Cosas de viajero.

     Estas han sido dos de las perlas del viaje que el pasado 24 de agosto hice a Granada, donde pude culminar con éxito el Mulhacén, acompañado de dos grandes amigos.

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CONSEJO DESATINADO.

Tras un conversado viaje desde Murcia, llegamos a Salobreña, todos tenemos unas expectativas muy buenas, esta aventura las merece, pero… no sabemos que hemos llegado a tierras ignotas, y por lo tanto vamos a conocer a individuos con usos y costumbres distintos a los nuestros,  sólo son diferentes, nada más.

            Comenzaré por el episodio de la pensión, os voy a describir con detalle cómo era el cubil en el que nos instalamos Ernest y yo, pues Diego se quedó como es natural, con su padre, en su casita de la playa. Creo que si hubiese que ponerle título, sería algo así como “Pensión Cutre Luxe”, o “La Santísima Trinidad”. Nada más llegar notificamos la baja de Diego como huésped y rápidamente y sin angustia alguna, Doña María Angustias (la regenta), nos dice que da igual, que hay que pagar su cama y punto. Y de seguido nos explica el misterio de la Santísima Trinidad, cómo asearnos en esa casa de  hospedajes. Nos da un girón de papel con la interminable clave wi-fi y un mapa lleno de cruces y animales patagónicos extintos. La conexión a internet en los tiempos que corren es algo crucial, pero el asearse es indiscutiblemente primario, y en esta pensión si queremos mantener nuestras costumbres de higiene diarias y básicas, hemos de realizar ejercicios de orientación cuando menos, o tal vez un triatlón, pues  se deben superar tres pruebas para poder salir a la calle limpitos y brillantes.

1ª Prueba: nada más entrar en la habitación, al frente, insertado y aislado, en uno de los tabiques hay un sencillo lavamanos de color marfil, que muy acertadamente el día de la instalación fue de color blanco. A su alrededor hay una mesa, un armario y dos camas, ni tan siquiera un aplique triste donde colocar una toalla, o una balda en la que dejar las cosas de aseo personal. Luego… en la habitación sólo podemos lavarnos las manos, dientes y la cara, nada más. ¡Ah! Sólo hay un grifo y sin opción de agua caliente.

2ª Prueba: Al final del pasillo, nos encontramos con un encajonado retrete. Para acceder a él, hay que reverenciarse, pues la puerta no tiene más de un metro sesenta de altura y las cabezas peligran seriamente, el marco de la puerta es de madera vieja y tiene pinta de estar duro. Una vez dentro, es como la cabina del Apolo XIII: escueto, ajustado, reducido…., frente a la taza del inodoro hay otro pequeño lavamanos, justamente instalado a la altura necesaria para que te puedas lavar los dientes mientras los movimientos peristálticos sacan fuera lo peor de nosotros.

Así vamos, primero nos lavaremos las manos en el cuarto de dormir, y tras recorrer los cincuenta metros libres de pasillo y sortear una salita de fumadores, podremos aliviar nuestros intestinos y volver a lavarnos los dientes, manos y caras. Ahora falta, algo crucial: una ducha.

3ª Prueba: Si queremos darnos una limpieza integral, y dejar el cuerpo limpio y relajado, tenemos que ir al cuarto de la ducha. Hay que recorrer tres cuartos de un largo pasillo, bajar unas escaleras con rellano incluido, para que podamos descansar y tomar una barrita energética, atravesar el recibidor de la pensión, dos puertas a modo de cancela y llegar a un patio, que más que eso parece una vieja prisión musulmana en tiempos cervantinos. Llegados al ansiado momento de la ducha, nos vemos en una diáfana salita, con un espejo desvencijado, un suelo despejado y en las esquinas del fondo hay un plato de ducha de no más de cincuenta centímetros cuadrados, sin una manguerita de ducha y en la otra esquina, una bañera pequeñita, pequeñita, que te permite ducharte y sentirte en el recuadro final de la rayuela, a pies juntillas y guardando el equilibrio para no salirte ni caerte. Por supuesto, no existen ni cortina ni mampara, así es que a mojarse como los patos, salpicándolo todo sin miramientos, cualquier tipo de aspaviento es válido. La bañera, se me olvidaba comentaros que tiene la forma de una pila de lavar y tal vez el mismo tamaño.

            Ahora ya está todo… después de una buena media hora, he podido subir a la habitación y vestirme para poder comenzar el día, eso sí, habiendo saludado a todos los huéspedes con el torso desnudo, y la toalla enroscada a la cintura mientras sorteaba los jazmineros del patio. Impresionante, pero cierto, en el siglo XXI aún existen corrales como este, menos mal que lo mantienen pulcro y bien pintado, porque de lo contrario me hubiese abrazado a la filosofía de los perro flautas y me hubiera pasado las dos noches del fin de semana durmiendo en la furgoneta y aseándome en el Mare Nostrum.

            Otra de las cosas que me sorprendió fue que en la planta baja, tanto Ernest y yo, pensamos que algo malo pasó en el pasado, pues había un rincón con unas escaleras que llegaban hasta la mitad del vano y acababan en ninguna parte, la continuación no existía, era tabique perpendicular y adusto. Tal vez serviría para que algún poeta se sentase en ellas y escribiera poesías sobre viajes a ninguna parte.

            En fin… como toda buena pensión seguro que tiene mil historias que contar, y esta ha sido parte de la nuestra, pues hay cosas que por decoro y respeto, me las voy a guardar en el bolsillo.

DELINCUENCIA DEPORTIVA.

            Sentados ante un buen desayuno, y tras haber descansado plácidamente, no dejamos de comentar todos los aspectos relevantes a la actividad reina del día, que no es otra que la de ascender con nuestras bicicletas de montaña al punto más alto de la península ibérica: El Mulhacén.

            Sabemos de antemano, que está prohibida su ascensión de cualquier otra forma que no sea caminando. Nos han dejado muy claro, menos por escrito, pues no hemos visto ningún cartel que indique la norma legal que rece dichos extremos; que nuestra gesta tiene tintes delictivos, pues vamos a desobedecer los mandatos administrativos y los preceptos legales que dicen que si quieres coronar la península, has de ir andando, en bicicleta no puedes. Tal vez sea por la contaminación de nuestros tubos de escape, o por la contaminación acústica de nuestros motores, o posiblemente porque algún aburrido político de turno, desde su despacho se esté vengando de aquel o aquellos ciclistas que le levantaron las pegatinas algún día por el monte, mientras lucía su bicicleta de miles y miles de euros, que él pensaba que subiría sola y correría más, por el mero hecho de ser la más cara de la tienda y tal vez del catálogo de esa marca.

            El caso es que para impedirlo sólo han colocado a un guarda, una barrera y una caseta para que pueda dormir la siesta el joven que la atiende. Curiosamente, hasta llegar a este punto, hemos sido invadidos por nubes de polvo y humo, desde la coqueta población de Capileira. Dichas nubes son fruto del tráfico a motor de la zona, incluso la Junta de Andalucía fleta autobuses que circulan por dichos lares (propulsados con viejos motores de gasoil y no eléctricos), en los que no hay más que vegetación de alta monta y en teoría aire puro.

            El guarda nos hace el alto, nos interroga sobre nuestras intenciones, y a modo de cuestionario, nos articula la siguiente disyuntiva: ¿A dónde van ustedes?, a lo que rápidamente Diego contesta que al pico Veleta, pues sabe la respuesta adecuada para poder superar el trámite. Conforme y satisfecho, el joven uniformado nos da su bendición y continuamos el ascenso. Su única intención es escuchar que no vamos al Mulhacén, con eso queda satisfecho, no quiere más.

            A lo largo del camino no he visto envoltorios, pero si he ido viendo el rastro que los fumadores van dejando: colillas. Perplejo me he quedado al coronar la cima, y al escrutar mis alrededores para saber bien en donde me hallo, viendo el tapiz de colillas de todos los colores y marcas que alfombran el Mulhacén. Vergonzoso: envoltorios, plásticos, tapones de botellas, restos de papel de aluminio y toda clase de restos inorgánicos procedentes de las  mochilas de los visitantes. ¿Esa no es una conducta impropia y contraria al ecologismo? ¿Acaso son los ciclistas quienes dejan las colillas? ¿He de seguir sintiéndome mal por no haber cambiado ni una sola piedra de su lugar y además no haber hecho otra cosa que guardar todos mis envoltorios en mi mochila? ¿Entiendo que todos los pintarrajos, nombres y fechas, escritos en el roquedo de la cumbre es obra únicamente de los ciclistas?

            El camino es una pista forestal amplia, compacta, bien cuidada, sin tramos desgajados. No he visto ningún fragmento erosionado por derrapajes de ruedas de bicicleta, ni manchas de aceite de las cadenas, ni envoltorios de barritas energéticas ni ningún otro tipo de basura como pieles de plátanos, mondaduras de fruta, etc… No acierto a comprender que mal estoy haciendo, o qué estoy dañando.

            Las horas que hemos empleado para culminar nuestra ruta han ido compartiéndose con montañeros que han accedido a hacernos fotografías a los tres juntos, y con los que hemos mantenido pequeñas conversaciones. También nos hemos cruzado con otros ciclistas madrugadores que iban de vuelta y nos han saludado amablemente. Creo que todos los montañeros con los que nos hemos topado han disfrutado al vernos retorcer los cuadros de nuestros engendros, sobre la senda empedrada que hacía frente con su descarada pendiente.

            Nos hemos cruzado con muchas hormigas, mariposas, insectos parecidos a los grillos y muchos saltamontes, me atrevo a decir que no hemos estresado a ninguno de ellos, y la cabaña de cabra montés que hemos visto en la cima, ha seguido rumiando alegremente, sin percatarse de nuestra presencia.

            Después de todo esto, aún sigo preguntándome que he hecho mal, por qué me han prohibido este placer, por qué dicen que soy un infractor, por qué… por qué… sólo he practicado deporte, de forma limpia y respetuosa con el medio ambiente. Por qué nadie nos da una explicación del por qué no se puede acceder a esa cota máxima en bicicleta. Por qué he de llevar en la recámara unas excusas preparadas por si algún agente medioambiental me entrevista, y por qué habré de mentirle sobre mi identidad si desea rellenar un acta-denuncia sobre mi conducta, ¿por qué? Mi razón y mi pobre entendimiento no alcanzan a dar respuesta a todos estos interrogantes.

            Al guardar mi bicicleta en el coche, no me he sentido más que orgulloso, feliz y alegre de haber podido llevar con éxito el propósito que me traía a estas tierras, en ningún momento me he sentido un delincuente, como desde algunos despachos me quieren hacer sentir, en absoluto, me he sentido un hombre libre y capaz de poder pedalear luchando contra la falta de oxígeno y la dura pendiente; hombre que se ha vuelto a superar personal y deportivamente, una vez más.

            Desde mi blog, os invito a que sigáis pedaleando, siendo respetuosos con el medio ambiente y llenando vuestros interiores con la belleza que la natura nos brinda por doquier.

5 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Lola Roselló dice:

    Estoy con el Brother, en nosotros está el cambio. Con muy poquito cada uno, podemos conseguir mucho. Disfrutar del monte y respetarlo van de la mano!!
    Crónica divertida, entretenida y amena. Me ha gustado mucho leerte!! Recuerdos a la Sra. Angustias 😛 jejeje

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  2. El Brother dice:

    ¡¡ Que grande eres !! me ha divertido el relato de la pensión 🙂 jejejejeje…. El otro tema es un mal que desgraciadamente sufrimos cada vez mas, ya no se si es por falta de educación, por civismo o sinceramente por que les da la gana, fumadores tirando colillas, cazadores tirando cartuchos, bolsas de plástico, botellas, etc… desgraciadamente hay gente que no cambiará, pero en nosotros esta que haya un cambio. Saludos Tio Grande 🙂

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    1. Tienes toda la razón.

      Me alegra leerte, hace años que no nos vemos, y es una pena, me gustaba mucho pedalear por vuestro Cabezo, no olvido la vuelta que me distes una tarde de verano.

      Un abrazo fuertísimo.

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      1. saurikad dice:

        jajajajaja….¡¡ que recuerdos !!

        Ya sabes nenico que cuando quieras pedalear por “mis lares” estas invitado ;).

        Sobre el hilo de antes, comentarte que el sábado pasado en un entrenamiento de btt nos encontramos mi cuñado Antonio y yo un aguilucho herido de bala, el ejemplar era una preciosidad (por cierto había nacido en París), pero lo que mas nos mosqueo eran las marcas en sus alas, eran las etiquetas que les ponen para identificarlos. Llame a mi cuñado Pedro que tiene contactos con la protectora de animales y el seprona y montamos un dispositivo de rescate :).

        Ahora se recupera en el centro de forestales del valle.

        Aquí puedes ver la foto de cuando lo transportábamos

        Un abrazo fuerte maquina 🙂

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      2. saurikad dice:

        Por cierto soy el Brother….he puesto el comentario con saurikad sin darme cuenta…jejejejeje….. Saludos 🙂

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