El Calar de las cuevas de Zaen.

2–          ¡Madre mía, qué frío hace!

Es lo primero que puedo decir al bajarme del coche. Acabo de llegar a una diminuta pedanía de Moratalla: Zaen de Abajo. En la cocina de la casa de los suegros de Nako, recupero el color, mis manos vuelven a sentir la tibieza del hogar, la mañana en estas latitudes es fría de verdad. Poniéndonos al día de nuestras rutas pretéritas pero no lejanas, esperamos a Diego y a P.J., vienen con algo de retraso.

Ajustado el casco comenzamos, los cuatro, lo que se augura como una gran mañana de ciclismo de montaña.

La ruta comienza por la carreterilla, dirección al Calar de las Cuevas de Zaen, lugar de interés paleogeográfico, pues es un testigo mudo de la antigua unión del Atlántico con el mar Mediterráneo. Es su cima, unos abrigos escavados por la erosión y el paso del tiempo, han sido elegidos desde tiempos atávicos por el hombre para refugiarse. Seguramente el eco aún conserve los chamánicos cantos de sus primeros pobladores, quienes a la luz de las hogueras implorarían a sus anímicas deidades, por una caza abundante y una continuidad del clan.

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Llegamos hasta las cuevas subiendo un camino tapizado de cascajo suelto al principio y con un tupido verdín al final. En las rocas que nos rodean podemos ver cómo han quedado las marcas de las conchas de moluscos que antaño se depositaron en estos fondos marinos.

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Tras contemplar la belleza del lugar, nos hacemos unas fotografías, para recordar el lugar, y retomamos el track, pues Nako ha tenido el detalle de llevarnos a semejante rincón para compartir ese tesoro. Deshacemos la senda y vuelta al camino, dirección a Bajil, donde también podemos ver en sus laderas otras cuevas de semejantes características.

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El camino nos conduce por un paisaje hermoso, tapizado de un verde aterciopelado, las coníferas crecen con fuerza, algún pino laricio rompe la monotonía. Algarrobos, almendros leñosos y olivos, en pequeñas parcelas dan ese toque rústico de unas montañas gobernadas por la mano del hombre. Es un lujo ir ciclando por estos lares, me siento parte del paisaje. Los pajarillos nos cruzan en el camino, y los trinos de los que descansan en las ramas, convierte la jornada en algo de lo más bucólico.

El frío ha declinado, el sol está apretando los puños y nos despojamos de las chaquetas.

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En un cruce nos encontramos con algo curioso, sobre una peña, tenemos el cuadro oxidado de una vieja bicicleta, para seguir con lo anecdótico del encuentro, el cartagenero se nos sube en lo alto y a través del obturador de mi cámara, lo inmortalizo.

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Todo el recorrido lo vamos haciendo por estrechos caminos, muy bonitos, con ese divertido toque de hierbas en el centro. No puedo dejar de mover la cabeza en todas direcciones, estamos en una zona de gran altitud y el paisaje es precioso, estamos rodeados de montañas.  Aunque no puedo resistirme a bajar alocadamente cada vez que el desnivel es negativo. Es uno de mis terrenos favoritos: los caminos rajados, serpenteantes y que te permiten ir a grandes velocidades, sintiendo como la sangre hierve al ir pasando sobre piedras, raíces y toda clase de obstáculos, sin frenar, sin pensar, sintiendo el “flow”. Mi tractor de veintinueve pulgadas sabe cómo hacerme disfrutar, con ese toque rígido y rabioso, obligándome en cada segundo a: domarla.

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Nuestro rumbo nos lleva hasta el Rincón de los Huertos, justo antes de llegar hemos alcanzado la friolera velocidad de setenta y seis kilómetros por hora, una escalofriante cuesta asfaltada nos ha secado el sudor de las camisetas. Los frenos huelen a chamusquina.

Hemos cruzado auténticos bosques de encinas, donde los líquenes colgantes hacen mágico el entorno, más propio de druidas nórdicos que de un rincón de Murcia.

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Atravesamos pequeños caseríos como las Nogueras, Casa Requena y Otos.

Las horas van pasando y al llegar a la Tercia, cruzamos un arroyo junto a un viejo molino. Nos recreamos un rato haciéndonos fotos, y sin darnos cuenta, embriagándonos del aroma que las hojas de los chopos y álamos al caer en otoño, maceran en el ambiente. Ese dulzor, ese perfume es único.

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Nuevamente, las pupilas se dilatan de forma enérgica y sorprendente, acabamos de coronar un collado y tenemos ante nosotros, Benizar, un pueblecito de montaña que tiñe de blanco humo el verde de su montaña. Los moradores de estas casitas de tejados puntiagudos, tienen encendidas sus chimeneas y estufas. Es una composición impactante, el frío y la humedad ambiental impiden el ascenso del cálido humo y se forman hebras blancas que se difuminan por todo el valle.

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Las piernas están en su tono, tenemos que ascender uno de los puntos más duros del día, un puerto que tiene un firme rugoso de hormigón y en algunos tramos asfaltado. Nuestras ruedas van camino de Socovos, provincia de Albacete. Retorciendo los puños y pedaleando pausada pero enérgicamente, afrontamos los costarrones. Yo me quedo atrás, el trío que me acompaña tiene potencia muscular en sus piernas como para hacer despegar un Jumbo, yo activo mi pedaleo para ocasiones difíciles y a mi ritmo subo y subo, en la distancia, pero subo.

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Está algo cansino este puerto, y como llevo la vista entretenida en los pinares, el tiempo se me pasa volando, sólo noto que la camiseta interior va enjugándose con mi sudor.

La recompensa al posarnos en la cresta del puerto es magna, la panorámica de trescientos sesenta grados obliga a quedarse con la boca abierta unos segundos. Comemos un poco y seguimos la ruta. Una pista forestal nos pasea por una ladera de umbrías, con mucho pedregal y pequeños badenes, hasta colocarnos en un punto en el que nos dejamos caer sin hacer caso a la cordura, sin tocar frenos más que en el último segundo, en el instante justo que corrige la trayectoria. Diego y yo nos escapamos, sus ruedas de veintisiete y medio pugnan contra las de mi tractor, pero no consiguen más que tragar polvo, mi monstruo no tiene hartura, rotura el terreno que le echen sin quejarse, sin esforzarse, es una sensación brutal.

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El medio día lo tenemos encima, en una placeta de Socovos, hacemos el avituallamiento grueso. Unos sacan sus McPollo, otros mendrugos rellenos de sobrasada y los más golosos unas chuches y frutos secos a pajera abierta. Unos estiramientos, entre bocados y sorbos. Tenemos que decidir por donde continuar la ruta. Si seguimos el track original no llegamos a la hora prevista ni locos, todos queremos sentarnos a la mesa del restaurante en el Campo de San Juan. Tras una breve deliberación optamos por seguir la carretera que lleva nuevamente a Benizar y desde allí en dirección al Molino, para acabar en el punto de origen. Esta opción no es la peor, pero hasta el tendero donde hemos comprado las golosinas en Socovos, nos lo ha dicho: os quedan buenas cuestas para llegar hasta Zaen.

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        Manos a la obra, carretera arriba, carretera abajo, un verdadero rompe piernas que nos llevará ante la última prueba del día. A mi sinceramente, rodar por carretera me parece de lo más insulso, pero aún así he de reconocer que gracias al inexistente tráfico y al paisaje cicatrizado de riachuelos, he disfrutado de unos kilómetros algo extraños.

        Ahora Benizar no tiene el mismo encanto que a primera hora de la mañana, se muestra real, al sol, con sus casas nuevas y viejas, unas bonitas y otras no tanto, con sus gentes por las calles, con coches pululando.

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        Recorremos el callejero hasta encontrar la carretera que lleva a las dos pedanías de Zaen, la de arriba y la de abajo. Dirección al Molino, a Casas del Portal y Las Lórigas. Aquí sí que me visita el Tío del Mazo. Mis compañeros acompasan sus pedaladas y van haciéndose relevos. Primero Diego, después Nako y por último P.J. me acompañan en mi esforzado empeño de subir los veinte kilómetros de rabioso puerto de carretera. Para darle un poco de picante a la situación, el viento en esta zona nos azota de cara. Así con la cara llena de sudor, el tedio del asfalto y la monotonía de las curvas a derechas e izquierdas, pasan los minutos de diez en diez y hasta de treinta en treinta. Mis piernas me avisan, no temo quedarme colapsado pero si sé que tengo que bajar el ritmo, como bien dije antes no soy tan buen rodador como mis amigos, y así mis piernas recuperan el aliento. Por lo demás no me siento especialmente cansado, el Tío del Mazo se ha marchado pronto, sé como rehacerme y resurgir de situaciones como esta. Mi cabeza es una verdadera gramola que enseguida comienza a sonar con heavy metal de los ochenta y eso me hace olvidar todo, los compases y acordes guitarreros me trasladan a mi mundo interior y cuando vengo a darme cuenta, siento la tensión de la cadena al subir al plato grande.

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Tras pasar las Lórigas veo a lo lejos el Calar de las Cuevas de Zaen nuevamente, eso quiere decir que en menos de una hora estoy sentado a la mesa, moviendo los carrillos con fruición y emoción, así que aprieto el manillar y pedaleo con rabia. El viento no nos deja desarrollar todo lo que nos gustaría en esta bajada.

Así, más cansado de lo que hubiera podido imaginar, llego hasta el final de la ruta.

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Ha sido un día grande, poder compartir ruta con estos tres titanes ha sido una experiencia inolvidable. Gracias a los tres por aguantarme durante cinco largas horas.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Luis, yo de mayor quiero ser como tu.

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