Ernest se apunta al mundo del hachazo y del chupar rueda, y volando como kamikazes llegamos a la población, relajamos ánimos y callejeando volvemos al punto de inicio.

                Nuevamente hemos rodado unos escasos treinta y ocho kilómetros y hemos acometido más de mil quinientos metros de desnivel positivo acumulado, toda una ruta para piernas hambrientas.

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Luis, cuídate que ya estas algo mayor, no hagas esfuerzos e hidrátate convenientemente. Ya sabes que el agua de cebada es la mejor garantía.

    1. Tendré que hacerte caso, esta tarde con el bocadillo de atún y tomate me tomaré una cervecita, para que veas que soy un chico aplicado.

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