Los Maestros de Lorca.

         19297_590012771012222_722163747_n      Hoy toca Sierra Espuña, la catedral del ciclismo de montaña murciano. Vamos a escuchar el pistoletazo de salida en El Berro, una bonita pedanía enclavada en el corazón del gigante lítico.

                Me acompaña Julián, mi vecino, con quien disfruté de mis primeras salidas en bici por las montañas del Valle de Ricote. También están a punto de llegar los integrantes del Grupo de Los Maestros de Lorca. No están todos los que son, pero son todos los que están. Ya ha llovido mucho desde que pedaleé por última vez con ellos y algo menos desde la última ruta que compartimos, lamentablemente la hice a lomos de un quad, mi pie estaba en plena efervescencia neuropática, y ciertamente, les echaba mucho de menos.

               2013-01-26Espuamaestros16               Para ir haciendo boca, vamos subiendo y subiendo, dirección al barranco de la Hoz. El asfalto nos va a ir castigando hasta llegar a una planta embotelladora de agua mineral, a partir de este momento nos metemos en harina. Ascendemos por una pista desmembrada, lacerada por las lluvias, con una textura granítica e irregular. Es zona de umbría, el sol no llega hasta nuestras figuras, y el viento se filtra por el valle. El efecto Venturi acompaña a los vientos en este embudo del valle, al ir estrechándose el paso, el viento sopla con más fuerza, adquiere una velocidad vertiginosa, que nos hace parecer una bandada de mariposillas desorientadas que aletean sin saber hacia dónde.

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                Subimos en un compacto grupo que poco a poco se va estirando, el contacto visual siempre existe, pero no todos van en las mismas condiciones físicas y junto a Jesús Rueda, Roque y el Mudo, vamos cerrando a los del vagón de cola. La conversación amena es el combustible que vamos consumiendo, el resto no nos importa, vamos haciendo tejiendo la mañana a nuestro gusto, a nuestra usanza.

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                Los flancos del barranco son moles de roca apiladas unas sobre otras, en las que los agentes erosivos han estado haciendo prácticas desde hace tiempos inmemorables, configurando un paisaje único. En su fondo, por el cono de deyección de las aguas, los cantos rodados nos dan la impresión de que se puede caminar sin problemas por esa cicatriz tan rugosa y sinuosa.

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                Llegar hasta el punto más alto del collado está siendo una aventura, el viento juega a su antojo con nuestro equilibrio, y para más emoción, levanta el polvo del camino y nos ametralla con minúsculas y duras partículas. Sopla de forma tan desagradable que no nos permite ni gastar unos minutos dando un bocado a nuestras reservas energéticas, optamos por la opción de continuar hasta el alto de Leyva, allí nos podremos arropar mejor del molesto vendaval.

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                Foto de grupo, unos minutos de reagrupamiento y comienza el capítulo de bajada más alocado. Es por pista, con un buen desnivel, así que las ruedas van girando y girando cada vez más rápido, hay que comenzar a sujetar el manillar con brío y poner la vista a trabajar para ir visualizando cada palmo de terreno que vamos a atropellar, hay muchas piedras y raíces que sería una lástima no arroyar. Los minutos se entrelazan con las curvas, cada vez son más y más. Nos cruzamos con grupos de senderistas, todos nos mantenemos en nuestro sitio, ellos por su derecha y nosotros por la nuestra, aminorando la velocidad antes de llegar hasta ellos para evitar que pueda saltar una piedra pellizcada por las cubiertas, y tengamos un accidente. Así, viendo sus caras de asombro al ver bajar a tanto zángano encaramado sobre unos engendros rodantes, llegamos hasta la puerta metálica que impide el paso a vehículos a motor, y a Maestros a reacción. Digo esto, porque el bueno de D. Jesús Rueda, alías “el rutas”, no ha tenido suficiente tiempo para frenar, sino que al monear derrapando, se ha visto tan apremiado por los barrotes de la cancela verde, que ha optado por tirarse de la bicicleta cual tronco aserrado por un leñador: a plomo. Menos mal que éste, tiene el pellejo duro, unos pelos menos en las pantorrillas y un poco de tinte hemático, y todo arreglado, seguimos camino.

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                En este punto nos dividimos, algunos maestros tienen obligaciones familiares ineludibles y necesitan ganar la carrera a Cronos. El resto nos escurrimos por una delicada y serpenteante senda, que se encaja en una de las laderas de un tupido barranco. Los pinos, lentiscos, zarzas, encinas y algarrobos, nos van acariciando con sus ramas y hojas a nuestro paso.

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                Julián está cansado, estamos maniobrando por una senda en forma de zigzag y su cadencia es lenta, muy lenta, se puede escuchar en su respiración que va cerca del límite. Yo le digo desde atrás que no se preocupe, que baje el ritmo o si lo prefiere, podemos parar un ratito a recuperar el aliento. Mis palabras caen en saco roto, pues aunque este hombre no disfruta del sufrimiento de nuestro deporte, es un auténtico titán que conoce perfectamente sus límites y sigue subiendo hasta el punto más alto. Una llamada telefónica en la cima es su excusa perfecta para tomar unos minutos de asueto y recuperación.

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                Nuevamente, el Sanedrín se reúne de manera improvisada. Ante nosotros tenemos un cruce de caminos y una disyuntiva elemental, es tarde y la pregunta es: ¿Seguimos la ruta, o atajamos y dejamos el tramo final para otro día? Ante tal asamblea, la unanimidad se hace palpable, el nuevo rumbo nos lleva hasta el camping del Berro.

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                Unos minutos de carretera, y a nuestra izquierda asoma un camino de firme rajado y rugoso, que cae justamente sobre el bar del camping, donde tenemos previsto hacer la última “meta volante”. Aquí nadie pone cara de sufrimiento, es más, creo que los ánimos se han enfervorizado al saber que vamos a paladear unas frescas cervezas en breves instantes.

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                Lo del bar, lo dejo para los que estuvimos allí, pues quien quiera conocer esas hazañas ha de venir de ruta con nosotros la próxima vez. Pero lo que sí o quiero dejar patente, es que he pasado una buena mañana rodeado de muchos amigos, a los que hacía tiempo que no veía. Con los que cualquier ruta es un tesoro por descubrir, aún siendo la misma de todos los días, gracias todo ello a la buena charla, la buena compañía y la disposición innata a la diversión. Todos estos factores hacen que salir con el Grupo de los Maestros de Lorca, sea único.

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                Hasta la próxima, AMIGOS.

3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Menos mal una rutica humana, claro, se nota la influencia de los Maestros…

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    1. Decano, el día 9 de febrero vamos a dar ese paseo por La Pila ????

      Te prometo una caña con el Pesetas, invito yo.

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  2. rutas dice:

    jajaja, muy buena crónica, los pelos de las piernas ya empiezan a crecer, nos vemos pronto de nuevo amigo Luis, un abrazo.

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