La Revolusión visita La Pila

O       Curiosamente hoy mi acompañante es uno de los que me guiaron por primera vez por el monte a lomos de una bicicleta. Viene conmigo esta mañana: Juan Antonio, a quien muchos conocemos como “Motorola”, y es por la chaqueta que usa desde que tiene piernas, lleva esa palabra en mayúsculas y en el centro, cómo para no verla.

                Pocas veces comienzo una ruta a estas horas, son las nueve y media, aún no he sacado la bici de la furgo, espero a que lleguen los revolusionarios. Estos, son una pandilla de seres risueños que viven en las postrimerías de Alicante. Traen en la caravana a dos nuevos fichajes: Cova y Javi. Un dúo curioso, pues ella nos seguirá a lomos de una Mondraker y él, subirá hasta la bola del pico más alto de la sierra, castigando sus zapatillas de montaña.

                Todos, y en tropel, comenzamos la ruta de forma también anecdótica, la pequeña senda que nos comunica con la parte alta de la pedanía, va a ser nuestra alfombra roja. Leo, el Comandante, le ha tomado cariño. Una vez comprobado que no se ha hecho daño, continuamos nuestra caravanera mañana.

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                En el túnel del barranco del Mulo, hago unas fotos. Este lugar siempre sorprende por primera vez, todos quedan algo desorientados, al salir por el otro extremo no saben donde están, se atolondran.

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                El camino hacia el pico del Águila es cómodo, alterna pequeñas cuestas sazonadas con unas panorámicas bellísimas, a la izquierda las tierras del Marqués de la Hortichuela, con la serreta que la delimita y al frente con la imponente mole de areniscas del Caramucel. El ritmo es relajado, vamos en dos grupos, pero con una separación escueta, tenemos siempre contacto visual.

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                Toca preparar el sistema cardiovascular, las piernas, las cadenas, las fuerzas, los ánimos, las agallas. Una pequeña rambilla de pequeños cantos rodados nos introduce en un hondo del barranco y nos acompaña hasta el inicio de lo que algunos llamamos: “La Peta-Peta”. Este extraño nombre corresponde a una sucesión de cuestas, con unos desniveles angustiosos que nos comunicarán con la pista forestal que lleva desde la Garapacha hasta el Mojón de la Cuatro Caras. Esto hubiese sido el trayecto más lógico, más cómodo y también más conocido, pero no creo que sea de buena educación hacer de cicerone y no mostrar las perlas que esta sierra esconde entre sus pinares y sus malpaíses.  Cova y Motorola, se quedan a retaguardia, no tengo la necesidad de demostrar nada, soy el guía y me quiero ganar el sueldo. Me dejo caer poco a poco y los acompaño a ambos, dándoles si cabe, ánimos. Al final no pueden con las rampas, tienen que bajarse y empujar unos metros las monturas. Pero son peleones, a la más mínima ocasión vuelven a colocarse sobre los sillines y apretando los puños de sus manillares van comiéndole el terreno a la segunda rampa. No hace calor, pero los rostros se perlan de gotitas de sudor y los mofletes se tiñen de carmesí. Queda el último latigazo, el que llega hasta la pista forestal. Aquí sé que van a bajarse otra vez, es inevitable si no se conoce bien la trazada a seguir, la cantidad de piedras en el camino y las grietas que la lluvia ha tatuado, hacen que la rueda trasera derrape y la delantera se sienta atropellada con tanto rebote descontrolado. Aprovecho este momento para sacar algo de rabia y desgastar los tacos de mis cubiertas pedaleando enérgicamente, eligiendo correctamente el lugar de paso, clavándole mi espada al dragón polvoriento.

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                Nuevamente la paz nos acompaña, vamos plácidamente rodando por un camino de más de cuatro metros de ancho y con una pendiente aceptable. Nos queda poco para convertirnos en una avalancha de colores, camino de la rambla encajada, que nos dejará en los campos del Boquerón.  Subiendo por la pista que lleva el nombre del caserío, nos desviamos rápidamente, y entre vericuetos y requiebros calizos, atravesamos tablas de almendros de secano, pequeñas manchas verdes de coníferas, algún que otro viejo álamo y muchos vuelos de perdiz a ambos flancos.  Aprovechamos esta armonía bucólica y sacamos de las mochilas ricas vituallas.

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                Repuestas las fuerzas, encaramos nuestras ruedas hacia la segunda prueba de la jornada, en unos pocos kilómetros vamos a tropezar con la senda de la Fe. El topónimo de esta franja ciclable debe su nombre a la actitud que el ciclista ha de adoptar para disfrutarla al máximo. Se ha de tener fe en uno mismo, no se debe abatir el ánimo al ver los obstáculos que nos vamos a ir encontrado, jamás la haremos entera si pensamos que es difícil o imposible. La única condición que nos demanda esta senda, es la de ser constantes, ágiles y comedidos, pues si nos la tomamos con calma y sacamos los dientes únicamente en los puntos que todo se pone complicado, alcanzaremos la meta sin más problemas.

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                Todos arriba, casi ochenta metros de desnivel positivo en menos de setecientos metros de senda. Las piernas no han quedado indiferentes, todos hacemos algunos estiramientos, al tiempo que comentamos lo mucho que nos hemos divertido pisoteando troncos caídos, subiendo por estrechos embudos, estrellando nuestras horquillas en escalones de piedra, acelerando el pedaleo en el tramo de lascas de piedra suelta, sorteando grietas y cambiando de flanco a cada momento, en fin… es lo que tiene este rincón serrano. Difícil de olvidar.

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                En unión y con un tono distendido nos acercamos a lo que será nuestra última subida. Antes nos encontramos nuevamente en el Mojón de las Cuatro Caras. No hacemos parada y fonda, seguimos adelante. Nos hacemos una foto de grupo en el refugio de montaña, es un lugar de obligada parada fotográfica.

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                Último esfuerzo, hay que subir hasta los Pozos de la Nieve. El rugoso asfalto nos agarra despiadadamente las ruedas y hace sentir el lubricante a cada uno de los eslabones. Algunos deciden probarse y aligeran la marcha hasta el punto de reunión convenido, otros optamos por mantener una cadencia densa y acompañar a los que usan el molinillo para no manchar las suelas de sus zapatillas.

                Un final con regalito es lo que nos espera. Para llegar a los coches tenemos que volvernos locos bajando la senda de la Solana I. Tal vez tenga  tramos técnicos para algunos, pero para los que la conocemos al detalle, es una auténtica provocación, una tentación, un colocón de adrenalina.

                Bonita mañana de amigos, ruta y pedaleo por las tierras de Jaime Joseph Cayetano Alfonso Juan, alias “el barbut”.

Ah!!!!!!! se me olvidaba, el auténtico final de ruta fue en el Bar “El Pesetas” en Fortuna, toda una ruta de tapeo.

4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Luis, cuando prepares alguna asequible por tu “Chorquesado” avísame, me encantaría acompañarte. Pero que sea asequible eh, que uno ya no está para muchos trotes…

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    1. Tú bien sabes que sólo has de decirme cuando lo quieres… jijjijijijiij

      Gracias por ser tan buen lector de este blog. Gracias.

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  2. MARCO dice:

    QUE BUENA RUTA HABEIS REALIZADO HOY POR EL CHORQUESADO, COMO DIRIA UN AMIGO MIO,JAJAJAJA. SEGURO QUE LOS REVOLUSIONARIOS HAN DISFRUTADO SOBRE TODO EL SARGENTO Y EL COMANDANTE. ESPERO ESTAR EN LA PROXIMA Y7 DISFRUTAR JUNTO A VOSOTROS

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    1. Nos faltó un tío sonriente… pero sé que en breve lo llevaré a mi vera nuevamente. Zagal a ver si el Pedro Eugenio te deja una chispa de libertad y vuelves a retomar tu Conor.

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