Aventurero Incansable

Una perla de lava

 Han pasado muchos meses desde que anidó dentro de mi ánimo la idea de  volver a Lanzarote, de volver a perderme por aquella salvaje orografía, de sentir nuevamente el crujir de la piedra pómez bajo mis ruedas, el salino tacto de la brisa oceánica, la sensación de estar solo en un universo primigenio e inhóspito y agreste, de paladear los más exquisitos manjares isleños, de volver a ver al final de mi periplo la silueta del islote de Lobos, que fue quien hace dos décadas me arrastró irremediablemente al archipiélago.

            Me gustaría repetir compañero de viaje pero la situación social actual hace que no pueda ser, pero me llevo a los imaginarias. En la mochila llevo a un polilla, a Marco, al Comandante Leo, al Sargento Ernest, a los soldados Paco y Juan Carlos, y al recluta Fran. A Dani lo llevo en mis recuerdos, él bien sabe que por donde vaya pasando irá a mi lado.

            Quedan pocas horas para llegar al aeropuerto, el café caliente espera la llegada de Paquito y Catia. Escuchando el sonido de sus pasos subiendo las escaleras de mi casa sé que todo acaba de comenzar, que no hay marcha atrás, ahora todo se sucederá según lo previsto. La noche es dueña del momento. Marco llega despacio, sin prisas, sonriente, ansioso. Acabadas las tazas de café repartimos una tanda de besos, unos castos, otros cálidos. El pistoletazo de salida está dado, comienza la carrera, vamos a cambiar de huso horario, vamos a ir arañando nubes.

     La monotonía de los aeropuertos siempre es la misma, en nuestro caso hemos de destacar el tropezón que tuve en el control de embarque. No recordé echar la bolsa de las herramientas, que llevo habitualmente bajo el sillín de mi Stumpjumper, en la maleta y la guardé en mi equipaje de mano. Hábil, el controlador de rayos X detectó algo extraño en mi mochila. Me hace varias preguntas, pero no sé que contestarle, no sé de que me está hablando, no llevo máquina eléctrica de afeitar, ni de cortar cabello, pero él insiste, tanto que tengo que abrir el bolsillo que le inquieta. ¡Oh! Mi cara se transforma en un poema de versos alejandrinos. Llevo el porta herramientas, con un punzón y más cosas prohibidas en el equipaje de mano. Me sofoco, miro a mi alrededor buscando un salvavidas a la deriva al que aferrarme y justo en el momento más crítico aparece un Gua. 1º. Tras mostrarle esa tarjetita verde que todos los del gremio llevamos en el bolsillo, mira al controlador y le deja helado al decirle que atendiera al siguiente pasajero, que él se hace cargo de mi mochila. Luego me enteré que Ernest corrió peor suerte, hubo de remitir a su domicilio sus herramientas por vía postal. El resto del viaje me ha recordado las excursiones en autobús del colegio: risas, cabezadas sobre el hombro del compañero, chistes malos, algún ronquido loco, etc…

           

Al llegar a la isla Maxi Biela nos cita a media tarde en su local para darnos la bienvenida, las instrucciones pertinentes, entregarnos las bicicletas y todo lo relacionado con la ruta. Este hombre pone su alma en cada detalle, se nota que disfruta haciendo su trabajo, se nota que es el padre de la criatura. Contentos como cuando el boletín escolar estaba lleno de sobresalientes, nos vamos cada uno con nuestra bicicleta y una bolsita con detalles divertidos. Acto seguido, con las manos bien lavaditas nos vamos al comedor del Costamar a sembrar el pánico en el buffet.

Primer día: derrota norte, destino Órzola.

            La noche no ha sido mala, he podido descansar. Curiosamente los nervios no me han jugado la mala pasada de mantenerme toda la noche en vela, los niveles de adrenalina se han mantenido bajos, creo que es cosa de la edad, cada día hay menos cosas que me quiten el sueño. El apartamento es el mismo que dejé hace más de dos años, fruto de la casualidad.

        

       Hemos quedado para desayunar los ocho juntos. Todos con las equipaciones limpias, recién sacadas de las maletas, con los ánimos igual de bien planchados, con aromas aventureros. No hay ningún rostro que no esté lleno de dientes. El único que sabe lo que nos queda por delante soy yo, mis siete fantásticos sienten ese hormigueo propio de un día de ruta por terrenos desconocidos, por esa ruta ignota que llevan tiempo anhelando desde la distancia.

Situados en la plaza de las Naciones Unidas de Puerto del Carmen comienza nuestra andadura, un periplo que finalizará en el mismo punto cinco días más tarde. Ese día será especial. Llegaremos llenos de polvo, bronceados y curtidos por la isla, poco a poco nos va a ir impregnando de su magia, de su idiosincrasia, nos va a engullir los corazones y posiblemente nos los robe para toda la vida, esta ínsula nada cervantina es muy cruel, sabe cuan disparatada es su belleza, sabe como seducir al visitante, descubre por donde llegar rápido a nuestros sueños. Es Lanzarote. Un escenario volcánico, una tierra única, el lugar idóneo para descansar, para soñar, para dejar que el tiempo se nos escape entre los dedos de las manos como las arenas negras de sus playas.

       Siguiendo la línea de costa nos dirigimos hacia el Norte. Los paseos marítimos nos van llevando en volandas hasta Arrecife. Callejeando unas veces y rodando por puentes ilustres, recreamos la vista en el Charco de San Ginés. Comenzamos la mañana. La temperatura es perfecta, que agradable es el invierno en estas latitudes.

            Las piernas van frías, un poco de asfalto y con desnivel positivo nos va a hacer entrar en calor, a pesar de que el infame negro arrugado no es nuestro elemento natural de rodaje. Al acabar de subir el primer repecho de la mañana, giramos a la derecha, y por un bonito paseo zigzagueante y otros a golpe de trialera pura, llegamos al polígono industrial, zona que Maxi siempre denomina “la parte Underground” de la ruta. Aquí la cosa comienza a tener su salsa, nos vemos derrapando sobre arenas negras y pedregales de piedra negra del litoral. Sorteamos varios tramos, nadie podía imaginar que avanzar en llano a nivel del mar podría ser tan duro. Las cámaras de fotos comienzan a hacer aparición, estas escenas han de quedar inmortalizadas.

     Hasta llegar a unas coquetas salinas hemos de atravesar unos pedregales alejados de cualquier parte, en ellos Fran y Ernest deciden que es hora de marcar el ritmo. Bajan la cadena y calientan los pedaliers. Paquito, Juan Carlos y yo, nos convertimos en perseguidores. El terreno es irregular por definición, los colores van desde el más desértico al más volcánico, es duro el contraste de negros, grises y marrones, menos mal que siempre tenemos la opción de mirar a la derecha y ver como la celeste cúpula se fusiona con el océano creando una cortina de azul hipnótico. El rebote de las horquillas no es suficiente, el traqueteo llega hasta las órbitas de los ojos, no hay hueso que quede sin sacudida, pero aún así… ¡qué placer!

      Estamos en un sitio tan extraño que hasta seguir el gps es difícil, atravesamos dunas, eriales sembrados de matojos secos, pero poco a poco y siguiendo el sentido común, que consiste en ir siempre en dirección al mar, recobramos el sentido correcto de nuestra ruta.

            Antes de llegar a Arrieta, donde nos sellarán los libros de ruta, y seremos entrevistados por la televisión canaria, hacemos un alto en el Charco del Palo. Ernest no puede contener el espíritu jovial que le invade, se desnuda a la carrera y se fusiona con las frías aguas del Atlántico. A la zaga, con segundos de diferencia aparece otro alocado, Paquito Cobos. Ambos, ante nuestras atentas miradas, se deleitan del baño que les quita el polvo del camino. El baño es corto. Aprovechando unos cálidos rayos de sol, almorzamos todos juntos, unos vestidos y otros como vinieron al mundo, al más puro estilo turista nudista, parece que lleven toda la vida haciéndolo.

   Acabado el regocijo, el jolgorio y los chapoteos, los sillines nos esperan, hemos de subir unas buenas cuestas hasta llegar a Guatiza. Un vieja cantera de ceniza negra como la boca de mil lobos, nos sube las pulsaciones, creo que es la primera vez en esta jornada inicial que unas cuestas nos ponen a prueba. A nuestros flancos contemplamos unas hermosas plantaciones de tuneras, sanas, con unos verdes de lo más sugerentes. Estas cuestas están bien para los novatos, pero para  nosotros no son más que una pequeña rayita en un perfil.

   Guatiza es un precioso pueblo, de casitas unifamiliares, con unos jardines esmeradamente cuidados, donde la variedad de cactus es increíble, casitas en las que predomina la tricromía propia de la isla: muros blancos, ventanas verdes y puertas azules. Entre sus callejuelas vamos admirando los detalles que la hacen tan enamoradiza. En mi anterior visita, recuerdo que hacía un calor horrible, nos tuvimos que parar en una sociedad a pie de carretera a tomar unas frías coca colas, necesitábamos enfriarnos por dentro. Hoy las nubes nos están perdonando la vida, les debemos un gran favor, pues la ausencia de viento y la sombra refrescante del nublado hacen que la etapa esté siendo idílica. Pedaleando en grupo y con gran armonía llegamos hasta el jardín de Cactuslandia, donde un monstruo verde, metálico y lleno de espinas gigantescas, nos marca que vamos por la buena senda, que si giramos a la derecha iremos directos nuevamente a la línea de costa.

  Una preciosa bajada, nos hemos lanzado como caza bombarderos de la segunda guerra mundial, vamos, en picado y sin miramientos, a tumba abierta. Al final hemos de fijarnos bien, tenemos un giro a derechas que no podemos descuidar.

            Extraño paisaje el que nos toca descubrir en estos momentos, decenas de cuerpos desnudos yacen tumbados sobre el roquedo, el arenal y algunas tumbonas. Atravesamos una urbanización de condición nudista. Fran se lanza por la playa, pero yo recuerdo que hay un lindo y estrecho pasillo sobre el acantilado, así que sin mucha dificultad lo encuentro y puedo ir pedaleando cómodamente mientras disfruto del paisaje.

    Poco a poco vamos colocando las bicicletas sobre el murete del paseo marítimo, hemos llegado al abrevadero oficial de la ruta. Nos faltan algunos compañeros, no sabemos cual es la causa de su retraso, puede que sea algún pinchazo, hemos dejado atrás una zona técnica con unas afiladas rocas que pueden haber infringido algún tipo de mutilación a la cubierta de alguna Ghost. Las cervezas se piden sin miramiento, las raciones de papas arrugás con mojo picón se calibran bien, las de cazón se dejan a la libre improvisación de la camarera. Varios son los golpes de tenedor que llevamos todos, pero no aparece el grupito que nos falta. Mandamos a un expedicionario, y descubrimos que algún virus está trastornando los intestinos de Marco. Pobre hombre ha tenido que improvisar un pozo ciego en semejante secarral. Al fin llegan, Marco se sienta a mi lado, tiene mala cara, muy pajizo, a penas estoy conversando  sobre su estado anímico sale corriendo al más puro estilo olímpico, el nuevo retortijón le hace mover las piernas de manera descompasada pero desenfrenada.

    Esto comienza a preocuparme en pocos minutos José María ha visitado el tigre cuatro veces. Así que sin pensármelo dos veces llamo por teléfono a Maxi. En cuatro párrafos todo arreglado, Maxi ha localizado a la farmacéutica de la isla dela Graciosa, y en cuanto lleguemos a la isla a media tarde, nos  abrirá el dispensario para poder atender a nuestro aguerrido abanillero, y así poder cortar el mal que le aflige.

  El resto con las tripas bien alegres nos subimos a nuestras monturas y con las sonrisas al viento, ponemos ruedas rumbo a los Jameos del agua. Otro nuevo tramo divertido nos espera. No tiene elevación alguna, pero los retuertos sobre la lava, el tener que esquivar pequeñas trampas pétreas y los repechos escalonados, hacen que nos pasemos unos minutos intensos y divertidos al máximo. Ojala no acabasen nunca, disfruto muchísimo poniendo a prueba mis piernas, mi equilibrio y mi sentido de la improvisación en estos tramos.

  Todo está saliendo a las mil maravillas, así que el Comandante Leo se empeña en poner un poco de sal y pimienta a la tarde. Decide aumentar la potencia de su pedaleo y revienta los eslabones de su cadena. Menos mal que el guardia primero del aeropuerto me dejó pasar mi bolsa porta herramientas, porque de lo contrario hubiésemos tenido que llamar nuevamente a Maxi. Pero no hace falta, tengo un eslabón de repuesto y mi troncha cadenas, dispuestos a ser usados con presteza y por primera vez. Pero no es cuestión de la cadena, la pata del cambio se ha partido, así que la solución es dejar la tracción a piñón fijo, eso implica el tener que pedalear de forma delicada, la cadena se ha de recortar y no permite mucha tensión. Es más, no permite ni el traqueteo propio de la senda, tenemos que atravesar el mal país de lava para llegar hasta la carretera donde podrá pedalear sin problemas hasta el puerto de Órzola.

   Acabada dicha peripecia andarina sobre una explosión de lava, nos quedan unos kilómetros de asfalto. Me arrugo sobre el cuadro y comienzo a pedalear, no sé porqué, pero me apetece vaciarme de fuerzas a estas horas finales de la etapa. Mañana enla Graciosael perfil es más para la diversión que para la previsión de fuerzas, así que podré recuperarme de este pequeño exceso.

  Coqueto puerto el de Órzola, desde donde unos muy bien cuidados barcos cubren la línea regular a la isla dela Graciosa, todos los días, excepto cuando Poseidón se ofusca creando esos temporales que hacen imposible hasta el acercarse a la escollera. Hoy la mar está apaciguada, así que bien estivadas nuestras bicicletas van a viajar a proa, nosotros elegimos la cubierta de popa,  podemos ir viendo el acantilado de Famara, el canal de agua que hay entre ambas islas, al que llaman el Río y el islote de Esperanza a estribor. A pesar de ir mojados de frío sudor, el trayecto es un lujo, por ir un ratito con la piel de gallina no se ha muerto nadie.

    Una vez en Caleta de Cebo, nos recogen, nos alojan y después de unas reparadoras duchas nos lanzamos a conquistar la cocina de un restaurante en el mismo puerto. Unas botellas de vino de uvas Malvasía tienen la culpa de que trasnochemos un poco, arreglando el mundo unas veces, contando batallitas otras, pero sobre todo escuchando chistes divertidos de la mano del Sargento Revolusionario Ernest.

            El manto de la luna lo cubre todo, desde nuestras camas esperamos con ansiosa impaciencia los primeros rayos de sol, que nos darán paso a una tranquila pero exótica ruta por una isla. Ínsula que tal vez sea un cachito de cielo caído en mitad de la mar océana.

            Primer día: organización sobresaliente, siempre pendiente de nosotros. Los compañeros de ruta se han comportado de manera insuperable, estoy contento, da gusto viajar con compañeros de tan noble calado.

Día 2º, rodaje por el paraíso (La Graciosa).

            Tenemos dos alternativas, madrugar o quedarnos en la cama hasta las nueve y media aproximadamente, las circunstancias han establecido como hora de salida: las diez a.m. Esta situación se debe a que ayer Leo sufrió una rotura de la patilla de su cambio. Incidente que le impide continuar su ruta con la misma bicicleta, así que haciendo gala de su gran profesionalidad, Pedales de Lava ha embarcado una nueva bicicleta para el Comandante en el primer barco de la mañana. Una vez se efectúe el relevo de bicicletas en el puerto comenzaremos a devorar dunas y kilómetros alrededor de tan delicada pero salvaje isla.

Todos bromeábamos antes de ir a la cama ayer, veíamos a Lelete solo en el puerto, con legañas tiernas y semblante dormijoso, a la espera de su dulcinea de aluminio, pero la realidad ha sido otra, creo que no faltaba nadie al desayuno en el pisco del puerto. Solidariamente todos hemos calentado nuestros gaznates con unos buenos “leche y leche”, con las primeras luces del alba.  Los buches también se han visto recompensados, las tostadas, los bocadillos y la bollería han estado presentes en todos los paladares.

La mañana es preciosa, los rayitos de sol parecen tímidos, pero auguran una preciosa jornada soleada. En el espejo de mar del puerto se puede ver perfectamente  reflejado el contorno del mirador del Río, estampa que vale la pena contemplar durante unos segundos. Los hippies comienzan a montar sus puestecitos de venta, en los que se pueden encontrar delicados ornamentos, hechos a mano, llenos de paciencia. El astro rey cada vez está más alto. El puerto comienza a llenarse poco a poco de vida, las gentes van saliendo de sus encaladas casitas y calientan sus vidas bajo este cálido baño de luz atlántica.

       Hora de partida. Atravesando las arenosas calles de Caleta de Cebo conformamos una desordenada columna colorida, de hombres llenos de ilusión y curiosidad. Sigo jugando con ventaja, pues tengo frescos en mi memoria todos y cada uno de los rincones que nos vamos a encontrar.

            Lo primero que nos hace fruncir el ceño son los “risaeros”, ¡qué traqueteos!, ¡qué temblores!, extraña superficie para pedalear. Nos retrasa el ritmo, pero hace que todos bromeemos con el efecto que produce en nuestros órganos locutores, pues hablamos como si fuésemos autómatas de películas de serie B, de esas en las que las naves espaciales son latas de sardinas tuneadas. Además impide que hagamos una sola fotografía bien enfocada, salen todas movidas, ¿porqué será?. ¡Jaaa!.

            Charlando llegamos a una extraña, cuando menos, población deshabitada. Pedro Barba, sólo se encuentra habitada en los periodos vacacionales de los lanzaroteños y algunos fines de semana. Aún así, está todo impoluto, impecable, los jardines en perfecto estado de revista, las casitas bien pintadas y enlucidas, nadie podría imaginar que no hay nadie tras esas bonitas puertas de tablachos verticales. Escrutando todo lo posible y siempre bajo la atenta mirada de la montaña Bermeja, llegamos al embarcadero. Las olas nos invitan a jugar con ellas, se hacen notar chocando violentamente sobre una escollera, levantando unas bellas cortinas de agua salada sobre nuestras expectantes miradas. Fotografiamos nuestro paso por semejante escenario y haciéndonos los despistados hacemos caso omiso al track, sé que a mis compañeros de ruta les va a gustar más mi opción proscrita. Pedalear sobre las cordadas de lava a pie de acantilados diabólicos les seduce mucho más que la pista polvorienta que las autoridades recomiendan. Para algo somos revolusionarios, para saltarnos las normas autoritarias y ortopédicas.

Otra vez tenemos que rodar a nivel del mar, incluso con desnivel positivo, pero  con el plato pequeño y jugando con los piñones más grandes. Si nos hubiesen puesto música de circo nos hubiésemos sentido equilibristas de renombre, pues no es para menos, cada centímetro de nuestra senda es un capricho de la naturaleza, es un catálogo de lo que los agentes erosivos pueden crear sobre la roca volcánica. Es una preciosa dualidad de color, a nuestra derecha tenemos un océano de azul oscuro, profundo, y a babor un negro mar de lava, frío, duro, paciente e implacable. Nosotros rompemos esa uniformidad de tonos saturados, vestimos chillones colorines que nos hacen resaltar en el paisaje de forma agresiva. El blanco es un color que no he mencionado todavía, pero creo que a menor escala también es un gran protagonista, pues los dientes y los ojos de todos los que me vienen siguiendo brillan de forma exagerada, las muecas de felicidad, satisfacción y estupefacción son inaguantables, brillan como porcelanas chinas al sol. Si hubiésemos seguido la pista recomendada, habríamos perdido estos minutos de felicidad. Eso no hubiese sido justo, mi pandilla ha viajado allende los mares para sentir cosas buenas, para disfrutar al máximo cada minuto de su visita al archipiélago. Los aparaticos digitales han gravado gran parte de este tramo, queda atrapado para la posteridad, pronto esos archivos se alojarán en el ciberespacio para que cualquiera con unos minutos de tiempo libre nos pueda ver.

   El día sigue mejorando, el camino también. Atrás han quedado los pedregales, frente a nosotros se presentan toneladas ingentes de arena rubia, bueno diría que es arena blanca. Haciendo otra vez un pequeño ejercicio de memoria, recuerdo que en esta playa tan bella Dani y yo nos dimos un refrescante baño, nos supo como si hubiésemos alcanzado el nirvana, como si nos hubiesen regalado un piso en el Olimpo, como los dueños del mundo. Lo más bonito es que en ambos viajes nos han visitado las águilas pescadoras, difíciles de ver según nos ha contado Maxi en alguna ocasión. Hoy no toca baño, por lo menos yo no tengo ganas de pasar frío, sé que las aguas del archipiélago son frías hasta en verano.

            Entre millones de caracolillos muertos, con  sus conchas blanqueadas por la cantidad de horas de sol que llevan acuestas, seguimos hasta la próxima parada: los restos de lo que hubo de ser una colada de lava. Un brazo de lava que corre desde la caldera del volcán hasta el punto más bajo, quedando su exterior solidificado pero en su interior fluye la sangre del planeta, ardiente, poderosa, imparable hasta llegar a las frías aguas saladas de Poseidón, donde explotan descontroladamente. Así poco a poco la erupción va cesando y esa especie de galería demoníaca se va quedando hueca. Pues nosotros nos encontramos sobre los restos de una de ellas. Nos hacemos unas fotografías para dejar huella indeleble en los recuerdos de haber pasado por tan mágico paraje.

Toca rally nuevamente, las arenas amordazan nuestras ruedas, queremos correr, rodar rápidos, pero no es posible, nuestra epopeya se va a caracterizar por subir a plato mediano y bajar con el molinillo. Paradojas de la vida.

Antes de llegar a la playa de las cochas nos situamos a mirar el horizonte desde un mirador que hay en la base de montaña Bermeja. Tiene una cicatriz que los senderistas han surcado con sus pisadas, es como una brecha abierta en la piel de la isla. Fran, con esa potencia que lleva guardada no se lo piensa, enfila la polvorienta senda ascendente y arremete contra la cumbre. Ernest le sigue la rueda, Marco les persigue, Cobos se anima, yo también me dejo seducir por la idea. La subida es dura, es polvorienta, es fácil derrapar y perder la tracción, situación que nos irá atañendo a todos. Primero descabalgo yo, después Cobos, Marco, Ernest y por último y muy arriba, Fran. Los dos líderes deciden subir a lo más alto, a domar las nubes que coronan el momento, a desafiar a los vientos con su descaro. En vistas de la situación, los rezagados nos colocamos a la orilla de la blanquecina vereda, con las cámaras preparadas para hacer unas buenas instantáneas. Fran se acopla en el manillar, con el cuerpo lo más pegado a la rueda trasera y con la destreza que le caracteriza se deja caer hasta la base del volcán, Ernest algo más lento sigue tras su huella. Marco deja su puesto de reportero y se convierte en una bola de fuego y polvo, es el más loco de todos, no tiene miedo, su control del derrape es total, ¡qué técnico!, las fotos que le hago son espeluznantes. Cobos no se queda corto, tampoco tiene mucho dentro de su cabeza cuando de bajar se trata. En mi caso la bajada es relajada y controlada al máximo, no me distingo por mis batallas como endurero.

            Playa de las Conchas. Otro fragmento del cielo en la tierra. Cómo he dicho con anterioridad esta ruta no es nada dura si hablamos deportivamente, pero es como pedalear virtualmente sobre un catálogo de caprichos de la naturaleza. No hemos dejado de sorprendernos con una joya geológica, cuando estamos ante un mirador que satura nuestras retinas con tanta belleza, es una ruta impagable, poder pisar estas arenas por segunda vez es un premio en la vida que me he ganado a pulso. Sé que el comentario es bastante vanidoso, pero me gusta.

            Hacemos parada y fonda en la playa. Desenfundamos los bocadillos, los frutos secos, nos descalzamos y nos colocamos donde a cada uno nos gusta más. Paquito y yo nos damos un paseo justo por la lengua de mar. Las olas nos lamen los pies y en más de una ocasión nos mojan hasta la cintura, que placer tan difícil de describir. Entre bocado y bocado, no dejamos de mirar a todas partes, de soñar con cada ola, de recorrer en la lejanía el islote de Montaña Clara. Los minutos no pasan, creo que al cambio los segundos en esta playa tienen el valor de una hora, o por lo menos eso creo, porque no es normal sentir tanta paz en tan breve espacio de tiempo. El espíritu juguetón aflora por uno de mis dedos índices, no puede evitar escribir en la arena el nombre de las tres personas que conforman mi universo familiar, con quienes quemo mi vida segundo a segundo. Manuela, Selena y Mario. Son los tres nombres propios que el mar engulle con un golpe de espuma, los arrastra hasta el fondo, colocándolos junto a otros que posiblemente han pasado anteriormente.

            Nadie tiene ganas de irse, pero es necesario, el día continua y la ruta también. Nos dirigimos hacia montaña amarilla. El camino es algo monótono, pero llegar a Montaña Amarilla vale la pena. Una inmensa mole de roca amarillenta, plantada frente al mar. Simplemente impresionante. Ernest decide darse un baño, aprovecha su destreza como escalador y en un abrir y cerrar de ojos desciende hasta las lascas de piedra que hacen de límite entre el mar y el volcán.

El regreso es rápido. Sólo hemos de seguir nuestros pasos. Hay un atajo, pero Maxi nos rogó que lo ignorásemos, que transitar por allí en bicicleta está suponiendo un problema por el tema de la conservación de la isla. Le hacemos caso, a modo de excepción, pero no siempre nos vamos a revelar contra el sistema. Personalmente sé a que sabe ese callejón polvoriento, es una pena no poder enseñárselo a mis chicos, pero si vuelven en un futuro, seguro que lo rodarán.

  Fran y el Sargento de Santa Pola deciden recorrer el trayecto hasta Pedro Barba en sentido contrario, les ha parecido poca chicha la ruta y quieren sentir en las piernas algo de cansancio. Nos despedimos y nos emplazamos en los apartamentos.

Paquito comienza a sentirse extraño, parece que el problema gástrico de Marco le está afectando a él. Contagiosa situación. El hambre curiosamente se le ha esfumado y en su lugar tiene un malestar considerable, opta por declinar un pulpo a la plancha y unas puntillitas de calamar que Marco y yo nos estamos zampando a modo de merienda en el puerto. Él no puede más que dar dos puntadas con el tenedor, le resulta imposible seguir, nos deja temporalmente, se retira al cubil a tumbarse un poco. Creo que la isla se mueve bajo sus pies. Pobre, un titán herido de esa forma no es agradable de ver. Espero que mañana tenga las fuerzas repuestas, nos espera la zona alpina de Pedales de Lava.

Cenamos como los dioses, diversos pescados propios de la zona que han sido pescados esta misma tarde. En un momento se organiza un banquete. Cherne, Bocinegro, Corvina, pulpo, almejas, gambas, etc… papas arrugás, ensalada, vinos de Yaiza, cervezas canarionas, chicharreras, no falta de nada. Cobos con una tónica, es duro ver su rictus angustioso, no es justo.

Día 3º: rumbo a Famara.

            Parece que el gigante tatuado se ha levantado con mejor ánimo, no está al 100% pero se le ve mejor cara que ayer. Su sonrisa polillona aflora nuevamente en ese rostro de duende burlón.

En el primer pasaje, nos embarcamos rumbo al puerto de Órzola. Los cuerpos comienzan a notar la lejanía del hogar. No sé quien será, pero desde arriba alguien está regalando su desayuno a las gaviotas, vemos como los cristales se llenan de vómito lácteo. La mar no perdona el más mínimo atisbo de debilidad.

   Pisamos el muelle otra vez. La luz no se pierde por los acantilados como antes de ayer , sino que sale tímidamente por Oriente para acompañarnos en la que va a ser la jornada más larga, con más metros de ascensión. Tenemos que desayunar bien, las fuerzas han de estar incólumes, no vale la pena afrontar un territorio hostil con los estómagos vacíos. Es domingo, hay pocos lugares abiertos, probamos en el primer bar y nos dicen que no tienen nada sólido que ofrecernos. Si queremos comer algo hemos de ir al restaurante de más arriba. Así lo hacemos, pero no damos crédito a lo que estamos escuchando, el chico que hay tras la barra, se ha asustado al ver a tanto tipo rudo con cara de hambre náufraga, y nos dice que no puede atendernos, que somos muchos y él no puede con todo ese trabajo, que nos marchemos a otro lugar. Nos quedamos estupefactos, no podemos creérnoslo. Pero el ingenio de los hidalgos peninsulares puede con las pocas ganas de trabajar del hombrecillo de la cafetería. Nos salimos todos a la calle y vamos entrando de dos en dos, pidiendo tostadas, bocatas y cafés. Así le inundamos la barra en pocos minutos, no sabe cómo, pero se ve arrastrado a hacernos caso, teniendo que ponerse a trabajar. Creo que no se da cuenta de que somos los mismos que acabamos de irnos. Son anécdotas difíciles de repetir, pero así ha sido, le hemos marcado un gol a la molicie del muchacho, su desidia ha sucumbido a nuestro ingenio pícaro. Conseguimos el objetivo de desayunar bien, hemos hecho acopio de todo el pan de molde y mermeladas que tenía bajo la barra el conejero vago.

  Un kilómetro escaso de asfalto y ya estamos entrados en faena. Un cordel estrecho entre espinos, cactus y tabaibas nos da la bienvenida. Las piernas están frías, se tienen que mover rápidamente, el terreno demanda técnica y rápidos golpes de bielas. El camino está delimitado por una sucesión de rocas volcánicas amontonadas, sueltas pero bien colocadas, todo lo que hay fuera de este margen es intransitable. A nuestro frente vemos como una línea zigzagueante adorna una ladera empinada, no es otra cosa que nuestro itinerario más próximo. A nuestra espalda comienza a descender el paisaje, el puerto comienza a verse en la lejanía, y las vistas se tornan nuevamente de lo más idílicas. En un intento de fotografiar a los que me preceden sobre ese fondo tan bello, me bajo de la bici con la mala fortuna de pisar una roca suelta, perdiendo el equilibrio y cayendo justo sobre un espino seco. Presto como una centella, Leo, se abalanza sobre mí para asirme de los brazos y sacarme de tan embarazoso lugar. A pesar de ser todo tan rápido, decido no moverme, puede ser peor, mejor ser izado que ponerme a bracear y multiplicar el número de espinas que van a lacerar mi piel, profanándola con sus infames pinchas polvorientas. Una vez erguido, me entretengo unos minutos sacando espinas de mi nalga izquierda, menuda faena, he caído tan mal que una roca puntiaguda me ha regalado un moratón considerable en el glúteo, ¡qué dolor!. Pero los chicos duros no se detienen ante cuatro “punchas” y un “cardenal”, como se diría en mi huerta murciana. Me vuelvo a subir a mi verdosa montura y refunfuñando un poco, sigo las cubiertas de mis compañeros.

   Al inicio de nuestra andadura, no fuimos los únicos que comenzamos Pedales de Lava, una pareja catalana también se ponía en marcha. Hoy nos los encontramos en la primera ascensión. Han debido madrugar mucho. Ella primero, él detrás, ambos a ritmo cómodo pero constante. Bonita experiencia para una pareja, van midiendo sus fuerzas al tiempo que se adentran por estos lugares tan hechizantes, da gusto verlos, es casi una comunión perfecta entre amistad, esfuerzo y cariño. Unas palabras de aliento son el intercambio que tenemos con ellos, son de una madera difícil de encontrar. Seguimos subiendo, las cuestas nos esperan.

  Dos días en la isla dela Graciosason suficientes para hacerse a la idea de cuan abruptos y grandiosos son los acantilados del mirador del Río. Ahora tenemos la perspectiva opuesta, estamos en la cima, no sin haber ceñido un poco los riñones a los cuadros de las Ghost. Parece que estemos en una pasarela de moda famosa, las cámaras disparan como ametralladoras, ahora una foto en grupo, una dela Revolussión, otra de los murcianos, muchas para mi mujer, más todavía para mis hijos… ufffff !!!! cuantas ganas de enseñar lo que estamos contemplando. Creo que un adjetivo que se ciñe bien al lugar es: hipnótico; te puedes pasar horas viendo las islas del archipiélago Chinijo, el mar, las gaviotas jugando con las corrientes aéreas, el conjunto en sí, ver los detalles de los acantilados, los barcos entrando y saliendo de Caleta de Cebo, es todo un espectáculo interminable.

  Continuamos siguiendo la línea roja del gps. Toca descender unos pocos kilómetros por asfalto. Cómo cormoranes hambrientos nos lanzamos en picado sobre los manillares, alcanzando velocidades que llenan nuestras venas de adrenalina. Pero pronto nos despedimos del infame asfalto, a la derecha tenemos un desafío. Hace dos años lo intenté con todas mis fuerzas, pero esa cuesta me pudo, tiene un desnivel intimidante y su base es de arena muy suelta, haciendo imposible el seguir avanzando sobre el sillín. Fran en esta ocasión se está esmerando muchísimo, varios intentos le hacen ver que esa cuesta es parte de ese pequeño tanto por ciento de la ruta que no es ciclable. En procesión, arrastrándonos hacia arriba, empujamos nuestras bicicletas. El track de Leo le dice que es por otro sitio, pero le digo que confíe en mi, que este caminito nos va a llevar al mismo sitio, pero con algo más de diversión. Efectivamente, una vez en marcha nuevamente vamos por una senda polvorienta que asciende cómodamente y bordea un cabezo, nos ofrece una panorámica preciosa. Tampoco le falta ese poco de sal y pimienta para que sea un tramo sabrosón, tenemos que descender por un hilillo de tierra lleno de cenizas negras. Las ruedas se hunden, si se presiona la maneta del freno delantero se acaba envuelto en llamas, o mejor dicho, en la polvareda más pegajosa que se pueda conocer. Juan Carlos es quien prueba este combinado de sudores ruteros y ceniza negra volcánica. Presto se levanta, se atusa las ropicas y sigue bajando como un campeón.

Las piernas van calientes, los ánimos a tope y las cadenas pidiendo marcha. Tenemos que afrontar el reto de subir a un nuevo mirador, pero en este caso hemos de ser conservadores, el ascenso es largo, técnico y duro. Todos conseguimos domar nuevamente a la culebra arenosa que se dibuja en la ladera de este nuevo cerro. No pueden con nosotros, da igual el número de curvas que nos pongan, de metros de desnivel positivo, de grados de inclinación, los revolusionarios pueden con todo, somos despiadados, no damos tregua ni hacemos prisioneros.

Se repite la batería de fotografías, el acantilado las merece. Nos deleitamos viendo como una cabra salvaje se pasa por el forro la ley de la gravedad, se parte de risa de Sir Newton y se come su manzana si se descuidan, increíble la destreza y el equilibrio de semejante ungulado. Imitando a las gaviotas, nos marchamos volando, tenemos que bajar hasta Haría donde nos pondrán otro sello de control. Para llegar a esta población tenemos dos opciones, una sería la más cómoda, no es otra que dejarnos llevar por la carretera siguiendo los carteles indicadores, o la opción más divertida, dejarnos caer torrentera abajo derrapando como posesos, riendo y disfrutando como salvajes alocados. Al llegar al final de nuestro frenesí tenemos las piernas, las cubiertas y muchas más partes de nuestra anatomía de color amarillo, bajo el negro manto de picón hay un polvo amarillento que lo tiñe todo.

Decidiendo en un cruce por donde seguir, como por arte de magia aparece el Pantocrator. Maxi Biela a lomos de una flaca. No sé si pensar que es un encuentro fortuito o si es que nos ha puesto un geolocalizador en alguna bici, para así tenernos controlados. Para evitar pulmonías, la entrevista es breve, el maestro de ceremonias se interesa por nuestra comodidad, por la nueva bici de Leo y por los intereses del grupo, es un personaje único. Nos despedimos de él y continuamos hacia las entrañas de Haría donde nos pondrán el sello de control al módico precio de tres euros por cerveza, se les ha ido la mano este año, pero me alegro de que hayamos sacado nuestros bocadillos en su terraza, si llegamos a pedir algo de comer tenemos que vender los implantes dentales de titanio. Aprovecho para decirles: ¡Carerossss!.

       Toca subir nuevamente, la etapa de hoy consiste en eso, en subir y bajar, subir y bajar. Fran se desmarca a plato grande, tiene que tener unas rodillas de acero. Marco y Cobos le siguen y yo que soy más tonto que un tonto, también me uno a la procesión. Mi estrategia es la constancia, la moderación, seguro que alguno se cansa y le levanto las pegatinas. También me ocurrió lo mismo con Dani en el viaje anterior, me aferré al manillar, clavé el plato mediano y me puse a tirar como un poseso. Hoy me he pasado, Fran se ha quedado en un mirador, el abanillero y el polilla, creo que no huelen a Chorques desde hace rato y yo que me encuentro cómodo sigo incrementando el ritmo, tanto que me he perdido en lo alto, junto a la base militar. Lo que va a ocurrir a continuación es solo apto para los que perteneceos a las F.A.S.  Tal vez dentro de 25 años pueda desclasificar el archivo de lo ocurrido hoy.

  El objetivo es llegar a Teguise, pero antes hemos de bajar una buena trialera, que está cada vez más suelta y bacheada y después subir lo que el Pela69 denominó como las cuestas del Llanto. Claro en aquella ocasión la ola de calor era atroz y despiadada, subir por aquellos páramos yermos daba hasta miedo, porque en el camino había medio rebaño de zamarras acartonadas que unos meses antes habían pastado por allí. Esta vez la cosa es más benigna, el cielo está nublado y sopla una brisa muy agradable, hace hasta fresco, así las cuestecicas no se ven tan agresivas. Fran nuevamente intenta llevarse el gato al agua, quiere subir el llanto de un tirón pero es imposible, sólo los super héroes pueden llevar a fin gestas como esas, los mortales nos conformamos con empujar las bicis hasta la parte superior, donde poder continuar nuestro camino contemplando la caleta de Famara a estribor.

La recompensa es la llegada a Teguise, es rápida, con el camino lleno de piedras y escalones donde poder hacer alguna que otra cabriola. Con los chubasqueros puestos llegamos al pueblo. Es día de mercadillo, pero llegamos tarde, están recogiendo los puestos, es un lástima, mis recuerdos son los de unas callejas llenas de color y gentes alegres. Localizamos el bar donde nos deben poner el penúltimo sello del día y dando un pequeño paseo turístico vamos recorriendo las coloniales construcciones y acercándonos así, de una manera tan bonita al final de nuestra etapa.

  Kilómetros de risaero nos esperan, cuesta abajo, donde nos vamos a cansar casi tanto como si tuviésemos que ir de subida, pero el ver la costa llena de surferos hace que las piernas pidan guerra, tienen ganas de abandonar el sabor a biela y sentarse en alguna buena terraza a sentir como por la parte alta del cuerpo se ponen de cerveza fría hasta el gollete. En la tienda de surf nos estampan por última vez el sello de Pedales de lava en nuestros libros de ruta. Hacemos unas pequeñas compras de camisetas y nos vamos en busca de la ducha. Maxi está esperándonos con la señora Amparo, van a repartir los bungalows y nos va a acompañar con Clara y una amiga un ratito, al tiempo que nos tomamos unas birras.

La cena esta vez es algo más espartana, unas pizzas y unas ensaladas, no hay muchas ganas de trasnochar, los cuerpos están cansados, ha sido una ruta dura, tal vez agotadora, pero no ha podido con los ocho fantásticos, mañana nos desayunaremos más kilómetros de lava o de volcanes, da igual, vamos a fundir lo que nos pongan por delante.

Día 4º, Timanfaya nos espera.

            Un buen desayuno en la playa hace milagros, el cansancio de ayer se ha esfumado con el humillo del café. ¡Qué banquete matinal!, sabemos que necesitamos un plus de energía, el perfil no es el más agresivo, pero recuerdo que llegar hasta Playa Blanca nos costó mucho esfuerzo.

   A nuestra espalda queda el gran gigante pétreo, el acantilado de Famara.  El sol hace tiempo que lleva luciendo sobre nosotros, hemos salido un poco más tarde de lo habitual. Salimos del pueblo por una pista abandonada, polvorienta y rota. El mar está calmado, lame suavemente las orillas, la marea está baja, al descubierto quedan muchos moluscos y cangrejos.

  Según indica el rutómetro tenemos que abandonar la pista para ir en dirección a unas columnas de tendido eléctrico, el camino es más intuitivo que otra cosa, pues hay muchas variantes. La mejor forma de llegar es la línea recta. Fran y Ernest siguen en su tónica de expedicionarios vanguardistas, pedalean sin descanso, nos sacan unos hectómetros, siguen fielmente al muñequito del gps, son obedientes. El resto vamos contemplando el mar, lo accidentado de la costa en este rincón isleño, y también luchando con todos los mini arenales que se cruzan en nuestro camino, son pequeñas trampas amordazadoras que nos obligan a poner los pies en tierra, las cadenas en estos tramos sufren mucho. Marco hoy va a recibir la mención honorífica de domador de dunas, el tío no se deja ni una por domesticar, menuda potencia le ha proporcionado el desayuno, aunque más bien creo que son sus ilusiones las que le hacen pedalear si saber lo que siente, es tan feliz que no hay nada que lo pare esta mañana.

Alguien que me está sorprendiendo gratamente es el señor Francisco Cobos. Muchos sabéis que hace unos meses sufrió una mala mañana y se dejó una rotura de ligamentos cruzados en el camino. Hoy viéndole pedalear jamás diría que su pierna izquierda sufre esa lesión tan grave e injusta. Imagino que tendrá sus dolores, pero su boca no ha pronunciado ninguna interjección negativa, es mas, se aferra a los puños de la bici al tiempo que gestiona con sus cuádriceps en cualquier subida que se le pone por delante, tiene esa raza que no puede evitar esconder tras los calmantes, es único, voy a aprovechar desde aquí para decirle que le brindo toda mi admiración como compañero y como deportista. ¡Paco, eres una mala bestia!

Mi situación es diferente, después de haber pasado por dos neurólisis por culpa de unos neuromas de Morton que no existieron, llevo el pie izquierdo algo Frankenstein, pero gracias a un duende que vive oculto enla Explanadade Alicante, llevo unas plantillas que me permiten comerme todo lo que quepa entre los bujes de la bici. En esta aventura apenas estoy teniendo sensaciones extrañas que me puedan preocupar.

Así entre heridas de guerra y rayos de sol que atraviesan las nubes llegamos a Caleta Caballo. Un apiñamiento de casitas, todas ellas blancas, con diseños al más puro estilo isleño, que se apiñan alrededor de una caleta. Algunos barquitos de faena siguen amarrados a sus orinques, hoy no salen a soltar palangres ni trasmallos, descansan meciéndose con el vaivén del oleaje. En este punto nos encontramos nuevamente con la pareja que paralelamente también disfruta de la ruta. Nos hacemos una foto de grupo como recuerdo y seguimos nuestros caminos.

El siguiente pueblo que nos encontramos, pero algo más afectado por el turismo y el paso de las gentes, esLa Santa.EnCaleta de Caballo la vida se siente con un pulso más relajado, al compás de las olas, las nubes son las que sirven para saber que todo sucede, son la única referencia de que la vida pasa. Bonito rincón para desconectar durante unos meses de la alienante vida que llevamos todos los que formamos parte del sistema de consumo alocado que nos gobierna.

            Camino del parque natural de Timanfaya nos encontramos con otro volcán a pie de acantilado. También tiene una subida sugerente que pide conocer el sabor de las cubiertas de las bicis de Fran y algún que otro descerebrado. Así se lo proponen y nuevamente tenemos el espectáculo formado. Que esfuerzo tan grande, subir arrastrando la bici, pero que placer tan inconmensurable han de sentirse al notar que los ojos se les llenan de lágrimas a consecuencia de la velocidad que alcanzan en la pendiente. Bien saben que el más mínimo error gestionando los frenos y acabaran con  los pellejos ardiendo, envueltos en llamas. Pero nada de eso ocurre, los rostros sonríen descontrolados, la adrenalina no les deja respirar bien, están atacados.

         

   Nos queda poco para llegar al mar de lava, el diablo de Timanfaya estará echando azufre por los cominos para hacernos más difícil el paso.

Al principio Timanfaya es un recorrido pistero que no asusta, parece que en mitad de esa brutal explosión de material magmático solidificado han puesto una autovía para ciclistas, pero nada más lejos de la realidad, es la antesala al infierno. Comienza a salpicarse el camino con roca volcánica, poco a poco va tapizando toda la superficie de rodadura, hasta tal punto que vamos crujiendo sobre un río de guijarros magmáticos. El sonido es característico, casi imposible de olvidar, el calor que emana del suelo, la hostilidad del paraje, y la pendiente. Vamos subiendo, poco a poco, pero con la dificultad de la tracción la cosa calienta bien las piernas. Algunos repechos son trampas de polvo, a mitad de la subida las llantas se hunden en un fino polvo que nos obliga a sacar humo a nuestras rodillas, a apretar más aún si cabe nuestros dientes, para no dejarnos sucumbir, para seguir manteniendo nuestra verticalidad. Después de cada uno de estos requiebros los alientos están frenéticos, hay que aflojar un poco el ritmo para recuperar un poco el fuelle.

  Al principio del parque nos cruzamos con un grupo de extraños ciclistas. Digo extraño porque uno iba cargado de instrumentos en las cinchas delanteras de la mochila, creo que pude ver dos walky talkies, un gps, un teléfono móvil, una cámara de fotos y no sé cuantas cosas más, otro iba sin culote, con un simple y triste pantalón de atletismo raído por el paso de los años y los otros tres iban haciendo lo que podían sobre los sillines. Les dimos los buenos días y les llenamos los ánimos de polvo. No eran nuestra intención, pero sé que hubo risas burlonas a escondidas, tal vez alguna de esas fuese la mía, pero no lo confesaré si no es delante de mi abogado.

Una vez exhibidos nuestros gemelos fugazmente, seguimos crujiendo y crujiendo. Fran y Ernest se desmarcan nuevamente, son incombustibles. A mi, Marco y el polilla nuevamente me ponen precio y van a mi caza, motivo por cual subo a plato mediano, aprieto los riñones y comienzo a poner tierra de por medio, hoy me siento con fuerzas para todo. Timanfaya es un viejo amigo, y si en un pasado pude vencerle con unos quince grados más de temperatura, hoy me lo meriendo con patatas si hace falta. Esta ventaja me sirve para ir parando y hacer unas fotos chulas a mis compis de persecución.

Al llegar al final del parque nos agrupamos todos, creo que no han sido necesarios ni cinco minutos para estar todos juntos. Cualquiera diría que este grupo tan heterogéneo puede llevar un ritmo tan regular y potente.  Leo, Paco y Juan Carlos, son del tipo de ciclistas que se convierten en una pesadilla, siempre están detrás de uno, vayas al ritmo que vayas, siempre están ahí, la veteranía les avala, son tres grandes, son más zorros que nadie, saben medir sus fuerzas con una precisión inaudita, son alquimistas puros, saben transformar un café, unas tostadas y poco más en decenas y decenas de kilómetros de agónico pedaleo y tener aún reservas para ser unos cachondos.

  No he hecho mención en esta crónica a un detalle que ha teñido toda la aventura y es el gran sentido del humor de nuestros amigos alicantinos. No hemos dejado de reírnos, de sonreír, de atragantarnos con tantas carcajadas, son unas personas maravillosas con las que viajar se convierte en algo diferente. Antes de finalizar la crónica os adelanto un gracias, un aplauso a vuestra convivencia, a vuestra deportividad, a tanta generosidad derrochada. Gracias amigos. Finalmente cuando llegue al párrafo último, el de los agradecimientos no tendré que ponerme tan pasteloso como de costumbre, sólo intentaré recordar el discursito que largué en el salón de la organización en Puerto del Carmen. Creo que no me correrán las lágrimas en esta ocasión.

Yaiza es el punto donde nos van a sellar nuevamente el librito. Sin los sellos debidamente cumplimentados, no podremos obtener el maillot que nos afianza como auténticos finalistas de la prueba. Tampoco es el objetivo, pero a nadie le amarga un dulce.

Nuevamente mis recuerdos luchan contra el track del gps. Recuerdo que en mi anterior visita, al salir de Yaiza nos adentramos en unos polvorientos caminos con algunas cuestas, y que tras mucho moler café con el piñón más grande llegamos hasta las salinas de Janubio. Hoy salimos de la población dirección a la playa de Hervideros, nos  estamos metiendo entre pecho y espalda un atracón de asfalto. No me gusta la idea, pero bueno, es lo que tenemos como referencia, este tramo no lo recuerdo bien. Pero en breve la recién asfaltada carretera nos deja a los pies de las salinas.

Siguiendo la señal oficial de la ruta, nos adentramos en un extraño mundo. A la diestra el mar, bajo nuestros pies unos acantilados huecos por donde sopla en aire y en ocasiones el enfurecido oleaje y al frente la inmensidad de un paisaje plano, pedregoso. Da la impresión que en cuatro pedaladas está todo hecho, que en unos minutos aparecerá doblando la esquina el faro de Playa Blanca, pero la realidad es otra. Hay que negociar bien los desarrollos, el terreno es ondulado, pero bien definido, nuevamente unas piedras bien colocadas nos marcan por donde debemos rodar. Si se nos ocurre salinos del trazado establecido nos quedamos clavados en una espesa arena que nos impide continuar. El terreno está arenoso, no se puede ir todo lo rápido que se quisiera, pero nuestras piernas no tiemblan ante semejante obstáculo, al contrario, aprietan y aprietan. La tónica es la de siempre, primero Fran abriendo hueco, después el sargento de Santa Pola, después quiero ir yo, pero en esta ocasión Marco, ya repuesto de su traspié intestinal del primer día, se asigna la tercera posición y en breve ascenderá al cajón en segundo lugar, metiendo prisa a la esperanza de la raza blanca, nuestro Francisco. Los demás vamos con las lenguas ondeantes al viento, los ánimos van por delante de nuestros manillares, las fuerzas se derrochan sin contemplaciones, estamos acabando la cuarta etapa, esto está casi acabado, la faena de mañana no es de las peores, así que vamos a quemar cartuchos sin miramientos.

Creo que llevamos algo menos de una hora de incesante rodaje entre piedras, agujeros, vaguadas y mucha arena. Hemos pasado junto a una gigantesca desaladora, junto a las ruinas de un hotel que no sirve ni para dar cobijo a los okupas. Pero la atracción inolvidable es poder contemplar las maniobras de un helicóptero de las FAS. Marco queda boquiabierto, es el mejor regalo que se le puede hacer. Máxime cuando el piloto le dedica una maniobra y le saluda. Espero que pueda superarlo, se le ve emocionado sobremanera.

   ¡Ay!, mis piernas piden a gritos un descanso, llevamos muchas horas de trasiego. Mis plegarias son escuchadas, a lo lejos despunta el farol tan ansiado. El islote de lobos comienza a aparecer en el horizonte, Fuerteventura también va mostrando su contorno. Lo mejor del día, ver como vamos llegando al final de la epopeya del día, me siento como Ulyses, necesito llegar al hogar y tensar el arco, pero en mi caso, voy a tensar bien el tenedor en la cena.

Pedaleando relajadamente por un paseo marítimo hacemos los últimos kilómetros que nos quedan. La gente disfruta viendo la procesión de ciclistas que rompen la parsimonia de sus paseos. No podemos evitar hacer algunas paradas para contemplar el atardecer, el ocaso en esta latitud es de lo más bonito que se pueda imaginar. Hacemos unas fotos y sonrientes, reagrupados y con nuestras cantinelas de revolusionarios, llegamos hasta Playa Limón, donde unos impresionantes y súper confortables bungalows nos esperan.

Que minutos tan plácidos, el agua caliente, casi hirviente me libera de una rojiza capa de polvo y arena. Los efluvios del gel de baño me hacen ver que por hoy todo ha acabado, que ahora toca ponerse ropa cómoda, perfumada y calzado blandito, sin herrajes metálicos. Puede que se me haya olvidado caminar, tal vez sólo sepa desplazarme pedaleando. Mientras resuelvo esta duda, me llevo al coleto las frutas refrescantes que nos han obsequiado en el hotel. Una tumbona en la entradita, una temperatura ideal, una naranja, una pera y una rica y jugosa manzana cenicienta son placeres simples pero que pueden hacer que un hombre no deje de sonreír durante un buen rato, al tiempo que espera que las pulsaciones le bajen a mínimos razonables.

Sobre la cena poco voy a decir, es de lo más decepcionante, mis recuerdos sobre el comedor de este alojamiento eran mejores, pero bueno, en mi próxima visita me iré al paseo marítimo a emplatarme un kilo de tallarines carbonara por lo menos. Como siempre los momentos de mantel son únicos, las risas son los entremeses, las carcajadas los primeros y los platos fuertes nos los cocinamos con los chistes de nuestro genial Ernesto. A los postres nos reservamos siempre alguna anécdota del pasado, son cosas de la edad, no se puede evitar, el espíritu del abuelo de los porretas va dentro de todos nosotros.

Jornada final, jornada infernal (Los Ajaches).

            Dicen que no hay quinto malo, y bien cierto que es. Esta quinta etapa se perfila muy agresiva. Para mi gusto es de las auténticas si miramos el evento desde el punto de vista del ciclismo de montaña. Hemos de atravesar una cordillera no muy alta, pero si muy accidentada, llena de cicatrices que llevan el agua de la lluvia hasta la misma línea de costa. Desprovista de vegetación, de sombra, de agua, sembrada de piedras, cuestas, repechos demoledores, barrancos y ramblas despiadadas. Lugar donde sobrevuelan los alimoches, o guirres como les llaman en estos predios. Los ajaches es donde más veces tenemos que tirar los cuerpos hacia atrás, donde más vamos a tener que calibrar nuestras maniobras tanto en subida como en sus bajadas.

            Comenzamos la mañana de la mejor manera que se puede hacer: en compañía de Maxi, nos había prometido acompañarnos en alguna etapa y aquí está, cumpliendo su deuda. Es un orgullo que nos vaya guiando el hombre que hace muchos, muchos años comenzó a soñar con una ruta que hiciera de Lanzarote un lugar deseado por los enamorados del mountain bike. Se ha traído unas cámaras de video,  quiere grabar unos planos, esperemos darle algo de espectáculo, se lo merece.

Playa Papagayo es uno de los lugares que primero pisó el hombre en la isla, es por donde  los colonizadores, piratas, militares y también comerciantes accedieron a este extraño pero atractivo rincón del planeta. Nosotros vamos a ir perfilando sus costas, pedaleando sobre sus acantilados. En 2009, fue Sergio Fernández quien nos grababa en vídeo a Daniel y a mi. Mi paso por este paraje va a quedar bien documentado.

Es muy difícil ir explicando todo lo que vemos, para que os hagáis una idea, vamos a ir ciclando por un camino roto, lleno de lascas de roca volcánica, con mucha arena negra y tierra en polvo. Con cuestas que obligan a sentarse en la punta del sillín para no descabalgar, con cuestas en las que vamos casi sentados en la rueda trasera para guardar mejor el equilibrio y no volar sobre los manillares. Es un conjunto de sensaciones propias de este deporte. No hay ningún centímetro que no requiera de nuestra atención plena.

Curiosamente, después de conquistar la costera más exigente de la mañana, comienzo a sentir que me tiemblan las piernas, que se me nubla un poco la vista, que mi corazón no bombea como de costumbre. Siento los primeros síntomas de una pájara. Comienzo a achacarlo al mal desayuno que nos han ofrecido, comer con asco es comer poco y mal. Maxi ha venido con ganas de sacarse una espinita que le clavé hace un par de años, pero no encuentra rival, mi maquinaria no funciona, me siento cada vez más débil y para postre he dado un llantazo y se ha rajado la cámara. Toca parar y reparar el desaguisado. ¡Qué mal me noto!, qué rabia, esta etapa es para sacar la rabia que se lleva dentro y me siento como un peluche, blando y sin fuerzas, no es justo. Menos mal que tengo el calor de todos mis compis, me alientan de forma cariñosa, hacen que me sienta mejor anímicamente, pero físicamente algo falla, el Sincrolador se ha roto.

    Poco a poco comienzo a sentir retortijones, mis tripas comienzan a sentirse angustiosas, hacemos un alto en Playa Quemada y no tengo ganas de probar bocado alguno. Me conformo con beber mucho líquido frío. Esto no está tomando la dirección que un pájara suele seguir, las conozco bien, he sufrido muchas en mis principios como globero. Una visita al tigre me hace descubrir cual es mi problema: el virus intestinal que afectó a Marco y a Cobos en días anteriores. Las diarreas me están pasando una recia factura, ahora lo entiendo todo.

  Después de un baño en la caleta del santuario, Fran va a romper un mito, va a demostrar que su testarudez va a la saga de su destreza, técnica y pericia, cuando se trata de subir como una cabra por acantilados, sendas o cualquier otro sitio por el que le digan que no se puede subir o que por lo menos nadie lo ha conseguido aún. A la de una, a la de dos, a la de tres y a la cuarta lo consigue, Maxi se postra ante el gran hombre, como dijo un filósofo a principios de la aventura: este chico es la esperanza de la raza blanca. Se ha merendado un tramo de senda que era también parte no ciclable del evento, tendrán que cambiar el rutómetro, han de bajarle el tanto por ciento de recorrido no ciclable. ¡Viva la revolusión!

Sabiendo cual es el motivo de mi debilidad, opto por declinar el ofrecimiento de nuestro guía aborigen. No tengo fuerzas ni ánimos para suplementar el recorrido con un tramo técnico desde el cual poder contemplar posiblemente las mejores vistas del día. Tampoco quiero ser un lastre, así que propongo continuar solo, me sé el camino perfectamente, me gustaría que los zagales disfruten al máximo cada minuto de los que estén sobre las bicis. Pero son tan brutalmente increíbles que se niegan a dejarme solo. Paco, Juan Carlos, Leo y Marco me castigan con su compañía. Por el contrario Fran, Cobos y Ernest se ponen a rueda del creador y comienzan el ascenso hasta lo que después nos contarán como algo digno de contemplar.

Tengo unas ganas locas de acabar, de tumbarme sobre la cama y estar un rato a oscuras. Para ello todavía me queda un buen rato.

Me gustaría poder describiros lo maravilloso de este tramo final, pero mis sensaciones están nubladas por el mal estar. Mi cuerpo apenas tiene fuerzas para mantenerse sobre la bici. Hubiese sido una opción pedir que me recogiesen con un coche, pero no concibo la retirada, sea como sea, he de acabar, aunque la noche me cubra con su manto estrellado, pero a la plaza de las Naciones Unidas de Puerto del Carmen, éste que os cuenta la película tiene que llegar rodando, desencajado pero a lomos de una bici de montaña, no me sirve ninguna otra opción.

¡Al fin!, veo que el carril bici se acaba, la plaza está a dos pedradas. Nos dejamos caer hasta la misma playa, tocamos el agua del mar con las ruedas y nos hacemos unas fotos. Los abrazos se agradecen, el momento es emotivo, hemos acabado un episodio muy bonito de nuestras vidas, al margen de haber concluido Pedales de lava. Sonrientes y victoriosos nos replegamos hacia el hotel.

  Mientras me relajo sobre la cama, llegan los intrépidos exploradores que dejamos en el último tercio del recorrido. Los comentarios son de lo más atropellados, todavía están viviendo lo mucho que han disfrutado, se les amontonan los sentimientos.

            A las diecinueve horas hemos quedado con la organización para hacernos entrega de los bien merecidos maillots, despedirnos de las bicicletas que se han ganado a pulso cada kilómetro de los que han recorrido por enésima vez. Hacernos las fotos en ese ansiado mural que todos verán después a través de sus monitores en el facebook. Momento también en el que la despedida será el colofón a un viaje muy soñado y deseado por todos nosotros.

  Yo no me puedo hacer las fotos con el maillot, porque es el que he sudado en esta última etapa, pero me coloco una de las camisetas de algodón que llevan el diablo conejero en el pecho, y con eso acredito que soy un repetidor, un entusiasta de la ruta y también de todas las personas que hacen posible que sea tan especial.

   Entre todo el alboroto notamos que nos falta un guerrillero, el bueno de Juan Carlos se encuentra luchando contra el miserable virus que nos ha afectado a la mitad del grupo. Menos mal que en el combate es un superviviente nato y a los pocos minutos aparece con un rictus desencajado pero no carente de buen humor y nos hacemos la foto de grupo, la tan ansiada foto.

Capítulo Cero.

            Aprovechando que todo está al borde del ocaso,  levanto un poco la voz y pido la palabra, no quiero irme sin dejar en el aire un pensamiento que me está formando un nudo en la garganta y ha de salir.

  Quiero dejar constancia que ha sido una experiencia vital que me ha enriquecido mucho, no por la dificultad de la ruta o por su variedad paisajística, sino por la calidad humana de todos y cada uno de los que me han acompañado. Por lo generosos que han sido en cada momento, por ser conscientes de lo difícil que es viajar en grupo y no haber protagonizado ni el más mínimo momento de confrontación,  ni disconformidad. Por haber hecho de la sonrisa su bandera, de la educación su Patria. Me siento grandemente orgulloso de haber conocido a estos hombres, con los que espero volver a compartir ruta, mantel, y lo que la vida nos deje.

  Con semejante verborrea no puedo evitar emocionarme, todos sonríen y seguro que dentro de ellos algo similar ha ocurrido.

  Todo ha terminado, mañana antes del alba estaremos en el aeropuerto nuevamente, esperando un avión que nos llevará a Madrid y desde allí en el coche de Marco llegaremos casa, Paquito, él y yo. Nuestras vidas van a volver a su normalidad, pero siempre que nos volvamos a encontrar habrá un nexo eterno que jamás podremos olvidar.

            Gracias a Chema, a Clara, a Maxi, a los revolusionarios, a Marco y al polillón. Muchas gracias a todos, he disfrutado mucho de este viaje y puede que antes de bajarme del avión ya tenga configurada en mi mente la próxima aventura de “El Sincrolador”, espero poder llevaros a bordo.

            Hasta pronto.

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13 comentarios

  1. Ernest

    Luis:

    excelente texto: ¡enhorabuena!

    me has hecho recordar, golpe de pedal a golpe de pedal, todo el viaje.

    un fuerte abrazo,

    hasta pronto, amigo.

    Ernest.

    20 febrero 2012 a las 20:20

    • Nos veremos pronto.

      Ha sido un lujo poder conocerte mejor esa semana.

      Un abracete, amigo.

      21 febrero 2012 a las 00:09

  2. Jose Ros

    ¡Vaya ruta! Para cagarse…Ja,ja!
    Que buen rato me has hecho pasar Luis, se palpa y contagia la pasión que sientes por este lugar.
    Saludos.

    20 febrero 2012 a las 23:24

    • Hola Jose, ciertamente quedé embrujado la primera vez que pisé el archipiélago canario, allá por el año 1994, desde ese día, siempre que puedo me escapo a alguna de sus islas.

      Gracias por pasar y gastar un poco de tu tiempo en este rincón.

      21 febrero 2012 a las 00:10

  3. JUAN CARLOS

    He disfrutado con la lectura de tu texto y recordado lo fantástico de nuestra aventura. Pedalear juntos ha sido una auténtica gozada. Grato recuerdo sin duda, que me encantaría volver a compartir.
    Un abrazo compañero.
    Hasta la próxima.
    Juan Carlos.

    21 febrero 2012 a las 00:17

    • Para mi también fue una grata poder rodar a tu lado, siempre sonriente, siempre cachondo… menudo espíritu más revolussionario.

      Hasta pronto, mariconsónnn !!!!!!!! ;-)

      21 febrero 2012 a las 00:47

  4. Ernest

    ahora, si!!…con las fotos que restaban queda perfecta!!

    saludos!!

    21 febrero 2012 a las 08:55

  5. José Bernabé López

    Estimado Luis: Acabo de terminar de leer tu crónica. Para poder entender mejor tu relato y situarme como Dios manda, lo he ido acompasando con Google Earth y Map.
    ¡QUE PASADA! La isla es preciosa, recorrerla en MTB otro lujo, y hacerlo con los compañeros tan especiales el broche final. Sé a qué sabe el último día de una ruta tan especial, se recuerda para siempre. Me ha encantado tu narración y las fotos son geniales. Gracias por este regalo impagable.
    Espero poder acompañarte pronto.

    José Bernabé

    24 febrero 2012 a las 01:01

    • José, llevarte si que hubiese sido un broche de lujo.

      Gracias por pasar por este rincón de aventureros incansables.

      Un fuerte abrazo y a ver si ponemos las agendas a tono y nos volvemos a ver con nuestras mellizas.

      24 febrero 2012 a las 08:38

  6. Pela69

    Joder, que momentos, ya hace unos años que fuimos a descubrir Pedales de Lava y este relato me ha devuelto literalmente allí, con vosotros. Gracias por hacerme revivir la aventura y por el obsequio que hará que lleve esta aventura, si cabe, más cerca de mi. Sabe Dios que me habría gustado acompañaros….

    24 febrero 2012 a las 13:45

  7. Sabes que siempre ibas a mi lado, amiguete.

    Nos vemos.
    :-P

    24 febrero 2012 a las 13:54

  8. jose maria marco

    Que aventura. Quiuero mas, mas y mas de esas. GRACIAS por hacerme disfrutar . Además de todo lo relatado sabes que me encanto lo del helicoptero y las tres bolas de helado que me zampe al terminar la ruta. Espero compartir mas aventuras de estas junto a los revolucionarios, paquito y tu. En ocasiones en mi recuerdo el pela, diciendome lo bien que me lo iba a pasar y no se equvocó. Un saludo a todos

    26 febrero 2012 a las 21:40

  9. Pues no me acordaba de esas bolitas de helado que tan ricamente nos comimos viendo el atardecer en Puerto del Carmen, sentaditos en un banco del paseo marítimo. Cierto que las disfrutamos mucho.

    Sin duda alguna disfrutastes mucho, no eras capaz de disimularlo, ibas todo el día con la sonrisa boba conectada, ajajajjajaa.

    Ha sido un placer poder contar esta aventura contigo a bordo.

    Lo del Pelica fue una lástima, pero bueno, con el viaje a Halifax se va a resarcir.

    Un abrazo, AMIGO MÍO.

    27 febrero 2012 a las 06:34

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