Aventurero Incansable

Con ruedas y a lo loco.

      Al poner el pie sobre el primer peldaño de las escaleras que bajan al garaje he sentido algo que sólo estaba en mis recuerdos, hace mucho tiempo que no siento esto. Mis piernas se quejan del atracón de ayer con Dani y Paquito por los Rodeos, aquellas cárcavas incesantes e inacabables han congestionado mi cuerpo de manera que hoy mis extremidades inferiores están algo quejicosas. Aunque al pisar el último peldaño veo como baja por la rampa de mi cochera la Epic de mi compañero de hoy, y, se me han quitado todas la penas, las venas comienzan a llenárseme de ese veneno que nosotros conocemos tan bien, y al que somos adictos sin solución.

            Nuestra primera conversación es sobre como vamos a afrontar el recorrido de la ruta de hoy, ambos coincidimos en que el ritmo ha de ser cómodo y a ser posible conservador pues no es cuestión de machacarse dos días seguidos, pero se ha quedado en la buena intención, no hemos terminado de ponernos al día con cuatro chascarrillos y ya vamos en silencio por los caminos de la huerta.

            Para llegar a la venta Miguel de las Gachopas he optado por entrar por el camino de la derecha, que sale justamente a los saltitos de motocross que hay a un paso de la carretera de Mula, he preferido esa opción porque tiene una buena chepa empedrada y mi polilla lo agradece, le gusta poco el llano.

            Hoy la radiación solar nos va a castigar, tanto o más que ayer, pero como está nublado la sensación térmica es muy agradable. En las zonas de sombra se nota un fresquillo que nos pone los vellos de punta, nuestros antebrazos dan fe de ello.

 

            Al llegar a la venta, no quiero seguir el trayecto habitual, no hace mucho que traje a Cobos por aquí y no quiero aburrirlo, así es que vamos a subir por el tobogán, invirtiendo la ruta, el desnivel es más agresivo.

            Para poder subir el tobogán hemos de derrapar primeramente por la bajada quebrada y culebrera que hace de freno cuando bajamos semejante altozano de arenas compactadas. Ante la atenta mirada de unos trabajadores que desbrozan los caminos caemos vertiginosamente hacia la parte derecha de la exigente costana y la afrontamos por su arista superior, garantizando el éxito a costa de clavar los pedales sin piedad. Pero no acaba aquí el sufrimiento, no, en vez de machacar el tan transitado y siempre bien labrado tablado de almendros que nos conduce al asfalto del trasvase, nos perdemos por un camino que sale a la derecha de los últimos zigzags, desde el que se accede al caserón bermellón. Este caminito es dañino, muy ponzoñoso, pues tiene el perfil de un serrucho, no acabas de caerte de un plano inclinado cuando tienes que subir otro con más desnivel si cabe y afrontando curvas cerradísimas. Además, parecen no tener fin estas pendientes, se nos van a salir los pulmones por la boca, las respiraciones son lo más parecido al rugido del león de la sabana.

            Qué primeros treinta minutos, de infarto, menos mal que ahora por el camino de servicio del Tajo-Segura, podemos recuperar un poco el tono y vamos a rodar durante unos buenos minutos hasta llegar al comienzo de la rambla de los Arcos.

 

            Mi compinche conoce de oídas lo maravilloso del tramo que vamos a afrontar, pero no es capaz de imaginar lo que le está esperando. El primer sorprendido estoy siendo yo, no hace mucho que ha debido correr agua en abundancia por este seco cauce, pues hay unos surcos brutales fruto de la erosión que las aguas han labrado. Estoy teniendo serios problemas de orientación en esta primera fase, pues el bosque de taray está totalmente desfigurado, no se parece en nada a lo que recordaba. Retrocediendo en un par de ocasiones damos con el lecho principal y soltando las amortiguaciones comenzamos a subir. El agua todavía no hace aparición, nos conformamos con poder sortear los obstáculos propios de un arroyo salvaje como este. El polvo comienza a cubrirnos sin compasión.

            Opto por ir con el plato pequeño, las condiciones del suelo exigen un desarrollo rápido y corto. Unas manchas oscuras y húmedas en mitad de nuestro paso dan lugar al hilillo de agua al que estoy acostumbrado a seguir cuando vengo por estos predios de la cara sur de la sierra de Ricote. Ahora si que estamos gozando, las ruedas no dejan de salpicarnos barro y agua, los gemelos van completamente tapizados de un gris cemento alucinante, igual nos sirve como mascarilla para mejorar la piel de nuestras pantorrillas. Mis súper ruedas están trabajando de lo lindo, me quedo sorprendido al ver como se comen los escalones de piedra, como ignoran los pedruscos, como devoran los peraltes llenos de barro y como se meriendan los resbaladizos charcos. Esto es una orgía, el camino es ancho y cada uno va buscando la trazada que más le gusta, Cobos le está metiendo una caña a su montura impresionante, está en su elemento, combinando técnica y esfuerzo, tiene más dientes debajo del bigote que yo, creo que esa es la mejor señal que me puede mandar desde su 26″. Los segundos se alargan, los meandros, los corredores, las curvas cerradas, los bloques de piedra a modo de mini cataratas nos esperan con ansia, es imposible poder sortear todos los obstáculos que nos presenta el lugar.

 

            Primera pausa para darle a los higos secos y para poder dar unos tragos de agua. El sitio elegido es la cascada que tanto gusta a los visitantes. El agua ha ido lamiendo la roca y ha construido una cascada con dos mini balsas a modo de piscina y una charca final en la que vemos como las ranas, ranitas, renacuajos e infinidad de insectos en su fase acuática disfrutan,  y donde vemos la impronta de las pezuñas de los cochinos salvajes, estos si que disfrutan revolcándose en estos lodos. Hacemos unas fotos y seguimos nuestro camino hacia el siguiente capricho geológico, la orografía de este lugar es única, te hace sentir que estás en un paraje alejado del mundo civilizado, inmerso en un mundo atávico.

            La diversión no acaba, al contrario, cada vez hay más agua, más barro, más piedras, más curvas que peraltar pedaleando de manera frenética, nos vamos picando, las ruedas traseras parecen norias, los tacos no dan abasto desaguando. En algunos charcos nos quedamos completamente clavados, hay que sumergir las botas para poder salir de estos atolladeros, pero no importa, vamos más guarros de lo imaginable.

            Como dos chiquillos en un día de lluvia, riendo y revoltosos como el rabo de una lagartija, llegamos a la parte más macabra de la rambla, las rampas desquebrajadas que nos conectarán con la pista forestal del Cajal. Entre moluscos fosilizados nos vamos exprimiendo, creo que se pueden ver las calorías escurriéndose en nuestros sudores. Nos vemos obligados a bajarnos de las bicis en numerosas ocasiones, la tromba de agua que debió correr por aquí hubo de ser brutal, está todo destrozado, los romeros viejos están arrancados al margen del camino, los espartos retorcidos en el sentido del flujo de las aguas, una verdadera locura, pero nosotros nos aferramos a los manillares para poder ganar los máximos metros pedaleando, sería pecado dejarnos un solo palmo de terreno ciclable sin hoyar por nuestras cubiertas.

           

         Al llegar a la pista forestal mi secuaz, mirándose de arriba abajo, me dice que hacía tiempo que no sudaba de esa manera, que se siente bien, que esto es lo que le gusta del ciclismo de montaña, sentir el esfuerzo combinado con el disfrute del entorno, y sin acabar de decirme esto, se sube sobre su montón de aluminio y en paralelo nos merendamos los dos tercios de la subida del Cajal. Sobran palabras a la hora de contaros que lo hemos hecho con el cuchillo entre los dientes, con las respiraciones atropelladas. En menos de veinte minutos hemos llegado arriba, que agonía de mañana, creo que nunca he subido a esta velocidad, nos estamos ganando el plátano, los higos y los orejones de albaricoque.

            Sin dejar ni un segundo en vano, y terminando de masticar el último higo, nos ponemos manos a la obra, el próximo destino es el inicio de la senda de las zetas que sube hacia la senda de la Calera. Justo en ese punto hay una breve vereda divertidísima y rápida, un buen comienzo para nuestro descenso hacia Ceutí.

            Tras un buen rato de pista en la que apenas hemos pedaleado debido a la velocidad que la bajada nos imprime, llegamos a la casa forestal donde hemos de desviarnos hacia la rambla del Mayés. Este caminito también es muy accidentando y nos alborotamos nuevamente entre un par de nubes de polvo.

            La rambla del pantano tampoco defrauda, está siempre lista para proporcionar unos buenos y rápidos minutos de traqueteo y conducción temeraria. Esta zona es totalmente antagónica a la que hemos subido a primera hora, a pesar de que hace un tiempo relativamente escaso le pasaron el tractor para igualar los agujeros que las lluvias pretéritas habían horadado, impidiendo el paso de los tractores que se encargan de labrar las piezas de secano que aterrazan el corredor que nos ocupa.

 

            Cansados y sedientos, vamos a los grifos que hay en el área recreativa del embalse y vemos lo superlativamente guarra que es la gente, todo está inundado de basura de domingueros, de gente que seguro que vive rebozada en su propia mierda cuando están en el interior de los cubiles que usan como viviendas, es algo indignante, como se puede malograr tanto un lugar tan bello y especial.

            Indignado, pero no por ello me voy a ir a Madrid a plantar mi tienda de campaña, guío a mi sombra por el divertido paraje que nos conducirá a la venta Miguel. Todo es bajada, excepto por una golosina que nuevamente nos cruje la cáscara de los cuádriceps, pero como premio a nuestra obstinación en menos de cien metros nos vamos a merendar los saltos de motocross que otros días hacemos de subida.

 

            Miro el reloj y veo que hemos necesitado sólo tres horas para nuestra batallita. No sé cuantos kilómetros habremos hecho, pero si sé, que en la bajada por la carretera que nos lleva a la gasolinera de Alejandro Jara, nos soltamos de los manillares y vamos estirando la zona lumbar, los hombros, los brazos, etc… deseosos de acabar, la mañana ha sido insuperable, jamás hubiese pensado que iba a volver a exprimirme de semejante manera.

 

            Unas gotas de Fundax Lube en las cadenas y en los rodamientos y la bestia albiroja deja de chirriar, que cambio, unos chorros de agua y resurgen de entre los terruños resecos dos flamantes bicicletas de montaña. Un poco de papel secante y al garaje, como si no hubiese pasado nada, es cosa de magia ;-)

               Siendo fiel a mi estilo, dejo esta última línea reservada para agradecer a mi Jefe de Pareja el haber pasado tan buena mañana en su compañía. Gracias Paquito.

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12 comentarios

  1. El título de esta crónica me suena de algo y creo que esa ramblica también. Esas pozas son muy fotogénicas.

    Da gusto ver como el Ave Fénix ha resurgido de sus cenizas, hace poco las expectativas eran muy diferentes, me alegro por el sincrolador.

    Saludos.

    21 octubre 2011 a las 23:58

    • Esa rambla te puso palote, zánganooooooooooooo

      Me alegra mucho cuando te veo por la zona de comentarios.

      Un abrazo de parte del Ave Fénix.

      22 octubre 2011 a las 00:21

  2. pela69

    Madre mía, vas a crónica por día…no son parajes nuevos para ti, pero los describes con la ilusión del que nunca ha pasado por allí, del que empieza a rodar las primeras veces por entornos que jamás descubriría de no ser por este veneno que recorre nuestras venas repletas de una toxina llamada mtb….

    Ale, nos vemos prontico.

    22 octubre 2011 a las 11:02

  3. ruben

    joder macho no paras…

    22 octubre 2011 a las 20:37

  4. “Agotao”, si es que me tenéis agotao. Y eso que solo leo las crónicas, que lo otro solo podría hacerlo en sueños. Sudo na más pensarlo. Pero como os podéis pegar esas palizas tan seguidas.
    Estoy de acuerdo contigo; Luis, somos muy guarros. Hoy me he acercado hasta la cruz del Miravete y estaba tapizado de envoltorios de las barritas. ¿Es normal que un ciclista suba hasta allí, se coma la barrita y tire al suelo el envoltorio? ¿Tanto trabajo cuesta guardárselo u tirarlo luego en casa?

    22 octubre 2011 a las 23:01

  5. Mi pregunta es: Si traes los envoltorios llenos desde tu casa a la montaña, ¿por qué no te los puedes llevar cuando están vacios?, si pesan menos, ¿cuál es el problema?

    Mariano, tenemos pendiente ir a la Pila a dar un garbeo, no te hagas el remolón.

    23 octubre 2011 a las 00:03

  6. Si prometes devolverme vivo, el viernes 28 tengo libre.

    23 octubre 2011 a las 19:49

    • Pues yo ese día curro por la mañana y por la noche… uhmmmmmmmmm ¡Qué difícil!

      23 octubre 2011 a las 19:53

  7. Aluking

    ¡¡¡ Bufff !!!, qué asco de tío, no solo se recupera y vuelve a la carga, si no que retoma sus crónicas para envidia de tullidos y desesperanzados.
    Me queda el consuelo de que al menos pringas de barro tu montura y de vuelta a casa tienes la penitencia de la limpieza.

    24 octubre 2011 a las 14:23

    • Pues no sabes las ganas que tengo de salpicarte de ese barro y ponerte perdíoooooooooooooooo

      Aupa ese tío de Bilbao, Aupa….

      La verdad es que voy algo rabiosete por ahí, no tengo ganas de esperar a nadie, jajajajaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa

      24 octubre 2011 a las 14:37

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