Aventurero Incansable

Senda del Martillo

                        Aparece el cohete humano, puntual como un reloj suizo o como un Lord inglés. Al final de la rampa del garaje ya tengo los ejercicios de estiramientos hechos, el café tomado, el tigre visitado, la bici engrasada y el equipo necesario en los bolsillos estivado.  Tras un golpe de botón se cierra la puerta seccional, poco a poco, y dentro se queda esperándonos la línea de meta.   Otro sonido clásico es el ajuste de las calas de las zapatillas en los pedales y el leve crujido de la cadena colocándose en el piñón adecuado. Así comenzamos una nueva mañana de ciclismo de montaña.

            La mañana no puede ser más otoñal, ha estado lloviendo casi toda la noche, pero ahora tenemos una tregua, el cielo está plúmbeo, encapotado, grisáceo, las calles brillan, el asfalto está más negro que nunca y por los bordillos corren hilillos de agua que buscan el descanso en el río, pero que no pasarán de ser un charco más. Así que pisando estos charcos sin compasión y con los brazos algo ateridos vamos dejando atrás el carril bici de Ceutí. Pocos minutos hemos necesitado para cruzar el puente que une las dos localidades de mi entorno y las cubiertas comienzan a crujir sobre la mota del río.

            El ritmo es cómodo, vamos charlando de nuestras cosas, nunca nos faltan temas, más bien se nos amontonan. Nos pasamos la vida fantaseando con nuestros viajes, bicicletas nuevas y cosas por el estilo, preferimos dejar archivados en un cajón olvidado los temas de los mayores, los temas laborales y así elucubrando entre las cañas de la ribera calentamos las piernas y el resto del cuerpo.

            El bosque de ribera a nuestro paso por la Algaida está precioso, los verdes son únicos, el brillo mojado de la lluvia y el reflejo de la luz en las gotitas de agua hace que todo sea de lo más bucólico, algunos cormoranes se aprietan sobre las ramas del viejo álamo seco que se yergue solitario entre los tarays y algún que otro eucalipto. Las negras avecillas corredoras revolotean a nuestro paso por las orillas, alguna rata despistada también corre al ver que se le acercan dos cosas multicolores que no le tienen miedo.

 

            Nuestro paso por el puente verde hace que me pare un segundo, este tramo siempre lo he conocido como Río Muerto, y me evoca recuerdos de mi niñez, es inevitable, me veo trasteando con mi G.A.C. Akimoto, por la huerta que tengo ante mis ojos. Para disimular mi nostálgicos ataques de añoranza pueril, saco la cámara de fotos e inmortalizo al amasijo de músculos que me persigue sobre la tablazón del puente.

            Hemos salido muy al estilo compadre. Me explico. El día está nublado, las temperaturas ya no son veraniegas y puede que vuelva a llover. Lo lógico sería llevar unos chubasqueros en las mochilas, pero no, creo que aparte de la colonia no nos hemos echado otra cosa al salir de casa. Así que tenemos que subir un poquito el ritmo para que la caldera interior caliente nuestros pellejos.

 

            Al llegar a las mini presas del barrio del matadero de Archena, comienza a chispear. Unas gotitas finas nos enfrían los antebrazos y muslos primero, después van tomando más cuerpo y comienzan a enjugar nuestras camisetas y culotes. En este momento pedaleamos por el paseo fluvial y podemos escuchar como la lluvia se torna en una melodía endiablada al golpear la superficie del río, es un sonido hipnótico, casi como salido de la flauta de Hamelin. Con esta serenata llegamos al Balneario, allí el tono de la orquesta cambia, la lluvia golpea el adoquinado de la avenida central y parece que se aceleran los compases.

 

            Hay un punto de esta ruta que me gusta mucho, y no es otro que cuando dejamos atrás las construcciones al estilo hormiguero y nos convertimos en parte del paisaje huertano. Donde las cañas nos mojan con sus penachos en plena floración, en donde los limoneros extienden sus brazos sin control, y los tarays espesan el paso de la senda. Una bonita y abundante acequia nos dice que vamos por el lugar adecuado, a contra corriente, pero en buena dirección. Así, entre estas perlas murcianas del Valle de Ricote, nos vemos rodando por la ruta del Golgo, insertada en la ruta de los Miradores dirección a Villanueva del río Segura.

            Han sido unos minutos balsámicos, pues los olores a hierba mojada me han llegado a lo más hondo, han refrescado mis ideas, han inundado nuestros ánimos de verde murciano mezclado con tierra mojada.

 

            Al atravesar Ulea vamos completamente calados, como se dice en mi pueblo, no hay ni un centímetro de nuestras equipaciones que no esté mojado, pero como no sopla viento no tenemos sensación excesiva de frío, es soportable, en Valdemoro pasamos ratos peores con ropas de menos calidad, así que ahora que tenemos los pellejos más curtidos no nos vamos a quejar, al contrario, nos está gustando mucho esto de ir hechos unas sopas, hace que olvidemos el abrasador verano que nos ha fustigado hasta hace unos pocos días. Creo que los paisanos están viendo pasar a dos tontos sonrientes, que lo salpican todo con sus bicicletas.

            Una rotonda nos hace de indicador, en un par de hectómetros comienza el ascenso, abandonaremos la molicie que nos envuelve y vamos a humear de lo lindo, tenemos que superar el ascenso del Scalextric.

 

            Tengo miedo de que el adoquinado teñido con el color del albero esté resbaladizo, pero cual es mi sorpresa al ver que no está junteado y además es de superficie muy rugosa. Eureka, vamos a poder subir sin excusas ni pretextos. Pellizco las manetas del cambio y bajo al plato chico y subo la cadena al piñón de más dientes, no tengo ganas de forzar las piernas, esta semana las sesiones de fisioterapia me han mejorado mucho los dolores de la pierna derecha, así que voy a intentar rentabilizar los masajes al máximo. Eso no quiere decir que el abuso del molinillo me inhiba de esfuerzos y algún que otro jadeo al llegar arriba, es inevitable que el cuerpo demande auténticas ventoleras para que los pulmones ventilen el oxígeno necesario a todos los músculos intervinientes en semejante apretón. Paco me persigue en silencio, ahora no tenemos muchas ganas de ir charlando, más bien tenemos ganas de alcanzar el inicio de la senda del Martillo.

 

            Primero tenemos un kilómetro y medio aproximadamente de ascenso por una pista llena de gravilla, que es a la par de monótona algo cansina, no aporta nada, sólo unos minutos de sudor y algo de tensión en las cadenas. Menos mal que lo bueno llega en unos minutos, estoy deseando ver como la horquilla se vuelve loca rebotando. Son muchas las veces que he doblegado esta senda, unas veces moliendo café y otras, las menos, como cofrade del plato mediano.

            La magia de esta vereda montañera es que sin levantar la vista de la rueda delantera se puede ir disfrutando del paisaje. No creo que tenga dos palmos de tierra iguales, ni dos piedras colocadas en la misma posición, es una auténtica víctima de los agentes erosivos.

 

            Nada más empezar a subir me llevo un buen chasco, pensé que al ser un lugar por el que corre tanta agua al llover, estaría limpio de barros, pero nos encontramos que están depositados todos los lodos habidos y por haber de la zona. Las grietas que tanto hacen disfrutar a su paso hoy son embudos que atraen los resbalones de ambas ruedas, nos vemos pedaleando con una cadencia rapidísima y derrapando al mismo tiempo, tanto que se nos atraviesan los cuadros por el camino a modo de los chasis de motocross, es una auténtica odisea poder seguir en equilibrio sin poner el pie en tierra. Las cubiertas comienzan a engordar, el barro añade las hojas secas del pinar, también las piedrecillas que se desprenden del acantilado, es una especie de argamasa que nos frena de tal forma que tenemos que parar en varias ocasiones a despejar los pasos de rueda de ese ponzoñoso barro que nos quiere ganar la batalla. Con pequeños palos limpiamos las ruedecillas de la patilla del cambio, el paso del desviador de cadena, e intentamos aligerar el grosor de los nuevos neumáticos ecológicos, así no hay quien suba, pero somos cabezones por naturaleza y no dejamos de recolocarnos en los sillines e intentamos retomar la marcha, sea como sea, volviendo locas las rodillas y salpicando las pantorrillas.

 

            Menos mal que llegamos al sector más lítico, laminado y posiblemente técnico. Esta composición del firme hace que se despeje un poco la situación, así que clavamos las cadenas un poco en busca del once y no dejamos de pedalear sorteando todos y cada uno de los obstáculos que este detalle de la sierra de la Navela nos ofrece.

 

            Al final hemos ganado la batalla, es previsible, para eso estamos aquí, para llegar a lo más alto, para gozar del mtb en su estado más puro, sintiendo las vibraciones de la montaña al máximo. Los manillares y las direcciones hoy se han ganado el sueldo con creces, han trabajado más que nunca, creo que a pesar de las bajas temperaturas y de la lluvia, se han recalentado de tanto apretón y de tanta tensión, no hemos dejado de bracear en todo el ascenso, si no hubiésemos ido colocando la bici por el trazado correcto, más de un susto nos habría adornado la mañana, pero a golpe de hombros y muñecas bien apretadas se ha podido domar a la bestia.

 

            Los ánimos van a tope, tenemos por delante una bajada descontrolada y súper deslizante, preñada de grietas profundas, charcos y repechos que harán sufrir las cadenas en demasía. Alocados como quinceañeros peraltamos las curvas embarradas, nos salpicamos en exceso, nos reímos a cada disparate, no dejamos grieta sin saltar ni raíz sin manchar, los frenos chillan a los cuatro vientos su dolor, rugen, se les encienden las mejillas con un carmesí infernal, los ojos nos tiemblan dentro de sus cuencas, este veneno es único, sólo el que conoce este tipo de drogas sabe de lo que estoy escribiendo.

 

            Una caída al grito de: “¡cuidado, interior!”; y una salida de cadena al pretender cambiar repentinamente el desarrollo, han sido las perlas que nos han conseguido detener en el carrusel de requiebros, derrapes y cabriolas, que nos han conducido desde lo más alto hasta la carretera asfaltada.

            Tenemos que tomar una decisión, las alternativas están claras, si queremos bajar lo subido, vamos a tener posiblemente un accidente lamentable. Consecuentemente, esa opción la descartamos en cero coma segundos, nos hacemos los dueños de la antigua nacional y con un aguacero que nos convierte en dos bolas de agua rodantes y salpicados por cada camión y autobús que nos adelanta vamos recortando distancia hacia la línea de meta, esa que se quedó dentro de mi garaje a las diez menos cuarto de la mañana de hoy.

            Somos dos espectros, mojados hasta la médula, embarrados hasta las cejas, con las bicicletas atoradas por el efecto tapón del barro en todas y cada una de las articulaciones de los cambios, direcciones, horquillas, etcétera, etcétera. Rezo para que el mando que abre el portón de la cochera no se haya mojado y nos deje mirando la fiesta en la calle. No ocurre gracias a la funda (Fundax) en la que guardo el teléfono y también el pequeño control remoto, ambos aparatos están secos, menos mal.

 

            Después de darnos una ducha calentita (por separado, que no se disparen las mentes calenturientas), y con ropas secas y cómodas nos vamos a la cocina, tenemos otro reto pendiente: preparar un cocido reponedor.

            Hoy os voy a contar mi receta, ahí va: cebolla blanca cortada en rodajas, tres dientes de ajo pelados y fileteados, un buen chorro de aceite de oliva virgen con denominación de origen “Cazorla”, unos trozos de tomate natural pelado y un soplo de sal. Fuego fuerte, sofrito humeante, aromas suculentos correteando por la cocina. Le paso la túrmix para que mis hijos no se resientan por las texturas de lo antes mencionado. Una vez espesado todo de forma homogénea añado unos tacos de jamón serrano, otros tacos de cerdo pero de la parte del solomillo, unos buenos chorizos rojos y rollizos, unos higadillos de pollo cortaditos y con la cuchara de palo, le meto unos bailoteos hasta que todo está con ese color doradito que pide agua, garbanzos, apio, zanahorias, pimentón, y patatas a cachitos pellizcados, algo de comino molido, algo más de sal y algún truquillo que me reservo. En unos minutos de ebullición dentro del acero de la olla rápida, todo ese amasijo de ingredientes se transforma en algo delicioso que nos obliga a mis hijos, a Paquito Cobos y a mi, a dejar cuatro platos limpios sobre la mesa, un montón de migas de pan repartidas por el mantel y dos vasos con restos de vino de Jumilla y otros dos con restos de agua. El postre han sido cuatro hermosos kiwis y dos cafés.

 

            A modo de despedida, quiero dejar claro que cuando me levanté de la cama y contemplé los tejados mojados, no pensé que me iba a divertir tanto en este día lluvioso del mes de noviembre. Gracias a mi compi y a los garbanzos, estoy tirado en el sofá resoplando de cansancio y con la panza feliz y redondita.

 

            ¡Hasta la próxima!

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4 comentarios

  1. Ni la lluvia, ni el barro os acongoja. Pero de que pasta estáis hechos vosotros. ¡Maquinas sincroladoras!

    6 noviembre 2011 a las 23:01

    • De la que nos forjaron en un “Convento” a ambos, allá por 1988 y 1990, allí si que hacía frío en invierno, allí se formaba con nieve en el patio y sin tiritar, allí se hacía instrucción aunque explotase Chernobil, allí el clima era algo para los informativos…

      Un abrazo Decano.

      6 noviembre 2011 a las 23:21

  2. Sois peor que dos críos estrenando botas de agua. Sus vais a resfrial!!!

    Yo ya no recuerdo cuándo fue la última salida que hice con lluvia.

    Aún así… qué guapo joder!!

    17 noviembre 2011 a las 17:20

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